1 de marzo de 2013

Hablando de la misma persona


- ¿De qué conoces a Bernardo Herrera, si puede saberse?

- Lo mismo te pregunto yo”,  replicó Juan, mi amigo y socio de Bufete al salir del restaurante donde habíamos estado cenando aquella noche. 

En efecto, estábamos comenzando el segundo plato  cuando de pronto, vimos caminar  hacia nosotros a Bernardo Herrera.  Aunque hacía tiempo que no lo veía no dudé ni un momento que venía hacia mí y mentalmente empezaba ya a elaborar el saludo incisivo que hiciera el encuentro lo más breve posible, cuando para mi sorpresa,  lo primero que hizo fue fundirse en un prolongado abrazo con mi amigo; luego siguieron las preguntas de rigor: “Qué es de tu vida?, ¿Cómo te va?  ¿Vives en Madrid?”  

Me quedé mirándolos  en silencio  mientras  Juan daba cuenta de su trayectoria,  pero muy pronto, fue el propio Bernardo quien se giró hacia mí, me dio un apretón de manos y me repitió las mismas consabidas preguntas protocolarias. Mientras le contestaba le observé de soslayo. Seguía teniendo esos ojos oscuros de mirada huidiza y la dichosa costumbre de  manosear siempre el llavero o cualquier otro  objeto mientras habla.

Fue un encuentro breve  porque nuestros platos estaban sobre la mesa y porque había venido acompañado de una mujer que no nos presentó y que se había quedado algo apartada de la mesa.   

Terminamos la cena, y sin acercarnos, le hicimos una señal de despedida desde lejos, y salimos a la calle.  Creo  que a ambos nos picaba la misma curiosidad:

- ¿Sabes que estudié todo el bachillerato con él?-  No, no lo sabía. Me parece que nunca ha salido en nuestras conversaciones .

- ¿Y tú, de qué lo conoces?

- Pues de haber trabajado juntos en el mismo Bufete  al poco de terminar la Carrera.

- ¡Espero que fuera un poco menos camorrista que cuando era estudiante!

¡Pero qué me dices!  ¿Camorrista Bernardo ?  Yo diría mas bien lo contrario.  A todos los que trabajamos con él nos cayó mal precisamente porque  era un  trepa y un adulador permanente de cualquier persona que estuviera por encima de él.  “¡Tiene usted razón Don Enrique!  ¡No faltaría más don Jacinto! ¡Lo que usted mande Doña. Catalina!”  eran algunas de sus cantinelas preferidas.

-¿Adulador, de qué?  ¡Pero si en el colegio iba de chulo perdonavidas!  Se había rodeado de una pandilla que le reían las gracias  y que nos tenía atemorizados a todos los demás.

¡No se diría que hablamos del mismo Bernardo!  Fíjate hasta qué punto llegaron las cosas, que en COU estuvieron a punto de  expulsarlo del colegio.  Algo relativo a una estudiante. No sé bien el motivo. Sólo sé que los padres de la muchacha vinieron al colegio y montaron un poyo por todo lo alto.

- ¿Y tú fuiste de su pandilla?

- Bueno, ya sabes que lo mío es la diplomacia: nadar y guardar la ropa.  La verdad es que nunca me hizo gracia pero tampoco me puse a mal con él ni le planté cara.  Creo que  ni   sabía en qué bando me encontraba: si en el de  sus amigos de entonces o en  el de los asustados por sus bravuconadas.

- Pues en mi caso me parece que no alberga la menor duda. Ya has visto cómo al principio ha hecho como si no me viese.  Y es que yo no aguanto a esa gente  que parece reverenciar a la autoridad sólo porque tienen el mando. Van besando el suelo para escalar puestos u obtener ventajas.  Para mí Bernardo ha sido siempre un mal compañero, adulador con los jefes y muy poco colaborador con los colegas.-Extraño comportamiento para alguien que nos tuvo atemorizados durante todo el Bachillerato.  Pero quizá no es más que la otra cara de la misma moneda: un débil y cobarde  disfrazado de camorrista y bravucón.


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