Hay objetos en torno a nosotros que han establecido tal derecho de propiedad sobre el lugar que ocupan que ya nos parece impensable ubicarlos en otro lugar. Algunas palabras actúan del mismo modo y a fuerza de verlas siempre en un determinado contexto, se asocian tan estrechamente con él que se vuelven inservibles para cualquier otro uso.
Una de esas palabras es la palabra “dependencia” le hemos adjudicado una función muy concreta en relación con el uso del alcohol, de las drogas, del tabaco y del juego y desde hace poco tiempo la hemos puesto de moda asociada al contexto social y refiriéndonos a la reciente ley de ayuda a las personas discapacitadas que necesitan la atención de terceros, parientes o extraños, para desarrollar en toda su potencialidad sus capacidades vitales.
Sin embargo, la dependencia a la que me quiero referir es la dependencia emocional que podríamos definir como "un patrón de necesidades emocionales insatisfechas en la niñez, y que ahora de mayores buscamos satisfacer, mediante la búsqueda de relaciones interpersonales muy estrechas".
En efecto, los psicólogos relacionan la dependencia emocional con una falta de afecto en los años cruciales de la niñez, un fallo en la percepción por parte del niño de las manifestaciones afectivas o incluso un miedo excesivo a perder el afecto de nuestros referentes emocionales, padres o tutores, si no acatamos estrictamente no sólo lo que nos piden que hagamos sino también lo que suponemos les gustaría que hiciéramos.
Independientemente de sus causas, los efectos prácticos de la dependencia emocional en la vida de una persona son su necesidad de afecto y su búsqueda instintiva de aprobación. Todos necesitamos afecto, pero la persona emocionalmente dependiente, además, busca a una persona a la que idealiza y por la que siente un apego y un enganche tal que necesita constantemente de su atención, su aprobación y su exclusiva dedicación.

La persona emocionalmente dependiente vive el amor como apego y admiración en lugar de intercambio recíproco. No sabe dar afecto pero necesita recibirlo y para ello está dispuesto a relegarse a un segundo plano a humillarse o incluso a sufrir vejaciones con tal de no perder esa relación de dependencia, como lamentablemente vemos tantas veces en la víctimas de la violencia de género. La persona dependiente tiene una gran falta de autoesima y se siente por ello necesitado de apegarse ansiosamente a alguien, no se siente capaz de resolver su cotidianidad y por eso necesita el apoyo de otro al que termina ahogando con sus demandas. Me parece que tienden a crear relaciones enfermizas con personas del tipo narcisista que necesitan tener alguien que los idolatre o consiguen relaciones con una importante carga sado-masoquista. Sufren lo indecible en las rupturas y a penas se han repuesto se lanzan a la búsqueda con entusiasmo de otra pareja.
Yo creo que lo que necesitan antes que nada es reforzar su autoestima ( cuestión nada fácil) para llegar a vivir la vida en pareja como una suerte de poder intercambiar ríos de afecto pero tener muy claro que dentro de cada uno ya está todo lo que necesita, que somos seres completos y que nadie va rellenar ningún hueco ( no hay huecos).
Partiendo del hecho de que todos en mayor o menor medida hemos sentido o sentimos algún grado de dependencia emocional no es fácil determinar cuándo ésta se vuelve patológica. Por ese motivo pienso que en lugar de luchar contra sus efectos negativos deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en desarrollar todas aquellas estrategias en las que los afectos se establecen sobre un plano de igualdad:
Soy responsable de mi vida y de llenarla de gozo. ( no tengo otra ).
Puedo sentir como el otro , pero controlar su vida no le hará más feliz.
Si me ocupo de mí probablemente estaré ocupándome de otros.
Si hago lo que creo me sentiré honesto.