7 de julio de 2013

Escuela de Bambú: Una tarea escolar que casi acaba en tragedia


         Tanason (curioso nombre que en tailandés sólo tiene consonantes)   tiene siete años.  Sus padres viven  en  Birmania pero  él  se ha venido a Tailandia con  sus abuelos  que se han instalado  hace poco tiempo  en una cabaña de paja  y bambú  al borde de un bosque cercano al colegio.   Como los abuelos  no hablan ni una palabra de  tailandés,  a los siete años el chiquillo  se ha convertido  en el traductor oficial de la familia.  Por eso quizá es uno de los niños que más empeño pone en el colegio a la hora de  estudiar  sus lecciones y aprender  el alfabeto  tailandés.  Este es su segundo año de Anuban (Preescolar). Todavía confunde los dos idiomas pero  con un poco de suerte el próximo año estará listo para empezar los estudios  regulares en  Primaria.
            Ayer  sin embargo  Tanason llegó al colegio acompañado de su abuelo.  A pesar de sus siete años parecía él  quien  traía al abuelo, un hombre de unos  sesenta años, que aparenta al menos  ochenta y que descalzo,  desnudo de cintura para arriba, ciñendo  un sencillo sarong,     se mueve despacio y con  dificultad.  Parece un  santón de los que vemos en algunas fotografías típicas de la India.    
Nos extrañó  la visita, pero pronto  entendimos  el alcance de la tragedia.  A través de una  de las profesoras que hablan  el idioma Karen  supimos   que  la noche anterior, Tanason   le pidió al abuelo que le encendiera una vela  para  poder  hacer  los deberes que le había mandado su profesora.  El abuelo sólo tenía un pequeño cabo de vela, pero pensó que sería suficiente,  lo encendió  y dejó al niño sólo en la cabaña mientras  él iba a hablar con un amigo y de paso quizá comentar las noticias de su país.  Mientras  Tanason  se aplicaba a la tarea,  la vela se consumió por completo  y lo que ahora  iluminaba el cuaderno del niño no era otra cosa que el trozo de bambú  sobre el que el abuelo había depositado la vela.  Pronto las llamas prendieron las paredes y el tejado de paja trenzada;  el niño se asustó,   salió  de la cabaña corriendo en busca del abuelo.  Pero cuando llegaron ya era tarde,   las llamas  tomaron  fuerza y   la cabaña  entera ardió como una tea.  El techo de paja,  las paredes de bambú,  y   las pocas pertenencias y ropa de la familia, eran ya  cenizas.  . 
            El abuelo venía al colegio  a contarnos lo ocurrido y de paso explicar  por qué el niño no iba a poder traer la tarea...  Quedamos sobrecogidos. Tanto,  que en el acto dimos al abuelo el dinero que llevábamos encima  y  después de izar la bandera y hacer la oración  de la mañana,   se contó   a los niños  lo ocurrido y por primera vez en la historia del colegio se les propuso  para  el lunes,    una colecta  para ayudar a la familia a reconstruir  su vivienda, y hacerles sentir  a ellos el sentido verdadero de la solidaridad.  
Hoy me he acercado a ver lo que quedó de la casucha y a llevarles un par de mantas, una mosquitera y algo de comida.  Ver con que serenidad estas personas aceptan estas  desgracias en sus vidas   me conmueve.  ¡Con qué poco se conforman!  Sobrevivir es el único anhelo cotidiano.  Sus deseos no pueden ir más allá. Viven el día a día pero confían en  que si su nieto estudia,  quizá algún día pueda vivir mejor que ellos.
              Por mi parte,  me doy cuenta de lo alejados que  a veces  nos encontramos de la vida real de los alumnos.  Lo que de verdad me atrae de este proyecto es precisamente que no es un proyecto de escolarización,  sino que tratamos de vivir la realidad de todos y cada uno  de los alumnos  que vienen a nosotros: su origen,  su idioma, la situación familiar, con quién viven,  el tipo de  vivienda en la que viven , sus comidas… 
 Muchos de estos muchachos no tienen luz eléctrica en casa,  tampoco tienen una mesa donde escribir, y el suelo  en el que se tumban para hacer la tarea está hecho de cañas  y  por lo tanto  es ondulado. Se levantan muy temprano porque amanece a las seis de la mañana, pero a las siete de la tarde es de noche.  Viven  al ritmo solar, para ellos venir a la escuela es no solo  aprender a hablar sino a saber lo que es un grifo con agua corriente,  descubrir un aseo,  contemplar el milagro de la luz eléctrica,  las maravillas de la televisión.  Un mundo tan fantástico como el que los niños en la capital  visualizan cuando  se sientan frente a la tele para ver un programa de fantasía.  
          Cada vez  que una de esas niñas o niños se acercan a mí por la mañana  oliendo a humo y a ropa mojada, cada vez que me miran con ojos brillantes como ascuas y me sonríen sé lo mucho que les debo por lo que me enseñan,  por lo que me hacen  vivir y ver.

1 comentario:

Carmen Moreno Martínez dijo...

Sobrecogida...así me siento, no sólo por el incidente en sí que ya tiene su dolor...si no por la forma en que se enfrentan a las dificultades. Que ese abuelo vaya a justificar el que su nieto no lleve la tarea hecha...dando prioridad a eso...es para que se nos caiga la cara de vergüenza cuando en nuestra sociedad no hacemos más que lamentarnos...¡¡ Gracias, Federico, una lección más que nos has enseñado...!!