14 de noviembre de 2007

Santiago de Chile


Viajaba en la excelente pero extinta Compañía Brasileña Varig rumbo a Santiago de Chile. Estaba aún borracho de emoción por aquel primer aterrizaje en Río de Janeiro en esa hora matinal en que el sol surge de la bahía, tiñe de rosa el inmenso abrazo del Cristo del Corcovado y acaricia con sus rayos el Pao de Azucar. Ni las señales para abrocharnos los cinturones, ni la petición del Comandante habían logrado despegarnos de la ventanillas absortos como estábamos en la contemplación de uno de los amaneceres más extraordinarios que se puede contemplar desde un avión. La escala en Río fue breve a penas el tiempo para desentumecer las piernas tras diez horas de inmovilidad, degustar un buen café y ya estábamos de vuelta en el avión.

Era mi primer viaje a Santiago de Chile y después de aquel bello aterrizaje en Río jamás pensé que en esta ocasión aún había en reserva para mí una emoción todavía más intensa: la de sobrevolar la imponente cordillera de los Andes y tener la sensación de casi tocar con el brazo extendido la purísima cumbre del Aconcagua. El comandante, ésta vez, nos animó a mirar por las ventanillas del lado derecho del avión. El espectáculo era arrebatadoramente acongojante. Tanto, que no me da vergüenza confesar que ha sido una de las pocas veces en mi vida que se me han saltado lágrimas de emoción y de nostalgia por no tener a nadie amado a mi lado para decirle en aquel lugar: “Ahora, cogido de tu mano, me puedo morir!”
¡Cómo describir los glaciares, las profundas simas, los torrentes y cascadas y sobre todo el congelado silencio, la total ausencia de cualquier vestigio humano! Solo, arrebatado, me hubiera gustado ser es esta ocasión un cóndor solitario, desprendido del gran pájaro matriz, y seguir suspendido en aquel aire puro, embriagándome de luz, de nieve y de sol.

Qué duda cabe que con esos preliminares, este viaje a Chile no podía quedar banalizado entre los cientos de viajes que han adornado y dado sentido a mi vida profesional. Pero además, y por razones diversas, iba a ser un viaje largo….Una estancia de veinte días no es habitual en los viajes de un ejecutivo, pero varios actos protocolarios y la participación en la Feria Internacional de FISA así lo exigía.

Llegué a Santiago a primera hora de la tarde y me hospedé en aquella ocasión en el recién inaugurado Holiday Inn cercano a la Casa de la Moneda, en el centro de la ciudad y en el corazón de las calles más populares y conocidas de la capital: Agustinas, Ahumada y Banderas. Al rato llegaron mis amigos a buscarme para ir a cenar a la Vinoteca, un restaurante museo en lo alto del cerro de San Cristóbal. Desde sus amplios ventanales, se divisa por la noche la ciudad a los pies como una alfombra de diminutas estrellas.

Santiago es una ciudad de grandes contrastes. Un centro histórico de casas bajas de tipo colonial, un centro financiero y sus correspondientes rascacielos, unos barrios burgueses con verde y jardines muy cuidados en Las Condes, al norte de la ciudad y pegando a las últimas estribaciones de los Andes y, lamentablemente, unas barriadas marginales y conflictivas como Maipú o Cerrillos. Probablemente, si tuviera que elegir un edificio que me sirviera de icono de la ciudad, me quedaría con la iglesia convento de San Francisco, por su sencilla y robusta línea arquitectónica que desde 1589 ha desafiado terremotos e incendios y constituye hoy el edificio colonial más antiguo del país.

Necesariamente, más que edificios, monumentos e hitos turísticos, Santiago es una comunidad, un crisol de gentes, anónimas, trabajadoras, cultas, luchadoras en las que cohabita el espíritu mapache y las aportaciones culturales de la colonización y posteriores migraciones. Me llamaron particularmente la atención las mujeres chilenas. Me habían avisado antes de iniciar el viaje: la mujer chilena es guapa, es simpática, es melosa, pero es sobre todo inteligente, buena conversadora, excelente compañera, inolvidable amiga. Pronto comprendí el preaviso: veinte días fueron suficientes para sentirme tan a gusto entre ellas que necesité utilizar toda mi sensatez y el tirón de la familia, para comprender que sólo era un viaje. Ciertamente traje conmigo una canción:”Si vas para Chile…” y por sorprendente que parezca nunca la he podido escuchar sin sentir un nudo en el estómago, detectado incluso por las personas a mi alrededor.

Hablar de Santiago es obviamente hablar de Chile, pero ni con veinte días, sobre todo si son de trabajo, se pueden recorrer sus más de 4.000 kilómetros de longitud y no más de 400 kilómetros de anchura. Desde el tórrido y salitroso desierto de Atacama pasando por la zona central donde se ubica Santiago, el puerto de Valparaíso y la conocida Viña del Mar, se desciende a las fértiles llanuras de Talca y Valdivia, de fuerte ascendente alemán y croata hasta llegar a los glaciales del extremo Sur del País cerca de Puerto Montt y Punta Arenas. Tuve la oportunidad de viajar por la zona central y visitar el Puerto de Valparaíso pero sobre todo, tuve tiempo para hacer profundas y sólidas amistades que han perdurado a través de los años. Algún día espero contar las andanzas de mi amigo el calvo Leonardo Chacón, magnífico compañero de trabajo, buen cocinero y futuro restaurador que me hizo depositario de de uno de los regalos más comprometidos y a la vez más emotivos que jamás haya recibido; o de la familia de Jorge Aybar afamados cocineros pero sobre todo grandes amigos que a pesar de ser inmigrantes de tercera y cuarta generación mantienen las costumbres y el habla de su Guipúzcoa natal.

No se puede escribir de todo en estos retazos de vida que han ido quedando prendidos en tantos lugares del mundo al albur de las necesidades y oportunidades del trabajo. Por eso, en suscinta forma de fotoflash menciono el copihue, preciosa flor emblemática nacional; los intentos de mis amigos por enseñarme a bailar la cueca; las interminables charlas sobre los poetas chilenos Nicanor Parra y Pablo Neruda, las canciones de Quilapayún y las más comprometidas de Inti-Illimani; y cómo no, las peligrosas cenas chilenas, y digo peligrosas porque ser forastero equivale a tener la obligación de probar de todo y un poco más: carnes, mariscos, empandas, frutas, dulces, todo regado con los magníficos caldos del país, que con grandes éxitos, compiten en los mercados mundiales con los los vinos franceses o españoles.

Elegir es descartar y descartar es siempre sacrificar. Me duele sacrificar tantos y tantos recuerdos de Santiago de Chile. Pese a los avisos y premoniciones volví a casa y he regresado posteriormente varias veces. Esos viajes, como pequeños retoques en un cuadro, me han permitido asimilar recuerdos, completar detalles, comprender la solidez y la permanencia de mis amistades. Mis viajes a Santiago de Chile, y en particular el primero constituye uno de esos tesoros que pido conservar en mi memoria para los días en que privado de todo lo demás sólo me quede, Dios lo quiera, la posibilidad de evocar.

13 comentarios:

Willow dijo...

Querido Fede, Gracias por la preciosa descripción de tu viaje. Hoy, hablando con mi hermano, me comentó que los Andes son las montañas más bonitas de la tierra y Chile un país encantador. El también ha estado allí unas cuantas veces. Un beso

blanca dijo...

Usted, amigo...¿de dónde es exactamente?

Paquita dijo...

Como siempre nos dejas con la boca abierta y muertas de envidia( al menos a mi)
Un abrazo

Fede dijo...

Amiga Willow, sé que tu hermano ha ha sido sobrecargo en vuelos internacionales. pregúntale por el aterrizaje en Río mientras amanece.

Fede dijo...

Querida Blanca,
A estas alturas sabes que que intento seguir siendo ciudadano del mundo, pero con ciertas querencias: Tailandia, Chile, Italia son algunas de ellas.

Fede dijo...

Querida Paquita,
Envidia, aunque sea de la buena, la menos posible. Todos atesoramos infinitas vivencias. Algunos, si nos las exteriorizamos, nos ahogamos.

Malena dijo...

Fede, es un encanto seguirte en tus escritos. No sólo por la cantidad de información que das sino porque esas palabras van unidas por sentimientos que forman una vida.

Felicidades.

Un beso muy grande.

Consuelo Labrado dijo...

Buenas noches Fede: La descripción de tu viaje me ha parecido una maravilla, no sólo por la información que proporcionas sino por los sentimientos que transmites, de veras que leyéndote se contagian tu entusiasmo y es un verdadero deleite para el espíritu. Lo tuyo es arte. Un beso, amigo Fede.

El Viento dijo...

Maravilloso, Fede. Una gozada leer tu viaje.

Un abrazo.

Consuelo Labrado dijo...

Hola Federico: Te he dejado una cosita en mi blog, pasa a por ella en cuanto puedas. Un beso

Alfredo dijo...

Un verdadero placer leer tu blogs

Consejo de Barrio de Gamonal dijo...

Malena,
Cuando leo tu blog aprendo serenidad. Me gustaría quedar totalmente contagiado por ella.
Consuelo,
Ya quisiera expresar todo lo que bulle dentro con ese estilo tuyo tan fantástico. Gracias. Tus elegios además de cosquillear mi ego me ayudan a seguir haciendo esfuerzos. Escribir no es natural en mi.
Viento
Que economía de palabras la tuya. Eres capaz de poner en un poema de cinco líneas todo un lago de emociones. Me encanta tu poesía.
Alfredo, Gracias. Voy en busca de tu blog y así nos conoceremos mejor.

Fede dijo...

Eso de Consejo de barrio de Gamonal es una mala jugada de las diferentes cuentas de correo.
En realidad quien os da las gracias es Federico