4 de agosto de 2014

La Kao Kain Jo "muñecas enlazadas"


Es una casa  antigua, grande, espaciosa y muy ventilada.  Abajo, casi al aire libre está la cocina, y en un rincón, supongo que los servicios.  Es resto es un espacio diáfano en el que se aparcan las motos, se cuelgan los aperos y herramientas de trabajo,  y escarban las gallinas. Al piso propiamente dicho se accede por una escalera de barrotes que subo pensando sobre todo en cómo bajarla. Nos acaban de invitar al enlazado de las muñecas  una ceremonia Karen de profundas connotaciones ancestrales y familiares que se remontan a los orígenes del pueblo Karen en el desierto del Gobi y que a nosotros como extranjeros y extraños al clan nos conmueve por lo que supone de franca acogida.

En efecto, al menos una vez al año, generalmente en el mes de agosto y en un  día sagrado, es decir  un día de luna nueva o de luna llena,  los Karen, llevan a cabo un sencillo y emotivo rito de bienvenida y acogida, algo así como un “vuelta a casa por Navidad”  de todo el clan familiar  y en localidades más pequeñas  de todos los nacidos en el pueblo.

Se trata en efecto de reunir ese día, bajo un mismo techo,   al mayor número de miembros de la familia posible, que por lejos o dispersos que se encuentren harán lo posible por acudir a la llamada del jefe del clan o del patriarca de la familia.
Sa Ai, una de las profesoras, nos ha invitado a la ceremonia y nos sentimos muy honrados en participar. De una manera  indirecta está mostrándonos su consideración y respeto y nos invita a formar parte de su familia.  El parquet de la casa, diáfano salvo por algunos rincones separados por mamparas o cortinas, está recubierto de esteras de paja trenzada  sobre  las que  a pesar de nuestra falta de flexibilidad intentamos sentarnos  erguidos, sin cometer la descortesía de poner los pies por delante,   pero incapaces de  adoptar esa aparente cómoda posición de piernas cruzadas que a  ellos les resulta tan natural.
Cuando todos los invitados  están por fin reunidos, los más jóvenes,  nos agasajan con una larga canción de bienvenida en lengua  Karén.  Los anfitriones,  sacan una de  las bandejas de comida a la puerta, en este caso a pie de escalera y  batiendo la bandeja con  una cuchara  llaman a los rezagados o a cualquiera que pase quiera compartir esa comida con ellos. 


Ahora ya estamos todos reunidos  y formamos una familia. La manera de simbolizarlo  es tocar todos con la mano el borde de la bandeja de  comida mientras  los más mayores pronuncian  una oración ritual que supongo de bendición.  Luego,  recibimos  con la dos manos   una porción de comida en la que se mezcla fruta, flores y sobre todo bolas de  “sticky rice”  (arroz pegajoso)  y diversos pasteles, también de arroz. El arroz pegajoso es el elemento imprescindible en la comida del día, puesto que del mismo modo que los granos de arroz quedan pegados unos a otros y no se pueden separar, así el pueblo Karen es uno y la familia  permanece unida por muy lejos que sus miembros tengan que dispersarse. Es entonces  cuando la anfitriona procede a  rodear ambas muñecas con tres vuelas de  doble hilo rojo y blanco. El hilo rojo es símbolo de pureza de espíritu y el hilo rojo simboliza con su color a todo el pueblo Karen.  Mientras ella  invoca  su  plegaria,  me hace sentir de una  extraña manera  que soy uno más de esta  gran familia Karen  que  contra viento y marea , desplazada quizá de su tierra de origen, sigue conservando sus tradiciones y reuniendo  al menos una vez  al año a sus miembros dispersos  por lejos que se encuentren.  Se supone que los hilos hay que dejarlos en la muñeca hasta que se deshagan por sí mismos.  Estoy convencido que eso ocurrirá mucho antes de que yo pueda olvidar esta sencilla e inesperada ceremonia









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