27 de mayo de 2008

Argentina: Pampa y tango


Me sorprendo a mí mismo por no haber aún escrito nada sobre este país que se ama a primera vista o que se aborrece sin más explicaciones.

No es fácil definir o abarcar en pocas líneas un país que con aproximadamente la misma población que España dispone de cinco veces más de superficie. Hay que haber sobrevolando de norte a sur y de este a oeste el país para darse cuenta de la realidad de un país que podría ser una de la grandes potencias del mundo. Admiro la condescendiente ironía de los propios amigos argentinos que me contaban que cuando Dios creó el Mundo derramó todas sus bendiciones sobre el Continente pero las más valiosas rodaron ladera abajo hacia Argentina. Cuando Dios se dio cuenta de tal agravio comparativo, para compensar puso en ese lugar a los argentinos.

No me toca enjuiciar el fundamento de este chiste, aunque sí es cierto, que aún hoy, Buenos Aires guarda la impronta de sus años de esplendor, cuando sus barcos de trigo y de carne alimentaron a media Europa y cuando calles como Corrientes o Florida, ostentaban más lujo que las calles de moda de París.

Precisamente, siempre que he viajado a Buenos Aires, me ha llamado la atención ese aire mundano y casi condescendiente de sus habitantes. Ni las dictaduras más espantosas, ni las recurrentes crisis financieras, han podido con ese rasgo tan característico suyo, que se traduce en una melancólica ironía, en una especie de resignada aceptación de la fatalidad y un auténtico afán de autocrítica. No es de extrañar que existan en Argentina más psicoanalistas por metro cuadrado que en cualquier otra parte del mundo.

Buenos Aires es una ciudad para disfrutarla rabiosamente por el bullicio, la luz, el espectáculo de sus calles, por la exquisitez de los restaurantes y locales de ocio de la Recoleta, o por las modernas urbanizaciones y centros comerciales de Puerto Madero; pero también para odiarla sin reparos porque nada parece estar funcionando. Porque hay una huelga salvaje y sin preaviso que te impide acudir al aeropuerto, porque te anulan una cita escasos minutos antes de que la hora prevista, o porque la información sobre el desarrollo del negocio que has venido a controlar se convierte en el cuento de la lechera justo antes de que el cántaro se hiciera añicos en el suelo.

Pero se acaba amando la ciudad de Buenos Aires. Uno termina acostumbrándose incluso a las 12 o 13 horas ininterrumpidas de vuelo desde Madrid, aunque echa de menos el cafetito del la escala en río de Janeiro. Los asados del Restaurante Hacienda Las Lilas en Puerto Madero, ayudan a hacer livianas las interminables negociaciones y la desesperación que te entra cuando analizas lo insustancial de los avances. Como nunca logras hacer las cosas en el tiempo previsto tu estancia en Buenos Aires se alarga a pesar tuyo y te sobra tiempo para sentarte en una terraza en la Calle Corrientes y ver cómo de pronto se forma un corro en torno a una pareja que baila el tango con ese aire de desesperación trágica que se les supone a alguien que sabe que nunca más podrá volver a bailar. Te sobra tiempo incluso para acercarte a la calle Florida entrar en las librerías y en las tiendas de artesanías donde indefectiblemente acabas comprando alguna pieza de cuero, dulce de leche, algún libro de Jorge Luis Borges o el último CD de los Chalchaleros. A veces la fatalidad de los enredos da incluso para asistir a algún partido del Boca y quedar pasmado por la pasión y el fervor que el fútbol representa en Argentina.

No he tenido la suerte de visitar La Patagonia o de las Cataratas de Iguazú, pero he cruzado el mar de Plata y he sobrevolado la Pampa camino de Santiago de Chile. Quedé tan impresionado por las extensiones de prados, los miles de cabezas de ganado, los interminables campos de cereales que de verdad, sigo sin entender cómo un país con esa riqueza natural, con bancos de pesca, con petróleo y tantas riquezas naturales puede llegar a las situaciones límite a las que ha llegado.

Por esta vez, has logrado los objetivos, y por fin anuncias tu regreso a España. Sales hacia el aeropuerto y por increíble que parezca siempre tienes la impresión de haber dejado algo en las calles de Buenos Aires. Son retazos de vida intensa, de nuevas sensaciones que insidiosamente se han apoderado de ti. Ya en el aeropuerto te sientes tan reconciliado con el país, tan a gusto que tienes que buscar la manera de compartir esa experiencia, y qué menor manera que comprando una joya, con la piedra nacional del país, una Rodocrosita primorosamente engarza en oro, para aquella que te espera en casa?

8 comentarios:

Yayi dijo...

Bienvenido a mi país!!!!!! La próxima vez q visites acá avisame y te hago ve rlos lugares más hermosos. Beso!

Fede dijo...

Querida Yayi,
Sabía que en esta evocación nunca sería capaz de hacer justicia a tu rico y hermoso país... Pero recuerda que se trata de evocaciones de viajes de negocio, vistos desde el punto de vista de alquien que no es turista habitual y saborea ahora los recuerdos y las huellas que algunos de esos viajes le han ido dejando.

Willow dijo...

¡Qué interesante! Siempre sabes sacar lo mejor de los países que has visitado. Tienes bonitos recuerdos. Gracias por compartirlos. Un beso.

Blanca dijo...

Adiós a todos, me voy de internet.
Dentro de cuatro meses tengo el primer examen de oposiciones;
así que...a centrarse.
( a estas alturas de la vida, sí ).

Un fuerte abrazo y cuidaros mucho.

Blanca

Willow dijo...

Te deseo ¡Buena suerte! Un abrazo, Ana

Cálida Brisa dijo...

Me encantó el relato de Argentina...sigo pensando que algunos habeis sido muy afortunados, habeis visto cosas y lugares que los demas JAMAS veremos.
Balca que tengas suerte para ver si dejas de estudiar de una vez.

Besitos amigos

Elena dijo...

Es fantástico viajar a través de las entradas de tu blog. Argentina es un país que tengo muchas ganas de conocer, pero el precio y las horas del vuelo me echan para atrás. No obstante, tengo claro que iré algún día. Gracias por este bello retrato de Buenos Aires.

Un abrazo

Sol dijo...

¡Que impresionante! Argentina es un país que me seduce especialmente, espero conocerla algún día. Gracias por traernos un trocito de ella.