27 de enero de 2009

Gibraltar: Viajar en círculo

Algunas veces recorremos medio mundo sin salir de casa. La imaginación es el corcel veloz que nos lleva a través de mares y montañas, nos zambulle en peripecias increíbles y hasta nos deja cara de pánico o de beatitud que sorprende a quienes nos rodean. Pero no me refiero a ese tipo de viajes cuando hablo de viajar en círculo. Estoy hablando de viajes en los que después de salir de un lugar, pasas horas viajando para llegar a menos de dos kilómetros del punto de partida. Eso es lo que ocurría antiguamente con en los necesarios viajes de trabajo a Gibraltar.

Por razones políticas la verja en su sentido más literal estaba cerrada. Entrar en Gibraltar por carretera desde la Línea era imposible, y sin embargo, en Gibraltar se seguían vendiendo todos los productos españoles disponibles en Algeciras: vinos, embutidos, quesos, pastas, chocolates y un largo etcétera.

Viajaba a Málaga en avión y luego en automóvil alquilado hasta Algeciras. Tras pasar la noche en el romántico y decimonónico Hotel Reina Cristina, por la mañana temprano iba al puerto y embarcaba en un hidrofoil hasta Tánger. No era necesario desembarcar pues a los pocos minutos el hidrofoil cruzaba de nuevo el Estrecho desviando ligeramente su curso para adentrarse en el puerto de Gibraltar.

No es fácil olvidar aquellos viajes porque lo que parecía una tonta y pesada traba en nuestro trabajo se convertía a veces en azarosa aventura. En una ocasión, navegando con mar picado, los motores de hidrofoil fallaron y lo que a plena marcha parecía un elegante caballito de mar irguiendo orgulloso su proa por encima de las olas, de convirtió de repente en un largo tubo oscuro, bamboleándose al capricho de temporal. Afortunadamente, tras varias horas de angustia, los motores volvieron a resoplar y trabajosamente alcanzamos la otra orilla.

También ocurría a veces que el Estrecho quedaba cerrado a causa del temporal, y que pese a estar a unos pasos de distancia de nuestro destino por carretera, teníamos que hacer noche en Gibraltar o en Tánger según los casos, y hacer la travesía en Ferries de mayor porte. Pese a que de estos viajes siempre veníamos bien aprovisionados en whisky y cigarrillos, pocas veces encontraba en nuestra Delegación de Algeciras voluntarios que quisieran acompañarme a visitar a nuestros clientes de Gibraltar. No sé si temían más los posibles avatares del hidrofoil o verse retenido una tarde noche en algún histórico pero inhóspito hotel de Tánger.

Para mí, viajar fue siempre una aventura y los sobresaltos, cambios de programa, incidentes, no me eran desconocidos. Aprovechaba las visitas para adentrarme en la vida de los “llanitos”, subir por algunas rutas autorizadas del Peñón, vara ver de cerca de los famosos monos de la Roca, y contemplar de lejos la horadada mole de piedra y escuchar de boca de mis clientes historias de las Segunda Guerra Mundial y de soldados Británicos emparedados en las cuevas del Peñón con provisiones y equipamiento para resistir durante meses el asedio y desde sus privilegiados puntos de observación comunicar con Londres los movimientos de barcos por el Estrecho.

He vuelto varias veces a Gibraltar en época reciente y tengo que confesar que llegar a la Línea en coche, aparcar, cruzar la frontera, y visitar a los clientes, había perdido su mayor encanto, que era algo así como vivir el sobresalto de las pateras y lo absurdo e inútil del trayecto y el seco sabor de la aventura.

25 de enero de 2009

Tarde de invierno

El sol languidece pero con su su último aliento acaricia los muros de la vieja ermita.

22 de enero de 2009

¡¡ Basta !!

Admiro los surtidores de las gasolineras que se paran automáticamente cuando el depósito del automóvil está lleno. El hombre a lo largo de su evolución a desarrollado un maravilloso sistema de alerta que encienden los mecanismos imprescindibles de supervivencia como la sed, el hambre, el miedo o la ira. Sin embargo, cuando estas necesidades están cubiertas o las causas que las provocan han desaparecido, el mecanismo que nos indique el punto de saciedad es mucho más difuso y con frecuencia pervertido o atrofiado por los sentimientos y las emociones.

Sabemos cuando tenemos hambre pero nuestro cuerpo no emite señales distintivas para que dejemos de comer cuando estamos saciados . Todos tenemos la experiencia de “habernos pasado”, de “haber comido de más”. El lugar donde comemos y las personas que nos rodean tienen una influencia directa en nuestra ingesta de alimentos. Está demostrado que en los restaurantes de comida rápida, rodeados de personas que engullen “big Macs”, comemos más de prisa y generalmente nos pasamos más fácilmente de la raya que cuando comemos pausadamente en un restaurante caro alternando nuestra comida con una conversación amena entre amigos. Según cómo y donde, lo tenemos más difícil para decir ¡Basta! Nuestro cuerpo no nos ayuda demasiado en esta tarea.

Nuestros ancestros, para poder sobrevivir los crudos inviernos post-cuaternarios aprendieron a acumular no sólo para el momento presente sino también en previsión de necesidades futuras. Aunque nuestras vidas han cambiado drásticamente, en nuestros genes siguen inscritos algunos de estos atavismos primigenios, y todos, de alguna manera, sucumbimos a la necesidad de acumular, almacenar, adquirir para tiempos malos. Somos más partidarios de las hormigas que de la cigarra de la fábula, y eso está muy bien, pero ¿cuál es el mecanismo que nos dice ¡basta!? ¿Hasta dónde es suficiente? Merece la pena acumular objetos, utensilios o bienes, a cambio del tiempo de trabajo necesario para pagarlos? ¿Dónde se encuentra el punto de equilibrio entre lo que se tiene y el tiempo necesario para disfrutarlo? Me hago estas preguntas y creo que no hemos encontrado tampoco en este terreno el punto de saciedad responsable que nos permita prever y proveer para el futuro sin por ello dejar de disfrutar del presente.

Cuando llego por la mañana a mi despacho, he ojeado dos periódicos locales. Abro el ordenador y veo las principales noticias mundiales en Internet. Llego a casa a medio día y veo las noticias en la televisión. En el correo electrónico, amén de la publicidad no deseada (Spam) me invaden los pps, los mensajes, los chistes, y afortunadamente cartas de amigos siempre deseadas. Sobre la mesa se amontonan los libros por leer, las películas en DVD por ver, los CD de música por escuchar y me vuelvo a preguntar: ¿Cuándo es la información suficiente? ¿Cuándo hay que decir ¡Basta!? Pienso sinceramente que a fuerza de tener información perdemos capacidad de opinión. Oímos versiones contradictorias de los hechos, y más de una vez tendemos a repetir lo que se dice en lugar de reflexionar sobre lo que ocurre.

Cada vez que necesito cambiar de teléfono móvil siento la tentación de echar a suertes cuál escoger, y es que aquí también estamos inundados de alternativas y empieza a ser hora de decir ¡basta de opciones! Tantas alternativas acaban agobiándonos. Acabamos no sabiéndo cuál es la elección correcta y además eso crea en nosotros un cierto estado de ansiedad ya que recién hemos comprado una cámara, un ordenador portátil, o un videojuego, ya ha salido un nuevo modelo que hace el nuestro obsoleto. Nuestra sociedad está tan montada en el carro de la producción en masa que sería peligroso que de pronto dejáramos de consumir, pero creo que estamos abusando de los recursos disponibles en el planeta y está siendo hora de decir ¡Basta!

17 de enero de 2009

17 de Enero: Día de San Antón

Desde hace más de 300 años, el pueblo de Gamonal, populoso barrio de Burgos anexionado a la capital en los años 50, reparte hoy día 17 de Enero, dia de San Antón, los Titos y el Pan del Santo.

La tradición está vinculada con La Cofradía de San Antón, que atendía a los peregrinos que transitaban por el camino de Santiago, con el plato habitual en las mesas castellanas de la época: los titos, leguminosa parecida al garbanzo, aunque de textura más suave.

Miles de Burgaleses se acercan con cazuelas y otros recipientes para recibir su porción de titos que siguiendo la tradición servirán de primer plato en el menú de ese día.

Más de 2000 kilos de titos, 250 litros de aceite, 200 kilos de cebolla, pimientos picantes, ajos y otros condimentos son cocinados a fuego lento en 11 gigantescas ollas con leña de roble.

Bonita tradición que desde mi puesto de Presidente del Consejo de Barrio vivo en primera línea como invitado y que tendremos que reciprocar el próximo día 2 de Febrero día de las Candelas.


15 de enero de 2009

La sembradura del deseo


Soy al vez el que estuvo en cierta calle
besando a una mujer.
Tú eras esa mujer y estás aquí ahora,
ahora y todavía.
Ahora y aquí,
pero tan solo en mi recuerdo,
porque en el sueño no eres tú tampoco:
somos hombres y mujer,
hombre y mujer de amortiguadas ansias,
envueltos como en aire,
tendidos sobre un lecho de hojas húmedas,
un aire respirado por mil almas,
compartido con sueños de otras noches,
aire y húmedas hojas,
turba infinita pero insuficiente
para la sembradura del deseo.

José María Micó
La Sangre de los fósiles (2005)

4 de enero de 2009

La Dulce Envenenadora de Arto Paasilinna


LA DULCE ENVENENADORA
Novela
Arto Paasilinna
Anagrama 2008
Panorama de narrativas
Título original: Suloinen myrkynkeittäjä 1998
Traducido del finlandés por Dulce Fernández Anguita
197 páginas

El humor cáustico y desopilante de Arto Paasilinna ha tenido el mérito nada menos que de hacer bajar la tasa de suicidios en Finlandia tras la publicación de su libro: “Delicioso suicidio en grupo” No sé si tras la publicación de “La dulce envenenadora” las autoridades de ese país tendrán más en cuenta los males que aquejan a la sociedad finlandesa, pero desde luego al lector le deja un regusto agridulce en los labios y la sensación de que tras el gélido humor nórdico se nos pinta un sombrío cuadro donde aparecen de manera descarnada bajo la aparente chifladura de los personajes, los males que aquejan no sólo a la sociedad finlandesa, sino a toda la sociedad occidental en general: pérdida de valores morales, corrupción e indiferencia policial, pérdida de respeto hacia los demás, vejez olvidada, juventud marginada, choque generacional, desmoronamiento de las instituciones, droga, alcoholismo, sida:

Pero no se puede leer a Paasilinna buscando una trama sorpresiva, llena de giros inesperados. A las pocas líneas y teniendo en cuenta el título del libro ya podemos reconstruir mentalmente de qué va la historia. Sin embargo, para entonces ya estamos enganchados, porque a pesar de que la historia se desarrolla como un cuadro tan naïf como el que ilustra la portada del libro, empezamos a ver continuos guiños a la farsa y escenas que serían hilarantes si no fuera por el trasfondo dramático que revelan.

En el jardín de su casita roja, en la quieta campiña de los alrededores de Helsinki, una dulce viejecita riega sus arriates de violetas. Las golondrinas vuelan gorjeando, los moscardones zumban, un gato dormita en el prado. Pero el idilio sólo es aparente: la vida tranquila de Linnea Ravaska, octogenaria viuda de un coronel, es emponzoñada por una banda de malhechores que llega regularmente cada mes a la capital para arrebatarle su escasa pensión. El desnaturalizado nieto Kauko y sus dignos acólitos Jari y Pera, no se contentan con despojarla sino que destrozan todo lo que encuentran a su paso, torturan al gato, golpean por puro placer, roban ensucian, destruyen, sin que Línnea ose rebelarse, hasta el fatídico día en que decide no soportarlo más. Kauko la obliga a firmar un testamento en su favor, y la coronela, aterrorizada por haber sellando su condena, llama a la policía y huye a Helsinki, a casa de un viejo amigo médico de la familia.

A partir de ahí los acontecimientos dramáticos y cándidos a la vez se van sucediendo de forma trepidante y nuestra heroína víctima inocente de sus perseguidores se convierte inconscientemente en su implacable verdugo.

30 de diciembre de 2008

Y finalmente, Gracias a vosotros


Y finalmente Gracias a vosotros,

A vosotros, técnicos, albañiles, fontaneros, electricistas,
que hacéis que las cosas funcionen y reparáis las que están cansadas.
A vosotros, transportistas, pilotos, maquinistas, conductores de autobús
que nos lleváis y nos traéis por los senderos del mundo.
A vosotros, médicos, enfermeros, militares, guardias, policías y bomberos,
que habéis hecho de nosotros un acto de servicio.
A vosotros, maestros, profesores, mentores, amigos del pasado
que ya no estáis pero cuya huella no puedo borrar.
A vosotros los condiscípulos de escuela, los colegas de universidad
y los compañeros de trabajo que me habéis empujado, ayudado o estimulado
A vosotros, amigos y amigas de ayer, amigos y amigas de hoy,
amigos y amigas de siempre y para siempre
A vosotros parientes idos y parientes lejanos, a vosotros hermanos y
a mi familia en la que crezco, gozo, sufro y me renuevo cada día.
A vosotros los que sin querer he omitido u olvidado, a todos de verdad
gracias por estar ahí, porque sin vosotros el mundo se vendría abajo,
por el pan y la sal y por tanto trabajo

Gracias

Gracias por la naturaleza


Gracias también:
Por el agua de lluvia que resbala en mi ventana
y los humildes ríos que surcan como venas el campo.
Por las nubes blancas que dibujan pantomimas
contra el deslumbrante cielo azul.
Por el sol que me alumbra y la luna que me hace soñar
y por los guiños de las minúsculas estrellas
Por el viento huracanado que hulula en las persianas
y por la suave brisa que mece las ramas del jardín.
Por el mar que ruge y levanta montañas de espuma,
y por las olas que peinan sus rizos en la límpida arena.
Por el tupido bosque que exhala al aire su verde aliento
y por las últimas hojas que caracolean y alfombran el paseo.
Por la blanca nieve que sacia la sed de los montes
y la escarcha invernal que viste de novia a las zarzas
Por los animales domésticos y los peces del mar
las frutas y hortalizas que nos sirven de sustento.
Por las flores del campo que adornan la existencia,
y los trinos gratuitos de los pájaros en sus nidos.
Por la naturalaza entera en la que vivimos y olvidamos
y a veces profanamos haciendo mal uso de ella.

28 de diciembre de 2008

Gracias por las cosas

>> Gracias por el obediente grifo que a un toque me dispensa agua en abundancia y me evita tener que ir buscarla a un pozo.
>> Gracias también por la cómoda ducha que me acaba de despertarme por la mañana, me hace sentir limpio y me da bríos para empezar el nuevo día.
>> Gracias por el discreto interruptor que ilumina las habitaciones a un toque de mi dedo sin tener que recurrir a las velas y los candiles que ahúman y ensucian las paredes
>> Gracias por los radiadores escondidos detrás de las cortinas, que hacen que toda la casa esté cálida y acogedora, aunque en el exterior nieve y haga ventisca.
>> Gracias por los limpios cristales de las ventanas que inundan la casa de luz durante el día y me permiten mirar al exterior y contemplar bellas puestas de sol al caer la tarde.
>> Gracias por las sillas y las mesas que hacen tan cómodas las acciones de todos los días y aquellas en particular que más nos gustan como compartir el pan y la palabra.
>> Gracias por el frigorífico que conserva los alimentos y me evita tener que salir en su búsqueda todos los días.
>> Gracias por la cocina de vitrocerámica, tan limpia, tan inofensiva, y que con tanta rapidez cocina, hornea, fríe, cuece, guisa los alimentos que le confiamos.Gracias a todos los utensilios de la casa que mis abuelos no conocieron y que me hacen hoy la vida tan cómoda que ni siquiera me doy cuenta de ello. Gracias.

19 de diciembre de 2008

Las otras caras de la Navidad

Es la Navidad
De los niños pobres.
Agujeros en las mangas,
Mugre entre los dedos,
Hambre de animal herido,
Festejan el nacimiento.
No hay globos
Ni regalos.
Una hoguera
De cuatro leños mojados
Calienta sin ganas
La navidad de los niños
Pobres.
No muy lejos,
Las risas y los juegos
Alumbran el pesebre.
Nadie pregunta
Cómo son los niños
Pobres.
No gusta
Que les muestren
Sus miserias.
Prefieren,
En la misa de
Medianoche,
Iluminar el sagrario
Con velas de colores.

Fernando Giucich (De su poemario: Clara) ( http://clarasofia.blogspot.com/)



Las viejas maderas crepitan junto a los cartones ardiendo. La noche es fría, y allá en el limpio cielo, las estrellas titilan, componiendo un mágico decorado.

Manos con guantes rotos, dejan ver unos pequeños dedos que se extienden acercándose a la fogata, buscando el calor.

En los bolsillos, un trozo de pan mordisqueado, con olor al queso, que hace tiempo desapareció.

Se oyen canciones que rompen el silencio de la noche, y la curiosidad infantil, le hace ir en pos del lugar donde suenan.

En aquella vieja calle hay una luz encendida que sale de un escaparate.

Junta su nariz al frío cristal, que se humedece con el vaho de su boquita, y contempla maravillado, todo lo que en sus sueños, cada noche imagina poseer.

Malena (http://eltinterodechina.blogspot.com/)


Bajarás la calle con los pies helados
Llevando en tus manos el trozo de pan
Y en la plaza vieja del árbol de fuego
El cielo y los sueños
Te harán capitán
De un barco velero con alas de seda
Repleto de cuentos donde navegar
Siguiendo la estela de la luna blanca
Lograrás el puerto
Es
La Navidad.

El Viento en la Isla. (http://vientoenlaisla.blogspot.com/)


Alguien mira sonriente al niño, sentado en el cuerno blanco de la luna.

Durante un buen rato, ha estado soplando suavemente, para que el aire llevase al pequeño, sus palabras disfrazadas en los copos de nieve que caen, en las notas musicales de las risas y en el pentagrama de las canciones que resuenan por la calle.

El chicuelo no sabe por qué, pero mientras encamina sus pasos a la plaza vieja, lleva grabada en su retina, la imagen de un barco velero que vio en el escaparate, casi oculto entre mil juguetes.

Sus ojos se abren con infinito asombro, al ver junto al árbol de fuego, un enorme barco, réplica perfecta del otro.

El hombre de la luna, sopla de nuevo, y la nave se eleva, una vez el niño a bordo, surcando aires y nubes, alto, alto, cada vez más alto.

La cola de un cometa estrellado, aparece repentinamente ante la proa, y por ella, desciende la nave hasta aterrizar frente a un humilde pesebre.

Sobre una sabanita, entre pajas, duerme un bebé al cuidado amoroso de sus padres, de un buey y una mula que con su aliento, intentan defender el cuerpecito infantil del frío intenso.

La temperatura es muy baja, no hay juguetes, ni globos, ni velas de colores, ni el bebé, ni sus padres, visten ropas bonitas y abrigadas, pero los labios del niñito dormido, se curvan en la más bella sonrisa que nadie haya visto, y la de sus padres, al contemplarlo, no lo es menos.

El barco comienza a balancearse, y el pequeño se apresura a subir. De regreso, en la plaza del árbol de fuego, corre apresurado hacia el escaparate. Su vista escudriña cada uno de los mil juguetes que se muestran ante él, pero… por ningún lado ve lo que busca: una sonrisa.

No hay ninguna en la tienda. De repente, repara en el reflejo de su propio rostro en el cristal, y es entonces, cuando advierte que sus labios dibujan una sonrisa, y que era tan bonita como la de aquel bebé.

Por alguna razón, cuando el pequeño se alejaba del escaparate, el frío era menos intenso en la noche.

Calle Quimera (http://callequimera.blogspot.com/)

Por las frías avenidas van caminando, pero no les preguntes, ni de dónde vienen, ni a donde van.
Caminan por sobrevivir. Mientras caminan, saben que están vivos. Sus pasos les llevan, y un instinto casi animal, les hace buscar cobijo.

Una chabola destartalada les llama la atención. Dentro hay luz y cuando llegan a la puerta del chamizo, se les ensancha la sonrisa.

La luz proviene de una hoguera encendida, y en torno a ella, niños y adultos extienden las manos. No es necesario insistir, dónde caben cinco caben siete y todos se apretujan un poco más, que de cuerpo con cuerpo nace el calor.

Las trémulas llamas ponen en sus mejillas color, mientras sus ojos brillan con un oscuro calor.

Atraviesan con su mirada las llamas y descubren el silencio que impera allá: Una mujer muy joven y tímida, mece en sus brazos a un rorro mientras los demás, le acunan con su silencio a su alrededor.

Lo envuelve en una raída toquilla, y cerca del fuego, lo deposita en un amplio cesto de mimbre.

Es Navidad.

Federico (Quizá soñar) (http://quizasoñar.blogspot.com/)


Sigue la noche, el frío arreció y las estrellas juegan con el crepitar de las maderas, pero alrededor de la hoguera, no hay nadie ya.

El barco no vuela atravesando el cielo, los niños de la calle continúan en aquella chabola dando su calor al bebé que nació y que duerme tranquilamente en los brazos de su madre que lo mira con amor.

Calor junto a calor. El padre saca de su vieja mochila, embutidos y pan, que comparten con ilusión.

Las barrigas agradecidas, hacen que los ojos se vayan lentamente cerrando. Cuerpos contra cuerpos dan siempre calor.

En sus mentes hay barcos que cruzan el espacio. Jóvenes capitanes que los tripulan por un camino cuajado de estrellas.

Sonrisas inocentes en sus labios y corazones llenos de emoción.

No hay luces en sus árboles, ni bolas de colores, ni espumillón.

Sólo una vida por delante y un futuro en el que creen que serán capitanes de veleros, y lo conseguirán, y nosotros lucharemos para que algún día puedan decir a sus hijos con un barco de juguete en las manos:

- “Uno de éstos, en una fría noche de diciembre, tripulé yo”.

- “Hijo mío: ¡Feliz Navidad!”

Malena (El Tintero de China) (http://eltinterodechina.blogspot.com/)
Fernando Giucich, Elsa(El Viento en la Isla), Avalon y Etinarcadia(Calle Quimera), Federico(Quizá Soñar) y yo, Malena(El Tintero de China), con nuestras manos unidas, a pesar de las distancias, os abrazamos con calidez y os deseamos una Feliz Navidad, con todo nuestro corazón.

15 de diciembre de 2008

Kirchner; "Cinco mujeres en la calle"


Cinco Mujeres en la calle
Ernst Ludwig Kirchner
1913, Museo Wallraf-Ritchartz (Colonia)
Óleo sobre lienzo 120,5 x 91 cm

“Ahora, en todas las paredes cuelgan Heckels y Kirchners, se quejaba en 1920 un crítico de arte ante la abundancia inflacionaria de arte expresionista, una tendencia que tras la Primera Guerra Mundial se había erigido como marca cultural de la República de Wiemar. Erich Heckel y Ernst Ludwig Kirchner eran considerados los máximos exponentes de dicho estilo. Junto con compañeros afines, en 1905 fundaron en Dresde el grupo artístico Die Brüecke, que un año más tarde publicó un programa dirigido a una “nueva generación tanto de creadores como de espectadores”, a la juventud como portadora de futuro, a todo aquel que “de forma directa y auténtica” trasmite “lo que le impulsa a crear”.
El aura conscientemente acentuada de exotismo y primitivismo y la libre sexualidad constituyen la clave de la desenfrenada “naturalidad” y alegría vital de la creación expresionista, la flecha envenenada contra el mundo tecnócrata y burgués, un gesto oposicionista, indudablemente sin fundamentos políticos.
La serie de cuadros urbanos comenzada en 1914 tuvo su inicio en el cuadro Cinco mujeres en la calle, completado en Colonia en 1913: en esa escena nocturna, las mujeres situadas en la acera resaltan bajo el cono de luz que arrojan las farolas; a la derecha se insinúa un escaparate y a la izquierda, la rueda de un coche; la perspectiva queda rota. De este modo, Kirchner estableció el prototipo de la mayoría de sus cuadros dedicados a la calle, un prototipo que le permitía rescatar a los individuos del anonimato de las masas. Las mujeres elegantes aunque no llamativas, adoptan una posición afectada; son busconas como las que rondaban en cuadrillas y con un marcado desinterés por la calle Friedrich y la Plaza Postdam

Richard Anthony: J'entends siffler le train

Eran los últimos sesenta, principios de los setenta, yo vivía en Eibar (Guipúzcoa) y mi novia, hoy mi mujer en León. No teníamos coche y las despedidas en la estación eran tan frecuentes que esta canción se convirtió casi en un nostálgico himno a la brevedad de los encuentros.

9 de diciembre de 2008

Muriel Barbery: "La elegancia del erizo"


LA ELEGANCIA DEL ERIZO
Novela
Muriel Barbery
Seix Barral 2007
Biblioteca Fornentor
Título original: L’élégance du hérisson 2006
Traducido del francés por Isabel González Gallarza
367 páginas


Muriel Barbery nació en Bayeux en 1969. Profesora de filosofía, es autora de la novela Una golosina (2000), traducida a doce lenguas. La elegancia del erizo es un fenómeno editorial en Francia, donde ha superado los 250.000 ejemplares venidos. La novela, cuya versión cinematográfica está ya en preparación será publicada próximamente en toda Europa y Estados Unidos.

No es lo mismo tener estudios que ser inteligente. Pertenecer a una clase social acomodada no implica tener cultura. La portera del edificio de la calle Grenelle nº 7 de Paris, ni tiene estudios, ni se codea con los vecinos de su inmueble, sin embargo tiene todas las dificultades del mundo para esconder su inteligencia y sus amplios conocimientos sobre literatura, arte o filosofía. De hecho, disimula vistiendo, poniendo los programas de la tele, y comportándose aparentemente según los patrones al uso entre las porteras de Paris.

Todo va bien, hasta que una niña de doce años, Paula, dotada ella también de una inteligencia poco común intuye que Renée Michel, la portera, no es lo que parece y que su mundo es mucho más complejo y enriquecedor que la banalidad y mediocridad que se esconde tras los lujosos pisos de sus padres y de sus vecinos.

Cuando empecé a leer esta novela de Muriel Barbery me sentí defraudado. Me esperaba una novela de acción y me encontré con algo así como una segunda versión de “El mundo de Sofia” de Jostein Gaardner. Afortunadamente, el mensaje que traspira en cada página del libro es mucho más sencillo: La filosofía, como decía Nietzsche, debe ser pensamiento para la vida y aunque de manera indirecta se haga referencia a Spinoza, Schopenhauer, Kant, Husserl o Ockham, sus teorías se reducen a un estilo de vida en el que prima la sencillez, el amor por las pequeñas cosas, la amistad, el amor.
La Sra. Michel puede disfrutar de la música clásica pero se entusiasma también con Eminem; busca en el Arte una filosfía de vida pero es sensible a la belleza de una naturaleza muerta de la Escuela Flamenca.

Nada en el relato sigue las pautas habituales de la novela. Es un libro atípico en su estructura, en sus personajes, en sus reflexiones sobre la guerra, la inmigración, las clases sociales, el sentido de la vida; y a pesar de tratarse de una novela sin trama, de un libro sin estructura, de una historia en la que no pasa nada, quedamos enganchados desde las primeras páginas.

Muriel Barbery, profesora de filosofía en la vida real, no da consejos, no utiliza la novela como receta de la felicidad, pero a mitad de la novela introduce un tercer personaje que le sirve de catalizador. El pequeño y arrugado sexagenario Kukuro Ozu, encarna esas virtudes de la vida sencilla características de la cultura japonesa: el culto por la belleza sin estridencias, la belleza de las pequeñas cosas, la comida exótica, el haiku el manga, el cine de autor. Nada de largos discursos, de frases intricadas o capítulos tediosos. Por el contrario el libro rezuma humor y algunas perlas como las que siguen:

“Ser pobre, fea y, por añadidura, inteligente, condena en nuestras sociedades a trayectorias sombrías y desengañadas a las que más vale resignarse lo antes posible. A la belleza se le perdona todo, incluso la vulgaridad”.

“A fin de cuentas quizá sea eso la vida: mucha desesperación pero también algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual. Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás. Sí, eso es, un siempre en el jamás. A partir de ahora buscaré los siempres en los jamases. la belleza en este mundo.”

5 de diciembre de 2008

Días de frío en Burgos

Ya casi es invierno. Los chopos desnudos a orillas del río se dejan peinar por unos rayos de sol que languiden. La vista es preciosa, pero para no detenerse.

29 de noviembre de 2008

Poesía Clásica China


La poesía amorosa oriental tiene sus peculiaridades que la distinguen de la poesía occidental, sobre todo, en cuanto a la poesía clásica. Se expresa generalmente de amena moderada, sugerente y elíptica, sin que deje por ello de ser profunda y conmovedora par quien se empape en ella. A ello contribuye, por un lado, el criterio de la mayoría de los críticos y poetas chinos, que consideran que la mejor arte poética debe consistir en conseguir llevar, con pocas palabras, al lector a pensar, reflexionar e imaginar incluso cuando termine el texto. Como señala un sinólogo británico, lo importante no es el sabor del té, sino su aroma, que debe persistir y deleitar aun cuando se haya acabado el té. A esta particularidad también contribuye, por otro lado, el que el carácter nacional del chino sea tranquilo, poco apasionado, reacio a exteriorizaciones de sentimientos afectivos en público considerándolos como lo más íntimo de su ser.

Las despedidas, la separación y las ausencias son constantes y tienen un gran peso en las obras. Ello se debe a los frecuentes viajes que tenían que hacer los chinos de épocas pasadas: huidas de las guerras, desplazamientos de los funcionarios, escritores, comerciantes o trabajadores, por la obligación o necesidad de trabajo, por concurrir a las oposiciones, celebradas en las capitales de provincia y en la del país, para conseguir algún cargo o título, y también, a veces, por destierro y exilio. La nostalgia, las añoranzas, están presentes en toda la poesía china e impregnadas en los versos amorosos.

Casi nunca falta la descripción del paisaje. La naturaleza acompaña siempre al hombre, es humanizada y parece vibrar con el enamorado o la enamorada, o sea, se describe en función del estado de ánimo del autor o del protagonista. Se habla mucho de luna, estrellas, montaña, río, arroyos, y podría parecer reiterativo. Pero si se lee cada poema detenidamente y empapándonos en el ambiente que se nos ofrece, encontraremos que “esa reiteración viene siempre matizada por la pincelada justa que descubre el sentimiento oculto del poeta”
Guojian Chen
Abriéndote lo más íntimo de mi corazón
Zhang Xian (990 – 1078)

¡Qué feliz nuestro encuentro
al claro de la luna,
en medio de las flores!
Pero, ¡qué corto ha sido!
Después vienen las tristezas.
Pasada la ebriedad,
veo roto mi sueño,
los pétalos cayendo
y pálida la luna.
Mas las flores volverán a abrirse
y la luna brillará algún día:
Un mismo corazón
tenemos tú y yo.
Ojalá entonces me convirtiera
en una pequeña rama de sauce,
esperando besos y caricias
de la brisa de la primavera.

28 de noviembre de 2008

Secuestro a primera hora de la mañana

Soy el último en subir a este autobús mañanero que nos transporta casi inconscientes, y nos enfrenta a la rutina diaria. A pesar del probable aseo matinal, de algún que otro vago olor a colonia, miro a mi alrededor y sólo veo párpados hinchados, rostros abotagardos y languidez en las posturas. Es como si frente a cada uno de nosotros el film inacabado de un sueño estuviera aún presentando los títulos de crédito. Los niños sin embargo, bajo el enorme peso de sus mochilas parecen totalmente despiertos y miran impacientes a sus madres. Para ellos, la noche fue un paréntesis. La vida empezó en el momento mismo en que se despertaron. Los adultos probablemente nos incorporamos a la vida más despacio.

En las manos, llevamos bolsos, cartapacios, carteras, alguna bolsa de la compra, en suma mil variados objetos a los que nos aferramos como si fueran emblemas de nuestra aún dubitativa identidad. De pronto, me pregunto: ¿qué ocurriría si unos encapuchados inmovilizaran el autobús, nos secuestraran y nos pidieran que depositáramos frente a ellos nuestras pertenencias? ¿Cuánto dinero, o cuánta miseria podrían amontonar? Unos pocos Euros, algún bocadillo, alguna prenda de vestir, cosméticos, medicamentos, en suma la carga liviana de los condenados a fichar todas las mañanas en un trabajo rutinario y sin horizontes.

Pese a las sacudidas, frenazos y paradas del autobús debo seguir soñando porque me sigo preguntando: ¿Y si los atracadores nos pidieran exclusivamente que nos vaciáramos de lo que cada uno va pensando? ¿Qué ocurriría si mediante un spray mágico un atracador de ideas fuera capaz de solidificar nuestros pensamientos de ese momento, convertirlos de alguna manera en material tangible, visible para todos?

Por suerte, mis últimos pensamientos antes de caer en este pequeño descalabro mental tuvieron que ver con Madrid, con el tiempo que hace que no visito una exposición de pintura y de ahí por pura lógica me vino a la mente Rembrandt, luego mi blog y por último el famoso cuadro de la National Gallery “Heindrix bañándose en el río”
¿Y mi vecino? Ese señor mayor que no parece haya aún abierto los ojos y que cabecea rítmicamente. Posiblemente piense muy atrás en el tiempo, cuando se dedicaba a las faenas del campo, antes de que el Polo de Desarrollo de Burgos lo atrajese a la ciudad como la miel a las moscas. ¿Era feliz entonces? ¿Lo es más ahora? Me fijo en la señora de chaquetón beige y cuello forrado de piel. Esos ojos hundidos, y apagados, esa cara tan triste, esa falta de cualquier pequeño adorno, de un dije, sortija o pendiente, no puede albergar pensamientos alegres. ¿Esta enferma? ¿Es feliz? ¿Tiene hijos? ¿Con quién comparte sus penas? Algo más allá, cerca de la puerta de pie y con la cabeza medio inclinada aquella muchacha joven parece algo turbada. Un ligero sonrojo asoma en su rostro limpio y pálido. ¿Qué ocurrió ayer? ¿Sigue repasando los detalles? ¿Qué le dijo él? ¿Por qué se lo dijo?

Me fijo entonces en los niños, pero de ellos, estos extraños ladrones, obtendrían escaso botín. Ellos son todo acción, proyección. Ellos viven el momento y los viven con todos los sentidos abiertos y sensibles como antenas

Los quince minutos que tarda el autobús en llegar a destino se han pasado en un instante. Despierto a la realidad y miro a mi alrededor. Por supuesto, no hay atracadores, sólo mi pensamiento ha sido seriamente atacado y envenenado por ese frenético interrogatorio. ¿Qué sé yo de las personas que comparten conmigo el autobús todas las mañanas? Después de tanto tiempo, ¿a quién conozco? Qué sé de las personas con las que me cruzo? ¿Qué piensan? ¿Cómo es su vida más allá o más acá de los 15 minutos que compartimos en el autobús? Nadie habla con nadie. Ya ni siquiera se estila un “¡Buenos días!” al subir al autobús. Arrastramos nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones, nuestras penas, quizá también nuestras alegrías como el condenado arrastra su bola de hierro. Ahora comprendo el comentario de ese amigo que un día me dijo: “Me ha ocurrido algo insólito esta mañana entré en el ascensor y como hago siempre lancé un sonoro “¡Buenos días!” a las personas acurrucadas cada una en su rincón como si quisieran pasar desapercibidas: mi miraron con tal cara de asombro que pensé que había dicho un taco!"

27 de noviembre de 2008

Seurat: Un baño en Asnières

UN BAÑO EN ASNIÈRES
1883-1884 Óleo sobre lienzo 201 x 300 cm
National Gallery
(Londres)
En la primavera de 1883, Seurat empezó a trabajar en su primer cuadro de gran formato, Un baño en Asnières, una composición de dos por tres metros. El motivo impresionista de la escena del baño adquiere en este cuadro un tamaño monumental. Las figuras miran hacia la cercana isla de la Grande Jatte, lugar que se convertiría en el escenario de su próximo cuadro de gran formato. Al fondo se pueden ver los modernos puentes y la zona industrial situada detrás de Clichy. Las figuras permanecen silenciosas, y la luz y los colores envuelven la escena con la atmósfera letárgica y calurosa de una tarde estival. Tan solo las embarcaciones del fondo, la barca atravesando el río y en especial el remero cortado por el borde derecho del cuadro permiten adivinar un movimiento apacible.

El decorado moderno y la uniforme luz clara impiden cualquier visión romántica en el cuadro de Seurat, no obstante las figuras, en su aislamiento, se graban solemnes en la memoria . En los años anteriores Asnières había dejado de ser un idílico entorno en el campo y se había convertido en una ciudad-dormitorio para la población que trabajaba en el centro. Basándose en el aspecto y las ropas, como el bombín del hombre tumbado en primer plano, las figuras del cuadro se encuadran entre los miembros de la clase obrera y el artesanado que vivían en las afueras de Paris.

Un baño en Asnières es la primera obra de Seurat que fue preparada con numerosos estudios y croquetons. Al contrario que los impresionistas, que pretendían plasmar el instante y por ello solían trabajar de forma espontánea en la naturaleza, Seurat preparaba sus obras meticulosamente. Captaba el paisaje y las figuras al aire libre; trabajando con óleo sobre pequeñas tablas. Adema de estos bocetos al óleo, elaboraba dibujos de los mismos motivos con lápices Conté. En el taller realizaba finalmente el cuadro grande combinando todos los estudios en una composición equilibrada para conseguir un todo unitario.

26 de noviembre de 2008

República Sudafricana

No era la primera vez que acudía a un país al poco de haber recibido una sacudida de las que hacen tambalearse hasta los fundamentos más arraigados. La primera vez ocurrió en el Líbano donde llegué después de una cruenta guerra civil de 15 años, pero entonces me encontré con un pueblo ávido por olvidar, por tapar los grandes socavones y vacíos de casas ametralladas, y destruidas, por reconstruir un “down city” o centro de la ciudad que había desparecido por completo.

Esta vez, en Johannesburgo la impresión es muy diferente. Estamos en 1995. Nelson Mandela ha sido liberado recientemente y por primera vez hay elecciones democráticas libres para negros y blancos. Es el fin de la apartheid, pero no existe la euforia que cabía esperar. Se está produciendo una auténtica huida de cerebros: profesores, médicos, arquitectos, ingenieros, temerosos por su futuro, emigran hacia Europa. Se habla de cerca de un millón de intelectuales blancos que han abandonado el país. La mayoría negra no ve mejorar su situación, A pesar del fin del apartheid, millones de surafricanos la mayoría negros, continúan viviendo en la pobreza en parte, a causa de los terribles problemas heredados del régimen del apartheid y también, en parte, debido a que el actual gobierno no ha sabido abordar temas sociales. Mis contactos comerciales están desanimados. Aunque me reciben con cordialidad me ofrecen pocas posibilidades de negocio.

La ciudad de Johannesburgo, capital económica del país, la ciudad del oro y los diamantes, se ha convertido en una ciudad peligrosa. Mi hotel se encuentra en las afueras, en una zona residencial antiguamente exclusivamente reservada a los blancos. Si no hubiera salido del hotel tendría una visión absolutamente distorsionada de la realidad. Afortunadamente mi agenda está repleta de citas y aunque me desplazo en el taxi del hotel tengo la oportunidad de asomarme a Soweto, famoso ghetto de más de un millón de habitantes hacinados en chabolas construidas con latas y cartones.
Me impresiona que pese a tener el taxí esperándome a la puerta de los edificios de oficinas del centro de la ciudad las personas a las que visito insisten en hacerme acompañar en el ascensor y hasta el taxi para evitar incidentes desagradables.

En el hotel me entero de que existe un mercado de artesanías en un parque de la ciudad y al regreso de una de las visitas lo recorro en busca de algún objeto que me reconcilie con el país. Hago que los artesanos directamente, o por mediación del taxista que me acompaña, me expliquen las particularidades de la madera de ébano o de otras maderas tropicales. Finalmente me decanto por la talla de una mujer esbelta, drapeada al estilo bantú, cuyo rostro refleja una serena elegancia. Está tallada en una sola pieza partiendo de una rama de ébano cuya configuración se puede comprobar en el pedestal.

En la actualidad, con la continua presencia en torno a nosotros de africanos vendiendo sus artesanías, es muy probable que hubiera podido encontrar alguna talla parecida, pero jamás sería capaz de evocar esa mezcla de admiración, estupor y aprehensión que he sentido en la ciudad de Johannesburgo.

Lo normal, durante mi estancia en Sudáfrica hubiera sido apuntarme a un safari y visitar de paso los yacimientos de diamantes, pero estaba en viaje comercial y he tratado siempre de aprovechar los escasos huecos en el programa para vaciar mi mente de los objetivos puramente crematísticos.

Es lo que hago en mi visita a Pretoria, capital administrativa del país. Me desplazo a ella para hablar con las Autoridades del Ministerio de Agricultura. La Exportación de productos cárnicos españoles sigue seriamente restringida y hay poca cosa que desde la iniciativa privada podamos hacer. No obstante para mí la visita ha merecido la pena. me encuentro en una ciudad cuajada de frondosos jacarandás, de hermosa floración entre azul y violeta. La profusión de arbolado, el estilo de las mansiones, nos transporta a un lugar idílico, en el que sólo la exuberante vegetación nos recuerda que seguimos en África.

Me falta por visitar Ciudad del Cabo, capital legislativa del país y uno de sus principales puertos. Cuando los navegantes portugueses avistaron por primera vez este lugar lo llamaron Cabo de las Tormentas. Sin embargo Pedro II de Portugal le cambió el nombre a Cabo de Buena Esperanza En efecto allí se instalaría una primera colonia portuguesa para abastecer a los buques que navegaban rumbo a las la India en busca de seda y especias.

Ciudad del Cabo es una ciudad industrial y moderna, muy orientada al mar. Tuve la oportunidad de pasar el fin de semana en la ciudad y de apuntarme a una excursión para avistar el paso de las ballenas por el cabo y pisar el punto más meridional del Continente Africano.

A lo largo de la vida vamos acumulando recuerdos y objetos. Pienso ahora que ambos están estrechamente vinculados. Nuestros recuerdos transfiguran los objetos y les dan sentido y valor, los objetos fijan nuestros recuerdos y le sirven de catapulta hacia la memoria. Al entrar en el despacho esta tarde la elegante talla me hizo un guiño y a partir de ahí han ido surgiendo a borbotones estos recuerdos.

22 de noviembre de 2008

Pedro Zarraluki: Todo eso que tanto nos gusta

TODO ESO QUE TANTO NOS GUSTA
Novela
Pedro Zarraluki
Ediciones Destino 2008
Áncora y Delfín 1130
303 páginas


Según confiesa el propio autor en una entrevista, esta novela nace del deseo de escribir sobre la relación de un padre y su hijo tras la lectura de Philip Roth “Patrimonio”. No obstante, a medida que avanzaba en la lectura, me he dado cuenta que ése es sólo un elemento de la novela y que como en el libro de Anna Gavalda “El Consuelo”, recientemente reseñado, aquí hay también una huida de la gran ciudad y una búsqueda de ese palacio especial de Potala no necesariamente situado en el Tíbet, donde poder encontrarnos a nosotros mismos, hacer balance de nuestra vida y aprender a vivir con lo imprescindible: nosotros mismos y unos buenos amigos.

Ese es el viaje el que emprende Tomás, un arquitecto divorciado y arruinado que deja tras de si el escueto mensaje: “Me voy en busca de un palacio en Potala” y acaba escorado en un pueblo del Ampurdán gerundense muy parecido al pueblo en el que el propio Pedro Zarraluki escribió el libro. Su hijo, Ricardo, que ha sido abandonado recientemente por su mujer Clara, parte en busca de su padre para hacerle volver a Barcelona pero, seducido por el pueblo y por los cambios que observa en la vida y las costumbres de su padre, inicia su propia búsqueda interior y acaba tomando una habitación de lo más rústico en la única pensión del pueblo que sirve también, ocasionalmente, a los desahogos amorosos con las prostitutas que bordean la carretera que lleva hacia la playa en la bahía de Roses.

Pero no se trata de una novela melancólica ni introspectiva. Está escrita en clave de humor y los personajes secundarios están tan acertadamente caracterizados, que acabamos decidiendo que nuestro personaje clave es el propio pueblo. Incluso Cristina la ex-mujer de Tomás, ha reconocido siempre la extraña habilidad de su marido para crear lugares mágicos, lugares donde sentirse a gusto. Pues bien, este pueblecito, y la compañía de personajes como el médico Ramiro, la joven María, conductora del único taxi del pueblo llena de vida y de dudas sobre su próximo matrimonio pero “responde como se debe”, cuando llega el momento, Bárbara, la aristócrata italiana patrocinadora de nuevos artistas y muchos otros personajes constituyen en su conjunto una especie de crisol donde se van disolviendo todas las superficialidades con las que nos envolvemos, las necesidades creadas detrás de las que nos escondemos y los falsos discursos con los que explicamos y nos justificamos. Despojados de abalorios, descubrimos el poder de la amistad, la buena vecindad, del compartir el vino y el pan. En un momento de la narración uno de los personajes nos advierte:

“…el paraíso no existe. Si acaso es una intermitencia, una ráfaga de viento que nos sacude a veces, una posibilidad inalcanzable… Lo demás es tesón y coraje, un poco de engaño y mucha resignación, aprender a disfrutar a ratos mientras se resiste, mientras se empieza a oler a cosas viejas, a salitre, a butacones de cuero y grasa recalentada, aprender a empaparse bien con agua de lavanda para disimular ese olor y acostumbrarse a convivir con los recuerdos, con todo lo que no se hizo o se hizo mal, con todo lo que se es incapaz de entender o de aceptar. Disfrutar, pese a todo, del instante. Eso es lo más parecido que tenemos al paraíso.”

El libro va creciendo en intensidad, la acción se complica y acabamos tan agradablemente inmersos en la vida de los personajes y del pueblo que pareciera como si estuviéramos ya redescubriendo nuestro propio refugio, ese lugar interior en el que aceptamos aunque sea a ráfagas, ser nosotros mismos, despojarnos de nuestro personaje y sopesar lo que de verdad cuenta en la vida.

Pedro Zarraluki, ganador del Premio Herralde con “La historia del silencio” y el Nadal en 2005 con “Un encargo difícil” nos deleita ahora con una historia muy bien narrada y nos lleva a saborear la vida de una comunidad apartada, ajena a la ciudad y al tiempo.

19 de noviembre de 2008

Entender la poesía


“Cuando trabajas en ciencia tienes que escribir sobre cosas que nadie sabe con palabras que todo el mundo sea capaz de entender. Al escribir poesía estas limitado a decir algo que todo el mundo sabe con palabras que nadie entiende”.
Paul Dirac