17 de junio de 2010

Joaquín Leguina: La luz crepuscular


LA LUZ CREPUSCULAR
Biografía novelada
Joaquín Leguina
Alfaguara 2010
540 páginas

Siempre he sentido debilidad por este político que no renuncia a ser escritor. Su última obra, "La luz crepuscular", a pesar de sus 540 páginas, se deja leer con interés y las últimas páginas casi con avidez.

Una novela histórica describe perfectamente documentada y basada en hechos reales, acontecimientos y personajes del pasado a los que se les añade y contrapone personajes de ficción que hacen más amena o trepidante la narracion. Una biografía novelada describe a un personaje real del pasado cuyos avatares esenciales y conocidos se describen con minuciosidad pero al que se le prestan otras acciones y palabras de relleno inventadas por el novelista. Joaquín Leguina utiliza aquí una tercera categoría, la de la autobiografía novelada, lo cual no deja de ser un auténtico “tour de force” para decir sin haber dicho o para insinuar sin que podamos tomar nada al pie de la letra.

Con un inteligente cambio de la primera persona a la voz de un narrador omnisciente, Leguina describe en nueve grandes apartados los avatares de su vida: niñez en Cantabria, estudios en Bilbao y en París, primer empleo en Madrid, estancia en Chile durante la caída de Allende, Trabajo en el INE, vida política, presidencia de la Comunidad de Madrid, y desencanto final. Entreteje su autobiografía con supuestas o reales aventuras amorosas, pero sobre todo con reflexiones, esas sí muy certeras, sobre el nuevo socialismo de ZP y sus cachorros y su necesidad de “matar al padre” para afirmarse y montarse al carro del poder.

He disfrutado en particular los últimos capítulos porque en ellos aparece una auténtica crónica de la transición con las negociaciones, acuerdos y zancadillas tras las bambalinas y a modo de resumen nos deja una especie de testamento político que cualquiera que sean mis ideas sobre la “res publica” no dejo de suscribir:

"Si quiero expresar mis creencias actuales deberé partir de un viejo principio: el Estado es el único fundamento seguro para la convivencia. Por eso estoy en contra de todo aquello que lo debilite, desde el invento de la “España plural” mediante el cual se pretende demediarlo, hasta el ultraliberalismo que predica su encogimiento permanente.

Pero el realismo que defiendo no me conduce a decir que las cosas, por ser como son, hay que dejarlas como están. No. No tengo una visión tan roma de las posibilidades que se abren ante nosotros cada mañana. Por eso creo que existen formas – distintas de las ya trilladas – para tejer la realidad con las ideas, apostando – eso sí – por la mesura. A esas alturas, ¿por qué otra cosas e puede apostar?

¿Y cuál es tu decálogo?, se me puede preguntar, y se me pondrá en un aprieto, más intentaré contestar a tan incómoda cuestión sin caer en tópicos manidos.

I. Podemos empezar con un mandamiento escrito hace muchos años ya por Albert Camus: “para ser hombre hay que negarse a ser Dios”. Por eso los líderes políticos debieran llevar con ellos en el coche o tener en su despacho un Pepito Grillo que- como a los triunfantes mílites romanos – les recuerde que son mortales, señalándoles, además, con el dedo cuando se comporten como necios.

II. El segundo mandamiento viene de la mano de Adorno: “Piensa y actúa de tal modo que Auschwitz no se pueda repetir”. Se trata, pues, de evitar a cualquier precio el mal mayor.

III. El tercero asegura que “la bondad no basta” y no basa porque no siempre el bien se deriva del bien. en otras palabras, la política exige, a menudo, pactos con gentes nada angelicales. Es más, con frecuencia se trata de elegir no lo mejor, sino lo menos malo.

IV. Hay que tomar postura, incluso cuando no estamos totalmente seguros de nada, porque la duda es compatible con la acción, sabiendo que cada decisión nos enfrenta a una pérdida, porque cada decisión nos exige dejar de lado las alternativas no escogidas, incluso al decidir podemos herir algún valor querido, porque, a veces, habrá que apoyar – por ejemplo – alguna guerra para evitar males mayores.

V. Es preciso mancharse las manos, lo contrario es apostar por la inacción. No hay alternativas impecables, pero hay que saber marcar la raya roja que no debemos sobrepasar, y no se trata de escuchar a Dios, a la razón ilustrada, a la moral universal o al derecho natural. Se trata de un esfuerzo reflexivo y cívico en el cual cada uno está solo y sin excusas.

VI. No conviene luchar contra males abstractos, porque no existen esos males, existen daños concretos y para combatirlos es preciso tener la mirada puesta sobre los seres humanos, tan cercanos, tan reales y tan adoloridos. Estar con los de abajo es mi apuesta, pues aunque hayamos aprendido que ni los ”condenados de la tierra” ni la “famélica legión” nos van a conducir a ningún paraíso, todos tenemos derecho a una vida decente. Al fin y al cabo, la finalidad de la buena política no ha de ser otra que la disminución – real y concreta – de la crueldad, de la injusticia y del dolor.

VII. Ocuparse del mundo, saber que la política no puede hacerse desde un campanario, que existen “otras voces y otros ámbitos” y, aunque nadie lo haya comprobado, el movimiento de las alas de una mariposa en Australia puede provocar un huracán en Montevideo.

VIII. Huir, como de la peste, de las consignas y de las manipulaciones y aplacar cuanto se pueda el sectarismo en sus cada vez más numerosas y variadas expresiones.

IX. Mirar y oír al adversario con la atención debida, porque nadie tiene en exclusiva ni la verdad ni el error… Además, negarse a escuchar equivale a perder una ocasión de aprender. Hay que tener muy presente que por necesarios que sean los cambios que nosotros proponemos, a la hora de la verdad ésos siempre producirán algún efecto perverso.

X. Luchar por las convicciones, incluso si hay que pagar por ello un alto precio. Conviene recordar que – hace ya muchos siglos – un hombre murió por sus ideas, aunque confesaba sin rubor: “Sólo sé que no sé nada”… y desde entonces otros muchos de igual estirpe y coraje han sufrido persecución por actuar en consonancia con sus credos. "

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