27 de julio de 2013

Escuela de bambú. En la selva del Noroeste de Tailandia


 Este domingo viví una aventura en el mejor sentido de la palabra; mezcla de excitación, anticipación, miedo, coraje y abandono. Si hubiera bebido diría que fue una alucinación, pero como he sido en todo momento consciente de lo que hacía tendré que decir que fue uno de esos momentos inspirados de la vida en que me dejé llevar. Me apunté junto con un grupo de voluntarios españoles a una excursión que incluía paseo en barca por el río,  recorrido a lomos de elefante y bajada de un río con rápidos en una balsa de bambú. 

En una canoa larga de las llamadas de  gran timón largo porque la hélice  está situado al extremo de un prolongado eje que sirve de timón, nos fuimos acomodando de forma enfrentada los ocho componentes de la expedición. En esta época del año, la lluvia es caprichosa y se presenta sin previo aviso. El pequeño toldo previsto para protegernos del sol desde luego no sirvió para protegernos de esa llovizna racheada que nos estaba empapando, pero eso formaba parte también de la excursión.  Al cabo de unos minutos llegamos al templo sumergido así llamado porque un poco más adelante en la estación de lluvias, el lago lo anegará dejando a la vista  una pequeña parte de su campanario y la parte alta de sus desconchadas paredes. Una corta parada para visitar el templo y regresamos hacia el Cheddi del templo Wang Wiwekaram de origen Mon y estilo hindú. 
Allí nos esperaban ya lo que acabamos llamando el taxi tartana que nos adentraría en el corazón de la selva. Nunca hubiera dado gran cosa por ese medio de transporte, aunque sentarse en la caja de una camioneta con toldo tiene la ventaja de una buena ventilación, pero cuando lo ví adentrarse por caminos  embarrados y enfrentarse a hoyas y charcos  que   cubrían gran parte de las ruedas, tuve que admitir que cualquier otro vehículo, probablemente se hubiera rendido antes de llegar a destino. Aún no había visto actuar a los elefantes, si no hubiera dicho que se hundían en el fango con la misma parsimoniosa tranquilidad y en un renovado milagro, emergía cada vez victorioso y con un suspiro de ánimo por nuestra parte.

De lejos, los paquidermos nos parecieron pequeños, pues su fama los precede, pero lo cierto es que cuando los tienes cerca y haces las primeras tentativas de confraternización ofreciéndoles trozos de caña de azúcar, ya parecen enormes y si lo que te domina en ese momento es la aprensión de cómo encaramarse a esas moles, entonces ya se convierten en auténticamente gigantescos. Pero los elefantes están bien educados, se arrodillaron para hacerse más bajitos y los “mahouts” o conductores de elefantes, más serviciales aún, rodilla en tierra nos ofrecieron su pierna doblada como primer peldaño de la escalada.

Mis compañeros forman parejas por lo que con mi mejor sonrisa me acerco a Kidtaya, y juntos cabalgaremos nuestra bamboleante montura. La fila de elefantes, nueve en total que llevan varios grupos de turistas se pone en marcha.  Kidtaya no quita ojo del elefante que nos precede, Sus enormes patas se hunden en el barro como en un pastel de chocolate. La barriga del animal parece ir alisando el barro. con mucha tranquilidad el elefante saca una pata tras otra del barro y las vuelve a hundir un poco más lejos. Ahora se oyen algunas exclamaciones de los turistas, pero nosotros vamos sobre todo atentos al animal que nos precede y al ruido de succión que hace al avanzar.  Aunque sonreímos no estamos muy seguros de lo que podrá pasar. Ha llovido intensamente y en cualquier momento el animal puede resbalar  y lanzarnos por los aires como muñecos de trapo.  Para quitar tensión, aprovecho para preguntar a mi compañera su nombre, decirle el mío y asegurarle falsamente  que no debía temer, que los elefantes no resbalan jamás. me sonrió, me dio las gracias en su tailandés cantarín, pero me confesó que seguía teniendo miedo.
En un momento dado avanzamos por medio del río. Los elefantes luchan contra la corriente, en algunos lugares intensa. Ahora sólo se oye la melodiosa canción del agua en los rápidos, el crujir de alguna rama rota y el aislado grito de algún animal que de manera irrefutable nos señala que nos adentramos en la selva. Kidtaya me pregunta curiosa, que hago en Tailandia pues al oírme hablar en tailandés supone que vivo de manera permanente en el país. Intento explicarle que estoy aquí como voluntario pero creo que sólo entiende que soy profesor y sigue sin explicarse por que nos entendemos en su idioma.
El viaje duró quizá cuarenta minutos que me parecieron diez. Escuchaba a Kidtaya pero  oía el silencio de la selva, respondía a sus preguntas pero la música la ponía esa masa enorme de verde y agua. Como los niños que temen que se pare el “tío vivo”  así  temía yo que el viaje acabara antes de poder fijar en mis oídos, estampar en mis retinas y grabar en mi memoria la excitación de los turistas, las tranquilidad de los animales, la cristalina corriente del río y la variada sinfonía de vedes de sus orillas; las montañas imponentes pero suavizadas por el frondoso recubrimiento de árboles y vegetación, la niebla algodonosa a media ladera y el sol que por momentos intentaba abrirse camino. Finalmente, en un recodo del río, los elefantes, corteses nuevamente, hincaron sus patas delanteras para que de la manera más decorosa posible nos escurriéramos hasta el suelo.

 Ya sólo nos quedaba regresar. Los elefantes se habían ido. Ante nosotros, sólo el río cantarín y el trinar de algún pájaro. En una esquina unas balsas de bambú que antes incluso de subirnos a ellas parecían flotar 4 o 5 centímetros por debajo del  nivel del agua. ¿Qué pasaría cuando nos subiéramos tres personas en cada una ellas? Me dio la impresión de que Kidtaya tenía el pie marinero. La vi muy confiada blandiendo la pértiga y de nuevo me aventuré a formar pareja con ella. Todo fue bien al principio. Me sentí eufórico y de pie, con las piernas extendidas y firmes, pértiga en mano, empezamos el descenso.
Fueron unos minutos inolvidables. Parecía estar protagonizando una película.  Al rato, llegaron unos rápidos, la balsa se precipitó, mi compañera se tambaleó y cayó, yo caí de rodillas en una balsa que en ese momento flotaba unos quince centímetros por debajo del nivel del río. Valientemente nos volvimos a incorporar pero ya habíamos perdido parte de nuestra presuntuosa valentía.  Nuestro guía, un muchacho de unos 12 años viéndonos tan decididos, nos había dejado llevar la balsa a nuestro aire y sí, lo conseguimos, aunque cada vez que veíamos acercarse un rápido, en prevención de mayores desgracias nos arrodillábamos en la balsa indiferentes a la mojadura de la ropa. Tan embelesados estábamos que nos pasamos de la meta y remolcados por un elefante tuvimos que subir río arriba hasta el embarcadero. El corazón me saltaba de la emoción. Nunca pensé que algún día viviría una aventura semejante. Regresamos en nuestro taxi tartana a la ciudad ajenos al barro y a los baches. No hacíamos más que repetirnos lo bien que lo habíamos pasado y reírnos de las pequeñas desaventuras en el intento.  

21 de julio de 2013

Escuela de Bambú: "Khao Pansaa"


Un día, los campesinos se acercaron a Lord Budha para quejarse de que los monjes,  con su ir y venir entre los diferentes templos, cruzando los  campos,  echaban a perder   las cosechas porque pisaban inadvertidamente los brotes de arroz recién plantado. Lord Budha viendo que la queja era justificada, decretó el “retiro” de los monjes  durante tres meses lunares a partir del primer día de  luna menguante del octavo mes lunar.  Este período coincide en Thailandia con la estación de lluvias y puede ser que en una época en que  no había carreteras el que los  caminos  se embarraran y se volvieran peligrosos  contribuyera también  a mantener el precepto; el caso es que en la tradición budista  Tharavada  durante este período los monjes no hacen largos viajes y regresan siempre a dormir al mismo templo y por consiguiente dedican mucho más tiempo al estudio, a la meditación  y a la formación de los jóvenes novicios.  Por su parte, los campesinos, y los budistas laicos en general responden al “retiro” de los monjes llevándoles velas,  comida, ropa, artículos de aseo y limosnas.  Además y puesto que en el campo, una vez repicado el arroz la tarea principal es esperar,  las familias  están más predispuestas a que sus hijos  entren en monasterio y profesen como novicios  durante ese corto período de tiempo.  Antiguamente era quizá la única oportunidad que tenían de recibir  conocimientos básicos sobre budismo y nociones de lectura y escritura.



Pansaa, (del Pali Vasso y del Sánscrito Varsah)    es también llamado Dharma Day porque conmemora el primer sermón de Lord Budha y es una de las mayores festividades del Calendario Budista.  A ella  corresponden los budistas piadosos, no sólo con sus limosnas sino también escuchando sermones,  guardando los 8 preceptos en lugar de los 5 preceptos, meditando y adoptando prácticas de ascetismo como el abandonar la bebida, el tabaco o el consumo de carne.   De ahí probablemente que a este período se haya dado en mal llamar  “Cuaresma Budista” 

 En algunas zonas del país,  particularmente en Udon, en el noreste, la ofrenda de velas  al templo se ha convertido en un festival en sí mismo y los diferentes establecimientos, colegios e instituciones compiten en procesiones    para ver quién lleva al templo el par de velas más grande, mejor decorado, o más ingenioso. Antiguamente se tallaba la cera de las velas en forma de dragones y demás figuras mitológicas del Ramayana, pero esa costumbre está dejando lugar a la representación de  artistas del cine y de la televisión  y parece ser que este año se atreven incluso con algún político.

           La Escuela de Bambú,  inmersa en una cultura  budista no puede inhibirse de las buenas prácticas religiosas, y el pasado viernes  organizamos una alegre y vistosa procesión para llevar al templo más cercano de nuestra escuela, las ofrendas de los alumnos y dos magníficas velas  adornadas, como es costumbre con ristras de billetes de banco y con flores.
          Una vez en el templo, los alumnos  escucharon la exhortación de los monjes rezaron y recibieron su bendición.  Tras la ceremonia, los alumnos  comieron y disfrutaron en los jardines del templo hasta la tarde.  Pese a tenerlo tan cerca era la primera vez que visitaba el templo, (o más estrictamente centro de meditación, pues no llega a la categoría de templo)  y me quedé sorprendido de la belleza del lugar, no sólo por estar aislado en un bosque de heveas y disponer de frondosos jardines con  cabañas  aisladas para retirarse a meditar, sino también por estar al pie de un  enorme peñasco rocoso, cubierto de vegetación y horadado por dentro con numerosas cuevas  que harían la delicia de cualquier espeleólogo  pero que a mí me sirvieron para pararme unos minutos en el corazón de la roca, concentrarme, frente a una estatua de Buda  y  visualizar nuevamente todo lo que esta experiencia está aportando a mi vida y lo que quiero que siga aportando en el futuro.

13 de julio de 2013

Escuela de bambú: Una pequeña cenicienta tailandesa



         Ong Eer tenía  cuatro años cuando murió su madre, allá en Birmania. Poco después el  padre cruzó la frontera con su hija, buscó trabajo en una plantación de caucho y muy pronto se volvió a casar.  Al cabo de unos años la familia había crecido.  El nuevo matrimonio tenía ahora otras dos hijas  que  cuando tuvieron  5 años enviaron a  nuestra “Escuela de Bambú”  y  un  recién nacido que al parecer quedaba la mayor parte del tiempo al cuidado de Ong Eer.
           Un día, mi amigo Víctor, pendiente siempre de los niños sin escolarizar de la zona, preguntó a una de las pequeñas si tenían más hermanos o hermanas.  Se sorprendió al oír  que tenían una hermanastra  de 10 años  que no podía  venir a la escuela  porque tenía que cuidar del hermano más pequeño.   Víctor, ya no descansó hasta tener la ocasión de acercarse a la casa de las niñas para enterarse  de primera mano sobre los motivos que impedían a los padres  enviar  a su hija mayor al colegio.   Llegó a la choza en la que vivían al atardecer,  cuando la familia estaba reunida  para la cena.  Lo primero que le llamó la atención fue ver a la hija mayor  en un rincón de la casa  comiendo ella sola  como si  no fuera de la familia.  Mientras hablaban observó  además que las pequeñas salían  fuera de la choza a jugar, pero la mayor se puso a  recoger  los utensilios de la cena, barrió la estancia y no dejó de hacer cosas mientras los adultos hablaban. 

           La madrasta explicó que no podía enviar a su hija mayor  a la escuela porque no tenía con quien dejar  a la recién nacida. El padre avergonzado guardaba silencio sin atreverse a mirar a la cara a mi amigo.  Víctor les ofreció dinero para  que pagaran a otra persona  que cuidara  de la recién nacida.  Quería  una oportunidad  para Ong Eer. Los padres aceptaron en principio pero el arreglo duró sólo unos meses.  Ahora teníamos  a  la pequeña  en el colegio  pero pronto nos dimos cuenta que su vida no había mejorado, todo lo contrario, pues el venir al colegio no la liberaba de ninguna de las tareas de la casa  y  sus  hermanas menores la seguían tratando como a una sirvienta.  Víctor  volvió a visitar a la familia acompañado de una profesora y cortando por lo sano, les ofreció una cantidad de dinero  para que le dejaran ocuparse de la niña.  Llegaron a un acuerdo y confió a la niña al cuidado de la profesora que ya se ocupaba de otros casos parecidos y  así empezó a fraguarse la idea de una casa  de acogida para niños y niñas  en situaciones de abandono  sin que ello significase necesariamente que fueran huérfanos. 

           Llegó la necesidad de construir  una casa permanente para recoger a esos niños y gracias a las aportaciones y generosa colaboración de un grupo de jóvenes voluntarios australianos   procedentes del Colegio de San Bede cerca de Melbourne,  por fin hemos visto casi cumplida la realización de la primera parte del proyecto.  No sé verdaderamente qué admirar más, si la entrega con la que esos gigantes de 17 años  bajo la cariñosa pero experimentada  batuta de sus tres profesores empezaron a acarrear piedras y cemento, a levantar  paredes, a  ayudar a los profesionales a colocar  el tejado, o la continua  interactuación con los niños,   las veces que se dejaron literalmente invadir  por un tropel de enanitos que querían subirse a sus espaldas, la seriedad con la que jugaban con ellos, la mímica de sus comunicaciones y los regalos que les trajeron.  En todo caso, han sido un continuo ejemplo para todos y cuando después de 15 intensos días de trabajo les llegó la hora del regreso  alguno dejó  escapar alguna lágrima pero todos, absolutamente todos  dejaron aquí un trocito de su corazón.


7 de julio de 2013

Escuela de Bambú: Una tarea escolar que casi acaba en tragedia


         Tanason (curioso nombre que en tailandés sólo tiene consonantes)   tiene siete años.  Sus padres viven  en  Birmania pero  él  se ha venido a Tailandia con  sus abuelos  que se han instalado  hace poco tiempo  en una cabaña de paja  y bambú  al borde de un bosque cercano al colegio.   Como los abuelos  no hablan ni una palabra de  tailandés,  a los siete años el chiquillo  se ha convertido  en el traductor oficial de la familia.  Por eso quizá es uno de los niños que más empeño pone en el colegio a la hora de  estudiar  sus lecciones y aprender  el alfabeto  tailandés.  Este es su segundo año de Anuban (Preescolar). Todavía confunde los dos idiomas pero  con un poco de suerte el próximo año estará listo para empezar los estudios  regulares en  Primaria.
            Ayer  sin embargo  Tanason llegó al colegio acompañado de su abuelo.  A pesar de sus siete años parecía él  quien  traía al abuelo, un hombre de unos  sesenta años, que aparenta al menos  ochenta y que descalzo,  desnudo de cintura para arriba, ciñendo  un sencillo sarong,     se mueve despacio y con  dificultad.  Parece un  santón de los que vemos en algunas fotografías típicas de la India.    
Nos extrañó  la visita, pero pronto  entendimos  el alcance de la tragedia.  A través de una  de las profesoras que hablan  el idioma Karen  supimos   que  la noche anterior, Tanason   le pidió al abuelo que le encendiera una vela  para  poder  hacer  los deberes que le había mandado su profesora.  El abuelo sólo tenía un pequeño cabo de vela, pero pensó que sería suficiente,  lo encendió  y dejó al niño sólo en la cabaña mientras  él iba a hablar con un amigo y de paso quizá comentar las noticias de su país.  Mientras  Tanason  se aplicaba a la tarea,  la vela se consumió por completo  y lo que ahora  iluminaba el cuaderno del niño no era otra cosa que el trozo de bambú  sobre el que el abuelo había depositado la vela.  Pronto las llamas prendieron las paredes y el tejado de paja trenzada;  el niño se asustó,   salió  de la cabaña corriendo en busca del abuelo.  Pero cuando llegaron ya era tarde,   las llamas  tomaron  fuerza y   la cabaña  entera ardió como una tea.  El techo de paja,  las paredes de bambú,  y   las pocas pertenencias y ropa de la familia, eran ya  cenizas.  . 
            El abuelo venía al colegio  a contarnos lo ocurrido y de paso explicar  por qué el niño no iba a poder traer la tarea...  Quedamos sobrecogidos. Tanto,  que en el acto dimos al abuelo el dinero que llevábamos encima  y  después de izar la bandera y hacer la oración  de la mañana,   se contó   a los niños  lo ocurrido y por primera vez en la historia del colegio se les propuso  para  el lunes,    una colecta  para ayudar a la familia a reconstruir  su vivienda, y hacerles sentir  a ellos el sentido verdadero de la solidaridad.  
Hoy me he acercado a ver lo que quedó de la casucha y a llevarles un par de mantas, una mosquitera y algo de comida.  Ver con que serenidad estas personas aceptan estas  desgracias en sus vidas   me conmueve.  ¡Con qué poco se conforman!  Sobrevivir es el único anhelo cotidiano.  Sus deseos no pueden ir más allá. Viven el día a día pero confían en  que si su nieto estudia,  quizá algún día pueda vivir mejor que ellos.
              Por mi parte,  me doy cuenta de lo alejados que  a veces  nos encontramos de la vida real de los alumnos.  Lo que de verdad me atrae de este proyecto es precisamente que no es un proyecto de escolarización,  sino que tratamos de vivir la realidad de todos y cada uno  de los alumnos  que vienen a nosotros: su origen,  su idioma, la situación familiar, con quién viven,  el tipo de  vivienda en la que viven , sus comidas… 
 Muchos de estos muchachos no tienen luz eléctrica en casa,  tampoco tienen una mesa donde escribir, y el suelo  en el que se tumban para hacer la tarea está hecho de cañas  y  por lo tanto  es ondulado. Se levantan muy temprano porque amanece a las seis de la mañana, pero a las siete de la tarde es de noche.  Viven  al ritmo solar, para ellos venir a la escuela es no solo  aprender a hablar sino a saber lo que es un grifo con agua corriente,  descubrir un aseo,  contemplar el milagro de la luz eléctrica,  las maravillas de la televisión.  Un mundo tan fantástico como el que los niños en la capital  visualizan cuando  se sientan frente a la tele para ver un programa de fantasía.  
          Cada vez  que una de esas niñas o niños se acercan a mí por la mañana  oliendo a humo y a ropa mojada, cada vez que me miran con ojos brillantes como ascuas y me sonríen sé lo mucho que les debo por lo que me enseñan,  por lo que me hacen  vivir y ver.

29 de junio de 2013

Wan Wai Khru Bambu School


Escuela de Bambú: Día de homenaje al profesor





En el marco del hinduismo, el gurú es el “maestro espiritual”, personaje fundamental que instruye al discípulo y le muestra el sendero del yoga, le enseña las técnicas de meditación y le aconseja. En el calendario védico existe un día “gurú purnima”, o día del gurú.  En ese día el discípulo no sólo venera  a su maestro sino a todos los demás. El hinduismo enfatiza la entrega del discípulo a su gurú. Un refrán relacionado dice que “la puerta de la iluminación” (samadhi) es muy baja y nadie puede entrar sin agachar la cabeza.
Surgido del mismo entorno cultural, no es de extrañar que el budismo resaltara de igual forma la figura del maestro. De hecho, fueron los monjes quienes introdujeron la cultura y el lenguaje escrito en muchos de los países del sudeste asiático incluida Tailandia.  Además, el principal  acceso a la lectura  y escritura de muchos jóvenes del campo  era a través de sus esporádicas estancias como monjes en los templos budistas durante la época de lluvias.

No es pues de extrañar que Tailandia haya no sólo mantenido sino promovido ese respeto y veneración hacia el maestro y haya instituido el último jueves del mes de Junio como  “Wan wai Khru”  o "día de la veneración al maestro”   La ceremonia principal se desarrolla en una asamblea en la que después de cánticos y discursos alusivos a la importancia del maestro y  a los valores que la escuela intenta inculcar a los alumnos,   éstos desfilan ante una representación del claustro escolar  y postrándose ante ellos, después de una profunda reverencia en la que la cabeza casi toca  el suelo, les ofrecen en una bandeja un laborioso y bellísimo arreglo floral que cada clase ha competido en preparar en los días anteriores. Acabada la ceremonia principal, los alumnos que lo desean se dirigen libremente a sus profesores preferidos para mostrarles personalmente su respeto y agradecimiento.
Los dos centros de La Salle Sangklaburi, se reunieron en la Escuela de Bambú para una ceremonia sencilla pero muy emotiva. Los niños cumplieron con el ritual, comieron, y luego divididos por equipos de colores participaron en actividades y concursos en los que se integraron e interactuaron un grupo de jóvenes voluntarios australianos que nos visitan y ayudan estos días en la construcción de la nueva casa de acogida para huérfanos. 
Disfruté de la jornada, me sentí de nuevo profesor, y lamenté que en nuestros sofisticados países hayamos dejado perder la buena costumbre de respeto y admiración por quienes de manera silenciosa nos llevaron de la mano en esa etapa fundamental de nuestra vida.

22 de junio de 2013

Escuela de bambú: Thanakha


Me han preguntado repetidamente qué es eso blanco que llevan los niños y las niñas en la cara  y que les hace tan gracioso.  En mi ignorancia pensé  que se trataba de polvos de talco perfumado con colonia  aplicado en la cara de los niños para refrescarlos y protegerlos de las quemaduras de sol.   No estaba lejos de la realidad  pero ignoraba que se trataba del Thanakha que es  el   cosmético más universal  utilizado en Birmania y por extensión en los países vecinos como Tailandia o Malasia. 
Thanakha es un polvo  amarillento que se consigue al  desgastar en una piedra  de esmeril  la corteza del árbol Muraya exótica.  Para favorecer  el trabajo se moja la madera  y el polvo que se forma se diluye en el agua que luego se deja evaporar hasta conseguir una pasta consistente  de color amarillento o de oro viejo.  Aunque se puede obtener thanaka tanto de la corteza como de la madera  y raíces de ese árbol y de otros árboles de la misma familia, el thanakha de mejor calidad es el que procede de la corteza del Muraya debido a su fina textura y su fragante olor muy parecido al de la madera de sándalo.

La pasta de thanaka   se aplica líquida sobre la frente, las mejillas  y la nariz formando diseños diversos y se deja secar  creando una agradable sensación de frescor.  Es habitual verla en niños y niñas  hasta la pubertad en forma de rosetones  en las mejillas, pero es un cosmético que acompaña a la mujer birmana de por vida y puede  adquirir diseños y formas tan sofisticados como la imitación de hojas y otros ornamentos florales. Aunque no es privativa de las mujeres, en los hombres y jóvenes adultos no es frecuente verla por la calle aunque algunos me han  confesado seguir utilizándola después del baño en la intimidad del hogar.

El thanakha es un cosmético centenario  citado en la literatura birmana  del siglo XV. Su fama se debe no sólo  a su fragancia y valor estético sino también a sus propiedades fungicidas,  sus  beneficiosos efectos sobre el acné juvenil,  las quemaduras de sol y el afinamiento de la piel.  Un recóndito y no siempre confesado motivo  es la creencia de que aclara la piel y es  lástima a veces  oír a mis alumnas quejarse del   maravilloso bronceado de su piel y suspirar por pieles más pálidas  y claras. 

Os confesaré un secreto: lo utilizo por las noches después del baño y siento su frescor. Lamentablemente  ninguna de las otras  propiedades  que se adscriben parece haber tenido efecto aún, ¿será que es muy tarde ya?  ¿o que soy muy impaciente?

18 de junio de 2013

Escuela de Bambú: "Los amigos se fueron, nuestro corazón llora"


 Una frase sencilla que ha brotado unánime de los seis compañeros dejados atrás,  ha quedado escrita en el encerado desde hace unos días y nadie se atreve a borrarla.
Las autoridades  de vigilancia de un campo de refugiados tutelado por la ONU y situado a pocos kilómetros de  aquí, han venido a llevarse a un grupo de 20 alumnos que  pertenecían  al campo de refugiados y  que al parecer con connivencia de los padres habían salido   ilegalmente del campo para  aprender tailandés y tener una oportunidad en este país.

El grupo de muchachos, chicos y chicas birmanos, que no hablaban una palabra de tailandés, fueron  acogidos en una especie de orfelinato  dirigido por una iglesia evangelista vecina  y nos los trajeron sin dar explicaciones como muchachos de la frontera acogidos en  su Fundación. Nos volcamos con ellos.  Eran ya mayores y empezar  a  escribir un alfabeto nuevo, un idioma nuevo, a los 14 o 15 años no es tarea fácil, pero eran dóciles, trabajadores y afectuosos y les cogimos cariño.
Sustituyendo a un compañero, tuve ocasión de darles una clase de inglés  y para mí sorpresa constaté que estaban bien preparados. En el campo tienen una buena escuela  y educacionalmente están bien atendidos. Evidentemente no se les enseña tailandés porque por definición  cuando entran en uno de los 10 campos de refugiados que existen a lo largo de la frontera  Birmano-Tailandesa  que acogen más de 150.000 refugiados   sólo tienen dos alternativas: volver al país de origen, en este caso Birmania, o ser acogidos  como exiliados en algún país extranjero, nunca  en el país en cuyo territorio está instalado el campo.

Veinte  muchachas y muchachos que en muy pocas semanas han dejado un gran vacío. Lo hemos sentido de verdad, pero no podemos  transigir con la ley, quizá hubiéramos debido indagar más a fondo cómo estos  niños habían llegado hasta nosotros, pero cuando estás metido en este ambiente de ayuda a quién quiera que lo necesite no  te haces demasiadas preguntas.  Lo importante es atender necesidades, ofrecer oportunidades. Estos chicos tenían una oportunidad que las leyes, justan o injustas han truncado.
En el encerado sigue escrita la frase: “ Los amigos se han ido, nuestro corazón llor”.  Siento lo ocurrido y me corazón llora con ellos.


16 de junio de 2013

Escuela de Bambú: zapatillas nuevas

Hace unos días  unas zapatillas de playa desgastadas  hasta lo inimaginable me llamaron la atención.  Me parecieron la imagen misma de la pobreza traducida en hechos y me prometí descubrir  y saber algo más sobre  su  dueño y sus circunstancias.   No fue fácil.  Los días siguientes   al de la foto  las viejas zapatillas no volvieron a aparecer.

Empezaba a creer que todo había sido accidental cuando  el miércoles,  al descalzarme para entrar en mi propia clase, las volví a ver.  Ahora sabía que no necesitaba alargar las  pesquisas.  El dueño era mi propio alumno.  Al terminar la clase, me situé junto  a las  zapatillas esperando que las calzara su dueño.  Y sí, el dueño era una cara conocida: Tinai, un chiquillo de unos 13 años, un poco retraído y triste.  Discretamente le pregunté  qué ocurría en su casa para usar  unas zapatillas tan desgastadas.   Me contestó sin rodeos que no tenían dinero para comprarle unas nuevas.  Sin dudarlo un momento, saqué  la cartera y le entregué el dinero que llevaba en el bolsillo en ese momento.  
Este viernes, Tinai vino a verme muy contento. Ya había comprado un par de zapatillas nuevas. Me las enseñaba tan dichoso  que por darle gusto esta vez,  volví a fotografiarlas.  Estos últimos días me sorprendo a mí mismo mirando los pies de los niños. Afortunadamente no he vuelto a ver zapatillas desgastadas.

 

9 de junio de 2013

Escuela de Bambú: Unas zapatillas para pensar

En Tailandia pasamos gran parte del día descalzos.  Las buenas maneras nos piden descalzarnos al entrar en cualquier casa, despacho o lugar público cuyo suelo sea de madera.  En el colegio, los niños dejan sus zapatos, sandalias o sencillas zapatillas de playa  a la entrada de la clase.
Iba yo también a descalzarme para dar mi clase, cuando de pronto, un poco apartadas vi unas playeras que me llamaron la atención.  Conmovido me quedé contemplándolas, luego en un impulso,  las fotografié con el móvil. 
Contrariamente a lo que a primera vista pudiera parecer, no son unas zapatillas de playa  parcialmente cubiertas de arena.  El color del parquet a la puerta de la clase tiene exactamente el color de la deliciosa arena de playa.
 Son las zapatillas de uno de mis alumnos y para mi vergüenza ignoro aún de quién.    Desde luego esas zapatillas nunca han conocido la fina arena de una playa tropical.  Sencillamente están tan desgastadas que les falta el talón.  Creo que es una buena imagen que nos permite visualizar la pobreza.  Unas zapatillas de goma, la manera más barata y por lo tanto más corriente de calzar  en esta zona del país a cientos de kilómetros de cualquier playa. Un par de chanclas de este tipo no cuesta más de 3 euros, pero mi alumno las ha desgastado hasta  perder por completo el talón y sigue con ellas porque  sus padres no le pueden comprar otras.

 Llevo poco tiempo aquí y afortunadamente estos pequeños detalles llaman mi atención y me conmueven.  Ojalá no me acostumbre nunca a pasar indiferente ante unas zapatillas tan desgastadas como estas….

2 de junio de 2013

Escuela de bambú: Un niño regalado



Hace un par de años,  mi amigo Víctor estaba en plena clase, cuando de pronto, en el umbral de la puerta ve a una señora que le tiende un bebé de apenas  un año mientras balbucea unas palabras ininteligibles.

Víctor no comprende, y aunque le vuelve a preguntar lo que desea,  sólo por el gesto presiente que se está refiriendo al bebé que lleva en brazos.  Sospecha que la mujer es  Karen y que no habla tailandés, por lo que le pide a uno de los alumnos de la misma etnia que le haga de traductor.

Cuando  oye la súplica de la madre, abre los ojos  como platos.  Con voz  decidida y hasta con confianza, la señora  viene a regalarle  el niño que ella no puede alimentar.  La situación es suficientemente dramática para que  mi amigo deje la clase a cargo de uno de los chicos mayores y  acompañe a la madre y a su pequeño intérprete a una  sala donde poder hablar con mayor tranquilidad.

La historia es conmovedora;  esta señora,  recién llegada de Birmania, vive en una destartalada choza de paja junto a su marido y sus tres hijos.  A  lado vive una joven birmana bien parecida  madre de un pequeño de apenas  unos meses.  Un día, la joven le hace  una increíble propuesta.   Quiere ir a trabajar a la capital pero el niño es un  obstáculo incontestable.  ¿Qué le parecería quedarse con  su hijo  a cambio de dejarle también su casa que no es más que otra choza de paja y bambú no mucho mejor que la que el matrimonio Karen habita en ese momento?   Añade  claro está, que tan pronto encuentre trabajo  empezará a enviarles dinero para la manutención del bebé.
Han pasado casi tres años y aún no hemos encontrado una solución.  Ayer  fui a conocer al niño y a la familia adoptiva.   Los niños nos rodearon, alborotados. Saben que Victor nunca llega con las manos vacías.  La hija mayor  ya sabe  suficiente tailandés para servirnos de intérprete.  La choza que recibieron a cambio de cuidar al niño se cae a pedazos. El tejado de paja  está podrido y el agua  pasa como por un colador.  El suelo  de tablas carcomidas está  tan lleno de agujeros  que al menor descuido algún niño puede desaparecer  por ellos.  Probablemente  necesitaremos  entre 300 y 500 Euros para ofrecer un suelo seguro y un techo  de  zinc  a esta familia.   Alguien  nos ayudará, y algún día  encontraremos  un familiar o alguna institución que se haga cargo del niño sin perjudicar a esta buena familia de refugiados que  regalaban el niño a mi amigo porque ya no podían más. Yo vuelvo a casa pensativo. Aquí no hay reglas, ni libro de instrucciones.  Aportamos mini soluciones, pero nadie que sufra nos puede dejar indiferentes. 

Pasa el tiempo y la joven madre no da señales de vida.  Entretanto el marido a penas llega a alimentar a  sus tres hijos  y pronto esperan un cuarto.    Ya no pueden más. Puesto que la  madre ha desaparecido y ella no puede criar a  ese niño además de los  que ya tiene no puede hacer otra cosa que   regalar el bebé al “farang” (extranjero)  que, según dicen, anda siempre por el barrio y de vez en cuando lleva  arroz a  algunas familias.
De nada sirve explicarle  que la Escuela de Bambú no es un orfelinato.  Que no sabría que hacer o cómo cuidar a un niño tan pequeño,  que él es un “nak buat” (un fraile)  y que no tiene mujer que pueda  ocuparse del niño.  La señora  apenas  habla,  pero  no se mueve del lugar, sus ojos son una ininterrumpida súplica.

Víctor sabe que para él, un “no”  no es la respuesta. Hay que hacer algo a corto plazo y buscar soluciones razonables a más largo plazo.  A corto plazo ofrece a la señora una cantidad de dinero mensual para que siga cuidando del niño.  Entretanto buscará una solución que  no se presenta nada fácil.  El niño es birmano, y quién en este momento lo está cuidando es una familia Karen que vive ilegalmente en el país.  Si se pone el caso en manos de las autoridades, ¿no se corre el riesgo de que el niño y su familia adoptiva sean devueltos a Birmania sin más contemplaciones?

27 de mayo de 2013

Escuela de bambú: Las comidas


El arroz es la base principal de la comida tailandesa, tanto, que comer se dice  “kin khao” (comer arroz)  y la comida en general está tan en el centro de la vida de cualquier tailandés que en lugar del tradicional “Sawatdi khrup” un saludo cariñoso puede ser “Kin khao Leo?” (¿Has comido arroz?)

En Internet existen magníficas páginas sobre comida tailandesa, una de las más apreciadas internacionalmente por la armoniosa combinación de los sabores amargo, dulce, agrio, salado y picante. Por otra parte existe una gran variedad en los hábitos culinarios de cada región por lo que en estas notas  me referiré a aspectos generales y a la alimentación  en esta zona montañosa del noroeste de Tailandia poblada por tailandeses,  apátridas o refugiados de origen Karien o Mon  que viven en cabañas  de bambú y paja a pie de las plantaciones de caucho  y por  la población flotante de  la misma etnia que procedente de Myanmar   pasan todos los días la frontera de Birmania para venir a trabajar  en las fábricas de calzado y ropa por menos de 150 euros al mes.

Lo primero que llama la atención de esta gente es que comen a todas horas y en cualquier lugar.  No hace falta ir lejos para encontrar  donde picar o comer algo a cualquier hora.  Una motocicleta puede ser una improvisada tienda de chucherías,  la misma motocicleta con sidecar puede ser una cocida ambulante que te prepara en un santiamén un plato de arroz con caldo de pollo y verduras.  Te puedes preguntar dónde y como limpian los utensilios o sencillamente apretar los dientes y confiar en tus propias autodefensas.

Una destartalada cabaña a pie de carretera puede ser una  restaurante donde se cocinan varios platos, siempre a la vista  y puedes optar entre un arroz frito con pollo  y huevo  “Khao pat kai khai”  o una sopa de tallarines de arroz  “khuei  tio”  o algunos platillos sencillos en los que sobre un lecho de arroz  se añaden trozos de carne desmenuzada,  verduras,  principalmente  pequeñas berenjenas verdes,  chalotes  o judías verdes  que aquí se les denomina de una yarda  por su exagerada longitud  (generalmente por encima de los 70 centímetros)  y que se integran casi crudas en el plato.

No se han olvidado de ponernos cuchillos.  Sencillamente el cuchillo no se utiliza en  la mesa. Todo viene suficientemente cocido o desmenuzado como para que no necesite cortarse. Pero, contrariamente a lo que se pueda pensar tampoco se come con palillos.  la comida se lleva a la boca con la cuchara y se ayuda uno con el tenedor.

Lo que no faltará nunca sobre la mesa es un surtido completo de especias y salsas, desde el inofensivo “nam pla”  una salsa de pescado que se utiliza para aromatizar y salar los platos pasando por el “nam prik” que consiste en vinagre de arroz en el que se han troceado chiles de  diferente picor,  “siracha sauce”  otra salsa de chiles muy picante, chiles molidos etc.   En general  estamos ante una comida muy especiada y muy picante que al tiempo que excita las papilas gustativas nos  hace sudar  y la evaporación del sudor nos refresca.  De manea mucho más expeditiva, cuando nos hemos pasado con el picante también podemos apagar el picor masticando bastoncitos de pepino crudo que estratégicamente  suelen encontrarse sobre la mesa.

En restaurantes  algo más sofisticados de las pequeñas poblaciones evidentemente  las opciones son mayores  y si  en términos generales  hay que desconfiar de  las sopas que suelen ser siempre muy especiadas siempre podemos refugiarnos en la  “ Tom yam kung” una excelente sopa  con gambas, leche de coco y hoja limón o citronela que le da su sabor característico.

Estamos en una zona del país de grandes masas arbóreas. Abundan  las heveas o árboles del caucho, las tecas de excelente y pesada madera, pero hay pocos frutales. En términos generales la fruta es poco abundante y cara en esta región porque la mayor parte viene del centro este del país. De todos modos no faltan las bananas regordetas y muy cortas en esta zona, las papayas, rojas o amarillas, y ocasionalmente los mangos  cuyo precio suele salirse del presupuesto familiar.


El agua corriente, donde la hay, no es potable, por lo que se suele comprar agua en bombonas de 20 litros para beber y cocinar.  No deja de ser  agua  filtrada y purificada  químicamente pero ofrece mayor seguridad.  El  vaso de agua fresca, siempre queda la duda de con qué agua se hicieron los cubitos de hielo,  es lo primero que te ofrecen cuando te sientas a come en algún sitio.  También hay diferentes bebidas  edulcoradas  o con base de té y  naturalmente la cerveza Singha o Leo  de fabricación local.

Omito voluntariamente hablar de dulces y frutas o comidas más exóticas porque no entran en mi dieta habitual y desde luego menos aún en la dieta de las personas que me rodean.  Con un poquito de buena voluntad y una mente abierta y curiosa, comer en Tailandia puede ser una delicia y si nos adaptamos a los usos locales incluso una delicia muy barata.



20 de mayo de 2013

Escuela de Bambú: Comienzan las clases




Sigo sin dominar el tailandés, aunque recuerde suficientes palabras para componer frases con sentido. Eso no debería ser un problema puesto que mi cometido es enseñar inglés al grupo de mayores, chicos y chias entre 10 y 15 años que debido al retraso ocasionado por el aprendizaje del tailandés están todavía en un curso equivalente a 3º de EGB.

No nos han llegado los libros et ignoramos si llegarán algún día. Me dedico de momento a enseñar palabras y frases indispensables de presentación, saludo, agradecimiento, despedida, etc.  Luego vendrán los números, las horas, los días de la semana, los colores y los principales adjetivos.

Hay que estar atentos. Han aprendido muchas cosas coreándolas en grupo en voz alta. Da la impresión que saben pero si  preguntas de manera individual de das cuenta de que sólo tienen en la cabeza una cantinela que repiten sin entender.

Además el nivel es muy desigual lo que entraña una dificultad añadida para mantener el interés de los más adelantados. Nuestro centro no está reconocido como escuela independiente, las clases de enseñanza reglada que impartimos, lo hacemos como sucursal colaboradora de la escuela estatal de primaria "Anuban Sangklaburi".

En Tailandia, los escolares están obligados a llevar uniforme: blusa o camisa blanca y falda o pantalón azul marino. No todos tienen dinero para comprarse el uniforme y la mayoría de nuestros chicos y chicas llevan uniformes reciclados de otros colegios. Los anagramas o las iniciales identificadoras de los los colegios no coinciden pero ¿quién se va a fijar en esos pequeños detalles cuando la mayoría van descalzos?

A partir de las siete de la mañana la escuela se convierte en un hervidero de actividad y se ven niños y niñas corriendo por todo el complejo.  Las clases sin embargo empezarán a las 8:20 con el izado de la bandera, el canto del himno nacional y una oración suficientemente inconcreta para que pueda ser rezada tanto por budistas como por cristianos. La vida en general y la del colegio en particular se rige por la luz solar. Por ese motivo la hora de la comida es la 11.30.  Los alumnos traen la tartera al colegio. Algunos con una comida completa, otros, sólo con arroz cocido, unos pocos completamente vacía.  No pasa nada; el colegio ha preparado comida y arroz. Nadie se queda sin esa comida caliente. A cada niño se le completa la tartera según lo que necesite.

A las 12: 30 se reanudan las clases hasta las 15:30.  Es decir en total seis sesiones de aproximadamente 50 minutos cada una.

Los viernes el colegio es un desfile de color.  El gobierno local anima a los estudiantes a que vengan al colegio ataviados con el traje tradicional de su etnia.  Este colegio coge principalmente niñas y niños de etnia Karen o Mon y minorías birmanas, chinas, indias o laotianas.  Los sarong multicolores tanto en chicos como en chicas, las blusas y camisas llenas de trenzados y abalorios, crean un ambiente jovial y festivo y anuncia a los agotados profesores que la semana escolar ha concluido.