17 de junio de 2018

Atardecer en la punta del Dichoso





Me siento ausente, lejano, perdido en un mundo de quimeras.
Me escucho y mis pensamientos  suenan huecos, sin eco, y sin melodía.

Se acerca el crepúsculo, pero el sol aún se resiste,  
se niega a zambullirse y desafiante me hiere la vista.
            
La mar, pradera azul y oro en la que sus rizos apenas se estremecen, 
percibe resignada, pero aún lejana, la sábana blanca de la bruma 
que  muy despacio se acerca.
            
Los bañistas ya se han ido, pero aún quedan en el agua 
esos tritones de coraza negra  que inermes ante el frío de la tarde 
amagan algún salto, y a veces, por fortuna, cabalgan durante unos metros
el dorso de una ola desprevenida..

Una gaviota planea y traza un gran círculo en torno a la Punta del Dichoso. 
Sus dominios están seguros y terminada la ronda 
se lanza en flecha hacia las olas pero les tiene cogida la distancia  
y como si sólo se bañara en la espuma de su espuma  
surge disparada, en magnífica parábola hacia el azul del cielo.

Hay más paz en el ambiente que en los rincones oscuros de mi cabeza.. 
Cierro los ojos, trato de acallar la estridencia de esa música interior, 
pero  los pensamientos, alborotados, ruidosos, se entrechocan
 y no me dejan oír el suave murmullo de la tarde.

16 de junio de 2018

Habituarse a las comidas

A los doce años la comida es sobre todo un trámite que nos permite olvidarnos del hambre.. Quizá por  eso y pese a llevar un par de años fuera de casa  la comida no me había planteado ningún problema.  La dieta del internado no difería en gran medida de lo que comíamos en casa. Las patatas, las verduras, las legumbres y el café con leche por la mañana se alternaban  y aunque las ollas eran más grandes, yo no apreciaba grandes diferencias de sabor.
            La única diferencia venia marcada por la disciplina. En el pensionado comíamos a horas fijas, en mesas de cuatro y en completo silencio.  Mientras comíamos, nos leían algún libro de aventuras y a un toque de timbre, por riguroso orden de lista salíamos  al estrado y seguíamos con la lectura del lector anterior..  Si el pasaje era particularmente interesante,  intentábamos una concentración telepática que adelantar el timbrazo que nos librara de  los lectores silabeantes  y o que leían a trompicones. Claro que cuando  la historia era particularmente  interesante no necesitábamos ejercer ningún tipo de vudú, porque los propios profesores, desde lo alto de su estrado  se encargaban de despachar al penoso lector y a veces nombraban a dedeo un lector  que amenizara  el resto de la comida. Sin faltar a la modestia tengo que admitir que muchas  tardes me tocó salir a  leer y a veces tuve la sensación de que el profesor de turno se había olvidado de tocar el timbre, pero  no era momento  de cambiar de lector en medio de una de las más trepidantes aventuras de Sandokan o cuando estábamos leyendo el relato del descubrimiento de la tumba de Tutankamon.
            Cuando llegué al colegio de Francia, sin embargo, las cosas cambiaron para mi.  El hábito de la lectura en el comedor seguía vigente, pero mi soltura en francés ya yo era la misma y  las comidas, más variadas que en España, presentaban a veces  aspectos o sabores contra los que o bien  mi vista o bien mi estómago se rebelaban.  Uno de los platos que se cruzó en mi estómago o quizá mejor en mi imaginación fue la sopa de cebolla.  Por más que yo  intentara ver cebolla en los filamentos transparentes  que parecían nadar en aquel oloroso caldo, mis ojos sólo veían gusanos  como los que recogíamos para ir a pescar en el río, y mi estómago se cerraba en banda y amenazaba  pasar a mayores si me obstinaban o me obligaban a sorber  una   única cucharada.
            Era una norma no escrita del colegio que lo que te ponían en el plato había que comerlo. El chantaje emocional ayudaba.  ¡Cuántos niños pobres desearían tener en sus platos lo que nosotros rechazábamos!  Se había hecho un revuelo en torno a nuestra mesa por lo que pronto un profesor se acercó para conocer la causa de tanto revuelo.
_ ¿Qué pasa aquí?  ¿Qué le pasa a la sopa de cebolla?
_ Que tiene gusanos
            Mi querido profesor debió sentirse profundamente insultado.  La sopa de cebolla es el plato francés por antonomasia  y confundir las sabrosas tiras de “oignon”  con gusanos  era una ofensa que escondía alguna oscura  maquinación.   Sin embargo prevaleció la sensatez.  Yo llevaba en Francia pocas semanas y todavía no había tenido la oportunidad de saborear  y apreciar  la buena  “Cuisine Française”  No le dio más importancia al incidente, y salvo un gesto que podría interpretarse como de desprecio me dejó tranquilo pero  sin cena.
            Ni hecho a posta  a los pocos días nos sirvieron para cenar puerros asados.  Esta vez, obviamente no tenía disculpa alguna para por lo menos   probarlos, y lo intenté, sinceramente lo intenté,  pero pinchar el tenedor, abrirlos con el cuchillo, sentir su olor  y notar que se encabritaba mi estómago fue todo uno. Salí corriendo del comedor y llegué justo a tiempo para  devolver en el aseo lo que llevaba cenado hasta ese momento.
            Muchas de mis comidas de aquel magnífico colegio se convirtieron en un auténtico suplicio y mis relaciones con los profesores responsables del comedor un tira y afloja hecho de amenazas, de promesas, pequeñas victorias y  un progresivo acostumbramiento  estomacal.
            Años más tarde pasando de visita por aquel colegio  alguno de los profesores que aún seguían en el colegio me recordaban por la dichosa sopa de cebolla y me confesaron que estuve en un tris de ser devuelto a casa por mi intolerancia hacia las comidas.
            Han pasado décadas. He racionalizado mis fobias. Soporto el olor de la cebolla, del ajo o del puerro e incluso  admito sin reparo su sabor  pero sigo sin poder contemplarlos en el plato, por eso amigos, si un día comparto vuestra mesa, no os preocupéis, comeré y saborearé el ajo, el puerro o la cebolla, pero hacedme sólo un favor,,, trituradlos bien para que no los vea





10 de junio de 2018

Una bala de cañón y el sonido de una voz


Era una tarde de domingo.  Yo leía plácidamente en el salón  mientras a mi pies, nuestro hijo Alex jugaba con su última adquisición un Famobil  Artillero  pertrechado con su cañón,  y sus bolas redondas y de aspecto plomizo del tamaño de un garbanzo.
De pronto, Alex se gira hacia mi y me señala la nariz donde empiezan a brotar  gruesas gotas de sangre
_          Qué te ha pasado hijo?
Alex no contesta, señala alternativamente su cañón de juguete y una diminuta bolita , una bala de su cañón. El gesto nos dice todo lo demás. Jugando con una de esas balitas se la ha introducido por una de las narinas y no la puede sacar.
Inicialmente no me alarmo excesivamente. Bastará llamar a su madre y mientras yo mantengo al niño tranquilo, ella con un poco de paciencia y unas pinzas de depilar  desalojará  el proyectil de tan fastidioso lugar.
Hay pocos niños tan valientes como el nuestro. Sabe que ha hecho una trastada y por mucho que le duela o por más miedo  que tenga se trata de demostrar que es un chico grande, que no es un quejica  y que sabe hacer frente a esas pequeñas calamidades de  la vida.
Mi mujer se empieza a poner nerviosa, intenta hurgar con las pinzas en las fosas nasales de niño sin hacerle demasiado daño pero  solo consigue que sangre más abundantemente, que empiece a ponerse nervioso y que dos grandes lagrimones  nublen su límpida mirada de cuatro años.
Ahora somos nosotros quienes nos ponemos nerviosos.  En un plis plas nos ponemos ropa de calle y salimos disparados hacia el Servicio de Urgencias del Hospital.  La sangre que sigue manando de la nariz del niño es suficientemente aparatosa para  acortar el tiempo de espera.  Nos hacen pasar rápidamente a una sala de consulta, entra un  médico joven  que probablemente esté haciendo el MIR, se lleva al niño a un rincón de la sale donde le enfoca una potente lámpara y sin volverse hacia nosotros pregunta
_          ¿Qué ha pasado?  ¿Cómo se ha hecho  eso?
Contestar sencillamente  “Jugando con una bala de cañón”  hubiera sido una simplificación tan escueta que hubiera creado más confusión que otra cosa. Debía proporcionar una explicación más elaborada:
_          Verá Doctor, el niño estaba jugando con sus Famobil y  su cañón y debió acertar a meterse una de esas dichosas bolitas por la nariz…
Iba a seguir diciendo que la cosa había ocurrido hacia escasamente una hora pero ya no me dejó  seguir.   El médico se giró hacia mí, se me quedó mirando,  y me dijo.
_          No se preocupe,  Esta batalla está ganada.  Por lo que veo Usted no  se acuerda de mi.  Yo tampoco le reconocí a primera vista. Pero ahora que ha empezado a hablar, su voz me resulta inconfundible. Usted fue mi profesor de francés en  el Colegio Acitain La Salle de Eibar.
            Por las explicaciones que me dio una vez hubo extraído la sanguinolenta bolita de la narina de mi hijo, efectivamente habían pasado unos diez años desde que Asier Iturbe fuera alumno mío de francés en aquel colegio. . Ahora hacía las prácticas del MIR en el hospital de Burgos y yo seguía sin poder colgar ningún recuerdo de aquella tarjeta que prendida sobre el bolsillo superior de su bata lo acreditaba. Yo solo era una voz, pero había servido para identificarme. Espero que al despedirme con mi más sincero agradecimiento, su recuerdo se quedara sólo en eso, una voz, un recuerdo, y  que si alguna otra anécdota viniera  a sumarse a la voz, durara lo que una pompa de jabón en la espuma de aquel día

12 de mayo de 2018

La fuente del Chino Liu


       

       Perdida en las tupidas caucheras, allá en la frontera noroeste entre Tailandia y Myanmar, la pequeña aldea de Song Kalia se apelotona perezosa  y escondida a orillas del caudaloso río Nam Kalia. Sin embargo, sus vecinos, a fuerza de malarias, dengues y otras enfermedades, han comprendido que el agua del río no es apta ni para beber ni para cocinar. Por ello, todas las tardes, después del colegio, vemos a grupos de adolescentes, sobre todo niñas, cargando en cada mano una pesada garrafa de agua que por unos céntimos han ido a comprar al almacén de un chino espabilado que montó en su local de la carretera, a dos o tres kilómetros del pueblo, un alambicado sistema de filtrado y purificación de agua con el que promete la eliminación de residuos, tierra, gérmenes o cualquier microbio.
         Esta sería una historia banal, si no fuera porque como ocurría antaño en nuestros pueblos castellanos, este obligado y esforzado viaje a la moderna fuente del chino Liu no fuera también la ocasión propicia para alborotados rubores, cuchicheos de muchachas, exclamaciones al vuelo y sin autor, miradas desafiantes y otras bravuconadas de sus jóvenes admiradores.
         En el colegio, Dusit, ciertamente no era uno de esos muchachos de mirada retadora, voz estrangulada y gesto de gallo conquistador.  Silencioso, tímido, incluso cobarde, yo le veía con la mirada perdida, siguiendo embelesado el cadencioso balanceo de las pesadas ramas de los mangos, o robando a escondidas miradas azoradas hacia la joven y vivaracha Salini, cuyas risas estridentes y extemporáneas nos traían de cabeza a todos los profesores, pues su sólo amago bastaba para alborotar la clase y desbaratar nuestras más sesudas explicaciones.
     
    Salini era una de las muchachas que con mayor asiduidad acudía a por agua al almacén del chino Liu.  Nunca le faltaba escolta masculina, pero sabía rodearse de amigas que interrumpían, interpelaban y se reían de los moscardones que la rondaban.  Dusit, por el contrario, no necesitaba acarrear agua. Su hermano, con un par de viajes de su motocarro  mantenía la casa bien abastecida.  No obstante, el muchacho veía en esos paseos al almacén una ocasión de oro para  que Salini se fijara en él y no podía desaprovechar la oportunidad.  Inspirándose en la motocarro de su hermano, trabajó durante días para construir una carretilla capaz de cargar con varias garrafas de agua. Utilizó las ruedas de un desvencijado coche de niño al que acopló una plataforma de madera, laterales de bambú y un largo remo que le servía a la vez de tirador y de timón.  Así pertrechado se acercó un día al almacén del viejo Liu, a por una garrafa de agua, no sin antes asegurarse de que Salini   estaría cerca, charlando o haciendo cola con sus amigas.
         Cuando lo vieron llegar  todas lo rodearon  de inmediato. No les cabía la menor duda sobre la intención del muchacho. Sabían que en realidad lo hacía por estar cerca y ayudar a la amiga   por la que en silencio suspiraba, hablar con ella, reírse de sus bromas,  y quizá, con el tiempo conseguir que Salini  se fijara en él, lo eligiera como amigo o al menos le diera esperanzas.
         Pero Dusit cometió un error de proporciones. Construyó una carretilla demasiado grande que podía cargar hasta seis o siete garrafas de cinco litros.  Así pues  nunca faltaban amigas que  aprovechándose de la circunstancia, ponían en la carretilla al menos una garrafa junto a la de Salini  lo que las convertía de inmediato en embarazosa e indeseada compañía.
Fue Salini la que muy pronto buscó remedio a este exceso de compañía. Hay que decir que aunque no lo manifestara a las claras, Dusit le gustaba mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Ella también quería sentir el cosquilleo de sus palabras entrecortadas y dichas en voz muy baja, sentir sobre ella esas miradas cómplices, atreverse con bromas de doble sentido, que borraba de inmediato con una sonora carcajada. Quería sentirse elegida y calibrar su poder sobre Dusit con reproches por olvidos inexistentes, caprichos consentidos,  o por descuidos inventados.
Salini hizo correr la voz de que aprovechando su obligado paseo al almacén de viejo Liu, también traería agua a las personas que no tuvieran quien les hiciera ese servicio.  Esa pequeña treta además de granjearles la simpatía de las abuelas del poblado, les permitió recorrer el camino a la fuente con tranquilidad y sin otra compañía que su alborozo.
Han pasado tres años, pero creo que  su estratagema ha dado resultado. Los veo de vez en cuando  en Facebook, y las fotos son suficientemente elocuentes para pensar que hacen una buena pareja. 

7 de mayo de 2018

CULTURA FRANCESA




                Ayer, mientras repasaba unos apuntes de Universidad caí en la cuenta de la influencia que inconscientemente la cultura francesa ha tenido  en mi forma de pensar, y  me imagino en la en la forma de pensar de muchos de mis coetáneos.

        Los grandes sentimientos morales nos llegaron a través de la cultura de la representación teatral del siglo XVII: la nobleza, el heroísmo y el sacrificio  a través de la  tragedias de Corneille,  los celos, el amor, la compasión en los dramas de Racine; la hipocresía, la avaricia, la beatería y el culto de las apariencias ridiculizados en la comedias de Moliére.   

            Vino luego la cultura de las ideas, en la segunda mitad del siglo XVIII, el siglo de la Luces. Los grandes filósofos  Diderot, Voltaire, Rousseau, herederos de la Enciclopedia de Descartes formularon sus teorías sobre el orden moral y prepararon el terreno a la cultura de la acción cuya más conspicua y sanguinaria manifestación fue, en nombre la  Libertad, la Igualdad y la Fraternidad la Revolución Francesa.

            El país y la cultura sin embargo, tendrán que pagar un pesado tributo. Durante toda la primera mitad del siglo XIX Francia aporta poco a la cultura europea. Tenemos que esperar a la segunda mitad del siglo para ver aparecer  los mismos vicios morales  suberbia, envidia, avaricia,  venganza, lujuria, reflejados de forma detallada y precisa en las novelas de Victor Hugo, Flaubert, Balzac o Flaubert.

            Una nueva y potente corriente aparece con el nuevo siglo XX. Es la corriente pictórica, con movimientos tan singulares y característicos como el Impresionismo, el Fauvismo, el Puntillismo o el Dadaismo. que darían paso inmediatamente a movimientos Austriacos y Alemanes que facilitarán nuevamente en Francia la aparición del Cubismo o el Surrealismo.

            De todas esas fuentes, consciente o inconscientemente hemos bebido y yo al menos ni sé ni quiero distinguir la parte de cada cual.  La cultura francesa me ha influenciado pero se ha mezclado tan íntimamente en mi forma de pensar con aportaciones multiculturales y multinacionales como se mezclan los alimentos en mi dieta y conforman mi estado general de salud y bienestar.



4 de marzo de 2018

PEQUEÑA FILMOTECA : CHURCHILL



CHURCHILL 
Reino Unido 2017
Dirigida por  Jonathan Teplitzky
110 minutos

                Había oído hablar de la magnífica caracterización que Brian Cox  logra en la interpretación  Churchill en la película de Jonathan Teplitzky.  Aunque no lo puedo asegurar, pues he visto una versión doblada, al parecer logra incluso  mimetizar la  voz del viejo político hasta el punto de hacernos creer que estamos oyendo algún histórico  discurso radiofónico de tan ilustre personaje.
                La cinta desde luego no me  ha decepcionado. No se trata de una biografía de  Winston Churchill sino tan solo de la narración de las  48 horas previas al Desembarco en Normandía, pero en tan poco tiempo el personaje queda  perfectamente identificado y no solo por sus sempiternos y nauseabundos puros y su pajarita de topos. El actor imita a la perfección su andar bamboleante, su mirada torva, sus exabruptos o su descontrolado genio.
                Naturalmente, la cinta nos muestra  más allá de las apariencias,  a un hombre debatiéndose con sus demonios personales. Su irrefrenable orgullo,  su indómito afán de protagonismo,  su sentido de responsabilidad y su preocupación por las consecuencias que cualquier  error pudiera  tener sobre su deslumbrante  trayectoria histórica.  De ahí sus dudas, sus miedos y su afán por torcer la voluntad de los que en realidad  están llamados a tomar las decisiones importantes.

                Churchill se ha encontrado con la horma de su zapato y  ante temperamentos tan fuertes como el suyo propio  Churchill, el político, se ve obligado no sin pesar a ceder ante sus oponentes militares, los generales Montgomery  y Eisenhower.
                No es ni una película de acción ni el relato de una de las más conocidas páginas de la Segunda Guerra Mundial,  trata de enfrentamientos y protagonismos,  de obligaciones y temperamentos, pero  tiene sus momentos profundamente humanos que nos dejan atisbar la relación de Winston Churchill con su esposa o su vena mas humana  que se preocupa por  asegurar a su maltratada secretria  de que su novio logró desembarcar en Normandia sin incidentes.
Enn suma, una buena película histórica que nos acerca a la personalidad de una figura  incontestada figura histórica del siglo XX.

TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN


TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN
Novela
Lionel Shriver
Anagrama  2009
Título original: We have to talk abour Kevin
608 páginas

Elegido como libro de debate en el Club de lectura  el pasado mes de febrero, sigo dándole vueltas en
la cabeza a los múltiples interrogantes que me plantea y creo que sólo al plasmar algunos de ellos en estas líneas me veré definitiva mente libre de ellos.
A través de  unas cartas, yo diría de unas confesiones, la protagonista,  Eva recuerda a su marido, Franklin,  lo enamorada que estaba de él, sus miedos a perderle, su  aceptación de la maternidad aunque esa no fuera una de sus prioridades en la vida y trastocara profundamente su carrera  profesional  y su hasta entonces manera de encarar la vida.  le cuenta  también las casi increíbles dificultades que plantea la educación de su poco el deseado hijo, la evolución de este a lo largo de los años y la relación del niño con sus compañeros del colegio, con su profesora, con los vecinos  y finalmente con toda la familia.
A medida que vamos leyendo nos asaltan los interrogantes y empezamos a entender  el sentido de la cita de Emma Bombeck que aparece en la primera página de la novela  Un niño necesita más de vuestro amor cuando menos lo merece”
La evolución  educativa del niño nos deja sin aliento y empezamos a plantearnos múltiples interrogantes:
¿El instinto maternal se da de oficio al tener un hijo o se va adquiriendo con el tiempo?  ¿Puede un hijo notar al diferencia  entre ser una buena madre o ser  maternal? ¿Qué importancia tiene en la educación de los hijos el que las bases y los límites  estén previamente consensuados por la pareja?  y por último existe el gen de la maldad, es fruto de la educación  o es una mezcla explosiva de ambas?
Se plantean muchos otros interrogantes  que el lector irá descubriendo pero que no se pueden apuntar en esta reseña sin desvelar el meollo principal de la historia.  Baste señalar  de pasada  la influencia de las redes sociales, o el afán de notoriedad de los adolescentes.
En cuanto al estilo del libro creo que el haber elegido la forma epistolar  pueda parecer algo rebuscado pero este es un libro de sentimientos y sólo hablando de sí misma es como eva puede  desvelarnos sus   miedos, sus dudas  y sus sentimientos.  En cuanto a la parte negativa cabe señalar el hecho de que algunas escenas estén forzadas hasta límites poco creíbles  o que la historia se alargue en ocasiones de forma innecesaria.

28 de octubre de 2015

La Ley del Menor de ian McEwan

LA LEY DEL MENOR
Novela
Ian McEwan
Anagama 2015
212 páginas

En las últimas novelas, el escritor Ian McEwan parece  centrar su atención en las principales instituciones de su país, y más precisamente en sus  representantes más prominentes para escudriñar en qué medida las actitudes, opiniones o conflictos personales afectan decisiones que pueden tener consecuencias importantes sobre la sociedad en general y sobre los individuos en particular. En otras palabras, se trata de saber  en qué medida  decisiones que deberían ser absolutamente objetivas quedan teñidas por las circunstancias, ideas y conflictos de quienes han de tomar tales decisiones.

Así en “Solar” fija su atención en  la investigación científica,  “Sábado”  aborda el estamento médico, “Operación Dulce”  los Servicios Secretos y en su última novela  “La Ley del menor” se centra en la Judicatura. En efecto,  Fiona Meye, Juez Superior  Tribunal de Familia se enfrenta  en esta novela a dilemas morales que afectan tanto a su vida personal o como a su alta responsabilidad judicial.  Como esposa tienen que resolver  el conflicto que le plantea un matrimonio que llegado a la cincuentena   ha perdido su aliciente y  como Jueza tiene que decidir  sobre temas en los que se enfrentan los prejuicios religiosos y morales con  la responsabilidad, lo razonable y lo justo.

Evidentemente,  estamos ante una novela de ideas  donde el autor aborda por un lado los límites del respeto a la religión y a  las decisiones que  movidos por sus creencias religiosas los individuos pueden tomar libremente.  Se debe,  por ejemplo, en aras a ese respeto consentir que alguien muera por negarse a recibir una transfusión de sangre?  Ante la imposibilidad de salvar a la madre o al feto debe el médico plegarse a la voluntad de la madre y dejar que ambos mueran?  El veredicto legal  es siempre que cada uno es libre de decidir sobre su vida, pero  qué ocurre cuando esa decisión la toma un adulto en nombre de un menor?    Fe y religión a veces chocan con la justicia y la razón en territorios donde las cosas no son nunca  blancas o negras, y es precisamente en ese punto en el que Ian McEwan sitúa en esta  magnífica novela a la jueza Fiona Meye para decidir  si el joven A.  a punto de cumplir los 18 años pero aún menor y  que sufre  leucemia  debe recibir una transfusión de sangre a pesar de que sus padres y él mismo, testigos de Jehová,  se niegan a ella por motivos religiosos.

 Cuando dejamos de creer en un ser superior, en Dios, cuál es la base de nuestro comportamiento moral? Debe ser una racionalidad  sin límites?  ¿Qué justifica la racionalidad frente al  que piensa diferente?  Es obvio que la razón sola no basta y  las leyes tampoco, y como al final estamos hablando de decisiones personales, necesariamente hay que dar cabida a los sentimientos con todo lo que eso conlleva  de subjetivo  y contradictorio.     Como vemos, lo que el escritor hace  es llevarnos al borde del precipicio, pero no nos empuja,  ahí es donde cada uno decide el salto que quiere dar.
En ese sentido el novelista  encuentra cierta similitud entre el oficio de juzgar y el oficio de escribir.  En ambos encontramos inteligencia, humor, compasión, omnisciencia. Un juicio es como  una historia corta en la que se  hace un planteamiento,  se describe a los personajes,  se  narran los hechos y  se emiten puntos de vista.  Pero hay una gran diferencia: al final, el juez está obligado a emitir un veredicto, el novelista lo tiene más fácil, deja esa decisión e manos del lector.

 Aunque la novela está narrada en tercera persona, qué duda cabe que la estamos viviendo desde la sensibilidad de la Juez Fiona y sus pensamientos lógicamente se refieren a las consecuencias de sus actos legales y a las circunstancias que se derivan de ellas.  Su marido está dubitativo. Ha llegado a ese punto de la vida en que sopesa la vacuidad de su existencia  y anhela al menos una última experiencia  de vida que le recuerde la juventud perdida.  Ella que además de Juez es  una buena pianista,  no puede por menos de confrontar el estado de ánimo en el que la ha sumido su marido, y la juventud, belleza e inteligencia del joven que por motivos religiosos  se niega la posibilidad de seguir viviendo.   ¿Es posible que en tales circunstancias no se deje influenciar  a la hora de emitir su veredicto?

26 de octubre de 2015

De Brñavieja a Soto (Cantabria)


Ya el nombre del punto de partida lo dice todo.  Salimos a caminar desde las brañas o pastizales altos que en la Cornisa Cantábrica el ganado aprovecha en la época estival.  Aquí, en el Alto Campoo, además, las ondulaciones de la montaña se convierten en invierno en concurridas pistas de esquí.  Pero estamos en otoño y descendemos en zigzag por laderas empinadas e incómodas. Hay que usar los bastones y fijar bien el pie para evitar caídas o torceduras.

                Los pronósticos anunciaban lluvia y por no contradecirlos del todo el cielo está  encapotado. Es una lástima porque la sinfonía de colores que nos ofrecen los robledales y hayedos que nos rodean  queda en la cámara muy apagada y poco acorde con lo que en realidad disfruta nuestra vista que queda embelesada por la policromía de esta paleta otoñal.


                En menos de dos kilómetros hemos descendido 500 metros y los endrinos,  castaños y hayas salpican los prados y se van adensando para  esconder un ruidoso y saltarín arroyuelo.  Nuestros pasos, inicialmente dispersos encuentran por fin una senda que poco a poco se hace camino y discurre paralelo al  pequeño riachuelo.  El sotobosque nos ofrece toda la gama de amarillos, ocres y castaños salpicados ocasionalmente de algún rojo sangre.

                Hemos llegado a  Abiada y hacemos un alto para  desayunar y recobrar fuerzas. Aprovecho para fijarme en la achaparrada iglesia que por sus macizas hechuras más bien parecería una fortaleza. Por el camino veo también venerables y venerados robles centenarios que en ocasiones el tiempo y las tormentas han dejado reducidos a  escultóricos tocones de los que sobresale, valiente, alguna  terca  rama.  Me llaman particularmente la atención las casonas labriegas, en piedra  sillar, con sus arcadas de medio punto, sus paredes blasonadas y sus balcones cuajados de geranios.
  

                Las aldeas se van sucediendo y hasta aquí llegan caminos asfaltados de los que procuramos alejarnos. Nuestros pasos retumban en las piedras del camino y el ladrido de un perro inquieto alerta a su vecino que parece querer  transmitir su mensaje de precaución al siguiente.  No pasamos desapercibidos,  los perros al menos vigilan nuestro  paso.


                Agradecemos la parada cerca de Proaño, el cansancio la reclama, el estómago también. A orilla de un arroyo,  en torno a una descomunal  laja de piedra  de varias toneladas que hace de mesa redonda, comemos el bocadillo y miramos hacia las cumbres por las que a esta misma hora caminan entre nubes y nieblas  nuestros compañeros, más jóvenes o en mejor forma.
                Cuesta re-emprender el camino. Se han enfriado las piernas y después de una mañana de continua bajada,  los pequeños repechos se nos hacen  arduas colinas. Mejor no pensar en lo que falta. Hay que dejar que disfrute la vista, que se ensanchen los pulmones, que se apacigüe el oído y se tranquilice la mente. Las piernas descansarán cuando lleguemos a Soto y sentados en la terraza de un bar comentemos con los compañeros esta inspiradora jornada.







22 de octubre de 2015

Alex de Pierre Lemaitre

ALEX
Pierre Lemaitre 2015
Título original: Alex  2011
Traducido del francés por Artur Jordà
383 páginas

Para mí que no soy un experto, la novela  negra de calidad se  refería siempre a los clásicos norteamericanos como Chandler o Dashiell Hammett aunque últimamente algunos novelistas nórdicos como Adler-Olson, Indridasson o Camilla Läckberg empezaban a tener cierto renombre fuera de sus países de origen.

En Francia ha sido necesario  que un escritor de novela negra, hasta entonces a penas conocido fuera del país galo, ganara el premio Goncourt con Nos vemos allá arriba, para que descubriéramos que en realidad es sobre todo escritor de novela negra y para que las mismas se tradujeran y se editaran o reeditaran  en numerosos países incluido  el nuestro.

Alex  es la segunda novela negra de la trilogía que el francés Pierre Lemaitre ha publicado en Francia entre 2011 y 2014 y considero que es una excelente novela del género por varias razones.
El autor  nos sobrecoge con un impactante y brutal secuestro en el que la víctima, una joven y bella parisina  es brutalmente golpeada e introducida en una jaula de madera, su  raptor muere en una persecución  y la policía lucha contra reloj para averiguar  dónde podría esconderse la víctima.  Cuando por fin  dan con el lugar  descubren sin embargo que  la víctima ha escapado.
De forma alterna vamos viendo los esfuerzos de la policía por desentrañar la identidad de la víctima, y por otra  vamos  asistiendo, de forma incomprensible  a la transformación de la joven desconocida de víctima en verdugo. En efecto una serie de personas, sin aparente relación entre ellas mueren asesinadas a mano de la joven  lo que nos obliga a replantearnos  quién es en realidad la víctima y quién el verdugo.

Como en toda novela del género el bueno y el malo, lo justo y lo injusto se difumina, a cada giro brusco de la trama  nos vemos obligados a replantear nuestras premisas iniciales y latente en todo momento permanece la  insoslayable pregunta: ¿por qué?

Los capítulos son cortos, por lo que no vemos el momento de dejar la novela pensando que en el siguiente  comprenderemos por fin el quién, el  cuándo y el por qué. Vamos devorando las páginas y como buen escritor, cuando creemos tener la respuesta, un nuevo giro  hace tambalearse nuestras sospechas.

A parte de la intriga  impresiona la caracterización del trío policial encargado del caso: el raquítico, obstinado y malhumorado comandante Camille Verhoeven,  el dandy, culto, y refinado agente Louis o el  tacaño, casi pordiosero Armand. Sus manías,  sus exabruptos, introducen en el momento adecuado  esa sonrisa que afloja la ternsión  y nos permite seguir desentrañando los enredos de una historia que a estas alturas del libro se ha vuelto un thriller psicológico. En resumen una novela muy recomendable para los que gustan de emociones fuertes  y creen poder desentrañar los misterios de una novela policiaca desde sus primeras páginas.

20 de octubre de 2015

Hoy....¡Cena para 52 !


Desde el mediodía,  los sudorosos y agotados peregrinos que salieron de madrugada de Nájera o de Azofra van llegando a este albergue parroquial del pequeño pueblo de   Grañón, ultimo del camino por tierras Riojanas.  Podían haberse quedado ocho kilómetros antes en la graciosa villa de Santo Domingo de la Calzada, con albergues más cómodos, con  restaurantes y bares para escoger, con la famosa colegiata donde se guarda el gallo y la gallina en recuerdo del famoso milagro del Santo… pero no, dejan atrás la esbelta torre de la iglesia y siguen camino hasta Grañón porque han oído que este albergue es especial.

                Desde luego, lo que lo hace especial no pueden ser las comodidades: escasos aseos y duchas, empinadas escaleras  hasta llegar al tercer piso donde se encuentra la recepción, el salón y la cocina del albergue,  espartanas colchonetas de menos de ocho centímetros de grosor tendidas en el suelo, sin sábanas o mantas para arroparse, y sólo un par de pequeños bares en los que  pasar  la larga tarde  hasta que llegue el momento  trasmitido de boca a oreja a  lo largo del camino:  “En Grañón se hace cena comunitaria  y hay una ceremonia de convivencia antes de retirarse a descansar”


                Es cierto, y por eso he pasado unos días en el albergue de Grañón como hospitalero voluntario para ayudar a mis compañeras  la Italiana Mariarosa, la americana  Lois y a española Paloma.  Disfruté de cada  minuto de mi estancia, de las innumerables subidas y bajadas  de los tres empinados pisos del albergue, barriendo a o diario   pisos y escaleras, disfruté de los viajes a Santo Domingo para hacer acopio de provisiones,  de las comidas varias veces interrumpidas para inscribir a un peregrino recién llegado que le permitiera  elegir  colchoneta  y empezar su merecido descanso, gocé acompañando a los peregrinos voluntariosos  que deseaban echar una mano en la preparación de la cena pelando patatas, limpiando zanahorias o picando cebolla…

                Luego llegaba el momento de la verdad. ¿Cuántos somos hoy a cenar?  Los hospitaleros habíamos hecho nuestra pequeña porra por la mañana, el que se más se acercara  a la cifra exacta  tendría  de premio un postre especial.  Pero ninguno de nosotros pensaba en ese momento en el postre, sino en hacer cálculos de aceite, cebolla, arroz, chorizo o lentejas para que todos los que esa noche se sentaran a la mesa quedaran saciados y pudieran repetir.  Los menús, como no podía ser de otra manera eran sencillos y como los comensales variaban a diario no era necesario  cambiarlos con frecuencia: patatas a la Riojana,  lentejas con chorizo precedidas de una gran ensalada y de un postre un yogur o  pieza de fruta…

                Un cuarto de hora antes de las ocho el salón ya era un hervidero de gente; unos querían ayudar, otros coger sitio  pero con buen humor al final  en unos instantes las mesas estaban puestas, Los platos, y vasos colocados y los  cubiertos  en su sitio.  Apretados pero felices todos esperaban el momento de compartir una cena por la que  habían sacrificado la comodidad de otros albergues del camino. Con una sencilla plegaria y una presentación de la cena y de las personas que la habíamos  preparado, se iniciaba el alegre,  espontáneo e intenso convite donde en segundos los desconocidos se convertían en amigos, los extraños en conocidos y  los comensales en compañeros  peregrinos.  Una vez creado el ambiente propicio, todo lo demás  iba cuesta abajo y el vino de Rioja servido sin avaricia ayudaba en el empeño.  Al finalizar la cena todos echaban una mano para recoger las mesas, fregar, secar y colocar platos y cubiertos. Costaba  creer que en sólo 10 minutos el salón pudiera volver a recobrar su aspecto habitual.

Aún faltaba  una sorpresa: los peregrinos que lo desearan podían reunirse en el coro de la iglesia para asistir a una sencilla y emotiva  reflexión o puesta en común. La primera sorpresa era contemplar el coro iluminado con velas  situadas en los sitiales y el enorme ambón en el centro del coro. En el suelo, una flecha de luz  daba razón de nuestro estar allí.  Un breve testimonio de alguna de las hospitaleras, y luego, una vela encendida iba pasando de mano en mano. El que la recibía podía permanecer unos segundos en silencio, o comentar en su propio idioma  por qué estaba allí, qué suponía para él el camino,  alguien cantaba una balada, otro tocaba una melodía con la guitarra y hubo quien nos estremeció con las limpias notas de una flauta travesera.


                Finalizado el acto, abrazos para todos, mejores deseos para el camino, y mucho  agradecimiento por la acogida.  Por nuestra parte, un poco de nostalgia por no poder cargar la mochila y seguir ruta con ellos.  Nos consolábamos, cuando ya todos estaban acostados,  bajando al bar cercano a tomar una infusión, un café o un chupito, y comentar  las incidencias de la jornada y despedirnos hasta la mañana siguiente en que madrugaríamos para que al levantarse a las 6:30 los peregrinos tuvieran sobre la mesa café caliente y todo lo necesario para un vigorizante desayuno.

17 de octubre de 2015

Conservas caseras




                Estamos en época de peras, manzanas, pimientos y tomates y aunque paso el menor tiempo posible en la cocina, de vez en cuando se alían la generosidad de mi sobrina que me  carga de frutas y hortalizas, la  fiebre de hacer  algo  con las manos y la necesidad de abstraerme  en una faena que ocupe mi mente y me permita evadirme de  mi restringido mundo rural.

                Esta semana me he dedicado a embotar pimientos en aceite y vinagre, preparar peras al vino y en almíbar y hacer compotas de manzana. No se trata de necesidad, ni de afición, ni de golosina y mucho menos de economizar unos euros. Sé de sobra que el viaje hasta León y el consumo de  energía serán mayores que los productos equivalentes comprados en el supermercado. No se trata de eso. 

                He lavado, he pelado, he cortado, he mezclado,  he cocido, he probado, he condimentado, he vuelto a probar, he esperado pacientemente  a que a que el almíbar estuviera a punto de hilo,  que la compota tomara el color y la consistencia  que buscaba,  me he equivocado, he  desperdiciado producto, he envasado y etiquetado  y me siento satisfecho aunque  el fin último de la tarea: disfrutar degustando los productos  sea lo que menos me atrae de todo el proceso. 

                Así las cosas, me pregunto entonces por qué he disfrutado tanto y aunque me podrían sugerir veinte respuestas diferentes creo que en esta ocasión me quedo con una:  el placer de crear con unos ingredientes nobles y sanos algo totalmente nuevo, diferente, pero  cuyo resultado está vinculado doblemente a la calidad de los productos y al esmero, esfuerzo y cariño con el que se han preparado. 

9 de octubre de 2015

Lejos del mundanal ruido


LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
 Director Thomas Vinterberg
119 Minutos,  2015

Llevaba varios minutos viendo la película “Lejos del mundanal ruido” cuando por fin reconocí  en los fotogramas de la pantalla aquella novela  de Thomas Hardy  “Far from the madding crowd”  que tantos comentarios de texto, análisis de personajes, y ambiguas ensoñaciones me costó  durante mis estudios de Literatura Inglesa hace más de cincuenta años.

De repente me sentí transportado a aquellos lejanos años de Dogmersfield College y a la campiña inglesa que me rodeaba, tan parecida a la de la película, y de nuevo volví a saborear la Literatura con mayúscula, aquella que nos presenta personajes complejos y creíbles, pasiones a flor de piel, contrapuntos sorprendentes  y por encima de todo ello la inexorable fuerza del destino.
He disfrutado de la película y no sé muy bien si ello se debe a que como en toda película inglesa, la ambientación,  el vestuario,  los encuadres son perfectos,   o porque  Carey Mulligan encarna  de
manera soberbia aquella Batsheba Everdene  independiente y libre como una gacela que me fascinaba y me hacía soñar.

No ha debido ser fácil para un director rompedor como Thomas Vinterberg  amoldarse a la sobriedad y al clasicismo inglés, pero la cinta no tiene nada que envidiar a su homónima, de los años sesenta protagoniza por Julie Christie y Terence Stamp.  En pocos minutos  la arrolladora, independiente y obstinada personalidad de la protagonista queda  esquematizada frente  a sus predecibles convenientes o apasionados pretendientes. La sensata y razonable Bathsheba se debate entre tres hombres, entre tres opciones pero cede al impulso irracional  y se pierde aún sabiéndolo porque como dice Hardy en la novela  “Es difícil para una mujer definir sus sentimientos en un lenguaje creado principalmente por el hombre para expresar los suyos”   

La novela de  Thomas Hardy, escrita en 1874 es una novela feminista antes incluso de que se acuñara el término  y supuso su primer gran  éxito literario. Hoy,  en prosa o en imágenes su contenido puede parecernos baladí, hemos avanzado mucho desde entonces, pero  bienvenidas sean películas trabajadas con  semejante elenco de personajes, y con la sobria belleza  de la que hace gala Thomas Vinterberg.


26 de enero de 2015

"Ella que todo lo tuvo" de Ángela Becerra

ELLA QUE TODO LO TUVO
Ángela Becerra
Planeta 2009
Premio Iberoamericano de Narrativa
432 páginas

Propuesto por el Club de lectura, para el mes de enero, ni la autora, ni la novela me eran desconocidos, por lo que he puesto doble empeño en intentar desentrañar sin lograrlo, algunos de los interrogantes de esta novela.

No me cabe duda de que Ángela Becerra es una escritora de éxito. Sus novelas, en todo caso, figuran entre las más vendidas en Iberoamérica. Esta además está galardonada con el Premio Planeta Casa América, si ello quiere decir algo, pero sigo convencido de que se trata de una novela descuidada, escrita por encargo para la ocasión y con muy poco tiempo para madurarla,  revisarla y corregir las abundantes incongruencias  y contrasentidos que contiene.

Seguidora de la corriente de realismo mágico que sus compatriotas  Gabriel García  Márquez  o incluso  Laura Restrepo han sabido  explotar  nuestra autora intenta crear un aura de misterio  a través de  incomprensibles sucesos y personajes tan intrigantes como disparatados y nos presenta  un accidente sin víctimas o un librero enamorado, un restaurador de libros voyeur, o un mendigo que además de poeta y gondolero  es filósofo a ratos.   Pero creo que  introduce su versión de reaslismo mágico sobre todo para introducir  en una narración  inicialmente dramática, un personaje con una potente carga erótica, “La donna di Lacrirma” que se expone disfrazada y semidesnuda a sus admiradores y  les permite que la acaricien sin tocarla  y hablarle sin recibir respuesta alguna.  Por este medio, que no aporta al relato nada salvo poéticas citas de autores consagrados,  la escritora eleva el tono erótico  de la novela y se explaya  en un lenguaje lírico sensual que es su marca de identidad más conocida.

Recorrida buena parte del libro y después de un interés inicial por una intriga que parecía presentar  interesantes posibilidades,  el libro se pierde  en historias paralelas que poco o nada tienen que ver con el argumento inicial y que lejos de arrojar  pistas confunden  y distraen al  lector. Es como si además de cumplir con un encargo tuviera que cumplir con un cierto número de páginas  

Lo que podría ser una novela que nos hace reflexionar sobre la pérdida y la soledad, sobre la inspiración y sus motores, sobre la realidad y la imaginación, y las páginas iniciales así lo hacían presentir: Ella, una escritora de reconocida fama que pierde a su marido y a su hija en un accidente de  tráfico y no puede volver a escribir una sola línea, queda  orillado  y  nuestra  escritora, Ángela Becerra nos  confunde con los nombres, y lanza dudas sobre la veracidad de todo lo que nos ha venido contando.
No dudo de que Ángela Becerra es una buena escritora, capaz de describir emociones y sentimientos y utilizar con maestría un lenguaje lírico sensual lleno de color y de imágenes impactantes, pero a esta novela le sobran  argumentos subyacentes y por consiguiente muchas páginas.  No obstante y por concluir en positivo  me quedo con  una cita  de la novela:

“¿Sabe que es la pérdida? No tener a nadie por quién luchar, nadie con quién discutir cosas tan tontas y superfluas como si el día amaneció gris o soleado, qué libro vale la pena leer, qué ver en la tele, qué cena preparar;  preguntar y no obtener respuesta . Despertarse sin objetivo alguno, sentir la presencia invisible del ser amado en todos sus objetos, en todos sus lugares y no poder acceder a él de ninguna manera porque su cuerpo desapareció”.

28 de septiembre de 2014

El Buda de Oro del templo Traimit Witthayaram


Por fin he podido visitar en Bangkok  el Templo Traimit Witthayaram que alberga la mayor estatua de Buda construida en oro macizo.
Fundida hace más de setecientos años, esta imagen de Buda sentado en posición de rechazar a Mara está diseñada estilo Sukhotai  y como todas la imágenes de esa época  presenta a un Buda de rostro sereno, lóbulos de las orejas grandes,  sonrisa a penas sugerida y un aspecto general de profunda serenidad.


Pero lo que de verdad es extraordianrio es el material con el que está construida:  5, 5 toneladas de oro macizo  para una estatua que mide 5,20 metros de altura sobre una base de 3,77 metros.  Se estima que su valor crematístico supera los 30 millones de libras Esterlinas pero su valor cultural y  religioso  para Tailandia y para el Budismo es incalculable.

Originalmente, para evitar  la codicia del enemigo, particularmente en aquella época de frecuentes guerras entre Tailandeses y Birmanos y estatura fue recubierta de estuco y se la colocó  durante el tercer reino Chakkri  como estatua principal  en  el edificio principal del templo Choti-naran  o Templo Phrayakrai  en el distrito  Yannarawa de   Bangkok. 

Incomprensiblemente, con el paso del tiempo se perdió la información sobre la verdadera naturaleza de la estatua y el templo que la albergaba, desafectado de su uso religioso fue cedido a East Asiatic Company en 1931 para  ampliar sus actividades madereras a orilla del río.  Antes de iniciar la actividad febril la Comisión  Religiosa  procedió al traslado de la estatua  al templo Traimit Witthayaram  donde se encuentra actualmente.  Pero no fue hasta 1955  en su segundo y definitivo emplazamiento en  el templo, cuando  al izarla con una grúa  las cuerdas que la sujetaban cedieron, cayó al suelo, saltó el estuco, y asombrados pudieron constatar  que la anodina estatua de yeso  era en realidad una estatua de oro macizo.  Restos del estuco que recubría la estatua y numerosas fotografías son pueden verse en el museo contiguo al templo.       

Me pregunto desde hace tiempo que tiene un templo budista que lo hace tan diferente de pongamos por caso una iglesia católica.  No tengo una respuesta concreta pero desde luego una marca distintiva del templo budista es que es un lugar habitado.  Mientras que la iglesia  permanece cerrada la mayor parte del día, el templo es un lugar de continuo trasiego de gente que vienen a rezar, a hacer ofrendas, a vender, a comer, a sentarse, y ello sin que haya una intervención directa  y ejemplarizante de los monjes  que atienden a su meditación y sus rezos  casi siempre  salvo   de espaldas a  los fieles devotos.



26 de septiembre de 2014

อำลานักเรียนปราณมาณี Goodbye to the students of Pranmani Adiós a mis alumnos de Pranmani


เมื่อวานนี้ผมมีช่วงเวลาที่ยากมากที่กล่าวคำอำลาให้กับนักเรียนของโรงเรียนลาซาลในสังขละบุรี  มันเป็นการยากมากเพราะความปรารถนาอย่างจริงใจที่จะได้เห็นฉันกลับมาในหมู่พวกเขาโดยเร็วที่สุดเท่าที่เป็นไปได้  อีกครั้งหนึ่งฉันตระหนักดีว่านี่ความพยายามเล็ก ๆ ที่คุณทำเพื่อเด็กที่ได้รับและคำตอบในทันทีและความรัก  ผมเชื่อว่าผมได้รับจากพวกเขามากขึ้นกว่าที่ฉันได้ให้  และความประทับใจของหนี้ต่อพวกเขานี้ทำให้คุณรู้สึกมากยิ่งขึ้นไม่เต็มใจที่จะหายไป  คำทักทายของพวกเขาในตอนเช้าให้ความสนใจของพวกเขาในชั้นเรียนใบหน้ายิ้มของพวกเขาและความตั้งใจที่จะร้องเพลง, เล่น, ทำซ้ำหรือสอดคล้องกับความต้องการของคุณเป็นสิ่งที่ฉันจะไม่มีวันลืม


Yesterday I  had  a  very difficult time saying goodbye to my students of La Salle School  in Sangklabury.  It was even more so difficult because their sincere wish to see me back among them as soon as possible.  Once again I realize that here, any small effort you do for the children  gets and immediate  and affectionate answer.  I am convinced that I have received from them much more than I have given and this impression of debt towards them make you  feel even more reluctant to go away. Their morning  salutation, their attention in class,  their smiling faces, and their willingness to sing, play , repeat  or comply with your requirements is something  I will never forget.


Ayer me costó despedirme de mis alumnos del colegio La Salle de Sangklaburi.  Y fue tanto más difícil al constatar su sincero y afectuoso deseo de verme pronto de nuevo entre ellos. Una vez más constato que cualquier esfuerzo, por pequeño que sea que hacemos por estos niños, recibe una respuesta de afecto inmediato.  Estoy convencido de que he recibido mucho más de lo que he dado y esta impresión de deuda hacia ellos me hace tanto más difícil la despedida.  Su saludo matinal, su atención en clase, sus rostros sonrientes, su disponibilidad para cantar, jugar, repetir o cumplir con cualquier petición es algo que nunca olvidaré.