2 de junio de 2013

Escuela de bambú: Un niño regalado



Hace un par de años,  mi amigo Víctor estaba en plena clase, cuando de pronto, en el umbral de la puerta ve a una señora que le tiende un bebé de apenas  un año mientras balbucea unas palabras ininteligibles.

Víctor no comprende, y aunque le vuelve a preguntar lo que desea,  sólo por el gesto presiente que se está refiriendo al bebé que lleva en brazos.  Sospecha que la mujer es  Karen y que no habla tailandés, por lo que le pide a uno de los alumnos de la misma etnia que le haga de traductor.

Cuando  oye la súplica de la madre, abre los ojos  como platos.  Con voz  decidida y hasta con confianza, la señora  viene a regalarle  el niño que ella no puede alimentar.  La situación es suficientemente dramática para que  mi amigo deje la clase a cargo de uno de los chicos mayores y  acompañe a la madre y a su pequeño intérprete a una  sala donde poder hablar con mayor tranquilidad.

La historia es conmovedora;  esta señora,  recién llegada de Birmania, vive en una destartalada choza de paja junto a su marido y sus tres hijos.  A  lado vive una joven birmana bien parecida  madre de un pequeño de apenas  unos meses.  Un día, la joven le hace  una increíble propuesta.   Quiere ir a trabajar a la capital pero el niño es un  obstáculo incontestable.  ¿Qué le parecería quedarse con  su hijo  a cambio de dejarle también su casa que no es más que otra choza de paja y bambú no mucho mejor que la que el matrimonio Karen habita en ese momento?   Añade  claro está, que tan pronto encuentre trabajo  empezará a enviarles dinero para la manutención del bebé.
Han pasado casi tres años y aún no hemos encontrado una solución.  Ayer  fui a conocer al niño y a la familia adoptiva.   Los niños nos rodearon, alborotados. Saben que Victor nunca llega con las manos vacías.  La hija mayor  ya sabe  suficiente tailandés para servirnos de intérprete.  La choza que recibieron a cambio de cuidar al niño se cae a pedazos. El tejado de paja  está podrido y el agua  pasa como por un colador.  El suelo  de tablas carcomidas está  tan lleno de agujeros  que al menor descuido algún niño puede desaparecer  por ellos.  Probablemente  necesitaremos  entre 300 y 500 Euros para ofrecer un suelo seguro y un techo  de  zinc  a esta familia.   Alguien  nos ayudará, y algún día  encontraremos  un familiar o alguna institución que se haga cargo del niño sin perjudicar a esta buena familia de refugiados que  regalaban el niño a mi amigo porque ya no podían más. Yo vuelvo a casa pensativo. Aquí no hay reglas, ni libro de instrucciones.  Aportamos mini soluciones, pero nadie que sufra nos puede dejar indiferentes. 

Pasa el tiempo y la joven madre no da señales de vida.  Entretanto el marido a penas llega a alimentar a  sus tres hijos  y pronto esperan un cuarto.    Ya no pueden más. Puesto que la  madre ha desaparecido y ella no puede criar a  ese niño además de los  que ya tiene no puede hacer otra cosa que   regalar el bebé al “farang” (extranjero)  que, según dicen, anda siempre por el barrio y de vez en cuando lleva  arroz a  algunas familias.
De nada sirve explicarle  que la Escuela de Bambú no es un orfelinato.  Que no sabría que hacer o cómo cuidar a un niño tan pequeño,  que él es un “nak buat” (un fraile)  y que no tiene mujer que pueda  ocuparse del niño.  La señora  apenas  habla,  pero  no se mueve del lugar, sus ojos son una ininterrumpida súplica.

Víctor sabe que para él, un “no”  no es la respuesta. Hay que hacer algo a corto plazo y buscar soluciones razonables a más largo plazo.  A corto plazo ofrece a la señora una cantidad de dinero mensual para que siga cuidando del niño.  Entretanto buscará una solución que  no se presenta nada fácil.  El niño es birmano, y quién en este momento lo está cuidando es una familia Karen que vive ilegalmente en el país.  Si se pone el caso en manos de las autoridades, ¿no se corre el riesgo de que el niño y su familia adoptiva sean devueltos a Birmania sin más contemplaciones?

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