9 de octubre de 2007

El bosque de los zorros de Arto Paasilinna

EL BOSQUE DE LOS ZORROS
Novela
Arto Paasilinna
Anagrama 2005
Panorama de narrativas
Título original: Hirtettyjen kettujen metsä 1983
Traducido del finlandés por Dulce Fernández Anguita
262 páginas


Arto Paasilinna (1942), se ha convertido en el autor finlandés de moda no sólo en su país sino también en Europa y más recientemente en España donde la Editorial Anagrama está traduciendo alguna de sus obras más conocidas.
Probablemente para la mayoría de nosotros la literatura finlandesa desapareció en una nebulosa desde el legendario Mika Waltari y su conocido “Sinuhé el Egipcio”. Pero no hay comparación posible entre los dos autores. Arto Paasilinna además de ser finlandés escribe sobre Finlandia, sobre la belleza de sus paisajes, la majestuosidad de sus ilimitados horizontes y cómo no, con inigualable sorna no exenta de benevolencia, sobre los finlandeses y los defectos de sus virtudes.

De Arto Paasilinna es ·”El bosque de los zorros” originalmente escrito en 1983, que nos narra la historia de Oiva, el comandante Remes y Koska, tres personajes singulares, inconformistas, libertarios y marginales como la mayoría de sus personajes de ficción. Ex guardabosque, ex periodista y ex poeta, este autor conoce como nadie la realidad finlandesa y como decía antes, las virtudes de sus defectos. Contra una vida pulcra, perfectamente ordenada y sujeta a meticulosos preceptos y rutinas nuestros tres personajes reaccionan de la única manera posible: huyendo.

Oiva, vago y pícaro a partes iguales huye del trabajo, se mete a gánster y roba cuatro lingotes de oro del Banco de Suecia, pero es vago hasta para cometer sus fechorías y recurre a otros pícaros como él pero menos espabilados que son los que finalmente caen en manos de la justicia y tienen que expiar sus penas. El dilema se presenta cuando se entera que sus compinches van a ser puestos en libertad gracias al benigno sistema penitenciario sueco y, decidido a no compartir con ellos su botín, huye a lo más profundo de los bosques de Laponia.

El comandante Remes huye del papeleo y la rutina militar. Él es un hombre de acción y prefiere solucionar el día a día con sus puños. Pero es también un hombre perspicaz y pronto se da cuenta que Oiva, no es lo que dice ser, y que a su lado acabará descubriendo el origen de su dinero y podrá, de paso, pasar un año sabático a costa de su nuevo compinche.

A esta extraña pareja se une la vigorosa nonagenaria Koska que huye, ella también, y con mucha energía, de la Seguridad Social finlandesa que quiere encerrarla contra su voluntad en un centro geriátrico.

Es a partir del momento en que el trío está formado que la novela cobra mayor animación. A pesar de la disparidad de edad, temperamento e intenciones, los tres personajes se complementan y acaban entendiéndose. Saben que dependen unos de otros y eso les hace humanos y enternecedoramente contradictorios. Aman la naturaleza, la vida salvaje y libre y se refugian en los bosques impenetrables de Laponia en el monte de Kuopsu, junto al inquietante Bosque de los Zorros, pero cómicamente, poco a poco su choza de leñadores se va transformando en un lujoso campamento donde no falta ni sauna, ni agua caliente, ni luz eléctrica, ni las comodidades que ello proporciona. Todas las deficiencias de uno son vistas con condescendencia por los demás y el comandante acepta ser encerrado en un calabozo para no enterarse de dónde guarda Oiva el botín.

Es precisamente la dimensión humana y tierna de sus personajes, unido a su amor por la naturaleza lo que caracteriza a este autor nórdico que escribe con palabras de todos los días pero insinúa su crítica y sus reservas al sistema establecido con sutil y humorística ironía.

Leemos en castellano una obra originalmente escrita en finlandés, por lo que justo es mencionar que Dulce Fernández Anguita , la traductora, ha sabido utilizar en su traducción palabras sencillas y coloquiales que presumimos respetan plenamente no sólo la literalidad del relato sino sobre todo su espíritu.

8 de octubre de 2007

Hablar con un Genio

Cuántas veces nos hubiese gustado hablar con una persona que hemos admirado en cualquier campo de nuestro interés: el deporte, la ciencia, las artes o las humanidades. Qué científico no hubiera deseado tener una larga conversación con Einstein o qué escritor no hubiera deseado conocer los secretos de Shakespeare?

Sin embargo, tenemos al alcance de la mano esa vuelta por el túnel del tiempo hacia los personajes que siempre hemos admirado. Seguramente existen libros escritos por ellos o biografías, que nos hablan directamente sin cortapisas de tiempo. Cuando leemos un libro de alguien o sobre alguien que admiramos siempre se nos contagia una brizna de su talento.

Gauguin : Mujer con Flor

Vahine no te tiare
1891 Mujer con Flor
Ny Carlsberg Glyotek
Copenhague
Un personaje entre dos mundos. Como apenas ningún otro artista, Paul Gauguin se expuso al modo de vida que él había invocado en su obra. La naturalidad e ingenua armonía de una vida salvaje, primitiva, que él invocó a fin de reprocharle sus defectos a su propia civilización, a la que despreciaba, no deseaba sólo retratarla: quería llegar a conocerla y con su propia existencia dar testimonio de que el exotismo del Pacífico Sur era algo más que sólo aquel artificioso encanto que, provocado por las ferias mundiales y los reportajes periodísticos, fascinaba a la Europa de su época. El 4 de abril de 1891 se marchaba de Paris en el tren nocturno. Su meta lejana se llamaba Tahiti. Su pintura allíí no se preocupó de la individualidad de sus motivos. Sin embargo, al menos los cuadros de la época inicial intentan describir fielmente el medio ambiente que habría de llegar a ser su patria artística.

El mejor ejemplo de la búsqueda de afinidades es La mujer con la flor. El mismo fondo que Gauguin había empelado ya en su autorretrato con nimbo orna este cuadro. No obstante el patrón abstracto se limita esta vez a rematar la parte posterior del cuadro. El rostro de la retratada ya no queda expuesto por completo a la presión ejercida por la exuberancia ornamental de colores y líneas; ahora ella puede mostrarse en tamaño monumental. La mujer sostiene una flor en sus manos, símbolo del crecimiento y del desarrollo. Los símbolos de la pasión, en los que en el autorretrato de Gauguin se podían reconocer aún reminiscencias del sufrimiento y de la tribulación, han perdido su sentido ante el apacible carisma de la mujer retratada.

5 de octubre de 2007

Contrastes


He viajado en el tren bala a 300 km. por hora y he paseado horas más tarde en un jardín zen sin salir del Hotel New Otani en el corazón mismo de Tokio. He entrado a curiosear en una tienda de electrónica de Osaka las últimas computadoras de bolsillo y me he perdido en una minúscula tienda tres calles más allá, que sólo vendía papel de carta de los más variados y suaves satinados. He comido en un Burger King sin enterarme siquiera de que me encontraba en Tokio y al día siguiente he cenado en una de las cuatro mesas del restaurante de “tempura” más afamado de Japón. Estos son algunos de los contrastes que justifican el título que he elegido para estos sencillos recuerdos de mis viajes a Japón.

Como empresario me ha sorprendido siempre la manera de hacer negocios en Japón. Las citas son minuciosamente planificadas. Los temas de conversación se negocian con antelación así como el número de personas que asisten de cada lado. En primer lugar se hace un intercambio de tarjetas de visita que se entregan con ambas manos a nuestros anfitriones con una leve inclinación de cabeza. Luego viene el intercambio de regalos, generalmente detalles de poco valor pero en el caso de nuestros interlocutores de un gusto exquisito. Tomamos el té mientras se habla de banalidades: el viaje, el tiempo, si nos gusta Japón, hasta que tras un significativo silencio entendemos que ha llegado el momento de abordar el motivo principal de nuestro encuentro. Frente a nosotros las cuatro o cinco personas presentes toman notas. Hacemos pausas para ver si alguien contesta a nuestra pregunta a nos hace alguna nueva pregunta pero se conforman con tomar notas. Incapaces de observar ningún atisbo de interés o rechazo en sus rostros impasibles, seguimos algo nerviosos y titubeantes. Nos damos cuenta de que estamos hablando solos frente a unos hombres que escuchan y toman notas. Al no haber réplicas nuestra exposición termina mucho antes de lo esperado. Tras una última pregunta, guardamos silencio esperando una contestación. Por toda respuesta recibimos una amplia sonrisa. Se levanta la sesión, y volvemos desesperados a nuestro hotel. Es como si hubiésemos fracasado… Unos días más tarde, ya de regreso en casa, empiezan a llegarnos correos de una asombrosa precisión haciéndonos preguntas muy pertinentes que rápidamente reconducen aquel diálogo de sordos inicial. Ahora somos nosotros los que tardamos en dar debida respuesta a todo lo que ellos nos piden, o nos preguntan. La minuciosidad y la escrupulosa atención a los detalles son la clave. El éxito en la negociación se basa en comprender que la confianza en nuestro producto o servicio se obtiene siendo puntillosamente fieles a lo que a nosotros nos parece insignificante.

La meticulosidad es una de las marcas distintivas de Japón. Habituados a correr por los andenes de las estaciones españolas me llamó la atención el que los números de los vagones estén escritos en el suelo del andén y que los viajeros hagan rigurosa cola frente al número que les corresponde. Allí no hay carreras inútiles. El tren se para coincidiendo exactamente con las marcas escritas.

En Japón, un taxista viste como un Lord inglés y mantiene su vehículo tan impoluto como un mayordomo. Son taxistas de guante blanco y no sé si los llamo así porque indefectiblemente llevan sus manos enfundadas en ellos o por sus astronómicas tarifas.

Pero es en el comercio donde más admiro esa meticulosidad y esa atención a los detalles que separa la cultura Japonesa de la nuestra. A veces pienso que para ellos, el continente es más importante que el contenido, la presentación más valiosa que la calidad.Cuando veo las bolsas, estuches o cajitas en las que se empaquetan los artículos, incluso de consumo diario como el queso, los productos de charcutería, la carne o la fruta no dejo de preguntarme qué es lo que ha costado más al fabricante si la elaboración del producto o su envasado. Evidentemente cuando se trata de productos más sofisticados como los pequeños regalos, los bombones o los perfumes, la presentación roza la exageración.

Con ocasión del último viaje a Tokio el traslado desde el aeropuerto al hotel tomó varias horas debido a un tráfico intenso. Nuestro conductor comentó que la gente regresaba a casa después de haber pasado el día en el campo viendo los cerezos en flor. Días más tarde tuve ocasión de pasar algunas horas en uno de esos parques y me pareció una experiencia arrebatadora.

Entrar en un templo es como retroceder varios siglos por el túnel del tiempo. Ningún afán de modernismo en estos lugares: las plantas, la piedra, el agua, la madera dominan el entorno. Canta el agua en los riachuelos del jardín y relampaguean al sol las tranquilas carpas, suena de vez en cuando alguna ronca campana que tañe a su paso algún devoto. En los pebeteros se eleva en volutas el humo de los palos de incienso ofrecidos como exvotos y sea cual sea nuestro concepto de religiosidad nos sentimos sobrecogidos y respetuosos del lugar. Se respira calma, meditación y paz aunque traspasado el umbral nos veamos de nuevo envueltos en un tráfico enfebrecido.

Debería recordar aquí la comida japonesa pero los platos son tan variados y dispares que me limito a recordar los tres más memorables. El primero es el sukiyaki, plato típico por excelencia. Se parece a la fondue suiza en que se coloca en el centro de la mesa un recipiente de aceite caliente, pero ahí acaba toda similitud. Se trata de una comida formal, que se presenta a los comensales en una bandeja primorosamente adornada, con todos los ingredientes limpios, troceados y muy frescos. Con ayuda de los palillos, cada ingrediente se sumerge en el aceite el tiempo deseado,luego se moja en la salsa apropiada, generalmente salsa de soja, y se lleva a la boca alternando verduras, mariscos o trozos de carne. Mientras que en el sukiyaki cada comensal elige el punto de fritura, en los restaurantes de tempura es el cocinero quien fríe los productos. El arte consiste en armonizar y establecer el orden correcto de los ingredientes que se deben freír. El tiempo de fritura es muy breve y no debe quedar rastro de aceite al salir de la sarten. El cocinero comienza lógicamente por los que necesitan menos temperatura y a medida que el aceite se calienta pasa a los que toman más tiempo. El principal criterio de calidad es la ligereza. Pese a que los ingredientes pasan todos por el aceite no se debe sentir la grase ni quedar con sensación de pesadez. No es necesario mencionar el sushi porque se ha vuelto un plato de la cocina internacional. Aunque el sushi se asocia habitualmente con el pescado crudo se trata de bocaditos de arroz cocido y sazonado con vinagre de arroz envuelto en algas y adornado con alguna verdura o con pescado crudo o marinado.

La sociedad japonesa es una sociedad que antepone la colectividad al individuo. La excelencia, el liderazgo, las decisiones, los méritos son siempre colectivos. El individuo queda relegado a un segundo puesto. Su valor está influenciado por la pertenencia a un colectivo o grupo, llámese empresa, club, clan o aldea. Esto explica el carácter paternalista de las empresas japonesas y el sentimiento de pertenencia de sus trabajadores. Las crisis financieras de los últimos tiempos y el aumento del desempleo tienden a resquebrajar estos conceptos y crean grandes trastornos psicológicos en los individuos, particularmente a partir de una cierta edad.

Me gustaría concluir estos recuerdos desordenados con un último contraste. No hay pueblo en el mundo más apegado a sus tradiciones que el japonés, y sin embargo, creo que tampoco hay en el mundo personas tan curiosas, tan ávidas por conocer y aprender las costumbres, la cultura, los paisajes de otros pueblos que los japoneses. Me pregunto si no será porque sólo cuando alguien es plenamente consciente de sus raíces y las asume, puede de verdad apreciar, entender y valorar las costumbres de los demás.

3 de octubre de 2007

El otoño que llega

Los brazos




Cuando seas feliz, cuando todas las cosas
estén a tu favor, y tu vida se vuelva
un lugar habitable, no te acuerdes de mi.
Pero si alguna vez sintieras que la carga
te pesa demasiado; si ya no puedes más,
y empiezas a dudar de ti misma y de todo,
recuerda que hubo alguien que alguna vez te amó
y que hubiese querido, si le fuera posible,
aliviarte esa carga. Y piensa en esos brazos
ya impalpables, aéreos, y que ya no sabrían
hacerte daño alguno.
Y un momento, si puedes,
abandónate en ellos, por favor, y descansa.

José Cereijo
Música para sueños (2007)

30 de septiembre de 2007

Las dificultades


Nuestros fracasos son los pilares sobre los que se construye el éxito. Me dan pánico esas carreras fulgurantes en las que no hay fallas ni fallos, en las que el éxito sonríe siempre y nos vuelve descuidados o lo que es peor engreídos y soberbios. La caída de las civilizaciones y de las empresas sobrevenido siempre como consecuencia de la molicie que sigue a los grandes éxitos.
He trabajado en empresas y alguien me dijo una vez: “El problema de tu empresa es que no tiene problemas” Tenía razón: las dificultades nos mantienen alerta, agudizan el ingenio, espolean la creatividad, nos mantienen humildes y hacen que escuchemos los consejos de los demás.

La vida con Jan


LA VIDA CON JAN
Novela
Marianne Fredriksson
Salamandra Marzo 2007
Título original: Skilda Verkligheter 2004
Traducido del Sueco por Marina Torres Naviera
319 páginas


La recientemente fallecida escritora sueca Marianne Fredriksson no llegó a la novela hasta fechas relativamente recientes. En efecto, después de una fecunda carrera periodística hasta los 53 años, publica en 1980 su primera novela “El libro de Eva”. Le seguirán otras dieciséis novelas desde entonces entre las cuales las más conocidas en España han sido “Aves migratorias” y sobre todo “Las hijas de Anna” que la catapultó a una merecida fama mundial.

Su último libro, "La vida de Jan" publicado en Suecia en 2004 y traducido al Español en 2007 mantiene esa profunda sensibilidad para captar y describir emociones, y particularmente emociones femeninas que la ha caracterizado en obras anteriores y que ha llegado a etiquetarse como “estilo Fredriksson”.

La novela narra una historia, que sirve de entramado para analizar a fondo la relación de pareja y en particular la relación de una pareja diametralmente opuesta en cuanto a carácter y sensibilidad y sin embargo profundamente enamorada. Jan es un joven médico genetista, racional y matemático que después de varios años de investigación en Estados Unidos vuelve a Suecia y trabaja en un hospital en un proyecto con células madre. Angelika es una enfermera que trabaja en un hospital oncológico y se distingue por su sensibilidad, su intuición y su profunda y sentida afectividad. Se enamoran a primera vista, sin emabargo, será un enamoramiento sembrado de dudas, de conflictos y del continuo temor a perderse mutuamente.

Uno de los personajes secundarios de la novela dirá: ”Después de muchos años de estudios, sé que una buena relación se mantiene cuando cada uno sabe coger para sí mismo lo que le pertenece. Sólo respetando la independencia del otro y conservando la propia se logra una buena vida en común” Sin embargo no todo es sencillo y a pesar de una familia que les arropa, de los amigos que les ayudan y de mucha generosidad por ambas partes el matrimonio parece caminar sobre la cuerda floja ya que se enfrentan la intuición y la ciencia, el corazón y la razón, lo tangible y demostrable y las fuerzas ocultas y poderes extrasensoriales.

El mutuo descubrimiento de la infancia de ambos y de sus respectivas carencias les ayudará si no a entenderse, al menos a quererse y el matrimonio sigue adelante. Fredriksson aprovecha la relación para hacernos afinadísimos análisis psicológicos de los protagoniatas al tiempo que nos ilustra con algunas de las teorías más actuales sobre genética e influencia del entorno, herencia y educación, puestas en boca de los amigos de la familia, y también sobre percepción extrasensorial, parapsicología y filosofía oriental.

Como en “Aves migratorias” Fredriksson introduce en la novela personajes de origen extranjero para poner en su boca las alabanzas al estilo de vida sueco, a sus instituciones y su democracia y cobertura social.

Creo sinceramente que estamos ante una gran novela que entra a fondo no sólo en la psicología de la relación de pareja sino también en la relación entre ciencia e intuición entre cerebro y conciencia. Como comenta el Doctor Chavez en una de sus intervenciones: “Lo que yo creo es que la conciencia no la rige el cerebro. Está allí, pero también en el resto del cuerpo, en el corazón, los oídos, los ojos, la piel. Al cerebro sólo llega una mínima parte de lo que la piel siente, los ojos ven o los oídos oyen”

26 de septiembre de 2007

Premio Blog Solidario


Aunque have varios días que Consuelo ha tenido la gentileza de otorgarme el Premio Blog Solidario aún no he correspondido ni agradeciendo a Consuelo como se debe este premio inmerecido, ni otorgando a mi vez el premio a blogs con más mérito que el mío.
No ha sido pereza ni descuido. No sabía cómo hacerlo y mi lista de blogs es aún reducida. Así pues mi Premio Blog Solidario va para

Malena
El viento
Durrell
María Narro

26 de Septiembre 2007

Se terminó el verano y el otoño, que aquí en el Norte ya se estaba dejando entrever, se ha instalado definitivamente entre nosotros. Las hojas secas empiezan a alfombrar los jardines. Como esas hojas que caen sin elegir el dónde y cuándo, así ha llegado hasta mi una carta. Llevo años pensando que los buzones de correo sólo sirven para recoger los recibos de teléfono y de la luz y para que los supermercados nos avisen de sus maravillosas semanas de promoción!
¡Cómo no me iba a alegrar leer una carta de puño y letra! No estoy en contra de la innovación, del progreso, de la modernidad, pero sigo amando esa vieja costumbre de la carta escrita a mano con pluma estilográfica, sobre papel barba color crema, oyendo el cris cris del plumín sobre el papel mientras sonriendo y sacando un poquito la punta de la lengua, vamos imaginando las emociones del otro cuando lea lo que le escribimos! Es una de esas cálidas sensaciones semejante a las que nos producen los muebles de la abuela, el espliego en el armario, o la flor seca entre las hojas de un libro de poemas.

Siddhartha


Hace algo más de un año, una persona muy querida me regaló el libro de Hermann Hesse SIDDHARTHA.
En aquel momento lo leí, ví que se trataba de la historia de uno de esos iluminados santones hindús, y como iba fijándome en la historia ... acabé el libro sin haber comprendido otra cosa..
Estos días, por casualidad lo he vuelto a leer y para mí sorpresa la lectura ha sido como una iluminación.

Nos pasamos la vida, corriendo detrás de doctrinas, de guías, de mentores, de leyes, de preceptos. Buscamos en libros, escuchamos conferencias, hablamos con personas mejor formadas que nosotros, nos dispersamos en todas las direcciones, pero olvidamos que la verdad está en nosotros.

Lo importante no es saber, lo importante es SER. Pero no podemos ser dispersos. Ser supone abolir el tiempo, abolir las categorías. El saber puede comunicarse, la sabiduría no.

Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos, nos parece un poco deformado, un poco necio..., y esto también es bueno.

Lo que constituye el tesoro y la sabiduría de un ser humano ha de sonar siempre un poco necio al oído de los otros. Analizar el mundo, explicarlo o despreciarlo acaso sea la tarea principal de los grandes filósofos.
El sabio, en cambio, lo único que persigue es poder amar al mundo, no despreciarlo, no odiarlo a él ni odiarse a sí mismo, poder contemplarlo - y con él a sí mismo y a todos los seres - con amor, admiración y respeto.

Van Eyk : Los esponsales de los Arnolfini



Los esponsales de los Arnolfini 1434
Óleo sobre tabla 81,8 x 59,7 cm.
London, National Gallery
En el interior de un suntuoso dormitorio, un hombre y una mujer espléndidamente ataviados se dan la mano. A sus pies, un perro mira fuera del cuadro y por un espejo colgado en la pared del fondo sabemos que ante los dos protagonizas hay otras personas. Encima del espejo, en elaborada caligrafía, semejante a la utilizada para los documentos oficiales o las portadas de algunos manuscritos miniados, aparece la firma del pintor “Johannes de Eyck fuit hic: 1434”. La genial invención del espejo, que amplía el espacio pintado haciéndonos ver lo que hay más acá de él y convirtiéndonos indirectamente en espectadores del acontecimiento, como si sucediese ante nuestra vista, ha dado lugar a las hipótesis más fantásticas.
Un estudio reciente ha aclarado que la escena representa un compromiso distinto al matrimonio.
Los personajes son Giovanni Arnolfini, comerciante de Lucca que gozaba de prestigio en la corte de Felipe el Bueno, y Giovanna Cenami, hija de un rico banquero florentino. Van Eyck pinta con incomparable maestría cada detalle, logrando mostrar la diferente consistencia de los materiales, desde el latón cincelado de la lámpara hasta la mórbida piel del traje. El cuadro pasó de Flandes a España, donde llamó la atención del gran pintor renacentista Diego Velázquez, que citó la solución del espejo en su célebre cuadro Las meninas.

24 de septiembre de 2007

Ocasiones fallidas

Todos los días pasamos al lado de alguna oportunidad y no nos damos cuenta, no la vemos o no la queremos ver. Todos los días tenemos la oportunidad de saludar a un desconocido, entablar una conversación con alguien, hacer una pregunta, comentar un suceso. ¿Quién puede decir a priori las consecuencias de ese acto fallido? Y no estoy hablando de juegos de azar, de lotería que no he comprado, ni de decisiones que han ido conformando nuestra vida. Me estoy refiriendo a actos, a palabras, a preguntas que tuvimos la intención de hacer y de pronto, por vergüenza, por desidia, por cobardía, por indolencia, dejamos pasar, y nos tranquilizamos diciéndonos: “En otra ocasión”.

20 de septiembre de 2007

Puestas de sol


Una y otra vez vengo a este lugar, una y otra vez intento fotografíar esa sensación que me embarga a la puesta del sol frente a un mar palpitante. Entre fotograma y fotograma trato de retener esa emoción profunda hecha de contemplación, belleza y soledad que me brota desde algún lugar del alma, se fija en mi garganta y me hace enmudecer. Los pies me pesan como plomo. Hasta que la última brizna rojiza de luz no ha desaparecido definitivamente del firmamento, hasta que el espejo del mar no ha apagado su último titubeante y fugaz reflejo, no soy capaz de separarme de la orilla. Luego, me apresuro a casa, conecto la cámara a mi portátil y tembloroso transfiero cada imagen con la secreta esperanza de haber apresado eso que hace un rato sentí allí, a orilla del mar.


Algunas fotografías son bellas, o al menos, así lo comentan mis amigos, pero una vez más me decepcionan. Son reales, hay color, hay profundidad, hay luz, pero en ninguna encuentro lo que intento apresar, esa emoción, esa ansiedad, esa nostalgia, ese sordo dolor están ausentes.

Lo intentaré mañana otra vez, y la próxima vez que vuelva a orilla del mar y siempre. Las fotografías se irán acumulando en mi ordenador y sólo me queda esperar que un día, a fuerza de mirarlas una y otra vez, de repente, salte una chispa de luz y vuelva a sentir lejos de allí, lo que hoy sentí y le pueda dar un nombre que me sirva de talismán cuando ante mis pies, se abra el abismo de la soledad.

18 de septiembre de 2007

Un taxi en el Caribe



Siempre me ha gustado hablar con los taxistas que llevan mi soledad y mis maletas entre hoteles inhóspitos y aeropuertos congestionados.


Este, viejo lobo de la carretera, sicólogo de la vida y artífice de mil aventuras me devolvía desde el areopuerto de Maiquetía a un hotel de La Guaira en un Buick de los años sesenta, todo él un lastimero quejido, pero que, valientemente, sorteando tráfico, baches y peatones me fue acercando al hotel.

Bastó una palabra para prender la chispa de la conversación: Yo iba a Bogotá y el era Colombiano, aunque residente en Venezuela desde hacía más de veinte años, lo que fue llevando la conversación hacia la profunda nostalgia que sentía por su país, su Cartagena natal y sus fiestas, sus mujeres y su alegría,. pero, a la que nunca, nunca más había regresado....
Estaba casado con una Venezolana por necesidad, lo que provocó creo que intencionadamente, la pregunta que estaba esperando para iniciar su explicación:
- Yo era entonces un joven balarrasa de veinte años, al quien nada se le ponía por delante. Ayudaba a papá en su Empresa de construcción con obras de carretera importantes que yo supervisaba por todo el país.

- Estaba prometido a la hija de una de las familias de mayor solera y renombre de Colombia. La fecha de la boda y había sido fijada para el día 25 de Diciembre y los papás de Soledad, ya habían dotado a la Iglesia del Carmen de Pasto con un reclinatorio recamado de oro en el que nos arrodillaríamos para recibir la bendición de nuestro matrimonio.


- Pocos días antes, sin embargo la fatalidad se cruzó en mi camino. En una calle de la ciudad de Cali me topé con una chiquilla y sus dos hermanas que, me contaron, habían sido expulsadas de casa por su padre borracho. Deambulaban sin rumbo hasta que a su papá se le pasara la borrachera. Movido por un sentimiento de compañerismo y solidaridad las invité a que cenaran conmigo y a que se quedaran en el hotel hasta la mañana siguiente. Solo entonces me di cuenta de que bajo las ropas de la mayor ya asomaban tentadoras promesas.


- Ay mijito ! no se si fue la sangre, si fue el alcohol o si fue mi destino. Empecé con la mayor y creo que si no llega a ser por las veces que se dejó, hubiera hecho el amor con las tres. Fue tal mi reconocimiento y mi satisfacción que antes de irme saqué mi foto de la cartera y se la dediqué diciendo : "Toma, mi amor, para que nunca me olvides".


A las pocas semanas, llegaba de regreso a Cali. Me sorprendió encontrarme a la entrada de la ciudad con Rosario, uno de los empleados más antiguos de mi papá.
- ¿ Qué ocurre Rosario, cómo estás aqui como de espera ...
- Patroncito, de espera estoy pa' que no le maten.
- Pues, y quién o por qué me iban a matar ?
- Por qué yo no lo se patrón, pero quién lo ha mandado todos lo saben. Que no hay en Cali naide que no sepa que Sergio Dávila, el pistolero oficial del gobierno, ha mandado a su gente a Cali pa' matarlo.


Sin detenerme en Cali regresé hacia Medellín pero una vez allí, nuevamente amigos de la familia me previnieron que el pistolero Dávila me buscaba para matarme. Entre tanto averigüé que el tal Dávila, era un borracho empedernido jefe de una banda de pistoleros a sueldo, que vivía en la ciudad y era conocida por los disgustos que daba a su mujer y a sus tres hijitas. Mencionar Cali y acodarme de las tres hermanitas fue una misma cosa. Ahora ya sabía por qué me buscaba ese hiputa. Soledad había contado a ese padre mal nacido de su noche conmigo y ahora la foto dedicada, a quien le estaba sirviendo para acordarse siempre de mi era a su temible padre.


Mi boda era unos días más tarde. Tuve a penas tiempo de despedirme de la que ya nunca más iba a ser mi esposa. Si quería conservar la vida tenía que poner tierra por medio. Crucé la frontera con Venezuela y aquí estoy desde entonces, casado con una Venezolana que poco a poco me fue haciendo olvidar a mi Soledad. Lo que no ha logrado aún es que me haga fotografiar. Por eso no me he hecho un pasaporte, y por eso aún después de 30 años sigo sin regresar a Colombia.

Romero Sólo


Ser en la vida
romero,
romero sólo que cruza
siempre por caminos nuevos
ser en la vida
romero,
sin más oficio, sin otro nombre
y sin pueblo...
ser en la vida
romero... romero... sólo romero.
Que no hagan callo las cosas
ni en el alma ni en el cuerpo...
pasar por todo una vez,
una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero.


Que no se acostumbre el pie
a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa,
ni la losa de los templos,
para que nunca recemos
como el sacristán
los rezos,
ni como el cómico
viejo
digamos los versos.


La mano ociosa es quién tiene
más fino el tacto en los dedos,
decía Hamlet a Horacio,
viendo
cómo cavaba una fosa
y cantaba al mismo tiempo
un
sepulturero.
- No
sabiendo
los oficios
los haremos
con respeto-.
Para enterrara los muertos como debemos
cualquiera sirve, cualquiera...
menos un sepulturero.
Un día todos sabemos hacer justicia;
tan bien como el rey hebreo,
la hizo
Sancho el escudero
y el villano
Pedro Crespo...
Que no hagan callo las cosas
ni en el alma ni en el cuerpo...
pasar por todo una vez,
una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero.

Sensibles
a todo viento
y bajo
todos los cielos,
Poetas,
nunca cantemos
la vida
de un mismo pueblo,
ni la flor
de un solo huerto...
Que sean todos
los pueblos
y todos
los huertos nuestros.

León Felipe

17 de septiembre de 2007

Una cena memorable


Si vienes a Moscú, ven dispuesto a dejarte sorprender, y disfrutar con todos los sentidos el momento, el cambiante clima, el sol entre nubes, la lluvia, los charcos y el apacible fluir de tiempo con las aguas embarradas del Moscoba. Algo así hice anoche. Fui invitado, junto con otros compañeros, a un restaurante ruso cerca de la Calle Arbat. Se trata del Restaurante Club del Centro de Escritores Ilustres.

Un edificio gris de apariencia clásica y austera, esconde en su interior un lujoso palacio cuyo salón principal que ocupa las dos alturas del edificio, ha sido transformado en restaurante. Al salón, asoman desde la parte superior arcadas y balcones de aspecto veneciano. En uno de los costados, un fuego encendido crepita en la chimenea. Por encima, en uno de los recodos de la escalera de madera labrada que conduce a la galería, un templete acomoda a un quinteto de jóvenes concertistas que nos deleitan con música de Schubert, Mozart y Brahms. Una magnífica tapicería suspendida de la pared enmarca sus esbeltas siluetas. Las mesas, pocas y de variadas formas y tamaños están vestidas con gruesos manteles de color burdeos a juego con el brocado de las paredes. Los candelabros que las adornan hacen guiños a las lámparas de cristal piedra diseminadas por la sala y a la inmensa lámpara de cristal suspendida del techo que según nos comentan fue regalo de Lenin a la institución y que originalmente destinada a una de las renombradas estaciones del Metro de Moscú.

En un marco semejante, al calor de las llamas vivas cercanas, acariciados por los alegres y conocidos fragmentos musicales, relajados por la agradable y reconfortante compañía y por el vasito de vodka inicial, la cena no podía ser sino un regalo para el paladar.

Un enguantado y discretísimo servicio de camareros, fue atendiendo nuestra difícil elección dada la abultada lista de platos de nombres a cada cual más insinuante. Por mi parte, después de un aperitivo de zumo de pomelo, tomé de primero una sencilla ensalada verde de tomate, pepinos y pimientos, seguida de un plato de raviolis negros a la salsa de calamar y rellenos de carne de cordero. De postre un hojaldre de manzana asada a punto de caramelo, y un refrescante té de jazmín. No es fácil describir sabores, y menos el placer de un plato bien preparado, pero la satisfacción de todos nosotros, cualquiera que fuera su elección, el vino de Burdeos cuidadosamente elegido por nuestro anfitrión y sobre todo el incomparable marco y acompañamiento musical de la cena harán de ésta una de esas experiencias difíciles de olvidar.

No era la primera vez que cenaba bien en Moscú, de hecho cada año surgen nuevos restaurantes, tradicionales unos, sofisticados otros, ruidosos y de copiosa comida la mayoría; pero en esta ocasión, el marco bellísimo, la delicadeza de los platos, el ambiente musical clásico y el recuerdos de los escritores ilustres y desconocidos que un día se sentaron en algún lugar de esa misma sala para emborronar las cuartillas que les harían célebres me emocionó particularmente. Mi hambriento sentido estético salió saciado, mi estómago por el contrario se sintió satisfecho sin pesadez y mi espíritu eufórico sin alboroto.

Lo que el amor no cuenta


LO QUE EL AMOR NO CUENTA
Novela
Anita Shreve
Planeta Internacional 2003
Título original: The last time they met 2001
Traducido del inglés por Gerardo di Masso
314 páginas


Anita Shreve ha dado clases en Amberst College y ha recibido el Premio PEN/L.L.Winship, así como el de Nueva Inglaterra por su obra de ficción. Vive en el oeste de Massachussets. La mujer del piloto, la ha catapultado al éxito internacional y se ha publicado en once países. La segunda novela Olimpia, fue seleccionada por el Publishers Weekly como una de las quince mejores novelas de 1999. Por su parte El peso del agua fue finalista del prestigioso Orange Prize.

Una fascinante novela acerca del amor, el perdón y las oportunidades perdidas. Un texto que marcará profundamente a toda persona que alguna vez haya amado con desesperación.

En un encuentro literario Linda Fallon coincide, después de muchos años, con el poeta Thomas Janes, cuya fama ha crecido tras una década de estar apartado de la luz pública. Pero éste no es un encuentro marcado por el azar. Thomas escoge deliberadamente ese momento para restablecer el contacto con la mujer a quien amó apasionadamente hace mucho tiempo. Sin embargo, su aventura amorosa resultó desastrosa para ambos; el daño causado por la relación que mantuvieron en aquellos lejanos días aún los persigue.

Lo que el amor no cuenta retrocede entonces en el tiempo para adentrarse en la relación de estos dos amanes en diferentes momentos. En esta historia inolvidable, Anita Shreve examina las extraordinarias consecuencias que una única elección, incluso una sola palabra puede tener en el curso de una vida.


Generalmente cuando leo una novela de amor trato de engañarme con motivaciones más presentables que el mero entretenimiento. Esta novela, además de entretenerme me ha dejado impresionado tanto por su magnífica trama y el perfecto dominio del tiempo del relato que pasa con asombrosa facilidad del presente a la época en que ambos protagonistas eran unos adolescentes abriéndose al amor, para volver al presente de nuevo y otra vez a la segunda oportunidad que tuvieron de ser felices en un lugar tan remoto como Kenia.

Si pudiéramos ver en un espejo las consecuencias de una despedida, de un adiós, cuántas veces dudaríamos antes de atrevernos a pronunciarlas. Un equívoco separa a los dos adolescentes después de una tierna relación de juventud.... El destino les concede una segunda oportunidad, pero para entonces ambos están viviendo en pareja con otras personas. El amor de la adolescencia está ahí, entero, inacabable, el deseo de volver a anudar sus vidas también, pero entonces surge la culpa, el sentido de la responsabilidad y todos los planes se desbaratan como un castillo de cartas.

Justamente me parece a mí, esa es la realidad de la vida. Las películas, algunas novelas se empeñan en enseñarnos que la pasión arrasa y puede con todo. En mi opinión se trata solamente de una argucia cinematográfica. Con el corazón destrozado, rotos espiritualmente y sentimentalmente vemos cómo en la vida real, a veces, tenemos que decir no, tenemos que ahogar en un sollozo íntimo el deseo de correr detrás de la persona que se cruzó en nuestro camino y nos hizo sentir que podríamos ser por fin felices. Ante nuestros ojos se impuso la realidad. El compromiso contraído, la obligación de velar por unos hijos o por una esposa que viven ajenos a nuestro drama y que quedarían mortalmente heridos por nuestra deserción nos ciernen como poderosas lianas y nos obligan a renunciar a lo que el corazón, el sentido común, o la pasión nos invitan a seguir.

En el caso de la presente novela hay una tercera ocasión, pero claro, se trata justamente de una novela.... En la vida real ¿quién se ha visto agraciado con tanta oportunidad?


16 de septiembre de 2007

Carta abierta a un hijo de 24 años





Querido hijo,
Cumples mañana los veinticuatro años, y lo normal es que te escriba una postal deseándote todo lo que un padre puede desear para un hijo: salud, suerte, felicidad, buenos amigos, un buen trabajo ....


Pero esta vez, por eso de la distancia, de la vena un poco filosófica que me ronda, de la proximidad de tus exámenes y de todas las conversaciones que tantas veces ambos hubiésemos querido tener y no hemos tenido, esta vez digo, voy a hacerte partícipe de algunas de mis reflexiones sobre la dicotomía que existe en nuestra naturaleza y las fuerzas contradictorias que anidan en nuestra mente.

Desde el primer momento de la aparición del hombre sobre la tierra, surgieron las tensiones entre el hombre nómada y pastoril y el hombre sedentario y agrícola . Como no podía ser menos, hemos heredado de esos primeros antepasados la doble tendencia: nos gusta la aventura, y nos gusta la tradición y la estabilidad, queremos la modernidad, lo desconocido, lo siempre nuevo, pero queremos también la seguridad, los valores inmutables. Nos gusta salir a descubrir el mundo, pero al mismo tiempo anhelamos un puerto al que llegar.

No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero creo que todos participamos en alguna medida de esas dos tendencias. Somos a la vez interrogación y respuesta, atacantes y defensores, Ying y Yang . Esta dualidad vital que nos persigue en muchos otros aspectos de nuestra vida: mente y espíritu, actividad y descanso, realidad y deseo, sueño y vigilia, coraje y cautela, imaginación y sentido común, no puede ser mera casualidad. Y es que cuando analizamos nuestros actos y nuestros anhelos, nuestros logros y nuestros fracasos, nos damos cuenta que la diferencia está en los excesos, en cualquier sentido.

Un culto excesivo a la aventura, lo alocentríco, la acción, nos vacía por dentro, y aunque nuestra actividad y nuestra vida brillen y tengan “glamour”, nos sentimos faltos de contenido, huecos, expuestos a cualquier temporal, víctimas de las crisis, de los reveses y de los imprevistos.

Por el contrario, nuestra abusiva concentración en lo tangible, lo sólido y concreto, el tener, la introspección, el realismo la vida interior y lo tangible, corta las alas a nuestros sueños, coarta nuestras posibilidades y aborta la concreción de nuestras legítimas ambiciones.

Como tantas veces, la medida justa, el equilibrio predicado por los Griegos, la serenidad, parecen ser la receta para nuestros excesos, del signo que sean y la tolerancia el mejor remedio para los de los demás.

Cada vez me siento menos capacitado para predicar o dar consejos. Mi vida no es ejemplar por lo que difícilmente podría yo erigirme en modelo de nada. Sólo unos años más de experiencia me permiten la impunidad de esta reflexión que quizá en algún momento te ayuden a explicar por qué tú mismo o las personas con las que tratas te parecen tan contradictorias.
Feliz cumpleaños