1 de mayo de 2009

Lucien Freud: Retrato de la Reina Isabel II

Retrato de Isabel II
2001 Óleo sobre lienzo 6 x 9 inch.

Lucien Freud, nació en 1922. Era el segundo hijo de Ernst Freud un arquitecto que, cuando era estudiante, había trabajado como artista con un estilo derivado de la Secesión de Viena. Ernst era a su vez el benjamín de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

Freud suele trabajar en todo momento en al menos un retrato de cabeza o medio busto. Retrató a su hijo Fred de bebé – una asombrosa interpretación de la fuerza y agitación que pueden emanar incluso de un bebé dormido – y retrató a la reina Isabel II. Retrató a viejos amigos como el escritor Francis Wyndham y el secretario de la reina Robert Fellowes. Pintó a novias y nietos. Pintó a su hermano Stephen, a su amigo y ayudante David Dawson, a sus distintas hijas y a su marchante William Acquavella. Ninguno de estos retratos difiere en lo fundamental de las otras obras de Freud. Las enfocó de la misma manera, con el mismo cuidado por los detalles, con el mismo rechazo de toda idealización. Pero vistas por separado, no cabe duda de que forman parte de los retratos más destacados de la Historia del Arte. Superficialmente pueden parecer tradicionales, pero expresan una conmoción que la familiaridad no logra atemperar. Resulta difícil de explicar. Sin duda tiene que ver con la forma en que Freud maneja la pintura. Pero también reflejan su determinación por tratar con paciencia y consideración a cada uno de sus modelos de forma individual. Siempre consigue comunicar la masa y el peso de cada cabeza y algo más: algo que tiene que ver con el tremendo esfuerzo que implica sencillamente ser y que ese cráneo, esos ojos, esa boca, y esa carne (todo ellos invisible para uno mismo) actúen como máximo representante de uno mismo.

27 de abril de 2009

Al César lo que es del César

Estos últimos días he oído invectivas por parte de los representantes de la Iglesia Católica a propósito de los ensayos con células madre, que me han dejado sorprendido.

Parece como si nuestra Jerarquía eclesiástica no hubiera aprendido, siglos ha, de sus errores al enjuiciar las teorías de Galileo. Siempre que los representantes de la Iglesia traspasan la esfera de lo puramente religioso corren el riesgo de opinar sobre materias que no son de su incumbencia, del mismo modo que los científicos traspasan los límites que les son propios cada vez que desde la razón intentan explicar el hecho religioso o la trascendencia.

La laicidad no ha logrado todavía asentarse de manera estable en la vida social y cultural de nuestro país. España, país de extremos, tiende siempre a situarse en polos diametralmente opuestos: o bien defiende con la cruz y la espada la religión a la fuerza en cualquier estamento de la sociedad, o bien imbuida de un laicismo trasnochado, pretende borrar de nuestro entorno todos los vestigios religiosos que perduran no sólo en nuestra cultura y nuestra historia, sino también y más ostensiblemente, en nuestro patrimonio artístico y arquitectónico. No podemos pretender que todas las aulas de nuestros colegios estén presididas por un crucifijo, como antiguamente lo estaban por los retratos de Franco y de José Antonio; pero tampoco parece de recibo pretender eliminar de la enseñanza toda referencia al cristianismo so pretexto de laicidad y de neutralidad. Más allá de las doctrinas y las creencias, el cristianismo es un factor tan fundamental en nuestra cultura que pretender ignorarlo es sencillamente una incongruencia.

Como explica Claudio Magris en su reciente Libro “La historia no ha terminado, “laico no significa de ninguna manera, como a menudo impropiamente se dice e ignorantemente se presupone, lo contrario de “católico” y no alude, de por sí, ni a un creyente ni a un agnóstico o a un ateo. La laicidad no es un contenido filosófico, sino un ámbito mental, la capacidad de distinguir lo que es demostrable racionalmente de lo que en cambio es objeto de fe – sin tener en cuenta la adhesión o falta de adhesión a tal fe – y de distinguir las esferas y los ámbitos de las distintas competencias, por ejemplo la de la Iglesia y las del Estado, lo que – precisamente según el dicho evangélico – hay que dar a Dios y lo que hay que dar al César”

Opino que la laicidad es una actitud de doble dirección. Debemos ser capaces de de comprometernos, de mantener nuestras ideas, de actuar conforme a criterios de justicia o de racionalidad, con total independencia de lo que opinen o hagan los demás, pero debemos admitir que otras personas puedan opinar y actuar con criterios diferentes.

Llama la atención que reclamemos la libertad de opinión universal y admitamos de buen grado la pluralidad de opiniones a nivel político y sindical y sin embargo nos llevemos las manos a la cabeza cada vez que un sacerdote o un obispo expresa su parecer a la luz de sus convicciones religiosas.

En resumen, laico es quien sabe aceptar una idea sin someterse a ella, quien mantiene su independencia crítica, quien no necesita idolatrar sus convicciones ni denostar las creencias de los demás para justificarse a sí mismo y sentirse mejor.

21 de abril de 2009

Blues de las preguntas


Hace tiempo que estoy entristecido
porque mis palabras no entran en tu corazón.
Muchos días estoy entristecido
porque tu silencio entra en mi corazón.

Hay veces que estoy triste a tu lado
porque tú solo me amas con amor.
Muchos días estoy triste a tu lado
porque tú no me amas con amistad.

Todos los hombre aman mucho la libertad.
¿Sabes tú lo que es vivir ante una puerta cerrada?
Yo amo la libertad y te amo a ti.
¿Sabes tú lo que es vivir ante un rostro cerrado?
Antonio Gamoneda
Blues Castellano

14 de abril de 2009

Lotos en el Klong


Una franja de luz se filtra a través de la persiana veneciana e ilumina el cabecero de una cama blanca..Se oyen murmullos, cuchicheos de los que entresaco palabras sueltas…el río…calor... delira. No entiendo nada. Floto en una nube de algodón, cierro los ojos, quiero dormir. No sé cuántas horas ¿o fueron días? transcurrieron desde ese primer atisbo de luz. Voces cada vez más apremiantes me obligan a abrir los ojos, me escrutan, parecen interrogarme, pero sigo en mi nube, algodonosa, insonora. Alguna imagen inconexa intenta filtrarse en mi conciencia: Wong Duang, la piragua, la cena, el queso ¿cuánto tiempo hacía que no lo probaba? Una imagen blanca, con cofia, se inclina hacia mí. Si estuviera en un hospital sería una enfermera. ¿Pero dónde estoy? Habla con alguien, le llama doctor. Entonces, … la cama blanca, el uniforme, el doctor… estoy en un hospital. ¿Qué me ha ocurrido?

Con un enorme esfuerzo abro los ojos cuanto puedo. De inmediato la conversación entre los dos desconocidos cesa. Me están mirando.
- “Nai Samianto ..Nai Samianto…”
Me llaman. ¿Por qué los tailandeses nunca pronuncian bien mi apellido? ¿Por qué no me llaman Fred, como todos los del pueblo? ¿Dónde está Phrapaiphak? Me duele la cabeza, mi lengua, mis labios se niegan a articular mis preguntas. Mis ojos deben expresar angustia, porque una mano fina, de dedos largos y frescos, me acaricia la frente. Ahora sí, ahora distingo las palabras. Las cantarinas frases tailandesas quieren tranquilizarme…

- Clap ma leo “Ya ha vuelto en sí…”

Estoy en un hospital. Por el acento, diría que el médico es francés aunque chapurrea alguna frase en tailandés. Es mayor, huele a tabaco de pipa y a whisky escocés. Cada día que pasa le noto menos ceñudo y a las enfermeras más sonrientes. La enfermera que me toma la temperatura me sonríe con timidez. Las auxiliares parece que la toman el pelo. Al final, una de ellas me cuenta que me han operado in extremis una peritonitis aguda, que he estado delirando varios días, que todo mi afán era abrazar a la joven enfermera Surini, y que al día siguiente de la operación llegó al hospital un Nak buat, un sacerdote joven, interesándose por mi, y que según decían debía estar en su pueblo en plena jungla cuando sobrevino el desastre.

La nube algodonosa se deshace. Empiezo a recordar. Era la época de Thêt, el año nuevo chino, y aunque estaba mal visto por las autoridades tailandesas, en el colegio, de mayoría china, nos habían dado vacaciones. Phrapaiphak y yo estábamos aprendiendo a vivir ausentes. Era muy duro en la ciudad, en nuestro Soy, la calle donde vivíamos, todo me la recordaba. El Père Guillaume, de los Padres Blancos, me había invitado a pasar el Thêt con él en una aldea de palafitos en uno de los klong o afluentes del Mekong. Además de la iglesia, y el dispensario dirigía un pequeño colegio al que acudían los niños del río después de sus clases en una escuela nacional en la que casi siempre faltaba el maestro. Mi amigo Guillaume quería mejorar el acento de la joven Wong Duang que enseñaba inglés y de paso, esperaba, que este cambio me ayudaría a olvidar.

La única forma de llegar al poblado era a través del río. Largas piraguas con un pequeño motor fuera borda del que sobresalía un largo vástago rematado en hélice, hacía las veces de propulsor y de timón. El embarcadero, mercado, y punto de encuentro con los habitantes de la carretera estaba aproximadamente a dos horas río abajo y algo menos cuando se hacía el camino inverso. En esas dos horas había retrocedido varios lustros en la civilización. Casuchas de madera de una sola pieza clavadas sobre largos postes a orillas del canal, pasarelas de bambú entre las casas, una o varias piraguas con y sin motor amarradas a los pilares de las casas, fango en las orillas y debajo de las casas, y picoteado o revolcándose en él, algún cerdo negro, unas gallinas y algún gallo desplumado que había sobrevivido mil peleas. En el agua niños bañándose, buceando, jugando o quietos como budas sentados en la veranda, esperando el menor movimiento de la caña que sostienen entre las piernas. En la parte alta de la aldea, formando un cuadrilátero, la escuela, la wat con sus stupas y los pabellones de los monjes, la casa comunal, y en una esquina, un poco retirada, la iglesia, el dispensario y el colegio católico. Mi amigo me espera en la pequeña plataforma que sirve de embarcadero a las lanchas que suben y bajan por el río cargadas de mercancías o de viajeros. Me enseña su casa: una amplia sala con una mesa y seis sillas en una esquina, armarios con medicamentos, estanterías de libros, cajas de herramientas, y en un baúl, enrolladas las esteras que nos servirán de cama por la noche. Un pequeño generador enciende la única bombilla de la estancia que según me comenta está abierta a todos, cristianos o budistas durante todas las horas del día.

Una familia amiga nos trae la comida apilada en fiambreras superpuestas: arroz cocido que sirve siempre de acompañamiento, verduras salteadas y muy variadas, y algún plato de pescado, pato o pollo; fruta en abundancia, y, como pequeña condescendencia a nuestros gustos occidentales, café cortado con un poquito de leche condensada. Por la noche, tumbados en nuestras esteras, contemplamos el reflejo plateado de la luna sobre las tranquilas aguas del río y charlamos de todo lo humano y lo divino. Le pregunto a bocajarro cómo aguanta la soledad, cuál es su tentación más fuerte. Me confiesa que la soledad hace estragos entre sus colegas. De la soledad al alcoholismo sólo hay un paso.

Los días son apacibles. Doy mis clases de inglés y la profesora, Wong Duang, rápidamente se adjudica el derecho de tutela. Me presenta a sus padres, me invitan a cenar en su casa, y me debato entre la obligada cortesía oriental y el miedo a hacer creer a la muchacha en algo que en estos momentos no me pasa por la imaginación. Me baño en el río con ella y con sus hermanas, me dejo enseñar palabras y costumbres que ya conozco, buscamos flores de loto y en general disfrutamos como chiquillos. Las vacaciones están a punto de terminar y Guillaume ha invitado a cenar al sacerdote de una aldea vecina que acaba de regresar de Francia y aporta al banquete una buena botella de vino francés y un grueso trozo de queso. Comemos, reímos, bebemos y sobre todo mezclamos en nuestra conversación anhelos y sueños de futuro con nostalgias de nuestro común pasado en Francia.

Al poco de acostarnos empiezo a sentir fuertes dolores de vientre que achaco de forma automática al queso. Llevo casi seis años sin probarlo, qué duda cabe, mi estómago ya no está habituado. Me levanto y voy al botiquín en busca de sales de frutas. Los dolores aumentan y me veo obligado a despertar a los amigos. Probamos varios remedios pero los dolores no remiten. Preocupado, Guillaume me ofrece su última alternativa: el botiquín de remedios chinos. El jarabe que tomo cae en mi estómago como vinagre en una llaga, pero los retortijones siguen aumentando. Pese a la vergüenza no puedo evitar gemir y quejarme. Tan pronto amanece mis amigos toman la única decisión posible: hay que trasladarme de urgencia a un hospital en la capital. El viaje río abajo hasta el embarcadero a pie de la primera carretera se hace eterno. La piragua no tiene toldo, y el sol atraviesa la ropa y abrasa mi vientre. A la inevitable tortura del sol se añade ahora el traqueteo por carreteras imposibles del taxi desvencijado que me lleva a la ciudad. Eran las diez de la mañana cuando salimos de la aldea de Lampang, sólo llego a la clínica Saint Louis en Bangkok a las cinco de la tarde. Me preparan de urgencia y entro en quirófano de inmediato. El apéndice ha reventado y el riesgo de infección en estos climas calurosos y de medios precarios es casi inevitable. Se declara una peritonitis, la fiebre se dispara, deliro, paso por largos ratos de inconsciencia, y nadie, nadie está a mi lado en esos momentos. Confundo a la enfermera con mi novia, quiero abrazarla, pedirle perdón y Surini, silenciosa y sonriente me acaricia y me susurra palabras dulces. Sabe lo solo que estoy y la imposibilidad de alertar a parientes o amigos. Cuando finalmente vuelvo de dondequiera que estuviese, el viejo doctor viene a felicitarme y a felicitarse. Estoy fuera de peligro aunque la recuperación será lenta y debo permanecer en la clínica en observación. So pretexto de cuidarme Wong Duang viene a Bangkok a casa de un familiar. No es fácil explicarle - sin herirla - que la decisión está tomada. Al finalizar el curso volveré a Europa. Mi aventura en Tailandia ha terminado. Más profunda y más dolorosa que la cualquier cicatriz quirúrgica, siento la herida de un amor destrozado por una guerra que no nos concernía pero asfixió nuestros anhelos de una vida sencilla y tailandesa.

Luis Leante: La Luna Roja


LA LUNA ROJA
Novela
Luis Leante
Alfaguara 2009
393 páginas

Hace unos días que terminé la lectura de esta impactante novela de Luis Leante y desde entonces me he sentido impulsado a escribir una reseña que no destruya el nudo central de la trama y al mismo tiempo refleje toda la complejidad, variedad de registros,
y arquitectura novelística de este joven escritor que ya me había sorprendido con su novela anterior: “Mira si yo te querré”.

Lo cierto es que el título es por sí mismo significativo y la portada que presenta la Editorial Alfaguara, con ese velo extendido frente a un anochecer oriental, sugiere un mundo de misterio, de colores, olores y sabores de las Mil y una noches. Nada más alejado de la realidad. El estilo narrativo de Luis Leante es sobrio, despojado de excesivas fiorituras. Las palabras, bien elegidas, no se recrean en los atardeceres del Bósforo sino que escudriñan los recovecos del alma de sus personajes, y una y otra vez, como pinceladas de un barniz aplicado con mimo, indagan, analizan y explican sus sentimientos.

El libro se lee como una novela de espionaje o intriga, aunque no haya investigación policial, pero se trata sobre todo de una metanovela en la que se entretejen de manera sorprendente la vida de un escritor turco, y la de su traductor español al tiempo que se desarrolla la obra de creación literaria, es decir la propia novela convertida de algún modo en personaje importante de este enigma. Desde mi punto de vista, este es uno de los méritos más sobresalientes autor: haber sabido combinar en un paralelismo especular las vivencias del joven escritor turco, y la educación estrambótica y multicultural del traductor por una parte, y por otra, la descripción minuciosa y profunda del reencuentro treinta años más tarde, que el escritor traductor hace con su pasado, con las heridas mal cerradas, y con la misteriosa muerte del melancólico y enfermizo escritor turco.

El cambio de tiempo verbal y de narrador nos ayudan en la lectura, progresivamente nos vamos introduciendo en la trama, y nos damos cuenta que el traductor se convierte a su vez no sólo en novelista y narrador de la historia, sino también en personaje de la novela arrastrándonos a nosotros en esa búsqueda de la realidad.

Como el propio Luis Leante dice de esta novela pretendidamente de intriga, pero con trasfondo literario y ambientación turca “René el traductor, y Emil Kemal, el escritor, inevitablemente, han de tener cosas mías, pero repartidas entre los dos. Son personajes que se separan y se juntan a pesar de sus diferencias culturales, y que también presentan muchos aspectos de otros autores y de otras ideas que tengo sobre el mundo y la Literatura”

A la manera de esas olas que allá en fondo del océano parecen diminutos rizos y poco a poco van cogiendo amplitud y fuerza hasta convertirse en una ola gigante, así, esta novela, nos introduce tímidamente, casi a trompicones en una historia que como un remolino nos va arrastrando cada vez con más fuerza dentro de la historia para culminar en las últimas, y a mi entender más logradas páginas, en el reencuentro nostálgico y fallido del traductor maduro, con un amor de juventud que dejó marchar sin mirar atrás, como quien deja escurrir agua entre los dedos.

8 de abril de 2009

Slumdog Millionaire

SLUMDOG MILLIONAIRE
Reino Unido 2008
Dirigida por Danny Boyle
duración 120 minutos
Drama

Acabo de devolver a la biblioteca sin leer el libro de Wikas Swarup ¿Quién quiere ser millonario? En efecto, después de haber visto la película me doy cuenta de que el guionista Simon Beaufoy ha exprimido como un limón la idea original del novelista y ha sabido trenzarla en una historia trepidante que nos repele y atrae a un tiempo, mezcla del más crudo realismo con la luz, la música y el ritmo del más auténtico cine de Bollywood (la meca del cine de la India).

Tuve la suerte, hace muchísimos años, de visitar Bombay y aunque desde entonces ha cambiado el antiguo nombre colonial por del Mumbay, nada ha cambiado ni en la miseria, la lucha por la supervivencia, la algarabía ni tampoco en el colorido, la alegría y las desbordantes ganas de vivir de sus gentes.

Precisamente uno de los méritos de Danny Boyle ha sido el combinar estos elementos y entretejer con ellos la vida de un muchacho, Jamal Malik, que participa en la versión india del concurso televisivo “¿Quién quiere ser millonario? y tiene la obsesiva idea de conquistar el amor de Malika joven huérfana que desde niña participó con él y con su hermano en su increíble lucha por sobrevivir.

La incomprensible exactitud de sus respuestas, le hace sospechoso de fraude y en una comisaría es interrogado bajo tortura lo que le hace recordar momentos de su niñez que son la clave de sus respuestas y que el director aprovecha para en una especie de breves “flashbacks” hacernos ver, sin regodearse, la miseria, la crueldad, los peligros de ese submundo en el que ha transcurrido vida de Jamal y de su hermano.

Es el contraste entre el concurso multitudinario con sus luces, su música, sus oropeles, su histrionismo, y el ambiente de pobreza y de degradación lo que hace la película soportable. Contribuye a ello el exotismo, incluyendo parte de los diálogos en hindi, el ritmo, el color, y sobre todo la música, esa mezcla de música pop de los setenta con ritmos inconfundiblemente hindúes.

Resumiendo, más que con la historia, me quedo con la puesta, en escena, el humor controlado, el ritmo, el color, la música, en particular con la de la última escena en la estación, las tomas de cámara desde ángulos absolutamente inverosímiles, en una palabra, más que con lo que cuenta, me quedo con la manera en que está contado.

26 de marzo de 2009

Desconocido en ti


Yo estaré en tu pensamiento, no seré más que una sombra
imprecisa;

Habré existido un instante en que la alegría y la piedad
ardían en tus ojos.

Pero también, quiero permanecer desconocido en ti.

Desconocido. Simplemente envuelto en tu felicidad.

Tú distraída en tu luz y yo apenas viviente en ella
y así imperceptiblemente amado, esperar la desaparición.

Aunque quizá estamos ya separados por un hilo de sombra
y cada uno está en su propia luz

y la mía es la que tú vas abandonando.

Antonio Gamoneda
De Cecilia

23 de marzo de 2009

El eco de tu voz


Cuando mencionamos la palabra ECO automáticamente nos imaginamos caminando por un desfiladero y lanzando llamadas que se estrellan contra las rocas y regresan a nosotros con una miseriosa reverberación. Recordamos también que la mitología se apoderó del fenómeno para explicar cómo Hera fue engañada por Zeus utilizando la voz de una oréada o Ninfa de la Montaña.

Pero no trato aquí de hablar de Eco como figura mitológica ni como fenómeno físico, sino del eco como arte de saber escuchar. Creo que escuchar es algo que nos cuesta mucho a todos. Oímos, escuchamos de pasada, pero no ejercemos la escucha atenta, la escucha que anima y ayuda a clarificar ideas. La Eco mitológica fue castigada por Hera a repetir la última palabra de cada frase y desaparecer ... desvanecerse...
Y en eso precisamente consiste la escucha atenta. Tan atenta que acabamos fundiéndonos con nuestro interlocutor, repitiendo su última palabra, para asegurarle que seguimos escuchando, que reformulamos lo que nos dice obligándole así a explicarse y precisar su pensamiento.
Las personas que apreciamos y que nos aprecian, no necesitan generalmente de nuestros consejos y desde luego, cuando los necesitan nos los piden directamente y sin rodeos. Pero lo que siempre necesitan es que les escuchemos.

Unas veces hablan por vanidad, por necesidad de sentirse importantes de justificar su mediocre existencia. Tienen que encontrar a alguien a quien contar sus proezas, sus conquistas, sus logros en el deporte, en la pesca, o en el trabajo. Escuchar con atención en estas ocasiones es una auténtica proeza porque además de aburrirnos sentimos un irreprimible deseo de mandarles a paseo

Otras veces nos buscan porque no tienen claro lo que quieren. Se debaten en una maraña de alternativas y una confusión mental tal, que lo que buscan es aclarar las ideas. No necesitan que acrecentemos su confusión aportando soluciones. Los argumentos están ahí a favor y en contra de su proyecto, pero necesitan verbalizarlos para ordenarlos, priorizarlos y tomar una decisión. Si a caso, en estos casos sólo cabe hacer alguna pregunta aclaratoria sobre sus argumentos, para ayudarles a reformularlos de manera congruente con el caso.

Con frecuencia alguien que confía en nosotros nos habla porque se siente abatido, sin ganas, deprimido, nostálgico y no sabe muy bien por qué. Nuestro error en estos casos es ofrecer recetas como quien dispensa pastillas en una farmacia. Frases como "Lo que tienes que hacer es..." "No pienses en ello..." "Eso son tonterías..." son recurrentes cuando alguien nos está contando sus pequeñas frustraciones o sus desánimos. Necesitamos enormes dosis de empatía para silenciar nuestras recetas, y sobre todo para callar nuestras propias y parecidas congojas. No es el momento de decir: "igual que lo que me pasó a mí cuando... " y lanzarse en una perorata sobre nuestros propios problemas. Sentir empatía supone intentar pensar y sentir con nuestro interlocutor, pero no para suplantarlo sino para entender lo que nos cuenta sintiendo como él siente y con la misma intensidad que él está experimentando. Las palabras de asentimiento, las interjecciones breves que denotan nuestra presencia y nuestra escucha, y breves preguntas aclaratorias, pero nunca indagatorias, son algunas de las reacciones válidas en estos casos. El mejor alago que nos pueden hacer después de haber escuchado en perfecto silencio las confesiones o las angustias de un amigo, es que se despida diciendo : "¡Muchas gracias! No sabes cuánto me han ayudado tus consejos!”

Actuar así, es convertirse en ese anhelado eco que todos buscamos alguna vez y sinceramente a veces, me gustaría encontrar esa peña perfecta en la que se refracten mis pensamientos y mis dudas y me reboten como un límpido eco que me ayude a comprenderme mejor.

17 de marzo de 2009

Richard Yates: Vía Revolucionaria


VIA REVOLUCIONARIA
Novela
Richard Yates
Alfaguara 2008
Título original: Revolutionary Road 1961 y 1989
Traducida del inglés por Luis Murillo Fort
364 páginas

La reciente película de Sam Mendes, protagonizada por Leonardo DiCaprio y Kate Winslett, que ha merecido tres nominaciones a los Oscar 2009, ha puesto nuevamente en el candelero y ha revalorizado la obra de Richard Yates y en particular la novela que ha servido de guión a la película del mismo título y que ya en 1961 fue finalista del prestigioso Nacional Book Award.

Sin embargo, Richard Yates es un escritor desencantado y su novela nos sume en una profunda tristeza. La nueva urbanización en las afueras de Nueva Cork a la que se mudan la joven pareja formada por Frank, April y sus dos hijos, no debería llamarse “Via Revolucionaria” sino “El callejón de los sueños rotos”

Y es que Yates, como pocos escritores de su época ha calado en el desencanto americano de los años sesenta, ha presentido el final del gran sueño americano de la familia feliz, con su casita blanca, el jardín con el césped primorosamente cortado, el cadillac a la puerta y la barbacoa de fin de semana con unos vecinos que intentan aparentar una felicidad de revista, tan vacía, tan insustancial como la suya propia.

La novela describe con implacable, yo diría con inmisericorde realismo cómo los sueños de juventud, la ambición por destacar y ser alguien, los proyectos de futuro con renombre se van diluyendo paulatinamente en la rutina, la mediocridad del día a día, el conformismo o el acechante brillo de un posible ascenso, de unas rutilantes monedas.

April, la esposa ha creído que podría llegar a ser una gran actriz pero su estrepitoso fracaso en una obra de aficionados acaba por revelarle sus limitaciones. Frustrada, descontenta consigo mismo y con el ambiente vulgar que la rodea se vuelca entonces en hacer que su marido Frank llegue a ser el escritor famoso que juntos vislumbraron cuando aún vivían de sus sueños en un mísero apartamento de Brooklyn. Para ello nada mejor que salir de el ambiente que les rodea, viajar a Paris, mítico lugar donde parecen gestarse los grandes movimientos filosóficos o literarios. No importa que su marido no sepa francés, no importa que los niños no estén muy entusiasmados con el proyecto. Irán a Paris, ella se pondrá a trabajar y dejará que su marido se encuentre a sí mismo y por fin encuentre la inspiración perdida.

Sin embargo, el rutinario, casi canallesco ambiente de trabajo de Frank ha ido limando una a una todas sus ambiciones. Ya no es más que un títere que se deja arrastrar por los compañeros de trabajo borrachines y desnortados, que se embarca en un “affair” sin salida y sin alicientes con una secretaria de la oficina y a quién la vaga promesa de un futuro ascenso acaba de convencer de que no se encuentra a la altura de los planes que su mujer teje para ellos, pero tampoco tiene el coraje de rechazarlos.

Se necesita valentía para enfrentarse a la realidad. Las oportunidades se pierden y la vida pasa de largo. No importa cuán diferentes se sientan, ni que crean que tienen almas de artistas o son mejores de los que les rodean por eso, la soledad les acecha, nada nuevo acontece en sus vidas, pero el terreno que pisan se vuelve cada vez más inestable y empezamos a presentir la tragedia. Frank llega cada vez más tarde a casa, April le es infiel por despecho y cuando ésta se da cuenta de que está embarazada acaba provocándose un aborto chapucero y poco creíble en una persona de su cultura.

La novela me ha impactado. Los tiempos han cambiado, estamos en España, pero me quedo pensando en tantas jóvenes parejas que llenas de ilusión se lanzan a la conquista de una casa maravillosa en una urbanización de ensueño, a pocos kilómetros de la capital. ¿Y luego? ¿Y los valores? A parte de la casa que proyectos, que sueños en común van a hacer que perdure la relación? Por eso, me ha parecido un libro de actualidad, un libro realista que aunque habla de una América de los años sesenta y de unas circunstancias muy particulares, algunos de sus pesimistas postulados son perfectamente aplicables a nuestros días.

16 de marzo de 2009

Fernando Botero: Familia Colombiana:

Familia Colombiana
1999 Óleo sobre tela 195 x 165 cm
colección delo Artista

Botero es un pintor figurativo, pero no realista; sus obras se orientan por la realidad, pero no la plasman. En sus cuadros, todo es voluminoso; tanto el plátano, la bombilla, la palmera y los animales como los hombres y las mujeres. A Botero no le interesa pintar determinadas cosas – por ejemplo, hombres gordos o mujeres gordas -, sino que desea convertir, mediante transformación o deformación, la realidad en arte. Su nostalgia creativa, su ideal estético, gira en torno a formas y volúmenes, a un estilo que permita expresar esas visiones. Botero, el artista contemporáneo que probablemente haya estudiado más tiempo el arte de todas las épocas en los museos, remite a la larga tradición de la deformación.

También artistas como Giotto, Rafael, El Greco Rubens y Picasso deformaron las cosas y la realidad para expresar lo que querían. El Giotto temprano, en una época en que la perspectiva no se había descubierto aún para la pintura, buscaba sugerir en la superficie una forma táctil, plasticidad, espacio. A su vez, Rubens llevó al lienzo, con la sensualidad de la carne, también el éxtasis religioso, muy al contrario del místico El Greco quien, con sus figuras exageradamente alargadas, que giran extendiéndose hacia lo alto, expresó una religiosidad tan extática como profundamente española. Por otro lado, las figuras ascéticamente “delgadas” de Giacometti se han puesto una y otra vez en relación con el existencialismo.

La exageración, permanente universal, y su repetición ininterrumpida dentro de las obras completas de un artista, como fue el caso de los pintores anteriormente mencionados, y también lo es de Botero, eleva la deformación a regla, con lo que la transforma en un estilo. La deformación sin un sentido superior, por sí misma, es o monstruosa o una caricatura; en el caso de Botero no es ni lo uno ni lo otro, sino que la deformación se debe siempre al deseo de elevar la cualidad sensual de los cuadros. Lo regordete responde a una preferencia formal por los valores plásticos en el arte clásico.

Sea cual sea el tema que Botero trae, con su estilo ampuloso y personal, pierde la dureza, lo cáustico, lo drástico. Las “casas” ya no llaman la atención, el toreo se despoja de crueldad: la dama con las uñas pintadas de rojo pierde su ridiculez, e incluso el amor se despoja de erotismo. Sus volúmenes sublimados son la varita mágica con que transforma el mundo y la vida y los viste de irrealidad flotante: por muy paradójico que parezca, el mundo de masas de Botero aparece tan ligero como un globo de aire.

12 de marzo de 2009

Para pensar


Trato de recordar en qué libro reciente fue y no lo logro, pero en algún sitio de ese libro se decía:

"Sólo un consejo te voy a dar: Nunca permitas que la idea, la doctrina, prevalezca sobre las personas".

Cuántas veces nos obcecamos en defender nuestra posición, nuestro punto de vista sin tener en cuenta a las personas. Nos escudamos y defendemos detrás de conceptos tales como el reglamento, las normas, lo acordado, el contrato, los principios, incluso los mandamientos de la ley de Dios, para amordazar el corazón y mantenernos en nuestros trece, para no dar el brazo a torcer o sencillamente para justificar nuestra cobardía.

Hace ya muchísimos años, estando de vacaciones en un pueblecito cristiano de Tailandia, recibí una lección magistral en el mismo sentido. Recién empezada la misa del domingo, el sacerdote fue avisado de que una de sus feligresas estaba muy enferma. Despojándose de sus vestimentas, nos dejó plantados en la iglesia sin más explicaciones. Los murmullos de desaprobación y de escándalo no tardaron en hacerse oír. El domingo siguiente, sin emabargo, le oímos la siguiente explicación: si la anciana a la que asistí el domingo pasado y a quien administré una dosis de morfina, sufrió un poco menos en su tránsito al más alla, seguramente valió la pena suspender una ceremonia a la que acudimos todos los domingos, sin estar de verdad convencidos de por qué lo hacemos.

8 de marzo de 2009

8 de Marzo, Día de la Mujer Trabajadora


No es fácil plasmar en unas líneas todas las ideas, opiniones, e interpretaciones a las que da lugar una fiesta como la de "La mujer trabajadora".
Como no quiero convertir mi blog en un lugar de polémica, he decidido surprimir el "post" inicial pidiendo perdón a las personas que ya han tenido la oportunidad de opinar sobre él. (Según como se mire todos tienen razón...)
Sigue incólume mi admiración por todas las mujeres que trabajan: fuera o dentro del hogar, con frecuencia fuera y dentro del hogar, por todas las mujeres que le han plantado cara a la vida y que solas o en pareja luchan por sacar adelante a su familia.

4 de marzo de 2009

Leonard Cohen: "Everybody Knows"

La verdad es que no sé si me gustan las canciones de Leoanard Cohen por su musicalidad o por lo que dicen; por la extraña profunda voz del cantante o por su increíble vida.
Probablemente sigue siendo mi cantante favorito para las horas de añoranza

3 de marzo de 2009

La Viajera de Madrugada

¿Alguna vez os habéis encontrado de pronto, solos, en un
vaporeto, un domigo a las siete de la mañana, con
la más hermosa de las viajeras japonesas?
Entonces sabréis de qué os hablo.

Si habéis sentido su olor mezclarse con el de la madrugada;
si habéis visto sus manos, delicadas como la flor del cerezo;
si habéis visto sus ojos transparentes como las aguas del Xunyang;
si os habéis acordado sin saber por qué del capítulo que Ueda Akinari
dedica en sus Cuentos de la lluvia de primavera a loar la poesía,
y los poemas de los que habla,
que dicen barcos y ríos y amadas siempre lejanas,
si ella se ha ido y no habéis cruzado palabra,

entonces sabréis de qué os hablo

Martín López Vega
Gajos (Pre - Textos 2007)

Málaga


A veces ocurre que, de repente, descubrimos una ciudad que a fuerza de ser conocida, pasamos por ella sin a penas verla, o fijándonos solamente en lo más obvio, lo periférico o lo banal. Algo así me ha ocurrido en mi reciente, inesperado y brevísimo viaje a Málaga. Hasta ahora siempre había viajado allí en avión desde Madrid y dado que los viajes tenían como destino final Algeciras y Gibraltar dejaba la capital a mis espaldas y enfilaba la carretera de la costa.

Málaga es tan conocida que intentar describirla demostraría una enorme ingenuidad. Subí al mirador de Gibralfaro y a través de la neblina contemplé la ciudad con su puerto, sus jardines y su mar. Paseé sin prisas por los patios y jardines de la Alcazaba, contemplando la filigrana de las celosías, las esbeltas columnas de mármol rescatadas de las vecinas ruinas romanas, las cantarinas fuentes, los estanques y las arcadas. Me rezagué en los quicios de las puertas en escuadra y contemplé el cielo azul a través del denso enramado de los naranjos cuajados de fruta. Palacio dentro de un inexpugnable castillo, fortaleza triplemente amurallada, pequeña joya celosamente protegida por la más adusta coraza.
Y luego, bajada al corazón de la ciudad: maciza catedral, plazuelas silenciosas, calle Larios, bulliciosa y peatonal, parque de la Marina chiringuitos de la Malagueta. Esta vez, por fin os he bebido con todos mis sentidos. Hoy, Málaga ya no es ni un nombre ni una ciudad, es un nuevo rincón en el que se refugia mi memoria.

2 de marzo de 2009

El Juego del Ángel : Carlos Ruiz Zafón


EL JUEGO DEL ÁNGEL
Novela
Carlos Ruiz Zafón
Planeta 2008
663 páginas

Leí hace tiempo “La sombra del tiempo” porque quería saber qué había detrás del fenómeno editorial Carlos Ruiz Zafón. La novela me gustó por lo insólito del encuadre, un mundo de misterio y de libros, con una pizca de romance y mucha, mucha imaginación pero sobre todo un gigantesco montaje de Marketing de Editorial Planeta. Me resultó el libro perfecto para una larga convalecencia o para unas vacaciones chafadas por el mal tiempo.

Aventurarme ahora con su reciente obra “El Juego del ángel” creo que ha rozado el masoquismo. No tengo otra disculpa que la “cazurrería” que caracteriza a las gentes de mi tierra que cuando se les mete algo en la cabeza tienen que llegar hasta el final. Carlos Ruiz Zafón se ha hecho millonario con el primer libro mencionado, pero no creo que se haya labrado un hueco en los anales de la literatura española. Es un autor de éxito, entretenido, que dosifica sabiamente el humor, la intriga decimonónica, el romanticismo esperpéntico a lo Allan Edgar Poe, y escenarios dignos de los mejores folletines de terror con virginales doncellas al borde siempre del abismo.

He concluido el libro con un cierto alivio, pero confieso que no sabría explicar muy bien toda la intriga. Como en su anterior novela, nos lleva a los pocos escenarios que nos quedan de la Barcelona de principios del siglo XX con sus palacetes, sus recién estrenado teleférico, sus pabellones de la exposición universal, el saber-vivir de la burguesía explotadora de unas clases obrera y campesina que subsiste en la más cochambrosa miseria. Recurre nuevamente a la cripta de los libros olvidados para encender la mecha del enigma y explicar por qué nuestro escritor en ciernas se convierte en el predestinado creador de una nueva religión bajo la insidiosa influencia de un patrón que tan pronto identificamos con las fuerzas del mal como con personajes reales que van cambiando de nombre y de apariencia aunque siguen dotados de un increíble don de ubicuidad.

Tampoco podemos decir que la novela destaque por su depurado estilo, sus hallazgos metafóricos o sus ingeniosos diálogos. Algunas escenas, a fuerza de ser repetitivas se convierten casi en parodia de ellas mismas. Los dos ayudantes del Inspector de Policía repiten los mismos gestos y las mismas palabras una y otra vez. Las descripciones del amanecer o de la noche son monótonas y los diálogos con las dos protagonistas femeninas son todo menos espontáneos y verosímiles.
El tiempo es oro y si Ruiz Zafón vuelve con otra novela me dedicaré a leer unas cuantas reseñas sobre la obra antes de aventurarme en otra lectura interminable.

17 de febrero de 2009

Hokusai: La Gran Ola de Kanagawa

La Gran ola de Kanagawa
Katsushishika Hokudai
1832 Woodblock

Se trata de un grabado de madera (xilografía) producido por Katsushika Hokudai como primero de una serie de “Treinta y seis vistas del Monte Fuji” y quizá uno de los cuadros más famosos de todo el arte pictórico oriental representado tantas veces como algunos de los más famosos cuadros del Arte Occidental. Corresponde al período Edo, (Tokio) y fue publicado en torno a 1932.
El grabado describe una enorme ola cerca de la prefectura de Kanagawa. En el hueco de la ola puede verse el Monte Fuji cuya cima esta coronada de nieve. Existen varias copias de este grabado en Museos del mundo entero y en particular en el Museo Británico, en el Museo Metropolitano de Nueva York y en la casa de Claude Monet en Givenchy (Francia).
Entre las características que hacen este cuadro particularmente hermoso podemos señalar la pureza de la línea que define claramente los contornos y establece el ritmo de la composición. y la inconfundible maestría en la aplicación del color con predominio del azul de Berlin que llegó a Japón a través de China.
Llama la atención el contraste entre el movimiento de la ola que se abre como unas enormes fauces prestas a engullir las barquichuelas en las que se afanan los marinos y la imperturbable serenidad del Monte Fuji que se encoge en la distancia. Parece como si el ying representado por la violencia de la Naturaleza, fuera equilibrado con el yang del hueco de la ola, la imperturbable quietud del monte o la tranquila laboriosidad de los marineros que se afanan en tarea.