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17 de octubre de 2015

Conservas caseras




                Estamos en época de peras, manzanas, pimientos y tomates y aunque paso el menor tiempo posible en la cocina, de vez en cuando se alían la generosidad de mi sobrina que me  carga de frutas y hortalizas, la  fiebre de hacer  algo  con las manos y la necesidad de abstraerme  en una faena que ocupe mi mente y me permita evadirme de  mi restringido mundo rural.

                Esta semana me he dedicado a embotar pimientos en aceite y vinagre, preparar peras al vino y en almíbar y hacer compotas de manzana. No se trata de necesidad, ni de afición, ni de golosina y mucho menos de economizar unos euros. Sé de sobra que el viaje hasta León y el consumo de  energía serán mayores que los productos equivalentes comprados en el supermercado. No se trata de eso. 

                He lavado, he pelado, he cortado, he mezclado,  he cocido, he probado, he condimentado, he vuelto a probar, he esperado pacientemente  a que a que el almíbar estuviera a punto de hilo,  que la compota tomara el color y la consistencia  que buscaba,  me he equivocado, he  desperdiciado producto, he envasado y etiquetado  y me siento satisfecho aunque  el fin último de la tarea: disfrutar degustando los productos  sea lo que menos me atrae de todo el proceso. 

                Así las cosas, me pregunto entonces por qué he disfrutado tanto y aunque me podrían sugerir veinte respuestas diferentes creo que en esta ocasión me quedo con una:  el placer de crear con unos ingredientes nobles y sanos algo totalmente nuevo, diferente, pero  cuyo resultado está vinculado doblemente a la calidad de los productos y al esmero, esfuerzo y cariño con el que se han preparado. 

16 de agosto de 2014

Undisguised xenophobia: The job of “nanny” only for Thai women. / Indisimulada xenofobia: el trabajo de niñera sólo para las tailandesas.


The Director General of the Employment Department in the Ministry of Labor has confirmed that the job of nannies is a reserved occupation for Thais.  This confirmation comes after Phra Nakhon Si Ayutthaya Hospital’s Deputy Director expressed concern about the influence nannies and domestic helpers from different  cultural and social environments have on a child’s development and  he had previously  said that the children cared for by migrant nannies will imitate their characteristics and would grow up with similar behavior, attitude and social skills.
Fortunately the same Bangkok Post in the Opinion Page a few days later recognizes that such declarations are completely outdated and more often than not are the result of the  undisguised ethnic prejudice against neighbouring countries which dominates the oppressive migrant policy in the country
En el Bangkok Post leo las increíbles declaraciones de la Directora General  de  Empleo del  Ministerio de Trabajo, en las que declara que la tarea  de niñera sólo puede ser ejercida por mujeres tailandesas, siendo ilegal para el personal doméstico de Myanmar, Laos, Camboya o Vietnam que sólo pude dedicarse a las tareas domésticas de limpieza, cocina, jardinería y trabajos asimilables.  Pero lo más inaudito es que se apoya  en el informe del  Dr. Duangporn Asvarachan, Subdirector General del Hospital Phra Nakhon Si Ayutthaya que manifestaba su malestar por la influencia perniciosa que las “nannies”  procedentes de ambientes sociales y culturales diferentes pudieran tener sobre el desarrollo de los niños pequeños que aprenden por observación e imitación. Asegura dicho Doctor “que los niños al cuidado de niñeras inmigrantes imitarán las características y crecerán con conductas actitudes y habilidades sociales  parecidas a las de sus cuidadoras”.

No soy el único escandalizado por tan descarada xenofobia.  El propio Bangkok Post  en su página de Opinión tachaba unos días después tales declaraciones de  trasnochadas,  fruto de prejuicios  étnicos injustificados y ancestrales  y muy poco en consonancia con los tiempos modernos y de las necesidades auténticas del país que debería  preocuparse por ayudar a las madres trabajadoras, que representan mas del 50% de la población activa del país, en lugar de aferrare a políticas restrictivas de ocupación diseñadas hace más de 30 años con vistas a mantener ciertas actividades en manos de ciudadanos nacionales y que contradicen las demandas actuales del mercado laboral. La falta de guarderías  es lo que obliga a muchas madres a recurrir a trabajadoras inmigrantes cuando no a enviar a sus hijos lejos de casa con  los abuelos u otros parientes.

Si la preocupación de los pediatras es el buen desarrollo infantil - y no el nacionalismo -,deberían promover y apoyar la creación de guarderías sin dejar de lado la atención y educación de los hijos de los inmigrantes. Dejarlos fuera del sistema es una bomba social de relojería, y eso es lo que debería preocupar de verdad a la sociedad.  

14 de agosto de 2014

Moralidad por decreto

A la puerta del Colegio, enviado por las autoridades escolares se ha colocado una gran pancarta con las doce consignas o virtudes que, a petición de los nuevos gobernantes del país  los colegios tienen la responsabilidad de  difundir, enseñar, explicar y hacer practicar a los alumnos.
                A  mi que pinto  canas, al menos las pocas que me quedan, eso me suena a viejos tiempos en se nos hacía estudiar  “La formación del Espíritu Nacional”.  Ya no recuerdo los enunciados de aquellas lecciones, pero  me imagino que no diferían  demasiado de las doce consignas que tengo ante mis ojos y que incluyen:
*el amor a la monarquía, a la nación y a la religión,
* la disciplina  y el respeto a  la ley, la autoridad y los mayores
* el pensar y actuar  de acuerdo el pensamiento de su  Majestad el Rey
* la correcta interpretación de la democracia  con el monarca como cabeza visible del Estado
* la preocupación por el interés común  por encima de los intereses particulares   etc. etc.

No pretendo  criticar  abiertamente  el contenido de cada uno de los doce mandamientos que la  cúpula gobernante  pretende imponer  a través de las escuelas  como base y fundamento de la moralidad y conducta de los futuros ciudadanos.  Pero creo sinceramente que se equivocan  en cuanto al método elegido.

Las virtudes morales, el patriotismo y la solidaridad no se enseñan en los colegios,  al dictado de los profesores,  ni haciendo paradas y obligando a los alumnos  a cantar canciones patrióticas, sino en el hogar,  y no  con imposición de  normas y eslóganes,  sino con el ejemplo. 

Pero más importante aún,  creo que la mejor campaña  que  puede orquestar  la nueva cúpula miliar es la del ejemplo, y  ciertamente si  los padres y los profesores tienen que ser los primeros en dar ejemplo, no es menos cierto  que lo mismo deben hacer  los servidores públicos ya sean militares, policías o funcionarios.


31 de diciembre de 2012

Cayó la hoja


 Cayó la hoja roja,  y la que arranco hoy  me muestra el cartón desnudo de un calendario que ha dejado de serlo.  Como en las cámaras antiguas rebobino estos 365 días de 2012 y veo que no ha sido tan mal año... Yo decía el otro día que éste era un año para recordar, y lo decía por su faceta negativa que ha afectado sobre todo a personas de mi entorno.  En justicia es también  un año para recordar   por todas las cosas buenas que  me han  ido sucediendo  al compás de los días y al ritmo de las estaciones.
Mis  caminatas, generalmente siguiendo las diferentes rutas del Camino de Santiago o los GR de la ruta del Ebro (GR 99) y las salidas con  la Agrupación de Montaña.  Más de 600 Km en total, en  etapas de 20 a 30 Km respirando aire puro, llenándome los ojos de mar, de bosques o de los amarillos trigales de la meseta.  De todas ellas un pequeño broche de oro: Contemplar Luarca en compañía, desde lo alto del cementerio, al pie de la tumba del científico enamorado, Severo Ochoa.
Las variadas actividades desarrolladas a lo largo del año, estrategias disfrazadas para integrarme en lo posible a la vida de este pueblo que no es el mío: el Tai-Chi de José Ramón, la gimnasia de Sonia, el club de lectura de Ana, el taller de escritura de Juan, las clases de pintura de Guillermo y hasta el grupo de Liturgia de Begoña para leer algún día en la misa del domingo.
 Los viajes, que  siguen siendo  mi droga favorita.  Un viaje a Berlín, en el que el apartamento, el tiempo, la novedad, la buena compañía y el variado programa  me han permitido disfrutar como un colegial.  El viaje a Mallorca con el Imserso  y el descubrimiento de parajes inolvidables que  para no ser exhaustivo resumo en un picnic  compartido en Sa Calobra, luminosa y desierta.  Y viajes a  Altea  o breves estancias en  Madrid para visitar las exposiciones de pintura de Chagall o de Hopper.   
Actividades, viajes, que han llenado los días, personas que me han dado mucho cariño y amistad, un año que he saboreado en plenitud  y algunos malos momentos, pocos y esos sí  olvidados definitivamente.  Miro hacia atrás y me doy cuenta de que con todo ello no tengo ni para rellenar un folio.   Pero lo importante  no es el número de folios que relleno sino que sean folios de años consecutivos.

18 de abril de 2011

Persiguiendo una imagen



 El lienzo está impoluto frente a mí, encima, clavada en el caballete, la imagen que quiero pintar. Lo que empezó siendo un entretenimiento se está convirtiendo poco a poco en auténtica afición. De un tiempo a esta parte me fijo en los cuadros que veo, intento descifrar la técnica, me pregunto sobre la mezcla de colores, los puntos de fuga los diferentes planos, los difuminados de fondo y la calidez de los primeros planos.

Me equivoco una y otra vez al mezclar los colores. Entre lo que busco y lo que consigo media una enorme distancia que me resulta imposible abarcar. Lo que pretendía ser un tono cálido, con vida, se apaga al rato de ser aplicado. Las pinceladas se desvían, la imagen parece plana, sin volumen. Las hojas verdes y y tostadas del ramo no se destacan suficientemente del fondo caleidoscópico y multicolor.

No desfallezco. La tarea es apasionante. El profesor pasa y a veces, un consejo, una ligera corrección de su mano supone un avance de horas. Me concentro en los colores, en las pinceladas y voy perdiendo la noción del tiempo. Acaricio una y otra vez la tela porque quiero que surja, esa imagen que a fuerza de mirarla como modelo ha quedado grabada en la retina y llevo conmigo incluso cuando no estoy pintando.

Sin embargo, sigue siendo copia de una copia. No he logrado transformar lo que he visto en una emoción que otros puedan percibir. Esa es, me parce a mí la diferencia entre el copista aplicado y el artista. El primero reproduce, el segundo transmite alma, al mirar su obra atisbamos algún retazo de emoción. El cuadro deja de ser impersonal y se convierte en testimonio. No me sentiré pintor hasta que no sea capaz de volcar mi alma en lo que pinto, como no me sentiré escritor hasta que sin darme cuenta, deje girones de mí en lo que escribo.

Hace unos días, leía en un libro que la pintura no se explica: se entiende. Seguramente enfrentados al cuadro, a cualquier cuadro, experimentamos una emoción. Puede ser de embeleso, de admiración, de contemplación o de rechazo y esta emoción antecede cualquier atisbo de comprensión. No siempre entiendo la obra de arte abstracta, pero cuando la contemplo, reacciono de inmediato. Me puede gustar aunque no la entienda. Si no es la primera vez que la veo, si estoy familiarizado con el autor, si he leído algo sobre la técnica o el estilo al que pertenece, si en particular, alguien a mi lado que la conoce bien, me hace notar la intención del pintor y los medios que utiliza para conseguirlo, indudablemente, aumentan exponencialmente las probabilidades de que la obra me guste.

De cualquier modo, sea cual sea la reacción del observador, una vez terminado, el cuadro se vuelve independiente de su autor. El mensaje se desliga incluso de la intención primera del pintor. Su significado se multiplica por el número de observadores. En la pintura figurativa, las diferencias son de de matices, en la abstracción pueden llegar a ser diametralmente opuestas. Pero ya no hay una realidad única. Hay una imagen que provoca en mi una reacción y si trato de explicármela, una interpretación que será exclusivamente mía, porque así la percibo yo en función de las emociones que en mi ha provocado.

13 de diciembre de 2010

Hospitalero del Camino de la Plata Albergue de Salamanca

He tenido la inmensa suerte de colaborar como hospitalero en el Albergue "La Calera" de Salamanca, en el Camino de a Plata hacia Santiago. Han sido durante la segunda quincena de noviembre y a pesar del frío de esos días, a pesar del escaso número de peregrinos, y a pesar de algunos ratos de nostálgica soledad ha sido una experiencia inolvidable: se vive y convive más intensamente con los peregrinos, se multiplica la disponibilidad para ayudar, escuchar y servir, se interioriza más el sentido del Camino y además, como recompensa, se conoce mejor el pueblo o la ciudad, en este caso Salamanca.
Fruto de esos ratos de ocio turístico y fotográfico he escrito algunas páginas que publico en mi blog y que me sirven de recuerdo.


En la Universidad de Salamanca

Como veníamos diciendo”…. Cuentan que con estas palabras reanudó Fray Luis de León sus clases en la Universidad de Salamanca, después de pasar varios meses en las cárceles de la Inquisición. Extraña manera de concebir el tiempo sólo en la medida en que puedes disponer de él en libertad. Con su silencio borró el pasado, amordazó la controversia, y acalló al adversario.

La vida útil, la que de verdad cuenta, es aquella que moldeamos con nuestras manos, con nuestra cabeza o con nuestro corazón. No es vida aquella a la que nos sometemos por fuerza o con engaño. No es vida la que otros nos atribuyen, por error o por malevolencia.

Entonces, ¿Qué es lo que nos preocupa? Vivir intensamente el presente con la coherencia y la solidez de nuestras convicciones. En nuestras manos, el tiempo, será pasta que a voluntad moldeamos. No me importa el pasado: quién fuiste, qué tuviste, qué dijiste; me importa lo que sientes hoy, lo que expresa tu rostro, lo que dicen tus labios, lo que me transmiten tus manos, pero sobre todo lo que leo en tu corazón.

27 de octubre de 2010

Norte / Sur


Hace unos días leía la sobrecogedora y desesperanza novela “La Carretera” de Cormac McCarthy, y aunque en otra ocasión comentaré el desasosiego que esa lectura me sigue produciendo, me viene hoy a la mente la frecuente identificación que se hace tanto en novela como en cine del Sur como tierra de promisión donde se encuentran tesoros tan importantes como la felicidad y el amor, y sin embargo, se equipara el frío e inhóspito Norte con el lugar donde se encuentra la libertad, la riqueza y el progreso.

Las enormes diferencias climáticas, laborales, medioambientales que encontramos en España y que repercuten sobre la calidad de vida, el buen humor y la alegría de vivir curiosamente las encontramos en el resto de los países europeos y no sólo en el entorno mediterráneo: En Francia contraponemos los húmedos y cenicientos paisajes del Norte con los floridos, soleados y risueños rincones de la Provenza o de la Costa Azul; en Italia nada parece tan opuesto como la febril agitación de Turín o Milán y la sosegada, y alegre indolencia siciliana. Pero es que incluso en Alemania encontramos un marcado contraste entre el impasible prusiano de Hamburgo y el jovial Muniqués con su acordeón, su gorro tirolés y la inseparable jarra de cerveza en la mano.

Encontramos el fenómeno repetido en otros continentes e incluso a nivel mundial donde no acaba de cuajar ese diálogo Norte/sur que por ahora no parece haber servido más que para emborronar papel. Es evidente que estas diferencias en la actitud vital y en los anhelos y necesidades tiene que ver con el clima que a su vez condicional la agricultura, el bienestar y finalmente el desarrollo industrial económico y social de una región. Probablemente, en la pobreza somos todos más capaces de distinguir y disfrutar cualquier plus por encima de la mera supervivencia mientras que en la prosperidad el ansia por ir más allá, llegar más lejos, tener más embota nuestra capacidad para disfrutar de los placeres de la vida que ya tenemos a nuestro alcance.

No es de extrañar pues que el fenómeno Norte / Sur lo encontremos de manera repetida en la literatura y en el cine. En el libro de McCarthy que antes comentaba, los personajes huyen de un paisaje frío y arrasado hacia un sur menos inhóspito a pesar de que nada saben de lo que finalmente encontrarán allí. Victor de Érice, en su película “El Sur”, plantea ese anhelo escondido de su protagonista que se inhibe de su gris existencia en el Norte pensando en un amor no olvidado en el Sur.

En otro sentido bien distinto se expresa Danny Boon en “Bienvenidos al Norte” donde el cartero castigado con un destino en el norte encuentra tanta alegría que no se atreve a confesárselo a su esposa. Y es que, quizá la felicidad no esté tanto en la geografía como en el corazón de los hombres. Ello no impide que los Españoles, muy pragmáticos, al menos en verano, optemos por solución intermedia y enfilemos rumbo al Este o al Sureste.

20 de septiembre de 2010

¿ Leer ?


La fuerza expresiva de la imagen, sus múltiples y variadas expresiones, su facilidad de asimilación, parecen estar reduciendo el hábito de la lectura a una reliquia del pasado .Aunque sea luchar contracorriente es preciso volver a reivindicar el hábito de la lectura como forma indispensable de nuestra cultura.

Siempre recordaré el acierto con el que mis maestros fueron dosificando el contenido de mis primeras lecturas. Los libros ilustrados, con profusión de imágenes y colores fueron cediendo el paso a libros más austeros, con pocas y acertadas imágenes, con letra grande y clara, y con frases cortas que alcanzaba a abarcar de un solo vistazo. Es así como, sin desdeñar los tebeos, me acostumbré a leer libros a perderme en sus historias y a suplir con la imaginación la falta de dibujos e imágenes que representaran a mis personajes favoritos.

Hoy, nuestros hijos lo tienen más difícil y creo que de nada sirve despotricar contra los hechos. El cine, la televisión, nos han sumergido en una cultura de la imagen, donde se sacraliza una y otra vez el dicho “una imagen vale más que mil palabras”. Ciertamente, una fotografía a veces dice más que el pormenorizado relato de una catástrofe; y una serie de imágenes o un documental son capaces de trasladarnos a lo más profundo de la selva brasileña. Sin embargo, no podemos volvernos esclavos de la imagen. Las ideas, la reflexión, tienen escaso cromatismo y desde luego, los sentimientos no pueden reducirse a colores.

Los acontecimientos, las noticias, la vida de personas ilustres o simplemente “famosas” nos llegan en forma de imágenes tanto en los noticiarios, como en las revistas, e incluso en los periódicos donde a los sumo nos paramos a leer los titulares. En el trabajo escribimos notas o “memorándums”. Hemos renunciado a los informes. Tenemos claro que nadie lee más allá de una página sobre cualquier tema. Nos cuesta pararnos a leer los editoriales, las páginas de opinión de los periódicos, los estudios y ensayos sobre cualquier tema aunque nos toquen muy de cerca. Ello nos lleva a un paulatino empobrecimiento personal, a una entrega a la manipulación mediática, a una pérdida de criterio y a la dejación de nuestro libre arbitrio en manos de quienes con fines políticos, sectarios o económicos mueven los “mass media”.

Una de las consecuencias de una cultura puramente visual es la merma de nuestro vocabulario. A fuerza de aprehender el mundo que nos rodea a través de imágenes, vamos olvidando una parte importante de la amplia gama de palabras que sirven para matizar, o aclarar nuestras ideas. Es lamentable observar cuántos clichés, lugares comunes, frases hechas tics verbales se ensartan en nuestro habla diario, y lo que es más grave nos habituamos expresar nuestros sentimientos y emociones con palabras manidas que por el uso indiscriminado que se ha hecho de ellas han perdido todo su sentido. La lectura enriquece nuestro vocabulario y pone a nuestra disposición un arsenal de vocablos que aunque sinónimos tienen connotaciones diferentes y de su justa utilización nace la precisión en la expresión de nuestras ideas.

Por extraño que pueda parecer, la lectura mucho más que las imágenes, amplía nuestro mundo de fantasía e imaginación. En efecto, cuando vemos una película o seguimos una historia en la televisión, contemplamos los hechos como “fuera de la pecera” . Somos meros espectadores a quienes todo se les da hecho. La velocidad de las imágenes, la imposibilidad de parar la acción, nos convierte en receptores pasivos. En la lectura sin embargo, ocurre lo contrario: nuestra mente nos impulsa a sumergirnos en la acción, a convertirnos en personajes de la historia que leemos. Los autores dejan fuera grandes girones de información, datos, imágenes, escenas que debemos suplir con nuestra imaginación. Al leer una novela vivimos vidas diferentes, aventuras que nunca hubiéramos soñado disfrutar en la realidad. Como Alicia, cuando leemos un libro, más aún si es un libro de ficción, atravesamos el espejo y adoptamos o compartimos nuevas vivencias. No podemos sin embargo olvidar que la realidad es sólo una, concreta e individual. No podemos vivir permanentemente al otro lado del espejo. Nos evadimos, imaginamos, soñamos, pero sólo se vive una realidad concreta, intensa y cotidiana.

Esa realidad concreta a la que nos enfrentamos día a día adquiere profundidades insospechadas con las aportaciones que vamos recolectando de nuestras lecturas. Por eso, porque es nuestra obligación tener la cabeza bien amueblada, porque queremos ensanchar nuestros horizontes, porque podemos vivir mentalmente otras vidas posibles pero imaginadas, porque nuestra vida real se enriquece y multiplica con el fruto y las ideas que recogemos en los libros, debemos esforzarnos y luchar para fomentar el hábito de la lectura, para que en torno a nosotros, no se haga realidad el “Fahrenheit 451” para que la imagen no acapare todo nuestro tiempo de ocio, para que el placer de la lectura perviva en nosotros y en los nuestros.

18 de junio de 2010

La culpa


“El partido se suspendió por culpa de la lluvia” oí decir a un locutor de radio esta mañana. “Yo no tengo la culpa de ser tan impulsivo” me digo a veces a mí mismo. Hoy sin embargo me pregunto ni no estaremos vaciando esta palabra de su sentido profundo a fuerza de emplearla como palabra comodín en nuestro lenguaje de todos los días.

Y no es que yo quiera confinarla en el mundo de la psiquiatría como expresión de un conflicto entre el yo y un muy exigente, autocrítico y castigador super Yo del que habla Freud. Tampoco quiero circunscribirla exclusivamente al dominio jurídico para el que la culpa nada tiene que ver con los sentimientos, ya que, contrapuesta al dolo, la culpa consiste en la omisión de aquellas diligencias que exigen la naturaleza de una obligación o dicho de manera más sencilla, la culpa se produce cuando, sin intención de dañar, se procede sin la diligencia debida y se causa un resultado dañoso y tipificado por la ley penal.

El diccionario dice que la culpa es “un sentimiento de responsabilidad o remordimiento por alguna ofensa, crimen o equivocación ya sea este real o imaginario”, pero tampoco esta definición parece explicarme esa obsesión que tenemos por la culpa.

Una definición sencilla de la culpa podría ser: “una emoción muy dolorosa de arrepentimiento en la que el sujeto considera que es responsable de acciones en las que ha dañado a otros, a sí mismo y/o ha infringido leyes de cualquier clase”.

Herederos a veces de una educación restrictiva, de códigos morales muy rígidos o de convicciones religiosas atormentadas por el pecado, con frecuencia nos sentimos atosigados por la culpa lo cual no sería del todo malo si no fuera porque generalmente el sentimiento de culpa es tanto más atosigante cuanto menos materia, razón o motivo existe para ello.

Desde los tabús totémicos de las civilizaciones primitivas, pasando por los sentimientos de trasgresión y de pecado de las religiones monoteístas, hasta los chantajes emocionales y/o educacionales de épocas más recientes, el sentimiento de culpa ha existido siempre como un método de educación, o coacción, para conseguir el sometimiento del individuo a unas normas ligadas a la conciencia moral es decir a la conciencia colectiva o ética de una cultura o de una época.

Basta echar la vista atrás para descubrir en nuestra educación numerosos ejemplos de este reforzamiento del sentimiento de culpa. Seguramente a todos nos suenan frases del tipo:¿Qué va a decir la gente? ¿No te da vergüenza…? ¡Vaya disgusto se va a llevar mamá!. Y es que en educación, se ha utilizado el sentimiento de culpa para que unos hagan lo que otros pretenden.
Por otro lado, y en parte debido a nuestra educación y a la escala de valores que hemos asumido, la culpa se convierte en el precio que debemos pagar cada vez que transgredimos una norma. En ese sentido, la culpa actúa como castigo, pero debemos administrar ese sentimiento con precaución porque si bien la culpa es en sí misma el castigo por la acción reprochable, es el mismo sujeto quien valora la acción y se convierte así en el juez que proporciona el veredicto. Debido a ello, a veces, el sentimiento de culpa se da de manera más intensa o incluso patológica en personas que se atormentan por daños ya sea de acción u de omisión de los que no son responsables y en los que no han tenido ninguna participación. Se trata muchas veces de personas que influidas por vestigios educacionales, por rigidez en su escala de valores, por inseguridad o falta de madurez se sienten responsables de los males que ocurren a su alrededor como si de ellos dependiera el poder evitarlo.

En el otro extremos existen personas que sistemáticamente inculpan a otros de todo lo negativo que sucede. Ello se debe a que no soportan la carga de su responsabilidad y dirige a los demás la culpa. Es una forma de liberación agresiva que les impide aceptar la autocrítica. Estilos de educación permisivos, falta de valores concretos, actitudes narcisistas, reiteración del “todo vale” o por el contrario una educación excesivamente crítica hacen que el individuo no sea consciente de los límites de su conducta ni de las consecuencias de sus errores.

La palabra culpa parece tener mala prensa sólo cuando se aplica a nuestros fallos por acción o por omisión. Preferimos hablar de nuestra responsabilidad. Sin embargo, sentirse culpable cuando hay un motivo real para ello no es malo. Ese sentimiento nos ayudará a disculparnos y a resarcir o reparar el posible daño causado cuando esto es posible, pero la culpa no es un fin en sí misma. La culpa, como el miedo, son sentimientos que es bueno tener, porque nos ayudan en el camino, pero no podemos instalarnos en ellos porque nos pueden paralizar, son buenas estaciones de paso pero pésimas estaciones de destino.

21 de enero de 2010

"No somos islas" (Thomas Merton)


Las últimas semanas, hemos oído con frecuencia de pueblos enteros aislados por la nieve y las inclemencias meteorológicas. En la vida cotidiana hablamos de aislarnos, o de estar aislados, como sinónimos de una profunda separación de los demás. Nos sentimos islas, con un gran vacío en derredor. Estamos incomunicados por una decisión personal o debido quizáa un castigo inconsciente de los demás.

El teólogo y poeta americano Thomas Merton escribió un libro muy interesante titulado “Los hombres no son islas” en el que describe nuestras profunda, invisible y fecunda vinculación con las personas que nos rodean, y más allá con todo el género humano por más que intentemos alejarnos, aislarnos o desvincularnos de los demás.

No somos islas, formamos parte de una sociedad, y aunque no lo sospechemos, aunque no lo queramos, e incluso aunque tratemos de evitarlo, nuestros actos, de cualquier signo, tienen una repercusión directa o indirecta sobre los demás y sobre nuestro entorno. Como la piedra arrojada al estanque, nuestros actos, en ondas imperceptibles se extienden y alcanzan a quienes nos rodean, e inversamente esas mismas personas, nuestro ambiente social y las noticias que nos llegan de los lugares más lejanos, afectan de una manera u otra nuestro pensamiento, lo que sentimos y cómo actuamos. Los ecos del reciente cataclismo de Haití son un claro ejemplo que sirve para preguntarnos en que medida algo tan lejano ha influido o está influyendo en nosotros.
Es evidente que no podemos aislarnos de los demás por muy solos que nos encontremos, por muy alejados que estemos, pero es igualmente evidente que nadie puede tampoco aislarnos completamente de la comunidad. Nos pueden negar el saludo y la palabra, nos pueden incluso encerrar o incomunicar, o sencillamente pueden crear el vacío en torno a nosotros con su silencio, pero, nadie puede poner rejas a nuestros pensamiento ni a nuestros sentimientos. Gracias a ello las víctimas de secuestros y encierros han podido resistir la privación de libertad en celdas de castigo o en zulos terroristas. Con sus pensamientos, con sus emociones con el recuerdo de sus vivencias han podido lanzar puentes hacia el exterior y sentirse unidos a sus familias, a sus amigos, a sus iguales, sin olvidar que el sentimiento de odio o venganza hacia el enemigo también es otra forma de sentirse vinculado.

Aunque de forma teórica estemos siempre dispuestos a comprender lo anterior y a aceptar que nadie puede aislar a los demás o aislarse a sí mismo de manera absoluta, que duda cabe que en momentos de nuestra vida podemos llegar a sufrir un intenso e insoportable sentimiento de aislamiento. Surge entonces la necesidad de encontrar un eco, alguien con quien desahogarnos, una mano tendida o sencillamente el convencimiento de que al otro lado, si quisiéramos, alguien escucharía nuestra voz.

Por eso mismo nos toca también a nosotros vigilar nuestros comportamientos para no hacer invisibles a los que nos rodean como es el caso del vecino que cruzamos todos los días en la escalera pero ignoramos su nombre, o el piso en el que vive, o el caso del compañero de trabajo de quien ignoramos todo de su familia, de sus gustos o de sus aficiones porque para nosotros sólo son bultos, seres anónimos.

Cada vez que convertimos a nuestros vecinos de rellano, de cafetería o de autobús en meras sombras no sólo nos aislamos y aislamos a quienes nos rodean sino que empequeñecemos nuestros horizontes y las dimensiones de nuestro mundo.

28 de agosto de 2009

Humor inteligente

Cada vez que sale a la palestra algún comentario sobre el humor o los humoristas de inmediato, suele aparecer el calificativo de “inteligente”. Confrontado con tan recurrente binomio tengo un doble problema al definir qué entiendo por “humor” y cómo podría definir, o al menos distinguir lo que es el “humor inteligente”.

El diccionario de la RAE me sirve de poco. La palabra “humor” tiene un sentido fisiológico y en el mejor de los casos se refiere a “Genio, índole, condición, especialmente cuando se manifiesta exteriormente” "Humorismo" nos acerca algo más al concepto al definirlo como “modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”, pero evidentemente esta definición, a la manera de un gigantesco paracaídas recubre un sinfín de manifestaciones con elementos comunes y otros claramente específicos y definitorios: ironía, sarcasmo, anticlímax, enigma, antítesis, alusión, litotes, non sequitur, juego de palabras, sátira, parodia, paradoja etc.

No es mi intención emborracharme con palabras por lo que sin dudarlo un momento, y pese a posibles limitaciones elijo la definición que me llega en un mensaje a través del móvil: “Humor es el arte de expresar con simpatía los aspectos ridículos o chocantes de nuestros actos”.

Así definido, estamos más cerca de lo que podríamos definir como “humor inteligente”. Creo que bastaría añadirle una chispa de reflexión, que a manera de flash, se interponga entre la acción y la reflexión y haga que de alguna manera nos veamos interpelados, sacudidos o reflejados y nos obligue a tomar partido. Alguien en un blog lo sintetizaba diciendo: “frente al humor te ríes antes de pensar, pero si es humor inteligente, piensas antes de reírte”.

Si en el humor inteligente introducimos ese elemento nuevo, breve pero imprescindible que es la reflexión significa que nos incita a mantener una actitud abierta y activa, y nos obliga al mismo tiempo a vivir el presente y todas sus circunstancias.

No voy a citar humoristas que hacen un humor inteligente. Seguro que cada cual sabrá reconocer a sus favoritos. Una vez más y ciñéndome al humor gráfico voto por Mordillo y elijo la viñeta que ilustra esta reflexión.

1 de julio de 2009

¿Ilusión o Entusiasmo?

Siempre había enarbolado la bandera de la ilusión. Me ilusionaba el trabajo realizado, tenía ilusión por las personas, me había hecho muchas ilusiones… y de pronto, él me dijo: “Deberías cambiar tanta ilusión por un poco de entusiasmo”.

Perplejo, acudí al diccionario: El María Moliner define la ilusión como “imagen formada en la mente de una cosa inexistente tomada como real” y como “esperanza o creencia vana con que alguien se siente contento” . Sólo en tercer lugar pude atisbar un resquicio positivo al definir la ilusión como “Alegría o felicidad que se experimenta con la posesión, contemplación o esperanza de algo”

Así pues, del mismo modo que sufrimos de ilusiones ópticas y vemos dibujos en movimiento o nos encontramos ante ilusiones acústicas y percibimos sones engañosos, nuestra mente también nos puede hacer jugarretas emocionales elevando a la categoría de real lo que sólo es una construcción mental, una entelequia urdida en nuestra mente, un sueño que deseamos ver convertido en realidad. Sobre esa base, tan engañosa como falsa es imposible construir nada sólido, crear futuro. Ahora entiendo por fin aquella frase del poeta: “No te ilusiones por mí, entusiásmate conmigo”.

En efecto, el entusiasmo es algo mucho más concreto. El diccionario de María Moliner lo define como “el estado afectivo de excitación estimulante provocado por la fe en algo o la adhesión a alguien, que se manifiesta en la viveza o animación con que se habla de la cosa que lo provoca o en el afán con que se entrega uno a ella”.

Cuando indagamos en el origen etimológico de estas dos palabras vemos aún más clara la diferencia: mientras que ilusión viene del latín illusio – onis o engaño derivado de illudere, engañar, y a su vez de ludere, jugar; la palabra entusiasmo procede del griego Énthus, "inspirado por los dioses", o Enthusia "Inspiración divina", que a su vez ha dado lugar a "Entusiasmós" o arrobamiento, éxtasis, inspirado por la divinidad.

No se trata de diseccionar las palabras pero creo que tenemos que ubicar cada concepto en su debido contexto para no andar confundidos y poner mucho entusiasmo en ilusionarnos. Creo que la ilusión es necesaria, puede ser esa chispita que se enciende sin que pase por el razonamiento y que desata toda nuestra fantasía … después habrá que empecinarse en que la realidad se preñe de entusiasmo.

10 de junio de 2009

Dependencia


Hay objetos en torno a nosotros que han establecido tal derecho de propiedad sobre el lugar que ocupan que ya nos parece impensable ubicarlos en otro lugar. Algunas palabras actúan del mismo modo y a fuerza de verlas siempre en un determinado contexto, se asocian tan estrechamente con él que se vuelven inservibles para cualquier otro uso.

Una de esas palabras es la palabra “dependencia” le hemos adjudicado una función muy concreta en relación con el uso del alcohol, de las drogas, del tabaco y del juego y desde hace poco tiempo la hemos puesto de moda asociada al contexto social y refiriéndonos a la reciente ley de ayuda a las personas discapacitadas que necesitan la atención de terceros, parientes o extraños, para desarrollar en toda su potencialidad sus capacidades vitales.

Sin embargo, la dependencia a la que me quiero referir es la dependencia emocional que podríamos definir como "un patrón de necesidades emocionales insatisfechas en la niñez, y que ahora de mayores buscamos satisfacer, mediante la búsqueda de relaciones interpersonales muy estrechas".

En efecto, los psicólogos relacionan la dependencia emocional con una falta de afecto en los años cruciales de la niñez, un fallo en la percepción por parte del niño de las manifestaciones afectivas o incluso un miedo excesivo a perder el afecto de nuestros referentes emocionales, padres o tutores, si no acatamos estrictamente no sólo lo que nos piden que hagamos sino también lo que suponemos les gustaría que hiciéramos.

Independientemente de sus causas, los efectos prácticos de la dependencia emocional en la vida de una persona son su necesidad de afecto y su búsqueda instintiva de aprobación. Todos necesitamos afecto, pero la persona emocionalmente dependiente, además, busca a una persona a la que idealiza y por la que siente un apego y un enganche tal que necesita constantemente de su atención, su aprobación y su exclusiva dedicación.

La persona emocionalmente dependiente vive el amor como apego y admiración en lugar de intercambio recíproco. No sabe dar afecto pero necesita recibirlo y para ello está dispuesto a relegarse a un segundo plano a humillarse o incluso a sufrir vejaciones con tal de no perder esa relación de dependencia, como lamentablemente vemos tantas veces en la víctimas de la violencia de género. La persona dependiente tiene una gran falta de autoesima y se siente por ello necesitado de apegarse ansiosamente a alguien, no se siente capaz de resolver su cotidianidad y por eso necesita el apoyo de otro al que termina ahogando con sus demandas. Me parece que tienden a crear relaciones enfermizas con personas del tipo narcisista que necesitan tener alguien que los idolatre o consiguen relaciones con una importante carga sado-masoquista. Sufren lo indecible en las rupturas y a penas se han repuesto se lanzan a la búsqueda con entusiasmo de otra pareja.

Yo creo que lo que necesitan antes que nada es reforzar su autoestima ( cuestión nada fácil) para llegar a vivir la vida en pareja como una suerte de poder intercambiar ríos de afecto pero tener muy claro que dentro de cada uno ya está todo lo que necesita, que somos seres completos y que nadie va rellenar ningún hueco ( no hay huecos).

Partiendo del hecho de que todos en mayor o menor medida hemos sentido o sentimos algún grado de dependencia emocional no es fácil determinar cuándo ésta se vuelve patológica. Por ese motivo pienso que en lugar de luchar contra sus efectos negativos deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en desarrollar todas aquellas estrategias en las que los afectos se establecen sobre un plano de igualdad:

Soy responsable de mi vida y de llenarla de gozo. ( no tengo otra ).
Puedo sentir como el otro , pero controlar su vida no le hará más feliz.
Si me ocupo de mí probablemente estaré ocupándome de otros.
Si hago lo que creo me sentiré honesto.

27 de abril de 2009

Al César lo que es del César

Estos últimos días he oído invectivas por parte de los representantes de la Iglesia Católica a propósito de los ensayos con células madre, que me han dejado sorprendido.

Parece como si nuestra Jerarquía eclesiástica no hubiera aprendido, siglos ha, de sus errores al enjuiciar las teorías de Galileo. Siempre que los representantes de la Iglesia traspasan la esfera de lo puramente religioso corren el riesgo de opinar sobre materias que no son de su incumbencia, del mismo modo que los científicos traspasan los límites que les son propios cada vez que desde la razón intentan explicar el hecho religioso o la trascendencia.

La laicidad no ha logrado todavía asentarse de manera estable en la vida social y cultural de nuestro país. España, país de extremos, tiende siempre a situarse en polos diametralmente opuestos: o bien defiende con la cruz y la espada la religión a la fuerza en cualquier estamento de la sociedad, o bien imbuida de un laicismo trasnochado, pretende borrar de nuestro entorno todos los vestigios religiosos que perduran no sólo en nuestra cultura y nuestra historia, sino también y más ostensiblemente, en nuestro patrimonio artístico y arquitectónico. No podemos pretender que todas las aulas de nuestros colegios estén presididas por un crucifijo, como antiguamente lo estaban por los retratos de Franco y de José Antonio; pero tampoco parece de recibo pretender eliminar de la enseñanza toda referencia al cristianismo so pretexto de laicidad y de neutralidad. Más allá de las doctrinas y las creencias, el cristianismo es un factor tan fundamental en nuestra cultura que pretender ignorarlo es sencillamente una incongruencia.

Como explica Claudio Magris en su reciente Libro “La historia no ha terminado, “laico no significa de ninguna manera, como a menudo impropiamente se dice e ignorantemente se presupone, lo contrario de “católico” y no alude, de por sí, ni a un creyente ni a un agnóstico o a un ateo. La laicidad no es un contenido filosófico, sino un ámbito mental, la capacidad de distinguir lo que es demostrable racionalmente de lo que en cambio es objeto de fe – sin tener en cuenta la adhesión o falta de adhesión a tal fe – y de distinguir las esferas y los ámbitos de las distintas competencias, por ejemplo la de la Iglesia y las del Estado, lo que – precisamente según el dicho evangélico – hay que dar a Dios y lo que hay que dar al César”

Opino que la laicidad es una actitud de doble dirección. Debemos ser capaces de de comprometernos, de mantener nuestras ideas, de actuar conforme a criterios de justicia o de racionalidad, con total independencia de lo que opinen o hagan los demás, pero debemos admitir que otras personas puedan opinar y actuar con criterios diferentes.

Llama la atención que reclamemos la libertad de opinión universal y admitamos de buen grado la pluralidad de opiniones a nivel político y sindical y sin embargo nos llevemos las manos a la cabeza cada vez que un sacerdote o un obispo expresa su parecer a la luz de sus convicciones religiosas.

En resumen, laico es quien sabe aceptar una idea sin someterse a ella, quien mantiene su independencia crítica, quien no necesita idolatrar sus convicciones ni denostar las creencias de los demás para justificarse a sí mismo y sentirse mejor.

23 de marzo de 2009

El eco de tu voz


Cuando mencionamos la palabra ECO automáticamente nos imaginamos caminando por un desfiladero y lanzando llamadas que se estrellan contra las rocas y regresan a nosotros con una miseriosa reverberación. Recordamos también que la mitología se apoderó del fenómeno para explicar cómo Hera fue engañada por Zeus utilizando la voz de una oréada o Ninfa de la Montaña.

Pero no trato aquí de hablar de Eco como figura mitológica ni como fenómeno físico, sino del eco como arte de saber escuchar. Creo que escuchar es algo que nos cuesta mucho a todos. Oímos, escuchamos de pasada, pero no ejercemos la escucha atenta, la escucha que anima y ayuda a clarificar ideas. La Eco mitológica fue castigada por Hera a repetir la última palabra de cada frase y desaparecer ... desvanecerse...
Y en eso precisamente consiste la escucha atenta. Tan atenta que acabamos fundiéndonos con nuestro interlocutor, repitiendo su última palabra, para asegurarle que seguimos escuchando, que reformulamos lo que nos dice obligándole así a explicarse y precisar su pensamiento.
Las personas que apreciamos y que nos aprecian, no necesitan generalmente de nuestros consejos y desde luego, cuando los necesitan nos los piden directamente y sin rodeos. Pero lo que siempre necesitan es que les escuchemos.

Unas veces hablan por vanidad, por necesidad de sentirse importantes de justificar su mediocre existencia. Tienen que encontrar a alguien a quien contar sus proezas, sus conquistas, sus logros en el deporte, en la pesca, o en el trabajo. Escuchar con atención en estas ocasiones es una auténtica proeza porque además de aburrirnos sentimos un irreprimible deseo de mandarles a paseo

Otras veces nos buscan porque no tienen claro lo que quieren. Se debaten en una maraña de alternativas y una confusión mental tal, que lo que buscan es aclarar las ideas. No necesitan que acrecentemos su confusión aportando soluciones. Los argumentos están ahí a favor y en contra de su proyecto, pero necesitan verbalizarlos para ordenarlos, priorizarlos y tomar una decisión. Si a caso, en estos casos sólo cabe hacer alguna pregunta aclaratoria sobre sus argumentos, para ayudarles a reformularlos de manera congruente con el caso.

Con frecuencia alguien que confía en nosotros nos habla porque se siente abatido, sin ganas, deprimido, nostálgico y no sabe muy bien por qué. Nuestro error en estos casos es ofrecer recetas como quien dispensa pastillas en una farmacia. Frases como "Lo que tienes que hacer es..." "No pienses en ello..." "Eso son tonterías..." son recurrentes cuando alguien nos está contando sus pequeñas frustraciones o sus desánimos. Necesitamos enormes dosis de empatía para silenciar nuestras recetas, y sobre todo para callar nuestras propias y parecidas congojas. No es el momento de decir: "igual que lo que me pasó a mí cuando... " y lanzarse en una perorata sobre nuestros propios problemas. Sentir empatía supone intentar pensar y sentir con nuestro interlocutor, pero no para suplantarlo sino para entender lo que nos cuenta sintiendo como él siente y con la misma intensidad que él está experimentando. Las palabras de asentimiento, las interjecciones breves que denotan nuestra presencia y nuestra escucha, y breves preguntas aclaratorias, pero nunca indagatorias, son algunas de las reacciones válidas en estos casos. El mejor alago que nos pueden hacer después de haber escuchado en perfecto silencio las confesiones o las angustias de un amigo, es que se despida diciendo : "¡Muchas gracias! No sabes cuánto me han ayudado tus consejos!”

Actuar así, es convertirse en ese anhelado eco que todos buscamos alguna vez y sinceramente a veces, me gustaría encontrar esa peña perfecta en la que se refracten mis pensamientos y mis dudas y me reboten como un límpido eco que me ayude a comprenderme mejor.

8 de marzo de 2009

8 de Marzo, Día de la Mujer Trabajadora


No es fácil plasmar en unas líneas todas las ideas, opiniones, e interpretaciones a las que da lugar una fiesta como la de "La mujer trabajadora".
Como no quiero convertir mi blog en un lugar de polémica, he decidido surprimir el "post" inicial pidiendo perdón a las personas que ya han tenido la oportunidad de opinar sobre él. (Según como se mire todos tienen razón...)
Sigue incólume mi admiración por todas las mujeres que trabajan: fuera o dentro del hogar, con frecuencia fuera y dentro del hogar, por todas las mujeres que le han plantado cara a la vida y que solas o en pareja luchan por sacar adelante a su familia.

13 de febrero de 2009

Volver a enamorarse


No sé por qué motivo, a los que alcanzamos la cota 50 de nuestra regata por la vida, hablar de enamorarse, pensar en el día de San Valentín, o tener un gesto romántico nos pilla siempre un poco a desmano y nos obliga casi a disculparnos, a restarle importancia, a reírnos de nuestra propia incongruencia.

Es como si enamorarse fuera un pequeño vicio de la juventud. De alguna manera parece que estemos confesando que aquello que sentimos un día por primera vez, o lo que hemos vuelto a sentir más adelante, sin merecerlo quizá, fuera un error, un traspiés achacable a la inexperiencia o a una idea equivocada de la vida.

Nos avergüenza, crea en nosotros desasosiego y sin embargo, sabemos que fue algo maravilloso mientras existió, mientras siga existiendo, y tímidamente si lo hemos perdido deseamos recobrarlo aunque no tengamos el coraje de hablar de ello. Seguramente hay pocas cosas que nos creen tanta confusión como confesar que estamos enamorados. Esto es particularmente verdad en los hombres. Algo falla cuando no hemos aprendido a verbalizar los sentimientos y el amoroso menos que cualquiera.

En su libro “El rompecabezas de la sexualidad” el conocido filósofo José Antonio Marina define el amor como “el deseo de que otra persona sea feliz por mediación mía, y el sentimiento de plenitud y de alegría que acompaña a su cumplimiento”. Probablemente hallemos tantas definiciones diferentes del amor y del enamoramiento como autores consultemos, pero en este día, víspera de San Valentín, me gustaría quedarme con esta definición por lo que tiene de permanente y desinteresada. Cuando nos enamoramos de manera recíproca, cuando la felicidad de uno mismo está basada en ser capaz de complacer, de hacer feliz al otro, ni la edad, ni los avatares de la vida, ni los desengaños pueden destruir ese profundo sentimiento de pertenencia y dedicación.

Si, alguna vez esa reciprocidad se descompensa o desaparece, se está abriendo una puerta al desengaño. La pareja puede seguir unida por motivos o intereses variopintos, pero el enamoramiento se desvanece, y en el mejor de los casos la convivencia se convierte en un intercambio de concesiones. No es de extrañar que en la sociedad actual, en que se han multiplicado los cauces de relación personal a través de la movilidad en el trabajo, internet, y sus variadísimos foros, chats, blogs, etc., surja a veces la oportunidad de conocer a otra persona que nos parezca capaz de llenar el vacío que dejó la relación del desengaño.

Seguramente es posible entonces volver a enamorarse. El porcentaje de segundas relaciones surgidas a través de la red no hace más que multiplicarse pero a veces olvidamos que según la definición que resaltaba anteriormente, el enamoramiento tiene esa doble vertiente de sentirse feliz haciendo feliz al otro, lo cual pese al avance de las comunicaciones, y la multiplicación de las oportunidades, supondrá siempre, saber transigir, renunciar, y anteponer mutuamente los intereses del otro a los intereses propios.

22 de enero de 2009

¡¡ Basta !!

Admiro los surtidores de las gasolineras que se paran automáticamente cuando el depósito del automóvil está lleno. El hombre a lo largo de su evolución a desarrollado un maravilloso sistema de alerta que encienden los mecanismos imprescindibles de supervivencia como la sed, el hambre, el miedo o la ira. Sin embargo, cuando estas necesidades están cubiertas o las causas que las provocan han desaparecido, el mecanismo que nos indique el punto de saciedad es mucho más difuso y con frecuencia pervertido o atrofiado por los sentimientos y las emociones.

Sabemos cuando tenemos hambre pero nuestro cuerpo no emite señales distintivas para que dejemos de comer cuando estamos saciados . Todos tenemos la experiencia de “habernos pasado”, de “haber comido de más”. El lugar donde comemos y las personas que nos rodean tienen una influencia directa en nuestra ingesta de alimentos. Está demostrado que en los restaurantes de comida rápida, rodeados de personas que engullen “big Macs”, comemos más de prisa y generalmente nos pasamos más fácilmente de la raya que cuando comemos pausadamente en un restaurante caro alternando nuestra comida con una conversación amena entre amigos. Según cómo y donde, lo tenemos más difícil para decir ¡Basta! Nuestro cuerpo no nos ayuda demasiado en esta tarea.

Nuestros ancestros, para poder sobrevivir los crudos inviernos post-cuaternarios aprendieron a acumular no sólo para el momento presente sino también en previsión de necesidades futuras. Aunque nuestras vidas han cambiado drásticamente, en nuestros genes siguen inscritos algunos de estos atavismos primigenios, y todos, de alguna manera, sucumbimos a la necesidad de acumular, almacenar, adquirir para tiempos malos. Somos más partidarios de las hormigas que de la cigarra de la fábula, y eso está muy bien, pero ¿cuál es el mecanismo que nos dice ¡basta!? ¿Hasta dónde es suficiente? Merece la pena acumular objetos, utensilios o bienes, a cambio del tiempo de trabajo necesario para pagarlos? ¿Dónde se encuentra el punto de equilibrio entre lo que se tiene y el tiempo necesario para disfrutarlo? Me hago estas preguntas y creo que no hemos encontrado tampoco en este terreno el punto de saciedad responsable que nos permita prever y proveer para el futuro sin por ello dejar de disfrutar del presente.

Cuando llego por la mañana a mi despacho, he ojeado dos periódicos locales. Abro el ordenador y veo las principales noticias mundiales en Internet. Llego a casa a medio día y veo las noticias en la televisión. En el correo electrónico, amén de la publicidad no deseada (Spam) me invaden los pps, los mensajes, los chistes, y afortunadamente cartas de amigos siempre deseadas. Sobre la mesa se amontonan los libros por leer, las películas en DVD por ver, los CD de música por escuchar y me vuelvo a preguntar: ¿Cuándo es la información suficiente? ¿Cuándo hay que decir ¡Basta!? Pienso sinceramente que a fuerza de tener información perdemos capacidad de opinión. Oímos versiones contradictorias de los hechos, y más de una vez tendemos a repetir lo que se dice en lugar de reflexionar sobre lo que ocurre.

Cada vez que necesito cambiar de teléfono móvil siento la tentación de echar a suertes cuál escoger, y es que aquí también estamos inundados de alternativas y empieza a ser hora de decir ¡basta de opciones! Tantas alternativas acaban agobiándonos. Acabamos no sabiéndo cuál es la elección correcta y además eso crea en nosotros un cierto estado de ansiedad ya que recién hemos comprado una cámara, un ordenador portátil, o un videojuego, ya ha salido un nuevo modelo que hace el nuestro obsoleto. Nuestra sociedad está tan montada en el carro de la producción en masa que sería peligroso que de pronto dejáramos de consumir, pero creo que estamos abusando de los recursos disponibles en el planeta y está siendo hora de decir ¡Basta!

28 de noviembre de 2008

Secuestro a primera hora de la mañana

Soy el último en subir a este autobús mañanero que nos transporta casi inconscientes, y nos enfrenta a la rutina diaria. A pesar del probable aseo matinal, de algún que otro vago olor a colonia, miro a mi alrededor y sólo veo párpados hinchados, rostros abotagardos y languidez en las posturas. Es como si frente a cada uno de nosotros el film inacabado de un sueño estuviera aún presentando los títulos de crédito. Los niños sin embargo, bajo el enorme peso de sus mochilas parecen totalmente despiertos y miran impacientes a sus madres. Para ellos, la noche fue un paréntesis. La vida empezó en el momento mismo en que se despertaron. Los adultos probablemente nos incorporamos a la vida más despacio.

En las manos, llevamos bolsos, cartapacios, carteras, alguna bolsa de la compra, en suma mil variados objetos a los que nos aferramos como si fueran emblemas de nuestra aún dubitativa identidad. De pronto, me pregunto: ¿qué ocurriría si unos encapuchados inmovilizaran el autobús, nos secuestraran y nos pidieran que depositáramos frente a ellos nuestras pertenencias? ¿Cuánto dinero, o cuánta miseria podrían amontonar? Unos pocos Euros, algún bocadillo, alguna prenda de vestir, cosméticos, medicamentos, en suma la carga liviana de los condenados a fichar todas las mañanas en un trabajo rutinario y sin horizontes.

Pese a las sacudidas, frenazos y paradas del autobús debo seguir soñando porque me sigo preguntando: ¿Y si los atracadores nos pidieran exclusivamente que nos vaciáramos de lo que cada uno va pensando? ¿Qué ocurriría si mediante un spray mágico un atracador de ideas fuera capaz de solidificar nuestros pensamientos de ese momento, convertirlos de alguna manera en material tangible, visible para todos?

Por suerte, mis últimos pensamientos antes de caer en este pequeño descalabro mental tuvieron que ver con Madrid, con el tiempo que hace que no visito una exposición de pintura y de ahí por pura lógica me vino a la mente Rembrandt, luego mi blog y por último el famoso cuadro de la National Gallery “Heindrix bañándose en el río”
¿Y mi vecino? Ese señor mayor que no parece haya aún abierto los ojos y que cabecea rítmicamente. Posiblemente piense muy atrás en el tiempo, cuando se dedicaba a las faenas del campo, antes de que el Polo de Desarrollo de Burgos lo atrajese a la ciudad como la miel a las moscas. ¿Era feliz entonces? ¿Lo es más ahora? Me fijo en la señora de chaquetón beige y cuello forrado de piel. Esos ojos hundidos, y apagados, esa cara tan triste, esa falta de cualquier pequeño adorno, de un dije, sortija o pendiente, no puede albergar pensamientos alegres. ¿Esta enferma? ¿Es feliz? ¿Tiene hijos? ¿Con quién comparte sus penas? Algo más allá, cerca de la puerta de pie y con la cabeza medio inclinada aquella muchacha joven parece algo turbada. Un ligero sonrojo asoma en su rostro limpio y pálido. ¿Qué ocurrió ayer? ¿Sigue repasando los detalles? ¿Qué le dijo él? ¿Por qué se lo dijo?

Me fijo entonces en los niños, pero de ellos, estos extraños ladrones, obtendrían escaso botín. Ellos son todo acción, proyección. Ellos viven el momento y los viven con todos los sentidos abiertos y sensibles como antenas

Los quince minutos que tarda el autobús en llegar a destino se han pasado en un instante. Despierto a la realidad y miro a mi alrededor. Por supuesto, no hay atracadores, sólo mi pensamiento ha sido seriamente atacado y envenenado por ese frenético interrogatorio. ¿Qué sé yo de las personas que comparten conmigo el autobús todas las mañanas? Después de tanto tiempo, ¿a quién conozco? Qué sé de las personas con las que me cruzo? ¿Qué piensan? ¿Cómo es su vida más allá o más acá de los 15 minutos que compartimos en el autobús? Nadie habla con nadie. Ya ni siquiera se estila un “¡Buenos días!” al subir al autobús. Arrastramos nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones, nuestras penas, quizá también nuestras alegrías como el condenado arrastra su bola de hierro. Ahora comprendo el comentario de ese amigo que un día me dijo: “Me ha ocurrido algo insólito esta mañana entré en el ascensor y como hago siempre lancé un sonoro “¡Buenos días!” a las personas acurrucadas cada una en su rincón como si quisieran pasar desapercibidas: mi miraron con tal cara de asombro que pensé que había dicho un taco!"

4 de noviembre de 2008

Derecho a opiniar

Siguiendo la recomendación de los sabios, llevo varios días dándole vueltas a la lengua sin hablar sobre el revuelo que se ha montado esta pasada semana a propósito de las supuestas declaraciones de su Majestad la Reina de España a la periodista y escritora Pilar Urbano.

¡Pero ya está bien! Desde el profundo respeto que me merece cualquier persona, con independencia de su tendencia sexual, sus creencias o su postura política, opino que cualquier persona, incluida la Reina tiene derecho a expresar sus opiniones o convicciones morales. He leído atentamente sus supuestas declaraciones y no veo en lugar alguno, palabras o actitudes vejatorias para el colectivo gay. Se limita sencillamente a expresar su extrañeza por la falta de imaginación a la hora de elegir un nombre para la unidad familiar compuesta por dos personas del mismo sexo. ¿Por qué utilizar la misma palabra cuando es un contrasentido etimológico?

Se argumenta que sus palabras han sido poco prudentes y políticamente incorrectas y desde Zarzuela se descalifica a Pilar Urbano y se la acusa de inexactitud a la hora de transcribir las palabras de la Reina que además fueron dichas en el ámbito privado. No dudo ni un segundo de que la Reina dijera lo que dijo y creo que la Zarzuela le ha hecho un flaco favor tratando de quitar hierro al asunto. No se puede vivir callando por no molestar a los que gobiernan, sean del signo que sean. La democracia alcanza también a los Reyes y en democracia expresar libremente nuestras opiniones es un derecho fundamental.
¡God save the Queen!