26 de febrero de 2010


La rue de Montorgueil de Paris
Fiesta del 30 de Junio 1878
1878 Óleo sobre lienzo 81 x 50 cm
Musée d’Orsay (Paris)

Las fiestas patrióticas siempre han tenido un aire populista en Francia; nada de extraño, que Claude Monet, de paso por Paris en 1978 se dejara cautivar por el aspecto engalanado y festivo de la calle de Montorgueil en las celebraciones del 30 de Junio con ocasión de la clausura de la Exposición Universal.

Aventajado reportero de circunstancia, se aleja de la muchedumbre festiva sube a un balcón y desde una perspectiva en altura consigue una luminosa y profunda imparcialidad.

Con multiples, y rápidos brochazos tricolores, trata de plasmar esa alegría sutil y huidiza del tumulto callejero en un barrio tan popular como les Halles de París. Destaca en particular dos aspectos de la fiesta: el aspecto patriótico, con la profusión de banderas, banderolas y oropeles tricolores y el elemento de muchedumbre compacta donde el individuo, como tal pasa desapercibido.

Cuando comparamos el cuadro con fotografías actuales de la misma calle, observamos una asombrosa fidelidad a la perspectiva y sin embargo un desprecio total por el detalle. Ningún signo identificador de edificios, puertas, ventanas y sin embargo están todos ahí, al alcance de los ojos, basta entrecerrarlos y dejarse engañar por la primera impresión de esas manchas de color. Nuestra imaginación hace el resto.

Iniciando un nuevo itinerario


Me estaba resistiendo..., pero luego, he pensado que ésto también forma parte de mi vida, de mi deambular por el mundo. "A la vejez viruelas", se dirá, pero ¿por qué poner límite de edad al ansia de aprender? Ni corto ni perezoso me he apuntado a clases de pintura y mezclado con chiquillos de la ESO, y con amas de casa que se relajan antes de recoger a sus chiquillos del colegio, me enfundo una bata blanca y bajo la paciente orientación de mi profesor, aprendo a mezclar colores, a crear profundidad y a mantener las perspectivas.

Este es el primer trabajo, espero que dentro de un tiempo, cuando lo compare con los que haga en eso momento, yo también sonría.

20 de febrero de 2010

Empatía


En este, ya de por sí disparatado blog, voy a iniciar un nuevo apartado dedicado a escudriñar algunas palabras que por su significado, sus implicaciones o las ideas que me sugieren merece la pena dedicarles un minuto de reflexión. No se trata de definir las palabras, que para eso está la Academia, ni de adjetivar o poetizar su sentido, que ya lo hacemos cuando adecuada o inadecuadamente las utilizamos, sino de escudriñarlas con sentido reflexivo para encontrar sus mejores y más ocultos matices.

La primera palabra que me ha venido a la mente es empatía, empatizar.

El diccionario de la Real Academia la define como:

1. f. Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro"

Automáticamente me revuelvo y me pregunto: ¿Es esto posible? ¿Puedo siendo yo mismo, con mi bagage de experiencias positivas y negativas, con mis vivencias y forma de pensar, identificarme mental y afectivamente con otro sujeto y más aún con su estado de ánimo? ¿No tendría para ello que haber tenido experiencias similares, formación y modos de pensar casi idénticos?

Sin embargo, la empatía está de moda. David Goleman, en su “Inteligencia emocional” la ha encumbrado a la cima de la popularidad. Utilizamos la palabra a troche y moche y no siempre acertamos con su significado profundo.

No me puedo “poner en los zapatos” del otro. Nunca son de mi talla. Quizá puedo, ante la reacción inesperada de alguien, no identificarme con sus sentimientos, pero sí buscar en mis recuerdos reacciones similares mías aunque las circunstancias fueran diferentes, y desde ese recuerdo comprender las reacciones del otro.

18 de febrero de 2010

Merodeadores

Pensar que ahí fuera,
detrás de esta ciudad y de su ruido,
no tan lejos del libro que he cerrado,
apenas a unas horas de andadura,
se despereza el río.

No sé por qué esa noche
el viento me lo evoca
cuandu ulula y sacude las persianas
como una bestia sin resuello.

Qué quiere de nosotros, que al oírlo
el pulso se devela
y quiere contestar, sin saber cómo.

Nos ha reconocido su jauría
y ciega, insomne, a coro, nos reclama
como uno más entre los suyos.

Sí, bate las persianas, viento, aúlla,
gira en torno a la casa donde estamos,
haz resallar las ramas de los chopos vivido,
agita lo que queda de río en nuestras venas.

Arturo Tendero (Albacete, 1961)
Adelántate a toda despedida (2004)

12 de febrero de 2010

Elche: Misterio y Palmeras


Una Cúpula azul típica de las iglesias levantinas, unas palmeras que se mecen y susurran y una inmensa paz son los ingredientes de esta fotografía que he elegido como recuerdo de una grata estancia en Alicante y sus inmediaciones. Una vez más, Elche me ha cautivado. El Museo etnográfico y su incomparable ambientación , el conocido "Huerto del Cura" con cientos de variadas especies de palmeras y de cactus, la Basílica de Santa María donde se celebra el Misterio, me han hecho pasar momentos inolvidables

4 de febrero de 2010


EL SECRETO DE SUS OJOS
Argentina 2009
Dirigidapor Juan José Campanella
Duración: 126 minutos

Entre “TEMO” y “TE AMO” sólo falta una letra, justamente la letra “A” que le falta a la máquina de escribir de Benjamín Expósito, un idealista pánfilo y enamorado que cree en la justicia pero que, ciego a los mensajes de unos ojos que dicen todo, deja escapar el tren de su vida.

La película está trenzada con dos hilos conductores: un funcionario argentino jubilado que quiere dedicarse a escribir y se empeña en desempolvar un viejo caso archivado que le impresionó y le desencantó en el pasado, y el descubrimiento de un viejo amor nunca declarado entre su jefa y él y que se esfumó al ritmo de un tren que se aleja y de unas notas nostálgicas de piano al más puro estilo romántico.

La trama policíaca se desarrolla de forma progresiva desde la “mirada” delatora en una fotografía, hasta el espeluznante arresto y castigo del culpable, pasando por evidentes alusiones a la corrupción e injerencias políticas en el ámbito judicial en la época de la dictadura y por el omnipresente fútbol en el vivir y sentir de los argentinos.

Pero esta trama, con sus continuos “flashback” entre presente y pasado nos sirve sobre todo para poner en evidencia otras miradas que dicen todo lo que las palabras esconden y aquí sobre todo, el Director Juan José Campanella luce con admirable maestría.

Ha sabido escoger dos actores incomparables como protagonistas de la historia: Ricardo Darín, alter ego de Campanella, veterano y experto en expresar con los gestos, la actitud y el semblante todo un abanico de emociones, y Soledad Villamil cuyos profundos y bellos ojos son un auténtico semáforo de emociones, y sentimientos.

No era fácil ver a estos dos magníficos actores, pasando del presente a veinticinco años atrás, pero la caracterización, la ambientación y el maquillaje es perfecto y la música, la fotografía, y los momentos de transición están tan bien orquestados que el espectador no tiene ninguna dificultad en seguir el desarrollo de la historia.

Progresivamente, el diálogo toma el relevo de las imágenes. las palabras se adensan y expresiones como “¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?” se quedan grabadas en nuestra mente y descubrimos que la historia es realmente el elemento secundario de la película y que lo que verdaderamente importa es la soledad y el sinsentido de un hombre que no ha sabido descubrir en la mirada de la mujer a quien ama, ese “si tu me dices ven…” de las historias románticas.

28 de enero de 2010

Vermeer: Calle de Delft


Calle de Delft, (1657 h)
Óleo sobre lienzo 54,3 x 44 cm
Rijksmuseum, Amsterdam (Holanda)

Vermeer sólo pintó dos cuadros de su ciudad natal. Uno de ellos, probablemente el más antiguo, de reducidas dimensiones, es Calle de Delft comúnmente conocido como “La Callejuela” que transmite la sensación de una calma silenciosa, liberada del tiempo.

Paralelo al cuadro, al otro lado de la calle, más allá del adoquinado con apariencia estriada, Vermeer nos presenta una fachada de ladrillos rematada con un aguilón en forma de aspillera. Esta fachada está unida por la izquierda a una casa de menor altura. Podemos observar los aguilones y tejados de otros edificios traseros por encima de los muros del primer plano.

Casi todas las contraventanas de la casa están cerradas, dando así la impresión de que la casa está clausurada hacia el exterior, únicamente la puerta abierta, en la que una mujer trabaja en su encaje de bolillos, permite una mirada al interior, dominado por una oscuridad ambigua. La casa presenta todas sus contraventanas cerradas, lo que hace pensar que está cerrada al exterior, aunque la puerta permanezca abierta.

En su zaguán una mujer trabaja en su encaje de bolillos. A través de él podemos echar una mirada al interior, dominado por una oscuridad ambigua. A través de la entrada al patio, sostenida provisionalmente con puntales, podemos ver un estrecho pasillo en el que una criada está ocupada con una tinaja o una cuba para el agua de lluvia. Las dos mujeres, absolutamente inmersas en las tareas del hogar, permanecen anónimas. La criada tiene la cabeza vuelta hacia un lado, de modo que no podemos ver su cara. El rostro de la mujer sentada no es más que una pincelada de color enmarcada por el blanco de su cofia, del canesú y del encaje, un blanco que se prolonga en el encalado del inferior de la fachada.

Tampoco son visibles los rostros de los dos niños arrodillados en el suelo delante de la casa aunque el reciente descubrimiento de Daan Hartmann del taller del pintor en la calle Voorstraat muy cercano al callejón hace pensar que la niña arrodillada puede ser la propia hija de Vermeer, posiblemente Elisabeth.

21 de enero de 2010

"No somos islas" (Thomas Merton)


Las últimas semanas, hemos oído con frecuencia de pueblos enteros aislados por la nieve y las inclemencias meteorológicas. En la vida cotidiana hablamos de aislarnos, o de estar aislados, como sinónimos de una profunda separación de los demás. Nos sentimos islas, con un gran vacío en derredor. Estamos incomunicados por una decisión personal o debido quizáa un castigo inconsciente de los demás.

El teólogo y poeta americano Thomas Merton escribió un libro muy interesante titulado “Los hombres no son islas” en el que describe nuestras profunda, invisible y fecunda vinculación con las personas que nos rodean, y más allá con todo el género humano por más que intentemos alejarnos, aislarnos o desvincularnos de los demás.

No somos islas, formamos parte de una sociedad, y aunque no lo sospechemos, aunque no lo queramos, e incluso aunque tratemos de evitarlo, nuestros actos, de cualquier signo, tienen una repercusión directa o indirecta sobre los demás y sobre nuestro entorno. Como la piedra arrojada al estanque, nuestros actos, en ondas imperceptibles se extienden y alcanzan a quienes nos rodean, e inversamente esas mismas personas, nuestro ambiente social y las noticias que nos llegan de los lugares más lejanos, afectan de una manera u otra nuestro pensamiento, lo que sentimos y cómo actuamos. Los ecos del reciente cataclismo de Haití son un claro ejemplo que sirve para preguntarnos en que medida algo tan lejano ha influido o está influyendo en nosotros.
Es evidente que no podemos aislarnos de los demás por muy solos que nos encontremos, por muy alejados que estemos, pero es igualmente evidente que nadie puede tampoco aislarnos completamente de la comunidad. Nos pueden negar el saludo y la palabra, nos pueden incluso encerrar o incomunicar, o sencillamente pueden crear el vacío en torno a nosotros con su silencio, pero, nadie puede poner rejas a nuestros pensamiento ni a nuestros sentimientos. Gracias a ello las víctimas de secuestros y encierros han podido resistir la privación de libertad en celdas de castigo o en zulos terroristas. Con sus pensamientos, con sus emociones con el recuerdo de sus vivencias han podido lanzar puentes hacia el exterior y sentirse unidos a sus familias, a sus amigos, a sus iguales, sin olvidar que el sentimiento de odio o venganza hacia el enemigo también es otra forma de sentirse vinculado.

Aunque de forma teórica estemos siempre dispuestos a comprender lo anterior y a aceptar que nadie puede aislar a los demás o aislarse a sí mismo de manera absoluta, que duda cabe que en momentos de nuestra vida podemos llegar a sufrir un intenso e insoportable sentimiento de aislamiento. Surge entonces la necesidad de encontrar un eco, alguien con quien desahogarnos, una mano tendida o sencillamente el convencimiento de que al otro lado, si quisiéramos, alguien escucharía nuestra voz.

Por eso mismo nos toca también a nosotros vigilar nuestros comportamientos para no hacer invisibles a los que nos rodean como es el caso del vecino que cruzamos todos los días en la escalera pero ignoramos su nombre, o el piso en el que vive, o el caso del compañero de trabajo de quien ignoramos todo de su familia, de sus gustos o de sus aficiones porque para nosotros sólo son bultos, seres anónimos.

Cada vez que convertimos a nuestros vecinos de rellano, de cafetería o de autobús en meras sombras no sólo nos aislamos y aislamos a quienes nos rodean sino que empequeñecemos nuestros horizontes y las dimensiones de nuestro mundo.

9 de enero de 2010

Carlos Bousoño: Verdad, mentira


VERDAD, MENTIRA

Con tu verdad, con tu mentira a solas,
con tu increíble realidad vivida,
tu inventada razón, tu consumida
fe inagotable en luz que tu enarbolas;

con la tristeza en que tal vez te enrolas
hacia una rada nunca apetecida,
con la enorme esperanza destruida,
reconstruida, como el mar sus olas;

con tu sueño de amor que nunca se hace
tan verdadero como el mar suspira,
con tu cargado corazón que nace,

muere y renace, asciende y muere, mira
la realidad inmensa, porque ahí yace
tu verdad toda y toda tu mentira.


Carlos Bousoño
Selección de mis versos
Edición del Autor
Ediciones Cátedra 1982

7 de enero de 2010

Tom Perrotta: Lecciones de Abstinencia



LECCIONES DE ABSTINENCIA
Novela
Tom Perrotta
Ediciones Salamandra 2009
Narrativa
Título original : The Abstinente Teacher 2007
Traducido del inglés por Ana Mª de la Fuente
380 páginas


Tom Perrotta ha publicado anteriormente cinco obras de ficción, Bad Haircut: Stories of the seventies, The Wishbone, Election (Alexander Payne dirigió la versión cinematográfica, protagonizada por Reese Witherspoon y Matthew Broderick), Joe College y Juego de niños, que fue llevada al cine por Todd Field con un reparto de actores entre los que se cuentan Kate Winslet y Jennifer Connely, y que obtuvo tres nominaciones a los premios Oscar.

Si algo sabe hacer este escritor es diseccionar como si de una clase de anatomía se tratara, a la clase media americana, que habita en pequeñas ciudades del país y cuyos habitantes conviven en un ambiente de tolerancia y moderación. Esta vez, sin embargo, Perrotta, nos lleva a una América pre-Obama, en la que las intransigencias moralistas de unos pocos, y el auge de los grupos religiosos que intentan imponer sus criterios en la vida cotidiana de la comunidad. Para ello enfrenta a Ruth, una mujer liberal, permisiva divorciada que imparte clases de educación sexual en la escuela local, y Tim, un ex alcohólico, ex componente de una banda de rock que ha rehecho su vida gracias a Jesús, y que pese a su profunda crisis de creencias, o a causa de ellos es manejado como una marioneta por el pastor Dennis, cabeza visible de una iglesisa evangélica local , el Tabernáculo de la Verdad Evangélica.

Un comentario anodino de Ruth durante su clase de educación sexual desata la tormenta. La feligresía impone un cambio en la orientación de las clases de la profesora: en lugar de una información, formación y educación sobre sexualidad, quieren imponer la castidad prematrimonial como única fórmula para evitar enfermedades de transmisión de enfermedades venéreas o para evitar embarazos.

Pero Perrotta sabe contar historias con frescura y sin poner demasiado en evidencia su propia opinión sobre el particular. Analiza minuciosamente los puntos fuertes y las flaquezas de sus personajes, y no los cataloga como buenos o malos por muy contrapuestos que sean. Deja que sea el lector quien juzgue y opine.

Si en Juegos de niños Tom Perrotta tejía un hilarante relato de vicios privados y públicas virtudes en Lecciones de abstinencia retrata con gran empatía y sin prejuicios las dos caras de una apasionante controversia, en la que dos personas que creen estar en terrenos irreconciliables descubren las ventajas de no dejarse guiar por las apariencias.

En un túnel

Queridos amigos,

Mi último post, ha recibido más comentarios que ningún otro, y no precisamente somentarios sobre pintura.
Es cierto, he estado ausente. Yo también necesitaba 40 días en el túnel, pero seguir en él y hablar con las piedras no sirve de nada.

Volveré gozoso al blog, escribiré sobre viajes, sobre pintura, sobre libros, sobre películas, sobre vivencias, y también de vez en cuando, sin agobiar sobre sentimientos.

Y para alejar cualquier sospecha de aridez en mi desierto, os dejo dos fotos poco navideñas pero que os dirán que en mi desierto había también bellos paisajes (Ibiza vista desde Xávea) y cultura (Monastir de la Valldigna).

3 de noviembre de 2009

Franz Marc : Perro tendido en la nieve

Perro tendido en la nieve (1910-1911)
Liegender Hund in Schnne
Óleo sobre lienzo 62,5 x 105 cm
Städelsches Kuntisntitut (Frankfurt, Alemania)

La popularidad de Franz Marc se debe, aún hoy en día, principalmente a sus representaciones de animales. Diez años fueron necesarios para que Franz Marc evolucionara de la pintura tradicional de la academia de Munich, pasando pro diversas tendencias estilísticas, al lenguaje formal que cristalizaría en su estilo personal. Entre 1911 y 1914 no sólo surgieron sus obras más importantes; también fue éste el tiempo en que, junto con Kandinsky, editó el almanaque que se llamó “Der Blaue Reiter” (el jinete azul), organizó las exposiciones que llevaron este mismo nombre y se convirtió en una de las fuerzas más importantes de la cultura alemana.

Es interesante escuchar al propio Marc explicar a su contemporáneo el también pintor alemán Macke, su manera de trabajar explicando al mismo tiempo su conocido cuadro
“Perro tendido en la nieve”:

“Pinté a mi Russi tendido sobre un campo nevado; hice la nieve en un color blanco puro con profundidades azules puras, y el perro en un amarillo sucio. En el prisma, el amarillo aparecía como gris turbio y todo el perro enmarcado por los más maravillosos anillos de colores. Entonces hice el perro, en etapas, ‘de color más puro’ (amarillo claro); cada vez que el color se volvía más puro, iban despareciendo los márgenes de colores del perro, hasta que se había conseguido una relación entre los colores, entre el amarillo, el frío blanco de la nieve y el azul dentro de ésta. Además, la masa azul, no debe extenderse demasiado, frente al amarillo del perro, de débil luz, para seguir siendo complementario (es decir para poder decir que está “organizado”)

2 de noviembre de 2009

"Un Gran Chico" de Nick Hornby

UN GRAN CHICO
Novela
Nick Hornby
Anagrama 2008
Panorama de narrativas
Título original: About a boy 1998
Traducción de Miguel Martínez-Lage
352 páginas


Siempre me han gustado los libros en los que alguno de los personajes es un antihéroe, una de esas personas con algunas virtudes y muchos defectos con quines nos identificamos o nos cruzamos a vece en el descansillo de la escalera.

Esa sensación he tenido al leer “Un Gran chico” de Nick Hornby que la editorial Anagrama después de haber publicado novelas posteriores del mismo autor, ha tenido la sensatez de publicar en el 2008 rescatando así para el público de habla hispana la primera trilogía del autor.

Por otra parte aquí no hay ni acción, intrigar o misterio por lo que puedo explayarme en la reseña sin temor a descubrir la trama.

La novela trata de Will, un hombre rico, inmaduro, cínico, egoísta, superficial, hedonista, amoral, irresponsable, que transita por la superficie de la vida, sin mojarse, sin implicarse, o como el mismo aclara “sin juguetes que entorpezcan o manchen la alfombra de su salón”. Disfruta de la música joven de su tiempo, sabe vestir , tiene éxito con las mujeres pero como elude todo compromiso no establece relaciones serias con ninguna.

Frente a él y por una carambola del destino, Marcus, un adolescente de 15 años, extraño, inadaptado, sin amigos, que viste y actúa contracorriente, porque hijo de una madre soltera y con tendencias suicidas, se ha visto a madurar antes de tiempo.

Como se ve no se trata de una trama compleja pero los personajes lo son, y enfrentados entre sí uno se pregunta quién es el adulto y quién es el niño. Se establece entre ellos una relación emotiva. Marcus aprende de Will, encuentra en él la referencia paterna que le falta, pero sobre todo Will aprende de Marcus, descubre a los demás, empieza a empalizar con los problemas ajenos, se compromete y se da cuenta de que se puede vivir manteniéndose al margen del sufrimiento de los demás, pero eso quizá sea también mantenerse al margen de la vida.

Nick Hornby utiliza como era de esperar un lenguaje funcional, de frases cortas, con numerosos diálogos, a través de los cuales descubrimos los entresijos de las relaciones humanas, con realismo, pero también con humor y una pizca de ironía. Y sitúa la acción en un lugar (norte de Londres) y una época perfectamente identificable con referencias precisas a Grupos musicales como Nirvana o el suicidio de Kart Cobain.

En 2002, el libro sirvió de guión a la película de mismo nombre, interpretada por Hugo Grant


Cuando Marcus y su madre discutían, siempre se oían alto y claro las partes importantes de la conversación: era demasiado, demasiado caro, demasiado tarde, demasiado joven, malo para la dentadura, otro canal de televisión, los deberes del colegio, la fruta. En cambio, cuando su madre discutía con alguno de sus novios, uno podía pasarse horas a la escucha sin terminar de comprender de qué iba todo aquello, todo lo referente a la fruta y los deberes, que sin duda tenía que estar escondido en alguna parte de la discusión. Era como si alguien les hubiera dicho que discutiesen, y como si se hubieran puesto a hacerlo sobre lo primero que les había venido a la cabeza.


A Will le bastó con mirarlo a la cara para convencerse de que el chico era sencillamente curioso, y de que esa curiosidad no daba muestras de menguar. La conversación ya se había extendido hasta un punto que rebasaba con creces el nivel de comodidad de Will, a quien ahora empezaba a preocuparle la posibilidad de que se viera obligado a manifestar la más cruel de las verdades, esto es, que la madre de Marcus era, como su hijo, una lunática; que aún cuando se dejase a un lado la cuestión de la cordura, los dos eran, de todos modos, un par de perdedores sin remedio; que difícilmente podría imaginar unas navidades más lúgubres que las que él le estaba proponiendo; que con mucho habría preferido volver a su plan inicial y pasar la Navidad en el olvido y verse la filmografía completa de los hermanos Marx antes de cumplir el ritual de partir el hueso de la suerte con cualquiera de los dos; que toda persona en sus cabales sentiría lo mismo que él. Si el chico no era capaz de pescarlo al vuelo, ¿qué opciones le quedaban? Estaba clarísimo, a menos que…



Will jamás había considerado con cierta seriedad que Marcus fuese un buen chico; hasta ese momento sólo se había fijado en su faceta más excéntrica y problemática, seguramente porque no había habido nada más en qué fijarse. No obstante, vio con absoluta claridad que lo era, y no porque obedeciese a todo y no se quejase de nada, no, se trataba de una bondad intrínseca, algo que le hacía mirar un montón de regalos lamentables y reconocer que estaban hechos con amor y cariño, y que con eso bastaba. Ni siquiera se trataba de que Marcus prefiriese ver la botella medio llena; su botella no estaba llena a rebosar, eso saltaba a la vista, pero sin duda se habría quedado de una pieza si alguien hubiera intentado decirle que muchos chicos de su edad habrían tirado aquella chaqueta espantosa y las partituras para piano a la cara de sus padres y habría reclamado terminantemente una consola de Sony Playstation.

24 de octubre de 2009

Maravillas del Camino
















Admitiendo que el Camino y su capacidad de atracción es en sí mismo una maravilla en este tercer y último post quisiera comentar algo más sobre los tres hitos destacados entre Logroño y Burgos: el Monasterio de Santa María la Real de Nájera, la Catedral de Santo Domingo de la Calzada y el monasterio de San Juan de Ortega.

A partir del año 923 Nájera es arrebatada a los musulmanes y para marcar sus dominios los reyes de Pamplona establecen su trono alternativamente en Nájera y en Pamplona. Es García Sánchez III quien en el año 1052 inaugura el monasterio construido en honor de Santa María de la Cueva atendiendo a un milagro lleno de misterio y de simbolismos y que siguen figurando como emblemas el el retablo del altar mayor de la basílica: un ramo de azucenas, una lámpara y una campana.
La construcción original de estilo románico mozárabe es transformada en el siglo XV cuando la abadía pasa a manos de los benedictinos. Se reconstruye en estilo gótico florido y se convierten en panteón de los reyes de Pamplona y Nájera y añadiéndosele el Claustro de los Caballeros.

Como peregrino, ajeno a los valores artísticos formales sólo quiero destacar el sepulcro de Doña Blanca Garcés conocida como Blanca de Navarra; las tracerías de los ojivales del claustro en estilo plateresco que en número de 24, están creados mediante una celosía en piedra de motivo diferente en cada uno de ellos; y finalmente aunque quizá más modesta, la puerta de entrada a la iglesia, que data de la primera mitad del siglo XVI y está labrada en nogal con motivos de medallones, plantas y animales fantásticos agrupados en paneles rectangulares.




Dieciocho kilómetros más allá nos encontramos con Santo Domingo de la Calzada y su colegiata y posterior catedral, construida en el siglo XII. Gran parte del románico original se conserva aún y constituye uno de los hitos del Camino de Santiago.

Por mi parte, quiero destacar el retablo renacentista del valenciano Damián Forment, único retablo que el artista talló en madera, aunque posteriormente fue policromado por Andrés de Melgar. De nueve metros de ancho y trece de alto, además de los temas religiosos, destaca la presencia de temas mitológicos: tritones, nereidas y centauros. La reciente instalación junto al retablo de una pantalla táctil interactiva permite al visitante ver con detalle cualquier elemento del retablo gracias a una fotografía de gran definición.
En cuanto a la torre exenta, de de estilo barroco que con sus 70 metros de altura es llamada cariñosamente “la moza de La Rioja”, debe ser cierto eso de que a la tercera va la vencida porque sustituye a una torre gótica que tuvo que ser desmantelada y que a su vez había remplazado a la original torre románica.

Finalmente, a 25 kilómetros de Burgos, nos encontramos con el Monasterio de San Juan de Ortega, de la segunda mitad del siglo XII y que desde hace más de 800 años ha sido un bastión indispensable en el Camino de Santiago.
Me paro frente al capitel de la Anunciación. En los dos equinoccios, un rayo de sol que se introduce por un ventanal ilumina a las 5 de la tarde el capitel, apreciándose que la Virgen María se dirige a la luz y no a San Gabriel. Mezcla de observación astronómica y técnicas arquitectónicas es todo un mensaje simbólico que nos regalan los constructores medievales.

23 de octubre de 2009

Sabiduría


Me preocupa pensar que, cuánta más información llega a nosotros menos tiempo dedicamos a pensar por nuestra cuenta. Por eso quizá nos sobran conocimientos y nos falta sabiduría.
El poeta T.S. Eliot lo dice maravillosamente en estos versos

¿Dónde está la sabiduría,
que se perdió con el conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento
que se perdió con la información
?

22 de octubre de 2009

David Trueba, - Saber Perder

SABER PERDER
Novela
David Trueba
Anagrama 2008
Narrativas Hispánicas
520 páginas


He disfrutado con otro libros de David Trueba como “abierto toda la noche 81996) y “Cuatro amigos” (1999); sin embargo me resistía ante las más de 500 páginas de “Saber perder”.

Una reseña en el blog de Elena “perdida entre libros” y el comentario de alguien muy próximo me ha dado el último empujón y desde luego lo agradezco. Se trata de un libro ameno, ágil aunque a veces reiterativo, de fácil lectura. En él David Trueba aborda la personalidad de sus protagonistas a través de la minuciosa repetición de sus actos, acertados o desacertados, voluntarios, voluntariosos o inconscientes. Son además, por su vinculación familiar y sus diferentes etapas vitales, como un corte vertical en la tarta de nuestra sociedad y en especial en una sociedad de perdedores.

Para bien resaltar el espíritu competitivo que empapa nuestra sociedad, David Trueba introduce un cuarto personaje: un joven futbolista argentino crack en su país pero a quien las cosas no le van tan bien en el equipo español al que se acaba de incorporar.

Contado en presente por un narrador omnisciente, estamos ante relato que narra la vida de cuatro supervivientes que tratan de aprender de las pequeñas derrotas cotidianas y es que como afirma David Trueba “ Sobrevivir es más importante que triunfar”.

Lorenzo, acaba de perder su trabajo, su mujer le ha abandonado y el negocio que ha compartía con un amigo le ha llevado a la ruina. Su hija, Sylvia, se ve a escondidas con Ariel, el futbolista Argentino, y Leandro, el padre de Lorezo y abuelo de Sylvia trata de recuperar el tiempo perdido y se lanza, quizá de manera equivocada por una senda, de difícil retorno. Los cuatro, viven con el peso de un secreto que no pueden compartir, y se muestran de una aplastante naturalidad. Son personajes reales, como los que nos cruzamos todos los días en la calle, seres como nosotros, que cometen errores, que engañan y se esconden de los demás.

El narrador pasa de un personaje a otro dentro del mismo capítulo, pero al tratarse de un relato en presente, no perdemos nunca el hilo de la narración, y el autor nos introduce en la trama de la historia al incorporar datos absolutamente fehacientes como los atentados del 11 M o el incendio que destrozó las costas de varios países asiáticos causando miles de víctimas mortales.

A pesar de tener, quizá, una longitud algo excesiva, la novela no se hace pesada en ningún momento porque David Trueba maneja admirablemente una sutil ironía y un imperturbable sentido del humor.

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.



¿Volvemos a casa? pregunta Leandro. Lorenzo siente piedad por ese hombre al que de niño temía por su rigor, sus convicciones firmes, al que luego ignoró y más tarde aprendió a respetar. Su padre empequeñecido avanza por el pasillo y Lorenzo le ve entrar en su cuarto. ¿Quién soy yo para juzgarlo? Si pudiéramos exponer a la luz las miserias de las personas, los errores, las torpezas, los crímenes, nos encontraríamos con la penuria más absurda, la verdadera indignidad. Por suerte, piensa Lorenzo, cada uno llevamos nuestra secreta derrota bien adentro, lo más lejos posible de la mirada de los demás. Por eso no ha querido escarbar demasiado en la herida de su padre, conocer los detalles, humillarle más de lo que ya le debía de humillar sincerarse con su hijo.

Días de mar brava


16 de octubre de 2009

Piedras, flechas y pequeñas alegrías del Camino

Quisiera plasmar aquí algunos pequeños detalles de los muchos que a lo largo de estos siete días iniciáticos me han ido sorprendiendo.

Al salir de Logroño, un espontáneo, Marcelino Lobato, el “peregrino pasante” ha establecido en un cobertizo su tenderete. Sella las credenciales como si de una autoridad se tratara. ofrece manzanas, avellanas y sobre la mesa no veo el consabido platillo para depositar nuestra ofrenda. Luego me entero de que a lo largo del Camino existen otros personajes parecidos que han convertido el Camino en su modus vivendi.
En un lugar del camino alguien ha confeccionado con ramitas de árbol una tosca cruz trenzada en la valla que nos separa de la autovía. Alguien ha creído ver algún significado especial y ha añadido su propia cruz, luego otro, y otro. al final son cientos las crucecillas que tapizan la valla. Seguramente pocos saben por qué lo hacen. Más curioso aún son los montoncitos de piedras que se van colocando sobre cualquier poste, mojón, o lugar muy visible del camino. Son famosos los canteros que se han ido formando en torno a los humilladeros en particular el de la Cruz de Ferro cerca de Foncebadón. Simbolizan la solidaridad de los peregrinos que piedra a piedra crean entre todos un monumento. Quiero creer que estos humildes montoncitos de piedras con los que me encuentro son también una forma de decir, por humilde que sea, yo también he puesto mi anónimo granito de arena en esta empresa. Resalto lo de anónimo porque afortunadamente los grafitteros aún no han hecho acto de presencia. Nada más repelente que los consabidos XXX y YYY estuvieron aquí día tal de tal de mil novecientos tal.

“Las peras del huerto del vecino siempre son más sabrosas que las del nuestro”. Yo no tengo huerto, pero desde luego no he sabido resistir la tentación de probar la fruta de los huertos del vecino. Las cepas cuajadas de brillantes racimos negros, las higueras cargadas de higos al borde del camino, algún manzano o peral que nos ofrece su fruto al paso, me han hecho sucumbir a la tentación y me han recordado los años de la infancia es que esta práctica era casi un deporte.

Ciertamente el camino está cuajado de pequeños placeres: la salida de la etapa, al amanecer, mientras los primeros rayos de sol acarician los tejados de la ciudad y pintan a nuestra espalda el cielo de color rosa; el frescor de la mañana y el silencio sólo interrumpido por algún canto de pájaro y por el chirriar de nuestras botas sobre los guijarros del camino; las paradas para dejar que nuestra vista se pierda en el azul brumoso recortado de montañas; descalzarse y meter los pies en el agua helada de algún pilón para calmar los pies doloridos, el alto en el camino a pie de un crucero beber un trago de agua y comer ese bocadillo que nos tienta en la mochila; la visión de nuestra meta al coronar un empinado ribazo; llamar a la puerta de alguna casa para pedir una brizna de sal o una patata para completar ese guiso que entre unos cuantos estamos preparando en la cocina del albergue; lavar nuestra propia ropa con un grueso trozo de jabón Lagarto y llevar la colada al tendal como si no hubiéramos hecho otra cosa en la vida; los reencuentros en el albergue después de haber perdido de vista al peregrino con quien hablamos en una etapa anterior; las presentaciones y charlas al caer la tarde; esa canción que alguien nos dedica y toca con su armónica; las botas alineadas a la entrada del albergue, en perfecto estado de revista y los imprescindibles bastones que tanto incordian pero que empujan en las subidas y amortiguan las bajadas.

Nunca la descripción será completa. Cada cual percibe y disfruta de su Camino y a su manera. No sería justo sin embargo no mencionar a los hospitaleros voluntarios que regentan los albergues, sellan las credenciales, chapurrean idiomas y nos hablan más con sus gestos, su sonrisa y su gran corazón que con nuestro propio idioma.

Hacer el Camino, tiene muy poco que ver con ir de excursión o con hacer senderismo. El Camino tiene a pesar de uno mismo una carga espiritual difícil de eludir. Supone fatigas, convivencia e incomodidades, particularmente en los albergues. Algo extraño ha de ocurrir, porque a decir de los expertos, quien lo prueba repite.

15 de octubre de 2009

Era el viaje como una Epifanía

Era el viaje como una epifanía
como el canto fluvial
como una novia
y la ciudad tenía, luna niña
un polisón bordado de equinoccios.
Llegaste tú como un presentimiento
caminando despacio por la lluvia
de una tarde lejana, dibujada
en la húmeda espalda del invierno.
Hicimos el camino en un abrazo
tranzamos el paisaje con adioses
para encontrarnos solos, finalmente
en la estación de nunca
junto al sauce.
Y fue azul y roja la mañana
y el despertar se hizo en tu pecho
apeadero de nuestros desencuentros.
Al final esperaba la alborada
como una campesina en otoño
aguardando la luz y descorriendo el alba.
Sabia que te irías
y te fuiste.
Era el viaje como una fuente seca
como un árbol caído
como una puñalada.

Ramón Pernas
Poesía (in)completa 2009