11 de junio de 2007

La Despedida




Mientras haya ciudades, iglesias y mercados,
y traidores, y leyes injustas, y banderas;
mientras los ríos sigan vertiendo su basura
en el mar y los vientos soplen en las montañas;
mientras caiga la nieve y los pájaros vuelen,
y el sol salga y se ponga, y los hombres se maten;
mientras alguien regrese, derrotado, a su cuarto
y dibuje en el aire la V de la victoria;
mientras vivan el odio, la amistad y el asombro,
y se rompa la tierra para que crezca el trigo;
mientras tú y yo busquemos el medio de encontrarnos
y nuestro encuentro sea poco más que silencio,
yo te estaré queriendo, vida mía, en la sombra,
mientras mi pecho aliente, mientras mi voz alcance
la estela de tu fuga, mientras la despedida
de este amor se prolongue por las calles del tiempo

Luis Alberto de Cuenca

Albarracín


Hace unas semanas tuve la oportunidad de volver a Teruel como ponente en un Congreso. Me llamó la atención que en el programa de actos para los acompañantes, había una visita a Albarracín, pueblo poco distante de Teruel y que ha saltado recientemente a las páginas de los periódicos por haber sido el primer destino de los Príncipes de España en su viaje de novios. La curiosidad, pero sobre todo el deseo de encontrarme con otra joya del arte mozárabe fueron suficientes acicates para saltarme una de las tediosas tardes de discursos y hacer una escapada para visitar la ciudad.
Si tuviera que definir con pocas palabras el lugar, diría ante todo que nos encontramos ante una villa fronteriza, que como tantas otras del Reino de Aragón, han sido villas cristianas, ciudadelas musulmanas y tras la reconquista, bastiones cristianos en el misma frontera con los reinos musulmanes. Nada hace presagiar que detrás de la cerrada curva del manso río Guadalaviar se halla una de las más ensoñadoras villas del viejo Aragón.
Las grandes rejas de los ventanales, las aldabas forjadas con formas de salamandra, los anchos voladizos de las casas le confieren unas peculiaridades que raras veces se pueden contemplar en otras villas españolas. Pero es sobre todo las estrechas y empinadas calles, y los numerosos arcos que actúan como puertas de guarda, los contrafuertes, y las murallas que la circundan lo que le dan ese aire de buque enseña que mira desde lo alto de la muralla al invasor sea éste moro o cristiano. De la época de Banu Razín aún siguen en pie las torres del Agua y la del Aguador mientras que de la época feudal posterior, sigue en pie la Torre de doña Blanca, como sigue su triste leyenda; pues hay quien cuenta que Blanca de Aragón murió de pena y tristeza en aquella fría torre por lo que aún hoy, en las noches de luna llena, su alma baja a las orillas del Guadalaviar, donde se baña su espíritu.
Pero si la curiosidad y la oportunidad se alían para acercarse a Albarracín, es necesario dejar atrás las guías turísticas y subir despacio por las empinadas calles, dejando que la vista quede prendida en una magnífica reja forjada en un escudo tallado en la piedra, o que a la vuelta de una esquina, entre casas que desafían todas las reglas del equilibrio, encontremos un hueco por donde dejar escapar nuestra vista hacia la sierra circundante. Cada arco, cada esquina, puede de pronto convertirse en mirador, nido de águilas u atalaya desde donde sentirse libre. Son además importantes la catedral del siglo XVI, la iglesia de Santa María y los edificios civiles del ayuntamiento o las casas nobles de los Monteverde o de la Brigadiera. No obstante es la arquitectura popular compuesta por numerosas construcciones de tres o cuatro alturas de mampostería, yeso y estructuras de madera con balcones, lo que más llama la atención del visitante. La ciudad entera es un museo y sus miradores exteriores permiten percibir la carga histórica y artística de la ciudad que parece haber quedado congelada en el pasado a pesar del avance de los tiempos. Algunos arcos, las sorprendentes vistas desde la plaza del Ayuntamiento y la casa Juanilla serán para mí los armazones donde trabar el amplio abanico de vistas y sensaciones.
El calor del día no invita a degustar los platos de la tierra: el ternasco al horno, la caldereta o las migas con uvas, recios platos para una tierra que en invierno debe resistir los rigores de una estación fría y que me dejan un enorme afán por visitarla silenciosa y mojada cuando los vientos del otoño hayan espantando a los turistas que pueblan hoy sus calles.

Puesta de sol


Suances, nueve de la tarde. Asomado al mirador de uno de los acantilados, observo cómo el mar golpea, una y otra vez, las paredes rocosas e, impotente, retrocede espumoso y jadeante. Es tanta la rabia y la obstinación con que las olas se estrellan contra las rocas, que toda la franja costera es un tapiz blanco de espuma. Hay pocas nubes en el cielo y el sol, a escasa altura de la línea del horizonte, parece darnos el primer aviso: ¡comienza el espectáculo!

Y es que el disco solar, a medida que desciende y se posa sobre el horizonte se va volviendo sucesivamente cobrizo, luego, naranja, y rojo vivo cuando nos lanza su último guiño antes de quedar completamente sumergido por las olas.

Pero aunque no le veamos, el sol no se ha ido del todo. En el cielo sigue escenificando una fantasmagórica proyección de luz y misterio. Las escasas nubes se van tiñendo de rojo, de púrpura, de granate, sobre un fondo degradado que va del amarillo incandescente al violeta en los bordes más alejados. El silencio es sobrecogedor. No soy el único que contempla el espectáculo, y su magnética grandeza nos mantiene a todos con los ojos fijos en el horizonte. Nadie se mueve, los colores se van diluyendo en una difusa oscuridad. Los picos de Europa, que antes se recortaban nítidos sobre un cielo de intenso azul cobalto, se han ido estampando en la mortecina luz del ocaso. El paisaje se va transformado en masas oscuras proyectadas sobre un mar rugiente que lanza sus últimos destellos blancos con el romper de las olas.

Las luces de las casas se han encendido y, allá lejos, un pesquero que está faenando enciende sus focos para atraer el banco de sardinas que viene rastreando.

La escena dura aproximadamente media hora. Me duele hasta pestañear, no quiero perderme ni una sola sensación, ni una brizna de esta maravilla. El silencio es total. No hay palabras para describir el espectáculo . Durante horas continuará repitiéndose una y otra vez en mis pupilas. Me siento tan firmemente arraigado a la naturaleza que me he convertido en una inmensa copa que se va llenando con rumor de las olas, la oscuridad envolvente, esa luna menguante que aparece a mi izquierda, la vida y el latir de esta pequeña ciudad costera que me alberga. Pero ya se rompe el embrujo. Los grupos comienzan a dispersarse, las luces de los coches y los ruidos de arranque me vuelven a la realidad. Espero con fervor que mañana se repita el espectáculo.

El Cairo




El Cairo 15 de Abril de 1999
Entrañable amiga,
La tarde ha caído, las llamadas del muecín se van posando sobre las aguas del Nilo, suaves como el vuelo de los pájaros que sobrevuelan su corriente. Lamentablemente, estoy en una ciudad caótica, ruidosa y polvorienta y los incesantes pitidos de los coches mezclados a la chirriante música de los transbordadores, me distraen e impiden que mi espíritu se eleve como las flechas de los minaretes de las mil mezquitas que alberga la ciudad... He cerrado la ventana, he echado las cortinas y apagado el aire acondicionado para encontrar el silencio y en él, encontrarte a ti.
Si algún día vinieras a El Cairo, haz como las gaviotas, rózala pero no te poses. El bazar es típico y muy concurrido por los turistas, pero en nada es diferente de los bazares o zocos de Damasco, Jeddah o Kuwait. Apabulla la suciedad y pobreza de los chiringuitos y en ellos la cantidad, la profusión, la insistencia, el color: perfumes, falsos papiros, oro, llaveros de plata, pirámides de alabastro, alfabetos faraónicos y mil cosas más. Al final, sales hastiado y con la sensación de haber comprado justo todo lo que no querías.... El Egipto que tu buscarías, no está ahí. Quizás lo encuentres más puro en los libros de Christian Jacq, por lo menos ese Egipto fascinante que habla de amor con flores de loto, de felicidad con plumas de ave y de larga vida con cruces ahojadas. El Egipto de reyes y tumbas, de animales y dioses no esta aquí. Se lo llevaron los franceses y luego los ingleses y lo poco que quedaba lo han encerrado en un museo para que no les distraiga, para que los habitantes de esta ciudad sigan siendo piadosos musulmanes ruidosos y hospitalarios, sucios e ingeniosos, fanáticos y vividores.
Pero si entras en el Museo olvídate un momento de Thutankamon y de sus sarcófagos de oro, olvídate también del tesoro en joyas con las que fue momificado. No te ocupes ni tan siquiera de su mobiliario. Este hombre fue tan sentimental que se llevó con él a la tumba hasta la silla en la que se sentaba cuando era niño. ¡Casi me recuerda la pasión con la que nuestros hijos defienden y guardan sus primeros juguetes! Dentro del museo, empieza por las pequeñas cosas, por los detalles, por los gestos. Esa mano en la espalda de la esposa, ese esclavo que amasa el pan o aquel otro que limpia una garrafa. Contempla los frescos, mira con qué picardía la reina anima a su joven esposo a que pierda su timidez ante ella... Interpreta el significado de tantos y tantos dibujos que hablan de la muerte, del gran paso, de corazones que se pesan en una balanza, de dioses pájaros que juzgan nuestras vidas...
Luego, sal de El Cairo, vete a las Pirámides, pero no te quedes al lado de las piedras, cada una de ellas es mas alta que tu, pero hay muchos turistas probando que estuvieron allí. Alquila un caballo y adéntrate en el desierto, galopa hacia el sol poniente hasta que la ciudad y su casquete de polución desaparezca de tu vista, hasta que sólo las imponentes siluetas de las pirámides se perfilen en contraluz... Siéntate en la arena y contémplalas en silencio, son monumentos imponentes pero no dejan de ser monumentos elevados a la egolatría y al miedo del más allá de unos divinos tiranos que sacrificaron a miles de esclavos...
Cuando te canses, vuelve a El Cairo. Allí me encontrarás entre la gente... porque para mi las ciudades son eso, gente, personas con las que hablar con las que rozarme, con las que identificarme. Hoy soy egipcio con los egipcios, mañana, quizás griego con los griegos... Estas personas con las que me encuentro, con las que hablo son lo que en última instancia cuenta. Mujeres entradas en carnes, vestidas con una larga túnica sin cintura, y tocadas con un velo que deja al descubierto la cara pero que va cosido por delante como la toca de una monja, A su lado, sus hijas, jóvenes esbeltas con largos vestidos o con vaqueros, de ojos curiosos y furtivos, con un ligero velo por la cabeza que resalta y adorna más que esconde y que parece más un coqueteo con la tradición que un acatamiento de costumbres religiosas. Pero yo hablo sólo con hombres; altos, bastante panzudos, de frente alta, algo huidiza, de nariz prominente y ojos pequeños e inquietos. Hablan alto, chocan palmas y se abrazan con cualquier pretexto. Me gusta verlos beatíficamente sentados en los cafés, fumando el narguile y envueltos en una nube de humo dulzón aromatizado con miel, menta, manzana y a veces hachís. Aquí también me tropiezo con los pobres, esos pobres que en Oriente no sólo son pobres sino que remueven las entrañas del mas bregado: esas cuencas vacías de ojos y sin gafas que las disimulen, esas manos raquíticas que asoman bajo la andrajosa chilaba de un anciano, esos tullidos de aspecto desgarrador y sobre todo esa mirada mitad de angel, mitad de pillo del niño que me tiende la mano, es un suplicio para mi corazón.
Todo esto y mucho más es El Cairo. Nos sentamos en una falua, que nos lleve río abajo en la brisa de la noche y si me dejas te cuento ese loco cuento de las mil y una noche que sustituyo por mis relatos. Sabes bien que escribo como catarsis, no sólo porque quiero grabarlo en mi mente y en mi corazón, sino también porque quiero curarme del dolor de no haberlo visto con tus ojos, de haberlo disfrutado contigo. El desierto, mi mano en tu mano, seguramente hubiese tenido otra música. Las pirámides, el Museo de Egipto a tu lado hubiera despertado mi pasión por saber de estas cosas. El bazar contigo hubiera sido mirar, reír, admirar, probar, regatear, oler, extrañar comentar, y mil sensaciones compartidas. Esta charla sin respuesta es mi comunión de ti pero sin ti. La distancia me sigue acercando a ti. Me faltas y comparto contigo mis sensaciones. Un abrazo muy muy fuerte y un beso en tus ojos para que vean en los míos lo que yo he visto.

Petra

Finalmente empiezo a cumplir mis propósitos: planifico un día más de viaje para poner algo de cultura en mi trabajo. El camino de Aman a Petra me sirve como una especie de desintoxicación de mis preocupaciones anteriores. El taxi, contratado en el hotel, sin ser lujoso ofrece comodidad y rapidez pero sobre todo independencia para pararme, mirar y fotografiar. El taxista, que no es un guía profesional ni un charlatán compulsivo, intenta responder a mis preguntas dejando largos silencios entre nuestras frases. Al cabo de dos horas, nos separamos de la autovía del Sur y nos adentramos hacia el interior a través del desierto. Sólo algunas tiendas de beduinos y rebaños de cabras rompen la monotonía del paisaje. Una hora más y llegamos a Petra. Decenas de autocares, cientos de turistas invaden ya el lugar. Me despido del taxista y le doy cita para cinco horas más tarde.

Tengo por delante de mí cinco horas en las que solo, sin guía ni compañía, haciendo silencio en torno a mí, me apresto a un descubrimiento personal y muy íntimo de Petra. El camino amplio y despejado al principio se topa de repente con un macizo rocoso y color rosa en el que me voy adentrando a través de un increíble desfiladero o Sik que en algunos lugares no tiene más de dos metros de ancho. Lo que probablemente en el pasado fue el lecho del río que a lo largo de los siglos horadó la montaña caliza y friable ha sido pavimentado y el andar se hace cómodo, sobre todo porque supone una bajada equivalente a una casa de treinta pisos. Entre los altos muros de piedra, el silencio se va haciendo cada vez más profundo, los grupos de turistas con los que me cruzo, parecen en perspectiva, insignificantes en el marco que nos rodea. No me molestan, al contrario, me dan un sentido de realidad y un punto de contraste. Camino despacio, cada vez tengo que mirar más en vertical para ver una franja de cielo que ilumina las veteadas paredes de la montaña. Aquí y allá, pequeñas tallas en la piedra erosionadas por la acción del agua y del viento dejan entrever que el lecho de este antiguo “wadi” que recorren mis pies fue utilizado hace cientos de años por hombres de fe, peregrinos que se adentraban en una ciudad santa y que fueron dejando grabadas sus convicciones en la piedra. Miro, contemplo, fotografío y me paro para escuchar el silencio.

Como a aquellos peregrinos, el camino me prepara a mí también para contemplar la ciudad santa. Por el camino he dejado mis preocupaciones del día, mis negocios, mis programas y mis aviones. Por unas horas soy solo un peregrino solitario. Recuerdo lo que he leído la noche anterior en el hotel sobre los Nabateos, antiguos pobladores del lugar y sobre las culturas y civilizaciones posteriores que hicieron de Petra una de las cinco ciudades más importantes de la antigüedad y paso obligado entre Oriente y Occidente De pronto, cuando el Sik parece estrecharse aún más, en medio de dos paredes que se presentan cada vez más oscuras, entreveo el monumento más famoso y curioso de Petra, El-Khazne o Casa del Tesoro. El monumento luce espléndido en la suave luz de la mañana que ilumina su greda rojiza. Fue excavado directamente en la roca y tiene proporciones de basílica. El estilo corintio se manifiesta en su esplendor. Sin embargo no estamos ante la presencia de un templo sino de una monumental tumba con influencias no sólo griegas sino también egipcias como lo demuestran los símbolos funerarios que adornan los bajorrelieves del monumento.

A partir de aquí la vista se abre a un valle donde en su día debió estar emplazada una ciudad de la que lamentablemente sólo podemos ver los monumentos funerarios debido a la costumbre Nabatea de excavar los mismos en la roca de las montañas que la circundan. El resto de la ciudad me la imagino sepultada bajo mis pies a la espera de ser recuperada para miles de turistas de la posteridad Sigo caminando, el sol está en su cenit. Los comerciantes beduinos instalados al borde del camino me ofrecen monedas antiguas, lámparas, collares y souvenirs de todo tipo. También hay puestos donde los artesanos han intentado embotellar el desierto elaborando intrincados dibujos con sus arenas multicolores. No hay trampa, es curioso ver como trabajan y con qué maestría van colocando las capas de arena moviéndolas hacia las paredes para formar dibujos de camellos o de flores. Algún chiquillo beduino me ofrece aliviar la caminata montando en un borrico, pero para mí esta visita es iniciática y tengo que hacerla a pie. Me paro, miro las tumbas más humildes excavadas en la roca, miro los puestos de souvenir y al final me dejo tentar por una pequeña lámpara ¿Romana, griega, tabetea? ¡Quién sabe! Para mí será un símbolo más real que las postales o los recuerdos hechos con plástico y papel. Al menos sé que data de varios cientos de años y que iluminó el quehacer de personas que me precedieron. Hoy para mí sólo tiene valor de adorno y de recuerdo, pero cumplió su misión, fue utensilio de barro, presidió alguna humilde comida o las caricias de una madre. El suelo que piso recubre una ciudad enterrada, o mejor varias ciudades superpuestas y enterradas por el abandono, la erosión de la montaña que los wadi tormentosos se encargaron de depositar en el valle. A parte de los monumentos funerarios se puede ver aún un anfiteatro excavado en la roca y en el otro extremo del valle una calzada romana flanqueada de columnas y que desemboca en el templo Nabateo conocido como templo Sur.

De nuevo prosigo el camino. Me dejo guiar por los turistas que me preceden De pronto se abre un nuevo desfiladero pero esta vez está tallado en la roca en forma de escalones. Ochocientos cincuenta oigo decir al paso, a medida que asciendo, mi asma se va haciendo más y más patente, el jadeo es seguido y me ahoga. Siento la tentación de abandonar. Algunas personas que hacen el camino de vuelta me espolean y me dan ánimos para seguir. Merece la pena, dicen. Sacando mis últimas fuerzas sigo adelante. Al fin y al cabo, estoy haciendo mi subida particular al Tabor. Sigo subiendo y me admiran los borriquillos que, azuzados por los pequeños beduinos, cargan con gruesos turistas y suben las escaleras sin tropiezo. ¿Cuántas veces harán el trayecto en el día? ¿De dónde sacarán fuerzas? Llego a la cumbre y respiro. Me siento feliz. Lo he logrado. Ante mí, otro monumento funerario, parecido al de El-Kashne se ofrece a mis ojos, esta vez a plena luz del día. Se trata del monumento conocido como Ed-Deir o Monasterio. Es tan impresionante aunque algo más macizo que el primero.

La caminata valió la pena. Fotografío, me hago fotografiar y me siento a respirar. Ante esta fachada mi imaginación vuela, me traslado dos mil años atrás me veo deambular frente a estas piedras. ¿Qué habría sido yo de haber nacido entonces y en ese lugar? ¿Beduino, esclavo, amo, militar? Esa no es la pregunta: ¿hubiera sido más feliz que hoy? ¿Me sentiría más centrado, más a gusto y en paz conmigo mismo? La humanidad ha dado pasos de gigante en dos mil años, creemos haber superado estas culturas, las vemos con una admiración mezclada de condescendencia, pero yo me pregunto, ¿ha aumentado nuestra sabiduría en proporción de nuestros conocimientos?

Sencillamente flores


10 de junio de 2007

Por el camino de las Grullas


POR EL CAMINO DE LAS GRULLAS
Novela
Cristina Cerezales
Ediciones Destino 2006
Áncora y Delfín 1066
415 páginas


Este es uno de esos libros que te gustaría que no se acabara en mucho tiempo. Relato coral de vidas dispares que se encuentran se entrecruzan y se separan todo a lo largo del Camino de Santiago es también una reflexión lúcida sobre el propio Camino, la búsqueda de sí mismo y el importante papel que en esa búsqueda desempeña la solidaridad y la amistad. Los peregrinos emprenden un viaje hacia el Oeste, a imitación de las grandes peregrinaciones medievales, o a caso, como siglos más tarde hicieran los colonos norteamericanos llevando sus carromatos hacia el lejano Oeste. La meta es sólo el pretexto. Pero el Oeste de nuestra búsqueda no es un punto cardinal, es por el contrario un punto en el centro de uno mismo, en el que los disfraces se van dejando atrás como se aligeran las mochilas de todo peso inútil que entorpece la marcha hacia el destino final. El peregrino se siente impulsado a hacer el Camino. No sabe por qué, no sabe exactamente hasta dónde le llevará ese camino, pero pronto toma conciencia de que el camino que sus piernas recorren hacia el oeste su mente lo va haciendo en profundidad hacia el centro de su ser. Alejado de los ruidos, de las distracciones diarias, en comunión continua con la naturaleza, con las fatigas y las penalidades del viaje, pero también con un incondicional sentido de compañerismo hacia otros peregrinos que como él caminan y se buscan, se va sintiendo cada vez más desnudo frente a sí mismo. Ya no valen ropajes ni disculpas. Es él mismo, con su vida y su futuro en las manos. Ya nada volverá a ser igual. Nadie vuelve del camino igual que lo emprendió. La vida al aire libre, el silencioso caminar de un compañero de singladura, el bocadillo compartido o la etapa de descanso en torno a una hoguera en el campo, son momentos propicios para las confidencias. Incluso los caminantes más introvertidos acaban abriéndose a los demás. El hablar, el ser escuchados sin distracción posible, es un lenitivo que les ayuda a ahondar en profundidades a las que nunca se atrevieron a descender. La ayuda puntual, la refriega con aceite de romero de un músculo agarrotado, el medicamento generosamente ofrecido en un momento de pánico, o los calcetines prestados hasta la siguiente etapa van trenzado lazos con los peregrinos que caminan, cada cual a su ritmo, pero que voluntaria o involuntariamente se reencuentran o se esperan. Cada cual aporta y va dejando a lo largo del camino algo de sí mismo, algo que aprende a compartir, que poseía desde muy atrás, pero que acaso ignoraba, o que nunca pensó que pudiera ser de utilidad a los demás: una voz melodiosa que entona baladas, o unos dedos ágiles para la papiroflexia y que enseñan a hacer grullas de papel, una flauta amorosamente tañida al atardecer, manos que saben desentumecer calambres en las piernas, o la receta de un potaje en el que se mezclan los ingredientes que cada uno aporta al llegar a albergue al final de la jornada. Por encima y más allá de las anécdotas y peripecias individuales de cada protagonista, es el lector el que a pesar de sí mismo se siente atraído hacia ese Camino, que en el fondo no es otra cosa que una bellísima imagen del camino que a todos nos queda por recorrer para llegar a ser quienes somos pero con conocimiento de causa. Me conmueve el joven Colino, que se debate con los demonios de la droga y carga con una pesada mochila pero sobre todo ofrece su música y busca a un nuevo padre que le escuche y le ayude a ser el músico que soñó un día. Siento congoja por Marcel, pintor famoso que ha perdido en un accidente de coche a su esposa y a sus dos hijas y a pesar de los más de veinte años transcurridos es incapaz de volver a rehacer su vida porque su primer amor sigue siendo siempre joven, siempre bella, sin dolencias, sin los mil y un achaques y días malos que aquejan a las simples mortales. Me he encariñado con Rosaura, porque es vital, porque es sincera, porque se da cuenta que lo que Marcel perdió hace 20 años, ella lo ha ido perdiendo día a día, desde hace ya muchos años, y de su matrimonio no queda más que un armazón de convencionalismos sin sustancia que la dejan un regusto de vacío y de inutilidad ahora que los hijos son mayores. Escucho a Mihail y a su mujer Irena que buscan en el camino la chispa perdida de un matrimonio que les hizo fuertes y les llevó a inmigrar a Estados Unidos. Me dejo arrastrar por el encanto mágico de Marianela, que mezcla sus sueños, su fantasía y su realidad y ofrece su casa de Amustio como refugio de peregrinos. Me identifico con todos ellos y me siento arropado, empujado, a pesar mío a lo largo de un camino que acaba una y otra vez en sosegada reflexión. Cristina Cerezales ha conseguido enternecerme con los pequeños o grandes dramas de sus protagonistas, a menudo más pesados que sus mochilas, pero sobre todo me ha hecho reflexionar y mirar con otros ojos, a esos desconocidos que cruzan Burgos rumbo a Occidente, camino de sí mismos.