20 de junio de 2007

Una mujer sola


La mejor manera de banalizar una tragedia es llevándola al ámbito de lo abstracto, de las ideas. No, no quiero hablar de la soledad. Necesito hablar de esta mujer joven, sentada a la mesa del café, seria, abstraída, sola.


Es de noche, las luces del café se reflejan en el gran ventanal que hace de espejo y concentra toda mi atención en la mujer, sin escapatoria hacia la calle, sin distracción posible.


¿Cómo se llama? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? Lo ignoro. Quiero pensar que se llama Lucía, que está harta de las continuas ausencias de su marido, y que sin pensárselo dos veces, ahogada por la soledad, se ha puesto un abrigo y ha salido a la calle. No sabe dónde la conducen sus pasos, pero la noche oscura cae sobre ella como un manto. Una bola de angustia se arrebuja en su estómago. En la calle solitaria sus pisadas suenan amenazantes. El sonido reverbera en las paredes, en su cabeza y parece gritarle: “¡Vuelve!, ¡vuelve!.


De pronto, a lo lejos, las luces de la cafetería la atraen como un faro. Oigo sus pasos mucho antes de ver quién se acerca. El repiqueteo de los tacones y el paso apresurado me indican que se trata de una mujer, su prisa denota miedo. Apenas me mira. Su semblante, la pesadez de los párpados, el ligero temblor de las manos, el sombrero hundido que le oculta el rostro, su vacilación al elegir mesa denotan su desarraigo, su tristeza, su desolación. Es una mujer sola. Está sola.


Se sienta, y sin quitarse el abrigo recoge modosamente sus vistosas y rectas piernas bajo la silla. Casi sin alzar la voz pide una taza de café que no le tarda en llegar. Levanta la taza y la deja a medio camino de sus labios, ensimismada, abstraída debatiéndose con sus propios pensamientos. Mantiene los ojos bajos, ajena a lo que ocurre en el café. El escenario en que se desarrolla la tragedia está en su mente. Quienes la miramos, somos meras sombras que no distraemos su concentración.


Lucía, o como quiera que se llame esta mujer, se ha visto abocada a tomar una decisión sin considerar el después, sin medir todas sus consecuencias. Ha salido de su casa, y en ella ha dejado sus pertenencias, sus recuerdos, sus anhelos y una parte tan importante de su vida que lo que aún le queda entre las manos, no le da para reconocerse. ¿Qué hará? ¿Dónde irá? ¿A quién acudirá? son preguntas que se agolpan en su mente, y ensombrecen su rostro. Afuera la noche es fría y oscura, como fríos y oscuros son sus pensamientos. Una y otra vez parece repetirse las mismas preguntas: ¿Por qué?, ¿Adónde?


Observo a la mujer y, cobarde, disimulo. Es tan fácil aducir que no quiero inmiscuirme en su vida, que ese no es asunto mío, que quién me manda... Pero quizá sólo hubiera bastado eso: una palabra, un gesto de solidaridad. ¡He llenado tantas páginas hablando de la soledad, he mascado tantas palabras huecas perorando sobre la solidaridad, que ante la Soledad personificada, la soledad concreta, y doliente me he quedado paralizado. Esa mujer está sola.


Se ha quedado sola.

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