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12 de mayo de 2018

La fuente del Chino Liu


       

       Perdida en las tupidas caucheras, allá en la frontera noroeste entre Tailandia y Myanmar, la pequeña aldea de Song Kalia se apelotona perezosa  y escondida a orillas del caudaloso río Nam Kalia. Sin embargo, sus vecinos, a fuerza de malarias, dengues y otras enfermedades, han comprendido que el agua del río no es apta ni para beber ni para cocinar. Por ello, todas las tardes, después del colegio, vemos a grupos de adolescentes, sobre todo niñas, cargando en cada mano una pesada garrafa de agua que por unos céntimos han ido a comprar al almacén de un chino espabilado que montó en su local de la carretera, a dos o tres kilómetros del pueblo, un alambicado sistema de filtrado y purificación de agua con el que promete la eliminación de residuos, tierra, gérmenes o cualquier microbio.
         Esta sería una historia banal, si no fuera porque como ocurría antaño en nuestros pueblos castellanos, este obligado y esforzado viaje a la moderna fuente del chino Liu no fuera también la ocasión propicia para alborotados rubores, cuchicheos de muchachas, exclamaciones al vuelo y sin autor, miradas desafiantes y otras bravuconadas de sus jóvenes admiradores.
         En el colegio, Dusit, ciertamente no era uno de esos muchachos de mirada retadora, voz estrangulada y gesto de gallo conquistador.  Silencioso, tímido, incluso cobarde, yo le veía con la mirada perdida, siguiendo embelesado el cadencioso balanceo de las pesadas ramas de los mangos, o robando a escondidas miradas azoradas hacia la joven y vivaracha Salini, cuyas risas estridentes y extemporáneas nos traían de cabeza a todos los profesores, pues su sólo amago bastaba para alborotar la clase y desbaratar nuestras más sesudas explicaciones.
     
    Salini era una de las muchachas que con mayor asiduidad acudía a por agua al almacén del chino Liu.  Nunca le faltaba escolta masculina, pero sabía rodearse de amigas que interrumpían, interpelaban y se reían de los moscardones que la rondaban.  Dusit, por el contrario, no necesitaba acarrear agua. Su hermano, con un par de viajes de su motocarro  mantenía la casa bien abastecida.  No obstante, el muchacho veía en esos paseos al almacén una ocasión de oro para  que Salini se fijara en él y no podía desaprovechar la oportunidad.  Inspirándose en la motocarro de su hermano, trabajó durante días para construir una carretilla capaz de cargar con varias garrafas de agua. Utilizó las ruedas de un desvencijado coche de niño al que acopló una plataforma de madera, laterales de bambú y un largo remo que le servía a la vez de tirador y de timón.  Así pertrechado se acercó un día al almacén del viejo Liu, a por una garrafa de agua, no sin antes asegurarse de que Salini   estaría cerca, charlando o haciendo cola con sus amigas.
         Cuando lo vieron llegar  todas lo rodearon  de inmediato. No les cabía la menor duda sobre la intención del muchacho. Sabían que en realidad lo hacía por estar cerca y ayudar a la amiga   por la que en silencio suspiraba, hablar con ella, reírse de sus bromas,  y quizá, con el tiempo conseguir que Salini  se fijara en él, lo eligiera como amigo o al menos le diera esperanzas.
         Pero Dusit cometió un error de proporciones. Construyó una carretilla demasiado grande que podía cargar hasta seis o siete garrafas de cinco litros.  Así pues  nunca faltaban amigas que  aprovechándose de la circunstancia, ponían en la carretilla al menos una garrafa junto a la de Salini  lo que las convertía de inmediato en embarazosa e indeseada compañía.
Fue Salini la que muy pronto buscó remedio a este exceso de compañía. Hay que decir que aunque no lo manifestara a las claras, Dusit le gustaba mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Ella también quería sentir el cosquilleo de sus palabras entrecortadas y dichas en voz muy baja, sentir sobre ella esas miradas cómplices, atreverse con bromas de doble sentido, que borraba de inmediato con una sonora carcajada. Quería sentirse elegida y calibrar su poder sobre Dusit con reproches por olvidos inexistentes, caprichos consentidos,  o por descuidos inventados.
Salini hizo correr la voz de que aprovechando su obligado paseo al almacén de viejo Liu, también traería agua a las personas que no tuvieran quien les hiciera ese servicio.  Esa pequeña treta además de granjearles la simpatía de las abuelas del poblado, les permitió recorrer el camino a la fuente con tranquilidad y sin otra compañía que su alborozo.
Han pasado tres años, pero creo que  su estratagema ha dado resultado. Los veo de vez en cuando  en Facebook, y las fotos son suficientemente elocuentes para pensar que hacen una buena pareja. 

15 de marzo de 2013

La Bicicleta


                                                                                    Ilustración:  "La bicicleta"   Angel Gómez  Worldpress  

Escribir una historia que tenga el siguiente final: "El día de su cumpleaños, Fernando, despeñó su bicicleta por un acantilado"

Fernando soñaba con tener una bicicleta. No en vano Miguel Induraín era su ídolo. Creía que subido a ella todo sería posible: que Pilar lo miraría de otra manera, y él la invitaría a dar una vuelta, o mejor, que la pasearía sentada en la barra como había visto hacer a los mayores las tardes de domingo.  Con una bicicleta nadie podría poner en duda que era él quien mandaba en la pandilla. Seguro que con una bicicleta, y no sabía muy bien por qué, hasta sacaría mejores notas en clase.

Aunque todavía no  la tenía, hablaba de la bici con sus amigos, ideaba mil formas de agenciársela y su sueño era tan real que, a veces, por la noche, se despertaba jadeando pensando que se la habían robado.Todavía no tenía muy claro cómo iba a ser la dichosa bicicleta, de manillar retorcido como las de carrera o recto, con barra horizontal, de color rojo o azul,  con portaequipajes o con un cesto en la parte delantera.  La bicicleta se metamorfoseaba en su cabeza   pero no había manera de distraerlo de su capricho ni un solo día.

Su madre sufría en silencio por no poder dar ese capricho a su hijo. Cierto que en el pueblo las distancias eran cortas y el chico no la necesitaba para ir a la escuela o para hacer los pocos recados de todavía le mandaba, pero también sabía que él sufría y que envidiaba a sus amigos que chuleaban y caracoleaban delante de su casa con la bicicleta.  La mujer se partía el pecho a lavar y coser ropa para las vecinas, escarbaba en las rocas en busca de cebo para vender, pero ni con esas lograba nunca juntar el dinero necesario para comprar una bicicleta a su hijo. Por su parte, al marido que era marinero, no siempre le contrataban para salir a faenar.

Un día, la suerte de Fernando cambió de pronto. Don Jacinto, el dueño de la ferretería se fijó en el chaval. Se le veía ágil y espabilado como una ardilla. Le vendría bien en la tienda después de la escuela para hacer los recados, clasificar clavos, puntas y tuercas, barrer y limpiar el local y atender al personal mientras él iba al bar de la esquina y se tomaba un cafetito mientras pegaba la ebra con la cantinera.

Don Jacinto chistó al muchacho cuando, al regreso del colegio, éste pasaba frente a la ferretería.
_¿Te interesa trabajar en la ferretería después de la escuela?
_¡No sé! Tengo que preguntárselo a mi madre, - replicó.
_Claro, claro, y díselo también al maestro, pero si ellos están de acuerdo, tú qué dices?
_Pues también que sí.
_Ea pues, no se hable más. Coméntalo en casa y si están de acuerdo mañana a la salida de las clases te espero.

Esa noche, su padre gruñó su aprobación y su madre contenta por el muchacho le animó: "Mira Fernando, haz lo que quieras, pero descuida, si trabajas para Don Jacinto, todo lo que saques será para ti."  El chico empezó a trabajar como si fuera el hijo del ferretero. Se desvivía por tener la tienda reluciente y procuraba que nadie saliera de la ferretería con las manos vacías. En más de una ocasión tuvo que acudir en ayuda de Don Jacinto para indicarle en qué cajón estaban los tornillos hexagonales o las alcayatas que el cliente le estaba pidiendo.

Un día, aprovechando que estaban solos, Don Jacinto le dijo a Fernando:
_Me ha dicho un pajarito que andas loco detrás de una bicicleta.
_Sí señor, es la ilusión de mi vida y voy a ahorrar todo lo que gane para comprármela.
_Así me gusta muchacho. Hay que tener ambición. Y para que veas que soy generoso mañana mismo te compraré yo la bicicleta. Ya me la irás pagando poco a poco con el trabajo en la tienda.

Fernando hubiera preferido esperar a haber ganado él el dinero y comprar una bicicleta a su gusto pero cualquiera se enfrentaba al patrón y..., por otra parte,  cuanto antes la tuviera, antes podría disfrutar de ella.  A los pocos días la bicicleta apareció en la ferretería. No era era la bicicleta que el muchacho había soñado: venía con guardabarros y un solo piñón, la barra era ondulada como las bicicletas que usan las mujeres, el color era rosa pálido y con evidentes desconchones que le hicieron sospechar que él no iba a ser su primer dueño.

Fernando dio las gracias a su jefe y esa misma tarde volvió a casa montado en su nueva adquisición. Al verlo su padre preguntó:
_¿Cuanto has pagado por ella?
_No lo sé, papá, me la compró Don Jacinto.
_Claro hijo, pero no sería por nada. Te la compró a cambio de tu trabajo. ¿cuántos días tendrás que trabajar para pagarla?
_No me lo ha dicho.
_¡Será cabrón! Así es capaz de tenerte esclavizado todo un año.
Su madre se apresuró a intervenir:
_No hagas caso, hijo, seguramente un día de estos Don Jacinto te dirá lo que pagó por ella y el jornal que te corresponde cada semana.

Su madre estaba equivocada. Don Jacinto no sólo no le mencionó el coste de la bicicleta o le habló de pagarle, sino que a partir de entonces se creyó con derechos especiales sobre él: "Fernando, el domingo tienes que venir a ayudarme en la tienda, te necesito para preparar unos pedidos";  Fernando, mañana antes de clase pásate por la tienda y de camino al colegio llevas un encargo del taller. Total, ahora que tienes bicicleta, será un momento".

Pasaron los meses y Don Jacinto no había mencionado nada. Cansado de esperar y harto de tanto abuso Fernando le preguntó:
_Oiga, Don Jacinto, ¿no he pagado ya la bicicleta? ¿Cuándo va a empezar a pagarme lo que me corresponde?
Don Jacinto soltó una sonora carcajada:
_¿Pagarte yo? Primero tendrás que pagarme tú a mi la bicicleta, luego, ya hablaremos. Y ten cuidado con ese tono de voz no sea que te quedes sin bicicleta y sin trabajo.

A partir de ese día Fernando empezó a odiar la bicicleta. Se le antojaba una bola de presidiario que le tenía atado de por vida a ese desgraciado.  Menos mal que estaba ya en el último curso de primaria y su tutor, le había prometido ayuda para solicitar una beca y poder ir al instituto en Torrelavega.

Fernando había perdido todo interés por la ferretería y por la bicicleta. Las ruedas, la cadena, los pedales todo le recordaba la esclavitud. A los pocos días de terminar el curso, coincidiendo con su 16 cumpleaños, Fernando salió de casa, pedaleó hasta la Punta del Dichoso, y desde allí, con un grito de liberación, despeñó la bicicleta por el acantilado.

11 de marzo de 2013

Un encuentro inoportuno

Carmen sale de casa y de pronto:
_ ¡Uy! ¿No es esa Paquita? ¿Cómo presume de abrigo de visón!  Si total está hecho de visones gallegos de granja, y además se lo regaló su tío, porque lo que es su marido, con ese empleucho  que tiene en el Ayuntamiento... Pero bueno, qué mejor ocasión para contarle lo de Luchi... ¡Quién lo iba a decir! Con lo modosita que es ella, siempre en la iglesia, siempre diciéndonos lo que está bien y lo que está mal... ¡Vaya bomba lo de su embarazo! ¿Quién será el padre?  A lo mejor Paquita lo sabe.

_Pero, ¿no camina algo rara esa chica? Si parece que va retorciendo los pies... y ¡qué zancadas madre mía! Ni que la estuvieran persiguiendo.  Por esta calle y a este paso seguro que no la alcanzo y me quedo sin contarle mi historia. Cortaré por la calle mayor y la espero en la plaza.

_Ahí viene, no pero si parece que lleva bigote, ¿y esa melena?  ¿O es una peluca?  Por si acaso voy a esconderme detrás de la marquesina del autobús... ¡Vaya, si no es Paquita! Ahora me explico ese andar raro que tiene... ¡Uy es alguien disfrazado de Paquita, con su mismo abrigo o uno que se le parece.  ¡Ahí va! Pero si es su marido Juan,  vestido con la ropa de su mujer. ¡No me lo puedo creer! ¿Se habrá vuelto marica?  No, no puede ser. Se les ve muy enamorados. Ahora que me acuerdo, si me dijo la Juani que Paquita tenía que ir a Valladolid para no sé qué de su madre...  Mejor lo dejo pasar, ya habrá tiempo para pedir explicaciones.  Quizá mis amigas saben cosas que no me cuentan.

Mientras tanto, Juan, bajo los efectos de la noche anterior camina a trompicones y como escondiéndose...

_ No se me puede dejar solo. Aprovechando que Paquita está en Valladolid nos juntamos en casa para cenar y ver el partido. Como a nadie se le ocurrió otra cosa que traer bebidas, que si este Rioja, - ya veréis que bueno -,  que si ese Ribera de Duero - que entra de maravilla -, que si el Cava - que me sobraron un par de botellas de las pasadas Navidades -,  el caso es que bebimos mucho, comimos poco y acabamos pasados de copas.

_ No sé si será cierto, yo la verdad no me acuerdo, pero según dijo el Chato y afirmaron todos los demás hicimos apuestas, a cada cual más descabellada.  Yo aposté a que  me iría dando un paseo hasta la plaza disfrazado con la ropa de mi mujer...

_Y aquí estoy, con este frío húmedo que me sube por las piernas, y los pies machacados por los malditos tacones.  No sé cómo las mujeres aguantan ir subidas a esos andamios.  Lo único que mola es el abrigo ¡Qué suerte tuvo la condenada! Murió la tía Ambrosia y el marido se acordó de la sobrina...

_¡Uy! ¿pero no es esa la Carmen, esa amiga de Paquita tan chismosa? ¡Lo que me faltaba, que se acerque a hablarme pensando que soy Paquita!  Ya no la veo... habrá entrado en algún portal.  Dentro de un momento llego a la plaza, me doy la vuelta y habré ganado la apuesta.  Si la Carmen me llega a ver disfrazado de mujer me convierto en la chirigota de toda la panda. ...

1 de marzo de 2013

Hablando de la misma persona


- ¿De qué conoces a Bernardo Herrera, si puede saberse?

- Lo mismo te pregunto yo”,  replicó Juan, mi amigo y socio de Bufete al salir del restaurante donde habíamos estado cenando aquella noche. 

En efecto, estábamos comenzando el segundo plato  cuando de pronto, vimos caminar  hacia nosotros a Bernardo Herrera.  Aunque hacía tiempo que no lo veía no dudé ni un momento que venía hacia mí y mentalmente empezaba ya a elaborar el saludo incisivo que hiciera el encuentro lo más breve posible, cuando para mi sorpresa,  lo primero que hizo fue fundirse en un prolongado abrazo con mi amigo; luego siguieron las preguntas de rigor: “Qué es de tu vida?, ¿Cómo te va?  ¿Vives en Madrid?”  

Me quedé mirándolos  en silencio  mientras  Juan daba cuenta de su trayectoria,  pero muy pronto, fue el propio Bernardo quien se giró hacia mí, me dio un apretón de manos y me repitió las mismas consabidas preguntas protocolarias. Mientras le contestaba le observé de soslayo. Seguía teniendo esos ojos oscuros de mirada huidiza y la dichosa costumbre de  manosear siempre el llavero o cualquier otro  objeto mientras habla.

Fue un encuentro breve  porque nuestros platos estaban sobre la mesa y porque había venido acompañado de una mujer que no nos presentó y que se había quedado algo apartada de la mesa.   

Terminamos la cena, y sin acercarnos, le hicimos una señal de despedida desde lejos, y salimos a la calle.  Creo  que a ambos nos picaba la misma curiosidad:

- ¿Sabes que estudié todo el bachillerato con él?-  No, no lo sabía. Me parece que nunca ha salido en nuestras conversaciones .

- ¿Y tú, de qué lo conoces?

- Pues de haber trabajado juntos en el mismo Bufete  al poco de terminar la Carrera.

- ¡Espero que fuera un poco menos camorrista que cuando era estudiante!

¡Pero qué me dices!  ¿Camorrista Bernardo ?  Yo diría mas bien lo contrario.  A todos los que trabajamos con él nos cayó mal precisamente porque  era un  trepa y un adulador permanente de cualquier persona que estuviera por encima de él.  “¡Tiene usted razón Don Enrique!  ¡No faltaría más don Jacinto! ¡Lo que usted mande Doña. Catalina!”  eran algunas de sus cantinelas preferidas.

-¿Adulador, de qué?  ¡Pero si en el colegio iba de chulo perdonavidas!  Se había rodeado de una pandilla que le reían las gracias  y que nos tenía atemorizados a todos los demás.

¡No se diría que hablamos del mismo Bernardo!  Fíjate hasta qué punto llegaron las cosas, que en COU estuvieron a punto de  expulsarlo del colegio.  Algo relativo a una estudiante. No sé bien el motivo. Sólo sé que los padres de la muchacha vinieron al colegio y montaron un poyo por todo lo alto.

- ¿Y tú fuiste de su pandilla?

- Bueno, ya sabes que lo mío es la diplomacia: nadar y guardar la ropa.  La verdad es que nunca me hizo gracia pero tampoco me puse a mal con él ni le planté cara.  Creo que  ni   sabía en qué bando me encontraba: si en el de  sus amigos de entonces o en  el de los asustados por sus bravuconadas.

- Pues en mi caso me parece que no alberga la menor duda. Ya has visto cómo al principio ha hecho como si no me viese.  Y es que yo no aguanto a esa gente  que parece reverenciar a la autoridad sólo porque tienen el mando. Van besando el suelo para escalar puestos u obtener ventajas.  Para mí Bernardo ha sido siempre un mal compañero, adulador con los jefes y muy poco colaborador con los colegas.-Extraño comportamiento para alguien que nos tuvo atemorizados durante todo el Bachillerato.  Pero quizá no es más que la otra cara de la misma moneda: un débil y cobarde  disfrazado de camorrista y bravucón.


Una inspección rutinaria

Nikita no ha dejado de olisquear la maleta beis recuperada ayer de la cinta correspondiente  al último vuelo de British procedente de Londres.  Da vueltas y más vueltas, escarba en la cerradura y si pudiera hablar seguro que me gritaría: “ No seas imbécil, ábrela”.  Pero no puedo hacerlo sin la presencia de un mando. No lo permite el reglamento. Aguanto  estoicamente la mirada de reproche de Nikita y  a última hora, cuando llega el sargento le pongo en antecedentes del extraño comportamiento de nuestro mejor rastreador.

            El sargento examina la maleta. No tiene nada extraño salvo quizá su color y dos iniciales L.P. grabadas una en cada cerradura de números en la parte superior.
“Bien” , dice el sargento, “puesto que estas cerraduras  se abren con la mirada y no necesitamos forzar nada, ábrala y salgamos de dudas. Procure en todo caso dejar todo colocado como estaba.

            La maleta es de fibra lisa con asa telescópica y cuatro ruedas en el lateral derecho. Reventar la clave es juego de críos;   basta girar las ruedecillas dentadas muy despacio hasta sentir el distintivo clic  cuando la muesca coincide con el número de clave. A los pocos minutos saltan las cerraduras: 2207 y 1962. Sencillo e infantil. Probablemente la fecha de nacimiento de su propietario.

            Coloco la maleta cuidadosamente sobre la mesa y abro la tapa.  Me sorprende un fuertísimo olor a perfume, mezcla de tabaco, sándalo y aromas de pachuli.  No pensé que Nikita se alterara tanto por este perfume  a la vez empalagoso y varonil. Me enfundo los preceptivos guantes de algodón blanco, y tras unos momentos de vana espera a que se disipe   el fuerte olor,  procedo a vaciarla tomando buena nota de la ubicación exacta de cada artículo que va saliendo.

Destaca en primer lugar y por encima de lo que parece ropa de caballero un libro de lujosa encuadernación de cuero con  repujados  en el canto, en la parte superior, el título: “Las confesiones de san Agustín” y en la inferior, las iniciales L.P. que ya observé en la cerradura.  Aparece ahora un terno  con chaleco, de color gris marengo y raya diplomática.

“Vaya resbalón” pienso para mí. “probablemente se trata del equipaje de un gentleman inglés, culto y distinguido con un gusto particular para los perfumes,  muy alejado de las preferencias olfativas de Nikita.”  Pero ya metido en harina prosigo con la inspección. Salen ahora dos camisas blancas, de algodón egipcio de cuello alto, amplio y abierto  apropiadas para nudos de corbata de tipo Wilson. Luego un jersey verde botella y una camisa de sport, de rayas y cuello con botones; una bolsa de aseo con maquinilla y crema de afeitar y lociones varias.  A continuación, calcetines negros  y ropa interior de caballero.  Todo normal, convencional, una inspección rutinaria y blanca  de la que el dueño no se va a enterar. 

Estoy a punto de colocar nuevamente la bolsa de aseo en su lugar, cuando me llama la atención una cinta de cuero negro que sobresale por debajo de unos calzoncillos  azules tipo bóxer. Curioso, tiro de ella, y aparece una especie de látigo de cinco correas rematado por una empuñadora igualmente de cuero artísticamente trenzado.   Sorprendido, cambio de opinión y sigo sacando objetos de la maleta.  Despejo el fondo de los frascos de colonia de nombres orientales y, entre las prendas de ropa interior masculina aparecen unas diminutas braguitas de encaje de color rosa chicle que parecerían de juguete si no fuera por unas oscuras manchas marrones. Haciendo juego, un sujetador del mismo estilo en el que se evidencian manchas oscuras muy parecidas a la sangre seca. Creo que finalmente y  a pesar mío, el dueño se va a enterar de que hemos revisado su maleta.  

23 de febrero de 2013

¡No fuel culpa mía!


Emerjo de una nube viscosa de algodón, huelo a medicamento, noto que me estoy despertando. Algo ha ocurrido. Trato de abrir los ojos pero mis párpados son dos ladrillos. Distingo  una mancha de claridad sobre una pared oscura.  No estoy en mi cama, huele diferente,   ¿Dónde estoy?  ¿Qué ocurrió?  Intento mover la cabeza a un lado para    reconocer el lugar, para localizar la puerta o una ventana, pero no consigo nada.  Me han cortado los cables. Mi cerebro transmite órdenes  que van a parar a una vía muerta.  Hago un intento por apartar las sábanas y  levantarme,   pero mi brazo se ha ido de paseo y no responde.

¿Qué te ha ocurrido Federico  ¿Dónde estabas ayer? ¿No tenías que ir a Barcelona?  Se encienden  lucecitas de colores, el cerebro me responde, trata de recordar.   ¿Un accidente?  ¿Maté a alguien?¿Hay más personas  hospitalizadas?  Estuve con los colegas hasta tarde, bebí, quizá demasiado, no recuerdo, llegué a casa, ¿a qué hora? Dormí poco. Siempre duermo poco.  Me afeité, y sin sentarme siquiera, tomé el café mientras acababa de vestirme.  El garaje estaba a oscuras, silencioso, aterrador.  Desde lejos pulsé el mando para localizar mi coche y tener un poco de claridad. Arranqué y salí  en tromba. Mientras deambulaba por las calles de Madrid me fui poniendo el cinturón de seguridad, guardando las llaves de la casa, colocando la cartera en el asiento del copiloto.  Me maldije a mi mismo por salir tarde, por dormir poco, por ser tan desordenado.  El tráfico empezaba a espesarse en la A2. Al llegar a la altura de Alcalá  todos los coches me parecieron caracoles yendo a trabajar.  ¡Qué poca prisa, tienen algunos! o qué pocas ganas de llegar al trabajo. Llego a Azuceca, el tráfico se desvía, por fin pude acelerar, Guadalajara, nueva frenada a causa de las mamás que llevaban   los niños al colegio. Pité al coche que iba delante y que se  paró en el paso de zebra para   dejar cruzar aunque todavía estábamos en verde. De la ventanilla salió un brazo adornado de pulseras que con el dedo del corazón me hizo un gesto inequívoco.  Me cabreé y decidí perseguirla y hacerla pasar un mal rato.  Después de Guadalajara había placas de hielo en la carretera, pero arriesgué, quería vengarme y  recuperar el tiempo perdido.  Nervioso,metí la mano en el bolsillo en busca del tabaco pero el coche me hizo un extraño, cuando me repuse el coche rojo al que perseguía había desaparecido.

Me gustaría palparme, tocarme el pecho, sentir los dedos de los pies. ¿Estarán ahí?  No siento nada, tampoco dolor.  ¿Por qué nadie está a mi lado, me acaricia, me dice que ya pasó todo, que me pondré bien, que no ha sido nada?  Dolor, oscuridad, una ambulancia que se acerca, frenada, voces de unos, comentarios de otros, y dolor, mucho dolor, alguien que me habla, después ya nada,  la nube de algodón viscoso de la que acabo de salir.

Mientras tanto la claridad se filtra  lentamente a través de la persiana y traza rayas   blancas sobre una pared que se ha vuelto azul Seguridad Social.  Ya no me cabe la menor duda. Estoy hospitalizado. Huele a cloroformo. He sufrido un accidente del que ignoro las proporciones o consecuencias y no puedo moverme. ¿Me habré quedado tetrapléjico?  ¡Qué horror!  No, mejor no pensarlo.

La habitación y la mente se van  iluminando  a la par.  Oigo chirridos, un sonoro ¡Joder!   un ¡bruum…! y un clashh  de chapa arrugada mientras veo aquella negra y amenazante cabina de camión que se desvía de su carril  y se me echa encima.  Instinto de supervivencia, y de auto justificación.  ¡No!  No fue  culpa mía, ese cabrón   invadió mi calzada.  ¡Estaría dormido!   

La mosca en la pared



Quiero hablar con alguien, pero la habitación sigue vacía,  muda y oscura. ¿Por qué habrán bajado las persianas?  ¿Qué hora es? A fuerza de forzar la vista voy distinguiendo primero el contorno de los muebles, luego  el color de las paredes. Las persianas dejan filtrar algo de luz y dibujan rayas claras en la pared.   
Una mosca ha decidido escalar la pared que tengo frente a mis ojos. Se toma su tiempo, cuando llega a la primera raya de claridad se detiene, frota las antenas y parece pensar: ¿será una trampa?  Duda un buen momento luego prosigue su paseo. Cuando llega a la siguiente raya de luz tarda menos en decidirse, pero tampoco se precipita, nadie la molesta y mis ojos no logran  distraerla de su periplo.         
No me llega el ruido de la calle. Es como si la ciudad durmiera, pero no puede ser, hay luz detrás de las persianas.  Oigo  ruido de voces  detrás de la pared, ¿será en el pasillo?  Sí, y el chirriar de ruedas, el tintineo de vasos, el entrechocar de bandejas.  Debe ser la hora del  desayuno…  Bueno, al menos el lugar está habitado.  Quizá en algún momento se abra la puerta y vengan a ver cómo me encuentro. No sé lo que me ha pasado, no recuerdo nada pero me conforta saber que mi vista y mis oídos siguen funcionando.
Quién me trajo aquí? ¿Por qué?  Es para volverse loco. Ni una imagen, ni un recuerdo. Inconsciencia total y nadie cerca para darme una explicación.  ¿Enfermedad? ¿Accidente? ¿Quién me lo puede decir?
Ha pasado un siglo. Ya no se oyen ruidos.  ¿Estarán todavía desayunando?  No he oído la recogida de bandejas, ¿o me dormí  un instante?  Me gustaría tener al menos un reloj,  sentir que algo se mueve, aunque  sólo sea el tic tac del segundero.  Si me concentro quizá oiga los latidos del corazón.  Demasiado débiles o están muy  lejos.  Busco en  las paredes algo en lo que centrar  la atención. Las rayas de luz que la persiana proyecta en la pared no se han movido. 
Hace calor. Siento el cuerpo pegajoso y la frente húmeda.  Noto que una gota de sudor se está formando en el entrecejo.  Cuando haya engordado lo suficiente, empezará su  tranquilo paseo por el tobogán de la nariz.  Espero al acecho, con ganas de volatilizarla de un resoplido.  Cuando al rato  empieza su lento  zigzagueo, lo intento,  pero  el esfuerzo se  queda  en un suspiro e  inalcanzable, la maldita gota se  esconde  en el mismo reborde del labio superior. ¡Claro!  ¿cuánto tiempo llevo sin afeitarme?  Habrá  quedado  enzarzada entre  esas púas que tanto molestan a  Elvira cuando me besa.
            ¡Elvira!  ¡No la han avisado! ¡imposible! Nadie sabe de mi relación con ella. Para todos soy un hombre divorciado y solo. Habrán mirado en mi cartera, en mi móvil, pero ahí Elvira figura como “Cuqui” y no está la primera  en la lista de la agenda...!  ¿Por qué no habré arreglado esta situación antes? ¿Por qué no habré cambiado el ridículo Cuqui por AAAElvira en el teléfono? ¡Cómo no sabe mi familia que ella es ahora el centro de mi vida!..¡Si seré capullo!.... la mosca... otra vez la mosca por la raya de luz....

Pakuri



Llevas tu sombrero guaraní con el porte de una princesa.  Tu rostro, esculpido por los fríos del altiplano, el trabajo del campo, los partos y los duelos se ha petrificado en una máscara.  Entrecierras los ojos y tu mirada me traspasa  escondida detrás de ese párpado izquierdo parcialmente caído.
            Aunque te lo pregunte no me contarás nada. Tu vida es sólo para ti.  Toda ella  un misterio. Tus labios se fruncen en mil pliegues como una bolsa de cuero. Son unos labios finos, fríos, que hace tiempo olvidaron el sabor de los besos.  La edad, pero sobre  todo  el sufrimiento te ha ido  labrando profundos surcos  en torno a la nariz y la barbilla. 
            Tienes un rostro obstinado y sufridor, guardián celoso de sus secretos, noble en su pétrea determinación.  Me gustan tus  pobladas cejas y esa espesa coleta  de pelo aún negro que, rebelde, se escapa del escondite del sombrero.
            India de noble estirpe guaraní, desconozco tu nombre, no sé nada de ti, pero no te quiero anónima.  Te llamaré  Pakuri