19 de diciembre de 2013

Escuela de Bambú: Un corazón más grande que la selva que la rodea


Ayer me invitaron a hacer un viaje especial. Después de cargar en la furgoneta una veintena de cajas de leche que otros colegios han regalado a nuestros chicos, nos adentramos en la selva por una carretera que a los pocos kilómetros se convirtió en pista de tierra roja. El paisaje no podía ser más agreste, la pista menos transitable y la vegetación más exuberante. La pista ascendía colinas y se precipitaba por los barrancos con inclinaciones cada vez más atrevidas. Coronada una de esas colinas, llegamos por fin a un claro en el que se apiñaban unas construcciones variopintas y desparejadas: ladrillo, bambú, madera, paja y uralita se combinaban de manera tan insólita que resultaba casi pintoresco. 
 Detuvimos la furgoneta y al instante estábamos rodeados por un tropel de niñas y niños de edades comprendidas entre los 4 y los 15 años.  No era difícil adivinar que se trataba de algún orfanato pero lo que no podía imaginar es que quien salió a recibirnos fue una monja budista revestida de un impoluto sari blanco. Estaba por fin ante “ Mae Chin Jack”, una mujer de quien que ya había oído hablar. Esta monja budista, al darse cuenta que los niños huérfanos confiados al templo en el que profesaba no estaban bien atendidos decidió hacer algo por su cuenta. Compró un terreno, pidió dinero a derecha e izquierda y construyó en plena selva un hogar para niños procedentes de hogares destrozados. Familias en las que la madre huyó del marido para casarse con otro, madres solteras que abandonan a sus hijos con una vecina para ejercer la prostitución en la capital, hijas e hijos de mujeres abandonadas por sus maridos y con cuatro o más niños pequeños a su cargo, mujeres maltratadas que huyen del marido violento, borracho o drogadicto… Sin importarle la procedencia , muchos vienen de la vecina Myanmar (Birmania) ni la etnia, allí se mezclan birmanos, Karen, Mon y Tailandeses, todos encuentran acogida, un techo, y milagrosamente una comida caliente que llevarse a la boca. 
 Son más de sesenta niños y se les ve contentos y relajados. Los mayores ayudan a los pequeños y cuidan de los árboles de caucho que han ido adquiriendo. Los más pequeños aprenden tailandés en la casa, los que pueden y tienen papeles van a la escuela nacional en una furgoneta que viene a recogerlos, aunque sospecho que en tiempo de lluvias y con la pista convertida en barrizal, más de una vez se habrán tenido que quedar en casa, pues con esas pendientes ni siquiera un todo-terreno con tracción a las cuatro ruedas es capaz de trepar por esas laderas.
Hablo con la monja y me sorprende su tranquilidad. Es como si estuviera convencida de que nadie la necesita en ese momento. De algún modo, la comida de mañana llegará. Algún benefactor llegará de un momento a otro. La marcha de la casa sigue su curso. Siempre hay voluntarias y personas dispuestas a arrimar el hombro. A veces vecinos casi tan pobres como ella misma. Las palabras del Evangelio a propósito de los pájaros del cielo me vienen a la mente. Sin haberlo previsto, de repente, me sentido muy cerca del Portal de Belén.

1 comentario:

Carmen Moreno Martínez dijo...

Sinceramente, impresionante...Una Navidad diferente y bastante más entrañable que cualquiera de las que hayas vivido antes. Me transmites energía positiva y creo que estás en una de las etapas mejores de tu vida: la de la SOLIDARIDAD.
Un abrazo. Carmen