31 de diciembre de 2011

Letanía de agradecimientos

Hace un año, por estas mismas fechas, resumía el año transcurrido en una letanía de agradecimientos por personas, vivencias, paisajes, oportunidades que me fueron brindadas seguramente sin merecerlas. El gesto puede parecer arrogante, pero nada más alejado de mi pensamiento que la vanidad. Aunque el año ha quedado jalonado de intervenciones médicas, pruebas, diagnósticos , y otras vicisitudes quiero sobre todo abarcar el año transcurrido en positivo pero sin nostalgia, deseoso de seguir adelante en mi peregrinar pero consciente de que no se trata de un peregrinar en solitario, que personas que me quieren o que me ofrecen su amistad caminan a mi lado.


     - En el Camino de Santiago del Norte, desde Bilbao a Llanes y con el propósito de seguir el año próximo.
       - Por las sendas y trochas del Alto Tajo recorriendo los susurrantes y otoñales orillas del río que se hace
       - Disfrutando en la Alta Montaña y de paisajes infinitos en el Parque Nacional de Somiedo.
       - Caminando por las recortadas, resecas y sin embargo floridas costas sendas del Parque Nacional de Sierra de Gata durante esta primavera.
       - Conociendo Archena y sus templadas aguas al tiempo que caminaba en compañía por el valle de Ricote en la provincia de Murcia.
       - Recorriendo, cercana y desconocida, la Rioja y lugares tan entrañables como San Millán de la Cogolla, Monasterio de Cañas, Ezcaray o La Guardia.
       - Praga revisitada, ha sido desde luego un hito que ha marcado todo el año. Disfruté de la compañía, disfruté de las exposiciones de pìntura, de los monumentos pero sobre todo de la música de la Opera .

Recojo estos momentos especiales sin olvidar las gratificantes sesiones de pintura, de yoga o de gimnasia, ni los interesantes intercambios de opinión en el club de lectura o en el taller de escritura de mi precioso pueblo de adopción. Los días se van cargando de sentido, de propósito y de determinación y cuando las fuerzas flanquean recordar los momentos más destacados me animan a seguir adelante con un renovado agradecimiento a todos los que caminan a mi lado.

29 de diciembre de 2011

Bautismo del Aire

Sus uñas, mal perfiladas y torpemente esmaltadas de color teja se hincaban cada vez con más fuerza en mi brazo desnudo. Yo le sonreía y trataba de calmar su incipiente nerviosismo. Pensé en el valor sobrehumano de aquella mujer, y en comparación, el dolor producido por sus arañazos me pareció una nimiedad sin consecuencias. No me costó ponerme en su lugar y sentir algo de su congoja.


Había abordado el avión de Iberia con destino a Madrid que me devolvía, aquel caluroso sábado veraniego, de vuelta a casa después de una semana de trabajo en Sevilla. Acomodado en un asiento de pasillo, iba mirando los viajeros que entraban al avión y echaba suertes sobre quién acabaría sentado a mi lado. Cuando la vi parada en el pasillo, con aquella ropa desparejada y un peinado excesivo, jadeante, la mirada perdida, los brazos cargados de bultos mientras intentaba descifrar la tarjeta de embarque, que sostenía en la mano, supe sin lugar a dudas que sería mi compañera de viaje. En efecto, una azafata, al comprobar el atasco que se estaba produciendo vino en su ayuda y con exquisita amabilidad le indicó el asiento de ventanilla a mi izquierda.

La ayudé a colocar los bultos y ese gesto bastó para que se abrieran las compuertas de aquel torrente de excitación, y pánico muy exteriorizado que la ahogaba.

- Perdone, ¿usted ha volado más veces? Me preguntó entre jadeos mientras se acomodaba en el asiento

- Mire, por suerte o por desgracia lo hago todas las semanas.

- Ay, ¡qué bien! Así me dirá usted lo que tengo que hacer. Es que es la primera vez que subo a un avión ¿Sabe?

- ¿Va a Madrid?

- sí, mire, primero voy a Madrid, y desde Madrid voy a Alemania, a un pueblo que se llama… que se llama…, déjeme que lo mire, que lo llevo apuntado en un papel. Mi marido, Joaquín, me ha enviado los billetes.

- Ah, ¡entonces va a reunirse con su marido! ¿Se quedará mucho tiempo?

- No, el hotel es muy caro y no podemos gastar tanto dinero. Estamos ahorrando para hacernos una casa en Dos Hermanas. Mi marido trabaja en una fábrica y vive con otros compañeros en un barracón, pero mientras esté yo allí iremos a un hotel. Es que hace casi dos años que no nos vemos, ¿sabe?

- Pues nada, Señora, me alegro mucho de que pueda ver a su marido. y no se preocupe. El avión es muy cómodo y en un momento estaremos en Madrid. Al llegar no se olvide de preguntar a alguien del aeropuerto como encontrar el avión que la llevará a Dusseldorf.

Mis palabras parecieron tranquilizarla un poco, pero la cháchara con la que intentaba sosegar su ánimo se desbarató cuando el avión enfiló la pista y aceleró para despegar. Se asió fuertemente al reposabrazos, luego al respaldo del asiento delantero, pero le pareció poco seguro. Sus manos se aferraron entonces a mi brazo, hundió la cabeza en mi hombro e imploró:

- ¡Perdone!, ¡cuántas molestias le estoy dando! ¡que pensara de mi!, ¡Dios mío qué vergüenza… ¡Pero tengo tanto miedo…!.

- Tranquila Señora, ¿ve? ya estamos en el aire. Mire por la ventanilla, mire ahí abajo, ¡qué pequeña se ve Sevilla!

- ¡Ay no! No le parezca mal pero prefiero ir con los ojos cerrados agarrada usted y pensando que es mi Joaquín.

- Pues muy bien señora, seré su Joaquín todo el tiempo que usted quiera.

Aunque el vuelo fue relativamente tranquilo, podía sentir cada sacudida, cada cambio de ritmo de los motores, cada ligero vaivén, cada inclinación de las alas por la fuerza con la que sus uñas se hundían en mi brazo. Afortunadamente una hora pasa rápido y a pesar de lo embarazoso de la situación, me sentía entre divertido y apenado imaginando el torbellino de vergüenza, impotencia y pánico de aquella mujer y su valentía a pesar de todo, para aventurarse en aquel viaje tan lleno de escollos para ella, como para un conquistador el descubrimiento de un nuevo continente.

No se enteró de que aterrizábamos, hasta que las ruedas del avión tocaron pista, pero entonces dio un grito:

- ¿Qué pasa? ¿De qué es ese ruido? Parece que nos vamos a estrellar.

- No, ni mucho menos. ya hemos llegado a Madrid. El avión está en tierra.

Me miró con un suspiro de alivio. Vi entonces por primera vez sus profundos ojos negros que había mantenido cerrados durante todo el trayecto. La ayudé a desembarcar y aquel día lamenté interrumpir tan pronto mi viaje. Me hubiera gustado acompañarla hasta Alemania

- Muchísimas gracias por su ayuda. Ha sido usted muy bueno y paciente..

- De nada, Señora, todos hemos sentido algo de miedo la primera vez. Espero que encuentre bien a su marido y que pasen unos días felices en Dusseldorf.

La dejé en manos de una azafata de tierra y me encaminé hacia la recogida de equipajes. Una línea de ocho marcas profundas festoneaba mi brazo. Mi preocupación ahora era inventar rápidamente una historia creíble para explicar ese extraño tatuaje.

24 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


Queridos amigos seguidores de este blog

Lo propio en esta fecha sería incrustar una imagen con abetos nevados, renos y campanillas o bien una imagen sacra recordando el Misterio:  haría así lo que se espera de mí.

El corazón sin embargo me pide otra cosa: una madre, con un niño en brazos, que no pudiendo pagar la hipoteca ve como sus cosas, escasas posesiones, se van amontonando en la acera. O quizá una pequeña hoguera encendida en una habitación ametrallada de esa casa reventada de Trípoli, en la que tres soldados calientan un té. O mejor quizá esa cooperante de Médicos sin Fronteras que en Somalia ayuda a una desnutrida y exangüe parturienta. Pero no, eso tampoco va con mi estilo y aunque las imágenes me laceren intento sobreponerme y creer en nuevos horizontes.

Por fin vence la sobriedad, la sencilla belleza de unas flores que se ofrecían por igual a todos los que pasaban por aquel camino del valle de Ricote. Una flores que no distinguen entre ricos y pobres, entre afligidos y exultantes, entre vencedores y vencidos. Flores que son un símbolo de sencillez, de confianza, sabiendo que tienen que cubrir un ciclo de vida siendo lo que son: hermosas y ofrecidas.

Con ellas, para todos, con sencillez, Feliz Navidad

3 de diciembre de 2011

Uno más entre nosotros

-¡Taxi, taxi!

Jadeando, la maleta en una mano y gabardina en el brazo, salí a la caza desesperada de un taxi. Mi vuelo a Bruselas salía en una hora y me encontraba aún en plena Castellana.

Afortunadamente mi plegaria secreta fue escuchada. Un taxi reluciente frenó a mi lado. El conductor bajó la ventanilla y me preguntó:

- ¿A dónde vamos caballero?

- Al aeropuerto, T4 y luego a Bruselas si logra el milagro de que llegue a tiempo.

- No hago milagros, pero suba y no se apure, el tráfico despejará pasada Plaza Castilla.

Sin apearse, el taxista abrió desde dentro el maletero. Dejé la maleta y subí rápidamente al coche. Con serenidad, el taxi arrancó y aunque nada se podía hacer para apresurar la marcha, por primera vez, me sentí esperanzado. En efecto, pasado el túnel de plaza Castilla el tráfico se volvió más fluido. Entonces el conductor me preguntó:

- ¿Va por muchos días?

- No, sólo hasta el viernes.

- ¡Ah! Menos mal porque en vísperas de Reyes, si tiene hijos, tiene que ser duro salir de viaje, para ellos, pero quizá aún más para usted.

Afortunadamente volvería a tiempo para llevar a Claudia a la Cabalgata de Reyes. El taxi circulaba ahora veloz por la M 40 y casi sin darme cuenta, estábamos frente a la T 4. Eran las 10:45. Faltaban 35 minutos para la hora de salida. El taxista, abrió de nuevo el maletero sin apearse, se volvió sonriente y me deseó mucha suerte. Quise estrecharle la mano al tiempo que pagaba la carrera. Sólo entonces, descubrí que le faltaba el brazo izquierdo, y que el derecho terminaba en una prótesis que hacía las veces de mano. No pude refrenarme, estreché aquella mano metálica y la sentí muy cálida, una más de las que estrecharía ese día.

5 de noviembre de 2011

Negras ondas

Su fascinación por las ondas le venía de niño, cuando acompañaba a su padre a orilla del río y se entretenían tirando y haciendo rebotar sobre el agua las piedras más planas y lisas de la orilla. Cada roce en la superficie del agua producía como una leve marea que se iba dispersando, alejando en ondas concéntricas y desaparecía de la vista.

Algo más tarde aquel entretenimiento infantil se convirtió en su obsesión. Experimentó con piedrecillas arrojadas desde el brocal del pozo, pero las ondas chocaban con las paredes y desaparecían en la oscuridad. Intentó medir la amplitud de las ondas arrojando objetos de diferente calibre desde la altura del puente. No sacó conclusiones pero pudo constatar que el límite de las ondas no era otro que su propia vista y los restringidos espacios en los que se movía. ¿Qué ocurriría si pudiese subir a un helicóptero y desde allí arrojar un enorme peñasco en el mismo centro de un lago brillante y liso como un espejo? ¿Hasta dónde llegarían las ondas? ¿Qué las detendría?

No había duda, Leandro había nacido para ser físico. A lo largo de sus estudios, aquellas inquietudes infantiles lejos de amainarse se fueron intensificando. El por qué de las cosas le apasionaba. Bebía con avidez cada palabra, cada explicación, cada experimento de sus profesores, pero las ondas, ahora sonoras, seguían siendo su principal obsesión, y a ellas se venía dedicando en cuerpo y alma desde entonces. Sus compañeros, sobre todo Basilio, se burlaban por lo bajo de su empeño y comenzaron a llamarlo “Einstein”.

Alto, rubio, de penetrantes ojos grises, fue un inconsciente conquistador durante toda su juventud. Siempre había alguna muchacha a su vera fascinada por su seguridad, por su cálida sonrisa, o por su incansable y verborrea científica, incapaces de comprender que Alejandro sólo las veía como receptoras interrogantes de sus disquisiciones.

Las ondas sonoras son ondas mecánicas longitudinales que se propagan a través de un medio elástico. Su intensidad es la potencia transferida a través de la unidad de área normal a la dirección de la propagación. Leandro se fue adentrando cada vez más a fondo en el enigma de los sonidos. Su lenguaje se fue transformando en vocablos cada vez menos inteligibles: vibraciones, rarefacciones, resonancias, frecuencias, tonos, fueron formando un galimatías para los compañeros que poco a poco, sin poder tomar parte en sus conversaciones se fueron alejando.

Aquel muchacho que tiraba piedras en las charcas para ver como se formaban perfectos círculos concéntricos en torno al punto de impacto, se convirtió en un renombrado científico que seguía hechizado por las mismas cuestiones. Si las ondas siguen en continua expansión, ¿cuándo desaparecen? ¿La voz de los grandes profetas sigue vibrando en el aire a pesar de los siglos transcurridos? ¿Podrían recuperase esas ondas infrasónicas para convertirlas de nuevo en palabras inteligibles? ¿Qué potente mecanismo podría invertir la expansión de las ondas para conseguir una longitud inteligible Lo que podría haber sido una inquietud de científico, en Leandro, paulatinamente se fue convirtiendo en una obsesión que no le dejaba vivir. Trasladó su laboratorio a una casa de campo en las afueras de la ciudad. Sus familiares, sus amigos, sus compañeros de profesión perdieron todo contacto con él. Aprovechando una inesperada herencia, presentó su renuncia irrevocable en el Centro de Investigaciones Científicas para el que trabajaba. A los dos o tres años, nadie en su círculo hablaba ya de aquel chiflado que había abandonado todo en pos de una quimera.

Un día sin embargo, Leandro apareció en la ciudad presa de una gran agitación. Durante días, se le vio deambular por diferentes talleres locales y hasta donde se pudo saber les encargó la fabricación de diversas piezas e instrumentos siguiendo unos minuciosos planos diseñados por él. Pocos dudaban ya de la locura del pobre hombre, pero verle de pronto, con la vista perdida, mal vestido, desaseado, casi famélico y tirando su dinero en construcciones disparatadas acabó con los últimos resquicios de fidelidad de sus más inquebrantables amigos. Estaba loco de remate y eso ya no tenía remedio.

Ajeno a los comentarios y a las miradas condescendientes, Leandro fue transportando cada pieza fabricada a su recóndito laboratorio Nadie se imaginó jamás que aquella vieja furgoneta verde en la que algunos le vieron por la ciudad, servía para transportar el delicado y misterioso cargamento. Pero, ¿quién sigue a un chalado que abandona un magnífico puesto de trabajo, corta con su familia y sus amigos y se retira a un lugar desconocido? A los locos se les deja a su aire a condición de que ellos nos dejen tranquilos.

Así pues, la presencia esporádica de aquel por la ciudad, acabó suscitando menos revuelo que el producido por los guijarros que de niño arrojaba desde el puente. Leandro se volvió invisible en la soledad de su secreto. Porque sí, ahora había secreto. Había descubierto la manera de revertir las ondas sonoras. Trabajó con ahínco ensamblando las diferentes piezas que había mandado construir. En un claro del bosque por detrás de la casa, fue surgiendo una torreta, y luego una gran antena helicoidal rodeada de reflectores en forma de espejo que vistos de lejos parecían los pétalos de una gigantesca margarita a punto de cerrarse para evitar el relente.

Tras ensayos y fracasos, intentos y más intentos, un día, pudo por fin vislumbrar el camino que lo llevaría definitivamente a ver realizado su sueño. . A cada nuevo ensayo percibía más y más sonidos que le hubieran vuelto loco de no haber puesto filtros y limitadores de volumen en aquella gigantesca Babel de de palabras entremezcladas que juntas formaban una cacofonía pegajosa e insoportable.

Llegado a este punto se topó con un nuevo problema: ¿De qué le servía condensar las ondas, captar las palabras ni no era capaz de aislarlas unas de otras y sacar de aquel amalgama algo inteligible dicho hace cientos, de años o solamente ayer? Cualquier otro hubiera tirado la toalla, no así Leandro. A estas alturas de la vida, había renunciado a una vida de familia, a sus amigos, a la comodidad de un trabajo apasionante y bien remunerado, atraído por unos susurros de sirena que quizá sólo habitaban en su cerebro.

Si los metales pueden extraerse de su ganga, si las células pueden aislarse, si cualquier cuerpo complejo puede descomponerse en sus elementos básicos, ¿por qué no va a ser posible clasificar los sonidos y aislarlos por frecuencia, timbre o tono? Inmune al desánimo, incansable ante el fracaso, redobló sus esfuerzos, revisó sus axiomas, formuló hipótesis y partiendo siempre de otros descubrimientos en otras esferas de la ciencia, se topó por fin con una obviedad hasta entonces insospechada. Si las células microscópicas son capaces de poseer una marca de identidad tan indiscutible como el ADN, ¿no ocurría lo mismo con los sonidos? ¿Cuál podría ser el ADN equivalente para los sonidos? Entraba así en una nueva época de tanteos, titubeos, y marcha a ciegas. Las certezas le habían abandonado por completo. Cualquiera que lo observara en ese trance se toparía con un hombre enfebrecido que descuidaba su alimentación, su aseo y todo lo que no fuera su obsesión por descubrir ese pequeño detalle que le permitiera hacer pasar los sonidos por un inmenso tamiz que filtrara sólo aquellos que le fueran inteligibles y pertenecientes a un único emisor. Debía comenzar a hacer pruebas con su propia voz. Grabó una y otra vez palabras aisladas, las transformó en valores y elementos y buscó incansable algún elemento común a todas ellas que le permitieran identificar dichas palabras como pertenecientes a una sola persona.

Su esfuerzo se vio por fin colmado el día que menos lo esperaba. Accidentalmente la grabadora de ondas se puso en marcha mientras escuchaba un debate en la radio. Para relajar un poco la tensión que venía acumulando y a modo de juego, le dio por crear el espectro sonoro de cada uno de los contertulios. Fue así como descubrió en cada uno de ellos un elemento específico y cuantificable que denominó Factor Andro, abreviado NDR, pequeña concesión a su descubridor.

Leandro quedó cegado por el fogonazo de su descubrimiento. Aunque llegó a él de manera casi fortuita, sus intuiciones no habían sido descabelladas. Todo sonido humano posee en su onda, una característica única y tan exclusiva a cada persona como puede ser su ADN, las yemas de sus dedos o las líneas en el iris de sus ojos. Había conseguido su sueño. Como el cazador en busca de su trofeo, Leandro podría salir a la caza de palabras dichas, de palabras olvidadas, de esas palabras que lleva el viento. Y sintió miedo. Tanto miedo que se quedó paralizado. ¿Qué hacer ahora? ¿Por dónde empezar? ¿A quién comunicar su hallazgo?

El criterio científico por fin se impuso a toda emoción, sentimiento o desenfrenado alborozo. Debía dejar reposar su descubrimiento. Se imponía un período de reflexión, de descanso. Durmió sin interrupción durante dos días completos. Cuando, después de este benéfico descanso volvió por fin a su laboratorio, ya tenía esbozados los pasos que debía recorrer antes de hacer público su descubrimiento. El primero de todos, poner a prueba su invento intentando espigar entre los millones de palabas que flotan en el aire, aquellas que él había pronunciado a lo largo de su vida. ¿Qué mejor que sus propias palabras como banco de prueba de su descubrimiento?

No fue fácil afinar su artilugio, al que llamó “andrófono”, para que comprimiera exclusivamente palabras con el mismo nivel NDR. El espectro era tan fino que ajustarlo por completo aún le llevaría algún tiempo. No obstante, impaciente, quiso recuperar sus palabras del pasado y a través de ellas su vida o al menos aquella que había sido capaz de vivir antes de que le sobreviniera su pasión investigadora.

Entre numerosos ruidos de fondo, posiblemente de miembros de su propia familia, fue entresacando gorjeos, lloros, risas de bebé, y muy pronto palabras nítidas como “papa”, “mama”, “roro”; luego alcanzó a distinguir frases completas que aunque no recordara no podían haber sido pronunciadas sino por él mismo: - “Mamá, ¿cuándo va a volver la abuelita Encarna?” - Esa frase sólo podía referirse a su empeño por volver a casa de su abuelita Encarna fallecida unos meses atrás. Más adelante empezaron a aparecer, respuestas concretas a preguntas del maestro de turno, bromas con sus compañeros de clase, risotadas, gritos de recreo, “¡no vale!, ¡no fui yo!”, “Seño, seño, Juanito me está copiando!.”... tantas frases fuera de su contexto, que al final, el ánimo de Leandro empezó a decaer vertiginosamente. ¿Para esto se había enterrado una vida entera en un laboratorio? ¿De qué le servía recuperar las palabras si no podía recuperar al mismo tiempo la juventud ? En medio de estas elucubraciones. De pronto, unas palabras desafiantes, y tan firmes que no dejaban lugar a duda, rasgaron el aire y se incrustaron en su cerebro: “¡Fue Basilio el que cogió el dinero del bolso de la profesora de matemáticas. Lo vi yo, desde la ventana del patio!”

¿Cómo era posible que aquella mentira que había atormentado su conciencia adolescente volviera ahora para seguir persiguiéndolo? No le costó recordar aquella acusación falsa contra su compañero de clase, un muchacho huérfano de padre y tan asustadizo que entraba y salía de las clases sin apenas hacer sombra. ¿Para qué, o quizá mejor, por qué cogió él mismo ese dinero que no lo necesitaba? Y sobre todo, por qué acusó a Basilio? ¿Qué le había hecho? No era buen estudiante, jugaba mal a la pelota, no tenía amigos, y Leandro le acusó vilmente, sin medir las consecuencias. El niño fue expulsado del colegio y ya nunca más pudo seguir estudiando. Leandro llevó muchos años la vergüenza de su acusación como una cicatriz en la frente, pero con el tiempo, el recuerdo fue hundiéndose en lo más profundo de su subconsciente y no había vuelto a aflorar desde entonces. He te aquí, tantos años después, que la obra cumbre de su vida lo señalaba con el dedo. ¿Cuántas veces más tendría que sonrojarse por palabras que nunca debió decir?

A Leandro le bastó un ejemplo para comprenderlo y comprender de paso el sinsentido de su investigación. Sacudido hasta la raíz más profunda de su ser, tomó a dos manos el objeto más contundente que encontró y se cegó a golpes con los instrumentos que había tardado años en poner a punto. No dejó nada a salvo. Luego, prendió fuego al laboratorio y sin volverse atrás caminó hacia el pueblo dando gritos: “No fue Basilio, fui yo el que robó el dinero de la profesora de matemáticas….”

23 de octubre de 2011

Lotos en el Khlong

Una franja de luz se filtra a través de la persiana veneciana e ilumina el cabecero de una cama blanca..Se oyen murmullos, cuchicheos de los que entresaco palabras sueltas…el río…calor... delira. No entiendo nada. Floto en una nube de algodón, cierro los ojos, quiero dormir. No sé cuántas horas, ¿o fueron días? transcurrieron desde ese primer atisbo de luz. Voces, cada vez más apremiantes me obligan a abrir los ojos, me escrutan, parecen interrogarme, pero sigo en mi nube, algodonosa, insonora. Alguna imagen inconexa intenta filtrarse en mi conciencia: Wong Duang, la piragua, la cena, el queso ¿cuánto tiempo hacía que no lo probaba? Una imagen blanca, con cofia, se inclina hacia mí. Si estuviera en un hospital sería una enfermera. ¿Pero dónde estoy? Habla con alguien, le llama doctor. Entonces, … la cama blanca, el uniforme, el doctor… estoy en un hospital. ¿Qué me ha ocurrido?

Con un enorme esfuerzo abro los ojos cuanto puedo. De inmediato la conversación entre los dos desconocidos cesa. Me están mirando.

- “Nai Samianto ..Nai Samianto…”

Me llaman. ¿Por qué los tailandeses nunca pronuncian bien mi apellido? ¿Por qué no me llaman Fred, como todos los del pueblo? ¿Dónde está Phrapaiphak? Me duele la cabeza, mi lengua, mis labios se niegan a articular mis preguntas. Mis ojos deben expresar angustia, porque una mano fina, de dedos largos y frescos, me acaricia la frente. Ahora sí, ahora distingo las palabras. Las cantarinas frases tailandesas quieren tranquilizarme…

- Clap ma leo “Ya ha vuelto…”

Estoy en un hospital. Por el acento, diría que el médico es francés aunque chapurrea alguna frase en tailandés. Es mayor, huele a tabaco de pipa y a whisky escocés. Cada día que pasa le noto menos ceñudo y a las enfermeras más sonrientes. La enfermera que me toma la temperatura me sonríe con timidez. Las auxiliares parece que la toman el pelo. Al final, una de ellas me cuenta que me han operado in extremis una peritonitis aguda, que he estado delirando varios días, que todo mi afán era abrazar a la joven enfermera Surini, y que al día siguiente de la operación llegó al hospital un nak buat, un sacerdote joven, interesándose por mi, y que según decían debía estar en su pueblo en plena jungla cuando sobrevino el desastre.

La nube algodonosa se deshace. Empiezo a recordar. Era la época de Thet , el año nuevo chino, y aunque estaba mal visto por las autoridades tailandesas, en el colegio, de mayoría china, nos habían dado vacaciones. Phrapaiphak y yo estábamos aprendiendo a vivir ausentes. Era muy duro en la ciudad, en nuestro soy, la calle donde vivíamos, todo me la recordaba. El Père Guillaume, de los Padres Blancos, me había invitado a pasar el Thêt con él en una aldea de palafitos en uno de los afluentes del Mekong. Además de la iglesia y el dispensario, dirigía un pequeño colegio al que acudían los niños del río después de sus clases en una escuela nacional en la que casi siempre faltaba el maestro. Mi amigo Guillaume quería mejorar el acento de la joven Wong Duang que enseñaba inglés y de paso, esperaba, que este cambio me ayudaría a olvidar.

La única forma de llegar al poblado era a través del río. Largas piraguas con un pequeño motor fuera borda del que sobresalía un largo vástago rematado en hélice, hacía las veces de propulsor y de timón. El embarcadero, mercado, y punto de encuentro con los habitantes de la carretera estaba aproximadamente a dos horas río arriba y algo menos cuando se hacía el camino inverso. En esas dos horas había retrocedido varios lustros en la civilización. Casuchas de madera de una sola pieza clavadas sobre largos postes a orillas del canal, pasarelas de bambú entre las casas, una o varias piraguas con y sin motor amarradas a los pilares de las casas, fango en las orillas y debajo de las casas, y picoteado o revolcándose en él, algún cerdo negro, unas gallinas y algún gallo desplumado que había sobrevivido mil peleas. En el agua niños bañándose, buceando, jugando o quietos como budas sentados en la veranda, esperando el menor movimiento de la caña que sostienen entre las piernas. En la parte alta de la aldea, formando un cuadrilátero, la escuela, la wat con sus stupas y los pabellones de los monjes, la casa comunal, y en una esquina, un poco retirada, la iglesia, el dispensario y el colegio católico. Mi amigo me espera en la pequeña plataforma que sirve de embarcadero a las lanchas que suben y bajan por el río cargadas de mercancías o de viajeros. Me enseña su casa: una amplia sala con una mesa y seis sillas en una esquina, armarios con medicamentos, estanterías de libros, cajas de herramientas, y en un baúl, enrolladas las esteras que nos servirán de cama por la noche. Un pequeño generador enciende la única bombilla de la estancia que según me comenta está abierta a todos, cristianos o budistas durante todas las horas del día.

Una familia amiga nos trae la comida apilada en fiambreras superpuestas: arroz cocido que sirve siempre de acompañamiento, verduras salteadas y muy variadas, y algún plato de pescado, pato o pollo; fruta en abundancia, y, como pequeña condescendencia a nuestros gustos occidentales, café cortado con un poquito de leche condensada. Por la noche, tumbados en nuestras esteras, contemplamos el reflejo plateado de la luna sobre las tranquilas aguas del río y charlamos de todo lo humano y lo divino. Le pregunto a bocajarro cómo aguanta la soledad, cuál es su tentación más fuerte. Me confiesa que la soledad hace estragos entre sus colegas. De la soledad al alcoholismo sólo hay un paso.

Los días son apacibles. Doy mis clases de inglés y la profesora, Wong Duang, rápidamente se adjudica el derecho de tutela. Me presenta a sus padres, me invitan a cenar en su casa, y me debato entre la obligada cortesía oriental y el miedo a hacer creer a la muchacha en algo que en estos momentos no me pasa por la imaginación. Me baño en el río con ella y con sus hermanas, me dejo enseñar palabras y costumbres que ya conozco, buscamos flores de loto y en general disfrutamos como chiquillos. Las vacaciones están a punto de terminar y Guillaume ha invitado a cenar al sacerdote de una aldea vecina que acaba de regresar de Francia y aporta al banquete una buena botella de vino francés y un grueso trozo de queso. Comemos, reímos, bebemos y sobre todo mezclamos en nuestras conversaciónes anhelos y sueños de futuro con nostalgias de nuestro común pasado en Francia.

Al poco de acostarnos empiezo a sentir fuertes dolores de vientre que achaco de forma automática al queso. Llevo casi seis años sin probarlo, qué duda cabe, mi estómago ya no está habituado. Me levanto y voy al botiquín en busca de sales de frutas. Los dolores aumentan y me veo obligado a despertar a los amigos. Probamos varios remedios pero los dolores no remiten. Preocupado, Guillaume me ofrece su última alternativa: el botiquín de remedios chinos. El jarabe que tomo cae en mi estómago como vinagre en una llaga, pero los retortijones siguen aumentando. Pese a la vergüenza no puedo evitar gemir y quejarme. Tan pronto amanece mis amigos toman la única decisión posible: hay que trasladarme de urgencia a un hospital en la capital. El viaje río abajo hasta el embarcadero a pie de la primera carretera se hace eterno. La piragua no tiene toldo, y el sol atraviesa la ropa y abrasa mi vientre. A la inevitable tortura del sol se añade ahora el traqueteo por carreteras imposibles del taxi desvencijado que me lleva a la ciudad. Eran las diez de la mañana cuando salimos de la aldea de Lampang, sólo llego a la clínica Saint Louis en Bangkok a las cinco de la tarde. Me preparan de urgencia y entro en quirófano de inmediato. La apéndice ha reventado y el riesgo de infección en estos climas calurosos y de medios precarios es casi inevitable. Se declara una peritonitis, la fiebre se dispara, deliro, paso por largos ratos de inconsciencia, y nadie, nadie está a mi lado en esos momentos. Confundo a la enfermera con mi novia, quiero abrazarla, pedirle perdón y Surini, silenciosa y sonriente me acaricia y me susurra palabras dulces. Sabe lo solo que estoy y la imposibilidad de alertar a parientes o amigos. Cuando finalmente vuelvo de dondequiera que estuviese, el viejo doctor viene a felicitarme y a felicitarse. Estoy fuera de peligro aunque la recuperación será lenta y debo permanecer en la clínica en observación. So pretexto de cuidarme Wong Duang viene a Bangkok a casa de un familiar. No es fácil explicarle - sin herirla - que la decisión está tomada. Al finalizar el curso volveré a Europa. Mi aventura en Tailandia ha terminado. Más profunda y más dolorosa que la cualquier cicatriz quirúrgica, siento la herida de un amor destrozado por una guerra que no nos concernía pero asfixió nuestros anhelos de una vida sencilla y tailandesa.

21 de octubre de 2011

Convencer, persuadir, influir...

Querido amigo,
Desde que te conozco has influido enormemente en mi comportamiento e incluso en mis opiniones acerca de la educación infantil. Sin embargo, no voy a dejarme convencer de la necesidad de quitar cualquier símbolo religioso de las escuelas so pretexto de la laicidad de la enseñanza. Estoy persuadido de que es posible compaginar el legado cultural de nuestro país con una escrupulosa libertad de opiniones o creencias religiosas.

Nos encontramos aquí con tres verbos que a veces se confunden en algunos de sus significados. Sin ser exhaustivo sobre todos los significados y en particular sobre sus significados en sentido figurado he aquí algunas diferencias importantes de esas tres palabras,

Convencer es hacer que otra persona cambie de opinión mediante la fuerza de nuestras pruebas y argumentos. Hay una clara voluntariedad en el hecho de convencer. Es casi un empeño y además implica el abandono de una posición a cambio de la que nos has demostrado ser más verdadera.

Influir es tener un efecto positivo o negativo sobre otra persona en sus ideas, conducta, modo de vestir o de hablar etc. Este efecto no es necesariamente buscado y a veces es inconsciente. Tampoco implica un cambio brusco sino un suma o resta a lo ya existente.

Persuadir está a caballo entre convencer e influir. Sin embargo, la principal característica de la persuasión estriba en el papel preponderante de los sentimientos, del corazón.

20 de octubre de 2011

Sue Kaufman: Diario de un ama de casa desquiciada


DIARIO DE UN AMA DE CASA DESQUICIADA
Novela
Sue Kaufman
Libros del Asteroide 2011
Título original Diary of a Mad Housewife 1967
Traducido del inglés por Milena Busquets
330 páginas

Empecé el libro con una cierta apatía. No quería encontrarme con una versión americanizada de “Cómo ser mujer y no morir en el intento" de la añorada Carmen Rico-Godoy, o peor aún con la frivolizada versión escrita de “Sexo en Nueva York”. Me bastaron unas pocas páginas y reiterados vistazos a la fecha de publicación de la versión original para darme cuenta de que realmente estaba ante algo diferente.

No se trata de una novela al uso, con un planteamiento, una trama, un punto de tensión y un relajante desenlace, mas bien al contrario, acompañamos a una neoyorkina, Tina Balser, en su vida diaria en Nueva York aunque para ello debamos retroceder hasta los años sesenta y no perder de vista los valores, esquemas e ideales que prevalecían en la sociedad americana de la época. Tina tiene una educación superior, se ha casado con un brillante abogado, tiene una familia de ensueño, goza de bienestar económico y está embarcada en el “gran sueño americano” igual que millones de matrimonios que conformaron una época de la que la reciente película “Revolutionary Road” nos ha dado una espléndida panorámica.

Pero Tina Balser no es feliz. La ambición de su marido por el dinero, su intento por revestirse de un barniz de cultura acercándose al mecenazgo y a los ambientes artísticos de la ciudad, le causan aburrimiento o en el mejor de los casos la dejan indiferente. Sus hijas no la necesitan. Ya empiezan a volar con sus propias alas. La vida se vuelve monótona y la depresión que ya la tuvo oprimida en el pasado, parece querer volver a apoderarse de ella. Entonces, Tina toma una decisión: empieza un diario.

Creo que el mérito de la autora de esta novela, Sue Kaufman, reside precisamente es hacernos sentir como “voyeurs” que a escondidas, espiamos y leemos el diario de la Señora Balser. Y lo hacemos con una cierta avidez, porque ella se muestra tal como es, desnudando sin pudor sus sentimientos hacia su marido, su intento de aliviar sus frustraciones dejándose seducir y amar violentamente por un extraño poeta, reprochándose sus flaquezas y viendo como se desmorona su propia vida y explota la pompa de jabón en la que parecía cabalgar la familia feliz por antonomasia. El marido que se creía un genio de las finanzas, hace malas inversiones, en su bufete se dan cuenta de que no es tan genio como daba a entender y todo se viene abajo. Sin reproches, pero con una certeza sin fallas se da cuenta que en ella está el remedio de su mal. Es ella la que tiene que ponerse en pie y partiendo de cero, empezar una vida diferente.

Nos despedimos del libro casi con nostalgia. Nos gustaría saber si la Señora Balser será capaz de volver a abrazar a su marido, si sus hijas la necesitarán, si las preocupaciones reales del día a día harán huir por la ventana la tristeza que la acechaba.

5 de octubre de 2011

La foto del pasaporte

Siempre me ha gustado hablar con los taxistas que llevan mi soledad y mis maletas entre hoteles inhóspitos y aeropuertos congestionados.

Ese día, un viejo lobo de la carretera, sicólogo de la vida y artífice de mil aventuras me devolvía desde el aeropuerto de Maiquetía a un hotel de La Guaira en un Buick de los años sesenta. Poco quedaba de su arrogante planta, todo él era un lastimero quejido, pero valientemente, dejando una apestosa humareda tras de sí y sorteando el tráfico, los baches y los viandantes me fue acercando al hotel.

Bastó una palabra para prender la chispa de la conversación : El vuelo que me habían cancelado llevaba rumbo a Bogotá y mi taxista era colombiano de nacimiento, aunque residía en Venezuela desde hacía más de treinta años. Sin darme cuenta, fue llevando la conversación hacia la profunda nostalgia que sentía por su país, su Cartagena natal, sus fiestas, sus mujeres y su alegría. Sin embargo, nunca, nunca pero, ni tan siquiera de visita, había regresado....

Caí en la trampa que me había tendido al preguntarle por qué razón no había vuelto a Colombia si tanto la añoraba. Era justamente lo que estaba esperando para poder empezar su relato:

-“Yo era entonces un joven balarrasa de veinte años, a quien nada se le ponía por delante. Ayudaba a papá en su Empresa de construcción con obras importantes de carreteras que yo supervisaba por todo el país.

Estaba prometido a la hija de una de las familias de mayor solera y renombre de Colombia. La fecha de la boda y había sido fijada para el día 25 de Diciembre y los papás de Soledad, ya habían dotado a la Iglesia del Carmen de Pasto con un reclinatorio recamado en oro en el que nos arrodillaríamos para recibir la bendición de nuestro matrimonio.

Pocos días antes, sin embargo la fatalidad se cruzó en mi camino. En una calle de la ciudad de Cali me topé con una jovencita triste y sus dos hermanas llorosas que parecían caminar sin rumbo por una calle poco transitada de la ciudad. Al preguntarles que les ocurría, me contaron que habían sido expulsadas de casa por su padre borracho. Deambulaban sin rumbo hasta que a papá se le pasara la borrachera. Movido por un sentimiento de compañerismo y solidaridad las invité a que cenaran conmigo y se quedaran en mi hotel hasta la mañana siguiente.

Solo entonces me di cuenta de que bajo las ropas de la mayor de las jovencitas se escondía toda una mujer.

¡ Ay mijito ! no sé si fue la sangre, si fue el alcohol o si fue mi destino. Empecé con la mayor y creo que si no llega a ser por las veces que se dejó hacer, hubiera hecho el amor con las tres. Fue tal mi reconocimiento y mi satisfacción que antes de irme saqué de la cartera mi foto y se la dediqué escribiendo en el reverso: : "Toma, mi amor, para que nunca me olvides".

A las pocas semanas, volví de regreso a Cali. Me sorprendió encontrarme a la entrada de la ciudad con Rosario, uno de los empleados más antiguos de mi papá.

- ¿ Qué ocurre Rosario, cómo estás aquí como de espera ...
- Patroncito, de espera estoy pa' que no le maten.
- Pues, y quién o por qué me iban a matar ?

- El por qué, yo no lo sé patrón, pero quién lo ha ordenado ya todos lo saben, pues no hay nadie en Cali que no sepa que Sergio Dávila, el famoso pistolero, ha mandado a su gente a  pa' matarlo.

Sin pensármelo dos veces, di media vuelta y regresé hacia Medellín pero una vez allí, nuevamente amigos de la familia me previnieron de que el temido Dávila me buscaba para matarme. Entre tanto averigüé que el tal Dávila, era un borracho empedernido, jefe de una banda de pistoleros a sueldo, que vivía en Cali, y tenía amargada a la ciudad y muertas de miedo a su mujer y sus tres hijitas.

Mencionar Cali y acodarme de las tres hermanitas fue una misma cosa. Ahora ya sabía por qué me buscaba ese jiputa. Purita había contado a ese malnacido de padre su noche conmigo y ahora a quien la foto le estaba sirviendo para acordarse siempre de mi era a su enfurecido padre.

Mi boda estaba prevista para unas semanas más tarde. Pero no quise tentarla suerte. Tuve a penas tiempo de despedirme de la que ya nunca más iba a ser mi esposa. Si quería conservar la vida tenía que poner tierra por medio. Crucé la frontera con Venezuela y aquí estoy desde entonces, casado con una Venezolana que poco a poco me ha ido haciendo olvidar a mi Soledad. Lo que no ha logrado aún es que me vuelvan a hacer una fotografía. Por eso no he podido hacerme el pasaporte, y por eso, después de 30 años sigo sin regresar a Colombia”.

22 de septiembre de 2011

Gustav Klimt : El beso

EL BESO (Der Kuss) 1907-1908

Gustav Klimt
Óleo sobre lienzo 180 x 180 cm
Osterreichische Galerie Belvedere . Viena

Llevo tiempo preguntándome qué es lo que me fascina y al mismo tiempo me intriga de este mundialmente famoso cuadro de Klimt.

Ciertamente se trata de una de las obras maestras de la pintura, una de las más reproducidas y valoradas por el público en general, estandarte del movimiento pictórico vienés de “La Secesión”.

He leído lo suficiente para saber que Klimt pintó este cuadro fuertemente impresionado por los iconos bizantinos descubiertos en su viaje a Ravena. El color oro predominante y la aspecto bidimensional de la obra así lo atestiguan.

Por otra parte se puede argumentar sobre el significado del cuadro y donde unos ven un autorretrato del propio pintor y su amante Emile Flöge, otros encuentran un significado mitológico que representaría el momento en que Apolo besa a la ninfa Dafne que se está convirtiendo en laurel. Por otra parte la lluvia de oro que parece inunda el cuadro refuerza esta idea.

El estilo guardaría entonces una relación con el simbolismo al tiempo que estaría anticipando el Art Nouveau, especialmente por la tonalidad y el diseño de los ropajes netamente diferenciados y que el crítico Schorske atribuye a una simbología netamente sexual tanto en el caso de los rectángulos del manto masculino como en las sinuosas curvas y espirales que decoran el de la mujer.

Porque en el fondo de eso se trata: un hombre de anchas espaldas abraza con fuerza y besa a una mujer. Ahora bien, la mujer está de rodillas en lo que parece el borde de un precipicio, cierra los ojos en escorzo hacia el espectador. Del hombre destacan, igualmente en escorzo, sus anchos hombros cuello y robusto. Ambos parecen estar en una posición forzada al tiempo que el hombre expresa una actitud de absoluto dominio.

Al fijarme en ese detalle es cuando he empezado a comprender lo que de verdad me intriga del cuadro : ¿Dónde están los personajes? Por un lado vemos un campo florido, pero por otra lado, adivinamos un profundo precipicio. ¿El amor es inevitablemente ciego? La mujer tiene los dedos de los pies en tensión como haciendo resistencia para no caer en el precipicio.

No se trata pues de un beso de entrega. Hay tensión, hay lucha. La mujer quisiera ella también estar de pie y con los ojos abiertos, pero estamos a principios de siglo y el movimiento feminista está en sus comienzos

A partir de ahora disfrutaré más intensamente de este cuadro evitando mirar esos dedos desnudos de unos pies que se hincan en la tierra para no caer.

19 de septiembre de 2011

La Delicadeza de David Foenkinos

LA DELICADEZA
Novela
David Foenkinos
Seix Barral 2011
Biblioteca Formentor
Título original: La Delicatesse 2011
Traducido del francés por Isabel González-Gallarza
218 páginas

Difícilmente se podía haber encontrado un título más apropiado para esta bella historia de amor de David Foenkminos que “La delicadeza”. En efecto, narra una historia sencilla y lo hace con un lenguaje tan sutil y ligero como pompas de jabón. Una historia en apariencia intranscendente pero que parece esbozar un pentagrama al que cada uno de los lectores tuviera que añadir su propia música. A cada vuelta de hoja nos espera agazapada una imagen, una situación que nos transporta a otras imágenes, otras vivencias personales hilvanadas en la memoria a la espera de encontrar un hilo que nos permitiera tejerlas en nuestro consciente.

Amar a alguien sin saber por qué. Preguntarse: ¿cómo me puede pasar esto a mi? Temblar porque es demasiado bello para que pueda durar. Quedar paralizado ante la posibilidad de decir o hacer algo que destruya ese bello castillo que surge ante nuestros ojos. Saber que no la merecemos y sin embargo derretirse por dentro al recordar su sonrisa, o aquella palaba que nos dijo…

Me ha llamado la atención sobre todo la ligereza del lenguaje, y como se trata de una obra traducida hay que agradecer que se haya mantenido la misma ligereza en la obra en español. Expresiones como “había atravesado la adolescencia sin tropiezos, respetando los pasos de zebra” no tienen nada de extraordinario pero expresan maravillosamente toda una vida adolescente siendo una “chica bien”. Encontramos también frases que rozan la perfección poética como: “Sólo las velas conocen el secreto de la agonía” y muchas otras pequeñas joyas que salpican el relato y que igual hablan de la distancia entre Paris y Lisieux que de la recetta de un risotto con alcachofas.

Una novela que habla de amor, o mejor dicho, de amores, porque como siempre acontece los hay idílicos que acaban prematuramente, apasionados que prosperan y amores imposibles que quizá sí o quizá no. En suma una novela entretenida, de fácil lectura, y que como una brisa con aroma a limón, nos deja un poco mareados para todo el día.

11 de septiembre de 2011

Un almohadón holandés

Llevaba un año viviendo en Bangkok y me defendía apenas con el idioma. Por otra parte en aquella época, pese a la guerra del Vietnam y pese a los numerosos soldados americanos que desde el frente llegaban en programas de “descanso” a Tailandia, el inglés, fuera de la capital era prácticamente desconocido y no digamos cualquier otro idioma europeo.


Tuve entonces que hacer un viaje al Norte del país para participar en un ciclo de conferencias que daba mi universidad en la ciudad de Chieng Mai, y como las carreteras dejaban mucho que desear particularmente de noche, al caer la tarde decidí quedarme en Nakhon Sawan. Elegí un hotel sencillo a orilla del río atraído sobre todo por el excelente olor a arroz frito que salía de la cocina.

- Sawat di Khrup ( Hola muy buenas) ¿Tienen una habitación libre?
- Née Noon ( Ciertamente, señor) ¿Cómo la quiere?
- Una habitación sencilla, si posible con baño, que no de a la carretera.
- Los baños y duchas están todos en el patio de la planta baja, pero tenemos una habitación que seguramente le va a gustar.
- ¡Bueno! … Si no hay más remedio… de acuerdo, me la quedo.
- ¿Después de la cena le mando subir un almohadón holandés?

Era la primera vez que se me ofrecía este complemento de cama en un hotel en Tailandia, pero sabía que los niños tailandeses, frecuentemente duermen abrazados a un almohadón largo, duro y redondo, por lo que tan insólito ofrecimiento no me pareció del totalmente extraño.

Mi intuición gastronómica no fue desacertada. La cena fue excelente. Arroz frito y un pescado sabrosísimo recién sacado del río, fruta y té y luego, para hacer tiempo, un whisky local “Mhe Khong” que como es tan áspero y fuerte hay que consumir a pequeños sorbos dejando tiempo entremedias para que se pase su efecto anestésico y se pueda volver a sentir el fuego bajando por el gaznate.

A las once subí a la habitación con el propósito de dormir de inmediato y así poder madrugar. A penas me había acostado cuando tres golpes suaves en la puerta me sobresaltaron.

- ¿Quién es? ¿Qué pasa?
- Señor, el almohadón holandés, respondió una voz femenina.

Recordé entonces el ofrecimiento que me hicieron en el momento de registrarme y cubriéndome con una toalla contesté: - “Ah! sí, pase, pase” al tiempo que me aceraba a abrir la puerta. Una muchacha joven, muy maquillada, vestida con un bonito sarong malva y una blusa a juego, entró en la habitación y me dedicó la más dulce de las sonrisas.

- ¿Y el almohadón?

No me contestó pero con una sonrisa maliciosa apuntó hacia sí misma y comenzó a desabotonarse la blusa. En el acto comprendí, que en este lugar, “almohadón holandés” era un eufemismo para decir otra cosa. Me ruboricé hasta la raíz del pelo, balbuceé, buscando palabras que no sonaran despectivas al tiempo que trataba de hacerle comprender que había un malentendido. Yo había tomado las palabras en un sentido demasiado literal. Entonces, se fue a un rincón, se sentó en el suelo con una pierna estirada y la otra debajo de la nalga y escondiendo la mirada se puso a juguetear con un mechón de su largo pelo negro. Estaba enfadada y confundida, y parecía estar preguntándose si yo era una persona decente, un tonto, o un marica al que no le gustaban las mujeres.

Por mi parte, también pensando rápido, me debatía entre la ocasión que pintan calva, y el miedo a las posibles consecuencias. A mi cabeza llegaba quizá la reflexión que mi amigo Feito me había hecho meses atrás: “Desengáñate Federico, no es la virtud lo que nos mantiene fieles, sino el puñetero miedo …”

Comprendí que no podía hacer salir de la habitación a la muchacha aunque hubiera perdido la oportunidad de dormir con un almohadón suplementario. Se lo hice comprender; le dije que mi novia me esperaba en Bangkok, y que no la iba a engañar porque estaba muy enamorado, pero que, por otra parte, entendía su problema y me brindaba a pagarle el servicio y que si le apetecía podíamos pasar el rato hablando de lo que ella quisiera siempre que me hablara despacio y con palabras sencillas. Levantó entonces la mirada, volvió a sonreír y se disolvió ese mohín de rabia que hasta entonces brillaba en sus ojos.

- ¿Qué haces en Tailandia? me preguntó
- Soy profesor en la universidad. Enseño inglés.
- ¡Cómo me gustaría saber inglés! Cuando gane dinero suficiente me iré a estudiar a Bangkok.
- ¿Por qué quieres estudiar? ¿No te gusta lo que estás haciendo?
Con un ligero gesto de la mano, como quién espanta una mota de polvo sin importancia, me dijo:
- Aunque no te lo creas, esto lo hago por necesidad. Quiero ganar dinero para poder pagarme la matrícula en la Escuela de Policía de Bangkok.
Seguimos hablando de sus sueños, de sus cantantes favoritos y ella me preguntó sobre mi novia; si era guapa, si era Tailandesa, si hacía mucho tiempo que nos conocíamos.

A la mañana siguiente salí del hotel sin hacer comentario alguno sobre los servicios extras que el hotel prestaba, pero conduje un buen rato rabioso, riéndome no sé si de lo absurdo de la historia o de la imbecilidad del protagonista. Creo que a los hombres no les gusta hablar de las ocasiones perdidas. Yo desde luego no mencioné a nadie el incidente y poco a poco fue desapareciendo bajo el polvo de nuevas historias de viaje.

Pocos años después, sin embargo, debido a una cancelación de vuelos tuve que hacer escala en Bangkok cuando me dirigía a Tokio. La ciudad estaba inmersa en pleno boom asiático y la silueta de la ciudad, había perdido parte de su encanto: gigantescos edificios de acero y cristal, hoteles y más hoteles, tiendas abarrotadas de mercancías falsificadas, bares, cabinas de masajes… Mirara donde mirase, la grácil silueta de los templos y las esbeltas y doradas “stupas” habían desaparecido. Decidí hacer noche en un hotel cercano al aeropuerto, pero aún así, en los cuatro o cinco últimos kilómetros antes de llegar, el tráfico se fue ralentizando y lo que habitualmente se cubre en pocos minutos, empezó a alargarse peligrosamente. Sin poder hacer nada, aún sentado en el taxi, presentí la catástrofe: sólo un milagro haría que llegara a tiempo para mi vuelo. Los trámites de equipaje y sellado de visados y pasaportes suelen ser desesperadamente lentos. “Cha, cha..” (Despacio, despacio ) parece ser la fórmula oriental de la felicidad.

Faltaba media hora para la salida del avión y las colas ante los pacíficos aduaneros me parecieron interminables, tanto que empecé a protestar en voz alta y a lamentarme porque un segundo retraso en la llegada a Tokio suponía el fracaso total de mi viaje.

De pronto, ante mis protestas y el jaleo que estaba preparando se acercó una mujer vestida con el uniforme de aduanas y me preguntó qué me ocurría. A voz en grito le expliqué que a causa de la lentitud en los controles iba a perder mi vuelo a Tokio. Me escuchó sin decir palabra, escrutó mi rostro y no tenía muy claro si iba a echarse a reír o a reprenderme por mis gritos.

- “Sígame” , me dijo entonces en perfecto inglés.

Desesperado, la seguí sin decir palabra y para mi sorpresa, se acercó a uno de los puestos de control, intercambió unas palabras con el oficial, selló mi pasaporte, pasó por el escáner el equipaje de mano y con la más dulce de las sonrisas me espetó:

- Todavía puede alcanzar su avión, pero “reu, reu" (deprisa, deprisa) y no se le ocurra pedir un almohadón holandés”

Me sentí confundido y la miré directamente a los ojos. Por un instante lamenté no perder el avión.

8 de septiembre de 2011

Había tenido una provechosa jornada de trabajo visitando a los clientes del norte del Líbano en compañía Anthony. Regresábamos a Beirut cuando me propuso hacer un alto en Biblos, la antigua ciudad fenicia, cuna de nuestro alfabeto y crisol de civilizaciones. Una impresionante fortaleza en ruinas de la época de las cruzadas, domina aún hoy el puerto del que imagino partían aquellas naves que comerciaron por todo el Mediterráneo. Iba a entrar en un bar a tomar un café cuando algo llamó mi atención. En la pared de una casa vecina un gran rótulo hecho con toscos brochazos de pintura azul decía: “Antiques”. Debajo, una mesa larga, y amontonados en ella los más diversos utensilios, prendas, y objetos inútiles en diversos estados de conservación. Iba a pasar de largo cuando la chiquilla de no más de 10 años que atendía la improvisada tienda de antigüedades me interpeló:

- Mister, mister, cosas antiguas, mucho valor.
Le sonreí tomando en la mano un reloj de pulsera al que le faltaban las agujas.
- Viejas sí, pero antiguas es otra cosa…

Los ojos de la niña negros como tizones y vivarachos como lagartijas no me perdían de vista. Trataba de interpretar lo que me pudiera interesar en aquel montón de chatarra. De pronto, de entre un amasijo de llaves y otros objetos de bronce, sacó una pequeña lámpara de arcilla, copia seguramente de las antiguas lámparas romanas tan comunes en la antigüedad. A todas luces me pareció un objeto incongruente, fabricado en serie en cualquier alfarería del lugar como “souvenir” para los turistas. No tenía ninguna intención de cargarme con más recuerdos por lo que con la mejor sonrisa iba a decirle adiós y seguir mi camino. De pronto, en un ramalazo de simpatía, fascinado quizá por su mirada intensa le pregunté:

- Cuánto pides?
- Diez dólares Mister. Muy buena .
Diez dólares tirados, pensé, pero me pareció un gesto barato al contemplar la alegría de la chiquilla mientras envolvía la lamparita en un trozo de papel de periódico. Quizá había sido su única venta del día y gracias a ella la niña se había librado de una regañina.

De regreso a mi casa, dejé la lamparilla en un cajón no sin antes enseñarla a mi familia y comentar la anécdota de cómo una niña había intentado vendérmela como una gran “antigüedad”.

Pasó el tiempo, y un buen día, el profesor de mi hija, entonces en 6º de EGB, les anunció que al día siguiente irían al Museo de Burgos. Les explicó someramente las importantes excavaciones arqueológicas que se estaban llevando a cabo en la provincia y les explicó la manera que tenían los investigadores para determinar la antigüedad de un hallazgo mediante la prueba del carbono 14.

Como ejercicio práctico invitó a los alumnos a que preguntaran en casa si tenían algún objeto muy antiguo que quisieran someter a la prueba del carbono 14 porque en el museo le habían prometido que harían uno o dos ejercicios prácticos. Por la tarde, mi hija lo habló con su madre, yo estaba nuevamente de viaje, y entones se acordaron de la famosa lámpara de aceite… Debido a su pequeño tamaño, dio la casualidad que la eligieran para hacer la prueba. Pero lo verdaderamente asombroso fue el resultado: No había duda, la lámpara podía fecharse aproximadamente entre el año 50 y el año 100 de nuestra era.

Cuando volví a casa no me dejaron ni quitarme el abrigo:
- Papá, papá no te lo vas a creer. A qué no sabes cuántos años tiene la lámpara que trajiste del Líbano.
- ¡Hombre, saber, saber… no lo sé, quizá entre cinco meses y un año
- Que no papá, que es una lámpara de verdad, que tiene más de 1900 años!
- ¿Me estáis tomando el pelo?

Entonces me explicaron lo que había ocurrido y como en el Museo de Burgos se había determinado su antigüedad sin lugar a ninguna duda.

Desde entonces guardo la lámpara como un talismán. ¿Por cuántas manos ha pasado antes de llegar a nosotros? ¿Cómo ha logrado mantenerse entera siendo algo tan frágil, barro apenas sin cocer ni ornamentar? ¿Quién fue su último dueño antes de quedar enterrada bajo escombros durante siglos? Mi imaginación se desboca pensando en las historias que ha vivido. Algún día, estoy seguro, acabará desvelándome alguno de los secretos que encierra entre su chamuscada arcilla.

6 de septiembre de 2011

Playa de los locos


El sol, como una bola de fuego se va apagando mientras se hunde lentamente en un mar tranquilo con olas de plata. Los surfistas, pacientes, agazapados sobre sus tablas, aguardan la ola, esa ola que esperan vencer y cabalgar haciendo piruetas hasta la orilla. El atardecer es denso, silencioso excepto por el continuo y sosegado murmullo de la marea que está llegando a su pleamar. El acantilado ha perdido su verdor, oscuro y amenazante parece aumentar la lejanía de la estrecha franja de playa que aún no ha sido conquistada por las olas. Los escasos transeúntes se han parado, miran fijamente hacia el horizonte, sacan sus cámaras y guardan silencio; un silencio que parece una invocación suplicante al astro que ahora se esconde. Pequeñas gaviotas, pasan rozando las aguas que por momentos se tiñen de bronce y oro. Ellas tampoco hacen ruido pero no parecen estar buscando comida. Se diría que juegan a mojar sus patitas para ver si, como el mar, se pintan de oro.

Contemplo este paisaje y un torbellino de emociones, de nostalgias, de otros atardeceres se agolpan en mi mente. No trato de evitarlo, pero como las olas que resbalan sobre la roca, dejo que se vayan amansando, ordenando, callando. No desaparecen del todo pero ya no duelen, sólo queda una leve quemazón, que se vuele familiar. Envidio la constancia de los surfistas, su inmensa paciencia, es esfuerzo para mantenerse a flote y al acecho por si llega la ola, por si esta vez logran subirse a ella y gozar del placer de un instante glorioso que, para ellos, como para las gaviotas se ha vuelte de oro.

5 de septiembre de 2011

Desencuentros

"Todos creemos conocer a los que amamos. Pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, una traducción hecha por nosotros mismos de un idioma que apenas dominamos"

Andrew Sean Greer
Historia de un matrimonio (2009)

4 de septiembre de 2011

"Donde nadie te encuentre" de Alicia Giménez Bartlett

DONDE NADIE TE ENCUENTRE

Novela
Alicia Giménez Bartlett
Ediciones Destino 2011
Áncora y Delfín 1200
Premio Nadal 2011
508 páginas

Para alguien con tanta imaginación como Alicia Giménez Bartlett que durante años ha venido deleitándonos con la serie de novela negra protagonizada por la inspectora Petra Delicado, debe haber sido un auténtico “tour de force” novelar hechos reales, profusamente documentados, y mantener al mismo tiempo el interés del lector pese a someterlo a una despiadada reflexión sobre el período de la posguerra en la España analfabeta y rural en esta ocasión centrada en el Maestrazgo castellonense.

La novela gira en torno a un personaje real que durante treinta años tuvo que vivir como mujer porque sus padres la inscribieron en el registro como Teresa Pla Meseguer. Nacida con una malformación genética (falso hermafrodismo) pero con tendencias claramente de hombre, sufrió las burlas y el desprecio de sus vecinos que sin embargo no dejaban de admirar su fuerza, su valentía pero vivió aislada ejerciendo de pastora y defendiéndose de la mofas de cuantos la rodeaban. Testigo de las brutalidades y represión que ejercía la guardia civil por aquellos lugares se une al maquis como enlace, se viste con ropas de hombre, cambia su nombre, pasa a llamarse Florencio y desde entonces siente que los compañeros la tratan como a uno más de la cuadrilla.

Alicia Giménez se basa en un detallado trabajo de investigación periodística de más de 1000 páginas llevado a cabo por José Calvo y publicado bajo el título de “La Pastora. Del monte al mito”. Pero la autora es novelista y sin falsear los datos crea una trama paralela en la que durante los tres últimos meses de 1956 un psiquiatra francés y un periodista español emprenden juntos la ardua tarea de tratar de entrevistarse con “La Pastora”, misión casi imposible porque último superviviente del maquis vive escondido en las montañas en permanente huida de la Guardia civil. Estos dos investigadores no pueden ser más contradictorios: noble e idealista el francés, cínico y desencantado el español. Sus indagaciones por aquella España rural llena de resentimiento, de traiciones, de chantajes y de hermetismo sólo se atemperan con la descripción de unos paisajes áridos y escarpados pero llenos de majestuosa belleza. En alternancia y con tipografía diferente van apareciendo retazos de la vida de nuestro personaje narrados por el/ella mismo/a, hecho que Giménez Bartlett subraya magníficamente por el sabio uso que hace del lenguaje hablado propio de una persona con poca instrucción.

Pese a haberse salido totalmente de la rutina de las novelas a las que nos tiene acostumbrados la autora sigue haciéndonos algunos guiños para recordarnos su famosa serie. En efecto, nada tan parecido en las divergencias y discusiones de nuestros dos investigadores como las que tienen Petra Delicado y el subinspector Fermín Garzón, y claro está, como en toda novela negra que se precie, la novelista nos depara la sorpresa de un final inesperado.

En resumen, una novela seria, de fácil lectura, que nos engancha y que nos deja un regusto amargo porque nos obliga a volver la vista atrás y pensar en los desmanes de un pasado aún reciente que es el tejido de nuestra historia.

3 de septiembre de 2011

"Siempre duele hablar de la felicidad del pasado"



 El otro día oía una frase que aunque me sonó bonita me dejó pensativo: “Siempre duele hablar de la felicidad del pasado”. Sólo estaría de acuerdo con esta afirmación si lleno de nostalgia me negara a seguir avanzando. El pasado puede haber sido hermoso, los recuerdos imborrables, su evocación placentera, pero es pasado, y por consiguiente ya no es vida. La vida es devenir, la vida es lo que me espera, la vida es lo que sigo construyendo, lo que falta por construir. No hay motivos para que sea menos placentera que la que ya fue. Será diferente, serán otras las personas que nos acompañen, otros los paisajes, otros los caminos, pero seguimos siendo nosotros los que vivimos, los que amamos los que espigamos la belleza a lo largo del recorrido, los que seguimos aprendiendo de los errores de entonces.

Por largo que sea el sendero andado, ya no es . La inmensidad del instante se abre ante mí, ofrecido, generoso, para que lo viva en plenitud, lleno de esperanza por éste y por los instantes que vengan, sin arrepentimientos, sin nostalgias, sin echar nada en falta. Todo lo que somos se lo debemos a nuestro pasado, por consiguiente sigue ahí con nosotros. La felicidad consiste precisamente en disfrutarlo construyendo con él nuestro propio futuro.

1 de septiembre de 2011

Velada Poética: Luis Alberto de Cuenca

 Con un recogimiento propio de una capilla, nos hemos reunido un centenar de personas en la Universidad Internacional Menédez Pelayo en la última velada poética del verano en torno a Luis Alberto de Cuenca. El poeta ha espigado entre en sus libros y antologías para leernos una treintena de sus poemas preferidos.

Había tenido ocasión de leer muchos de ellos, pero escuchados así, en directo, modulados, casi interpretados por el autor, me sonaron diferentes. Era como si me hablara, como si pusiera en mis labios esas palabras que alguna vez quise tener, que alguna vez quise decir a alguien muy especial.

Algunos de los poemas leídos como Julia , Volveremos a vernos, Cuando vivías en la Castellana, La noche blanca, me emocionaron particularmente. A modo de homenaje transcribo aquí uno de los poemas leídos esta noche.

Bébetela

Dile cosas bonitas a tu novia:
“Tienes un cuerpo de reloj de arena
y un alma de película de Hawks.”
Díselo muy bajito, con tus labios
pegados a su oreja, sin que nadie
pueda escuchar lo que le estás diciendo
(a saber, que sus piernas son cohetes
dirigidos al centro de la tierra,
o que sus senos son la madriguera
de un cangrejo de mar, o que su espalda
es plata viva). Y cuando se lo crea
y comience a licuarse en tus brazos
no dudes ni un segundo:
bébetela.

El bosque y otros poemas (1997)

31 de agosto de 2011

Camino del Norte (Bilbao - Llanes)

Si todos los caminos conducen a Roma, también podemos decir que todos los caminos nos llevan a Santiago de Compostela. Algunos, sin embargo, son caminos de toda la vida y a lo largo de los siglos se han ido poblando de ermitas, monasterios, iglesias, albergues, hospitales, puentes y burgos para el comercio y avituallamiento de los peregrinos. Otros caminos, aunque antiquísimos han sido vías menos transitadas debido a su peligrosidad o a lo escarpado del terreno. Como caminar hacia Santiago tiene más y más adeptos, y muchos se vuelven reincidentes, el probar rutas alternativas se ha convertido en una opción cada vez utilizada sobre todo cuando se quiere huir de la masificación del conocido camino francés. Una de esas alternativas consiste en aventurarse por la ruta norte bordeando la costa cantábrica hasta la provincia de Lugo y desde ahí, cruzando los montes de de Galicia descender directamente hacia Santiago.

Elegí este año la opción Norte aunque iniciando Camino en Bilbao en lugar de hacerlo en Irún. Soy consciente de que me he perdido alguna de las etapas de mayor encanto de todo el camino, pero es precisamente en este tramo donde los desniveles son más pronunciados por lo que en aras a la debida prudencia y en vista de mis limitaciones actuales reservo este tramo para mejor ocasión.

La salida de Bilbao es urbana hasta Portugalete por lo que algunos peregrinos utilizan el metro para salvar este tramo y comenzar recorriendo una magnífica senda mitad peatonal y mitad carril bici que nos lleva a Pobeña. El albergue, situado en las antiguas escuelas es amplio y funcional y la acogida excelente. Pero no pretendo mencionar una tras otras las diferentes etapas del recorrido; quiero recordar sencillamente aquellos aspectos que más me han llamado la atención o aquellos que más diferencian este camino del ya conocido Camino francés.

En primer lugar mencionaré el mar. Durante kilómetros se camina bordeando el mar, unas veces caminando por la playa como en Laredo, en Noja o en Somo y otras veces asomándose a impresionantes acantilados para recibir en la cara la brisa marina y llenar los ojos de azul mientras las gaviotas juguetean entre el viento y las olas. Unido al mar, las travesías en barco. Es curioso ver a los peregrinos subirse a una pequeña barca para cruzar de Laredo a Santoña, o abordar el ferry que cruza la bahía de Santander desde Somo.

En segundo lugar impresiona el verdor del paisaje. El contraste con los caminos pedregosos de Castilla es evidente. Es un descanso para la vista pasear la mirada por todas las tonalidades de verde, desde el oscuro y profundo de los abetos, pasando por el verde intenso de las praderas o el delicado y casi transparente de los álamos. Tanta riqueza de colorido tiene una contrapartida: la fina lluvia que nos acompaña casi a diario, empapa casi sin avisar nuestra ropa y hace que las llegadas al albergue sean más deseadas.

Poblaciones como Castro Urdiales, Santillana del Mar, Comillas y San Vicente de la Barquera parecen diferentes cuando se las cruza de madrugada. Me llamó particularmente la atención Santillana del Mar que habitualmente visito llena de gente, de coches y sobre todo de una abigarrada y chillona colección de carteles, de bisutería barata y de ornamentos que desanima cualquier intento de plasmar el recuerdo en una fotografía.

Todavía escasean los albergues y en algunos lugares la falta de otras alternativas da pie a claros abusos por parte de las pensiones y albergues privados. Sin ser exhaustivo, en el tramo ya recorrido tengo que hacer una mención especial al albergue de Güemes. El Padre Ernesto y sus colaboradores han sabido infundir al lugar un espíritu claramente hospitalario que fomenta la convivencia, el descanso y la ilusión del camino. Hemos llegado a Llanes, ha habido días mejores y días peores, pero el deseo de seguir adelante y completar el Camino no ha decrecido ni un ápice. Será en una próxima ocasión.



30 de agosto de 2011

Parque Nacional de Somiedo



Uno de mis mejores recuerdos de este verano será sin duda los cuatro días pasados en el Parque Nacional de Somiedo. La conjunción de los astros nos fue propicia y hasta el sol radiante y los cielos despejados se aliaron con nosotros para convertir cada día en una jornada memorable. El placer y el estímulo de la buena y alegre compañía, las palabras de aliento cuando ya parecía que no iba a poder coronar la siguiente cresta, la recompensa de un baño al regresar al hotel, y una sidra en alguno de los bares del pueblo fueron algunos de los alicientes adicionales de esta salida.

Para ir haciendo boca nos adentramos en el parque recorriendo a pie la “Senda del Oso”, magnífica ruta ciclable de más de treinta kilómetros construida sobre el lecho de una antigua vía de ferrocarril minero que bajaba el mineral de hierro desde los montes de Somiedo hacia el valle. Entre estrechas gargantas, cruzando túneles, dejándonos acompañar por el murmullo saltarín del vecino río, recorremos parte de la senda entre Proaza y Entragu al tiempo que saludamos a viejos conocidos o vamos trabando conversación con los que para nosotros son nuevos en el grupo.

El hotel es cómodo, Pola de Somiedo, en el corazón del parque un lugar tranquilo y fresco, las cenas copiosas, la compañía inmejorable y el transporte para llevarnos al punto de partida de las excursiones de medalla de honor. El segundo día nos subió sin un solo frenazo hasta el Alto de la Ferrapona a 1707 metros de altitud. Los menos montañeros dejamos que los compañeros hicieran la escalada a los Albos mientras nosotros recorríamos uno a uno los magníficos lagos de Saliencia. Bordeando la montaña, por sendas a penas visibles, ayudados en ocasiones por el GPS fuimos pasando del lago de Cabalazosa al precioso lago de Cerveiriz y de éste, al lago de la Cueva. Luego, a través de pazos y praderas, con el permiso de vacas y terneros cuyo tranquilo rumiar
distraíamos, nos acercamos hasta Las Divisas para desde allí, mientras almorzábamos, contemplar el Lago del Valle con su diminuta isla central. Ya de regreso, coincidimos con los compañeros que regresaban de su escalada al Albo Occidental de 2066 metros, y juntos, regresamos en autocar a la base.
El tercer día, la excursión partía de Santa María del puerto justo en la línea que separa Asturias de las tierras de Babia en la provincia de León. No cruzamos la raya para que no nos dijeran que estábamos en Babia, pero si la bordeamos hasta alcanzar la peña Penouta de 1976 metros unos, y el Cornón de 2.188 metros los más valientes. La caminata por prados, escobedos y riscos fue preciosa. Mientras almorzábamos, pudimos ver cientos de corzos o rebecos saltando por la cresta de la montaña vecina (Peña Blanca) mientras allá en el valle del lado de León, potros salvajes pastaban atentos a cualquier ruido.

Amaneció el domingo y tocaba regresar, pero antes tuvimos tiempo de subir a la Braña de Mumián a 1400 metros. Allí pudimos ver numorosas "cabañas de teito" especie de pallozas con techumbre de paja que sirvieron en su día de abrigo para el ganado, últimos vestigios de una tradicional cultura ganadera, que nos transportan a lugares ancestrales, casi mágicos.  Bajando luego por frondosos bosques de castaños, eucaliptos y avellanos llegamos hasta Coto de Buenamadre y desde allí, siguiendo el río hasta Pola de Somiedo.
  
 Ha pasado un mes, pero aún me sorprendo recordando momentos vividos durante esa salida. No hay frases altisonantes que puedan resumir la experiencia, sólo buena compañía, nuevas amistades, naturaleza, aire puro, esfuerzo, cansancio, y convencimiento de que un paso tras otro se puede llegar a donde uno se lo propone.

29 de agosto de 2011

Antonio López en el Thyssen

Después de visitar la exposición de Antonio López en el Thyssen, me ha parecido que todos los cuadros que tantas veces había visto y admirado en libros y reproducciones eran sólo imágenes vistas a través de un espejo empañado.

Particularmente extrañas parecen las reproducciones de los cuadros de Antonio López cuya minuciosidad, cuya obsesión por el pequeño detalle pueden pasar desapercibidas en representaciones de menor tamaño. Creo que he visto por primera vez “ El aparador” pese a reconocerlo al primer vistazo y haberlo admirado en varias ocasiones en libros de pintura. Es necesario ver el cuadro original para poder apreciar la filigrana de los encajes, el esmalte de las porcelanas, los reflejos y la sombra de los utensilios, los brillos y las pequeñas imperfecciones de la madera.

En esta exposición se puede admirar al Antonio López pintor hiperrealista, que sigue minuciosamente la evolución del fruto en el árbol y su caía a medida que pasan los días como se refleja en la película de Víctor Erice “El sol del membrillo”, pero también un pintor tremendamente humano en los retratos de sus padres, de sus amigos o de su familia. Me he quedado particularmente prendado del cuadro de 1961 “Mari”, retrato de su mujer vestida de campesina manchega.

Podemos admirar su faceta de dibujante obsesionado con el detalle, las medidas exactas, la perspectiva, la luz y las sombras. Hay bastantes ejemplos de bocetos a lápiz que me hacen sospechar que Antonio López es primero dibujante y luego, si está de humor, da un paso más y pinta lo que ha dibujado.

La muestra no olvida su vertiente como escultor. Las estatuas de “Un hombre y una mujer” habitualmente en el Reina Sofía, y los dibujos y bocetos preparatorios son un magnífico ejemplo, como lo son también los numerosos bustos de su hija “Carmencita”.

Al lado de todos estos aspectos, he descubierto un Antonio López que posee los defectos de sus virtudes. Su anhelo de perfección es tal que con frecuencia deja sus cuadros sin terminar. De hecho, en la exposición podemos ver unos cuantos cuadros de Madrid inacabados que justifica quizá la queja que oí a dos señoras mayores que protestaban porque se hubieran presentando en la exposición ¡ cuadros inacabados! Me quedé con una sonrisa en los labios, y me imaginé a Antonio López haciéndome un guiño para decirme que la perfección es imposible, y por consiguiente ninguno de sus cuadros está aún totalmente terminado.