1 de marzo de 2012

GR 99 Trespaderne - Quintana Martín Galíndez

Domingo nublado a ratos, claro por momentos pero siempre frío y con viento como corresponde a esta parte alta de la provincia de Burgos. Comenzamos nuestra ruta a pie de un puente románico, el de Trespaderne, y entre veredas, fresnos, chopos y matorrales seguimos el curso del río Ebro, guiándonos por el omnipresente murmullo del agua lamiendo las piedras y por el chasquido de las ramillas secas que crujen al paso de los que nos preceden. De vez en cuando, en el rumoroso silencio, estallan unas risas como burbujas de champán. No hay duda, se trata de Víctor que ha contado otro de sus chistes. A ello se une la alegría de pasar un día en plena naturaleza, disfrutando de los árboles, el agua, de la brisa y dando por bien empleado el cansancio de la marcha y el frío que corta como cuchillo cuando sopla el viento.


Empezamos a sentir menos frío cuando al cabo de cinco kilómetros avistamos Cillaperlata que abordamos cruzando por encima de las compuertas de una pequeña estación hidroeléctrica. Suenas las campanas de las doce y en ese momento el sol dora la torre de la iglesia y las casas de piedra de la calle Mayor. Pero no hay un alma por la calle. Nunca me acostumbro al silencio de los pueblos los domingos por la mañana. Unos kilómetros más adelante llegamos a Quintanaseca. Estamos ya en el municipio de Frías, que empieza a perfilarse en el horizonte arracimado en lo alto de una peña como barco escorado cuya proa fuera la iglesia y la popa el desafiante torreón de su castillo.

Aprovechamos para hacer un alto y comer el bocadillo. Buscamos refugio bajo los soportales del ayuntamiento o al abrigaño de cualquier muro pero no hace un día para largas tertulias, pronto buscamos el calor de los bares del pueblo, tomamos un café y emprendemos la marcha. Volvemos a nuestro río por uno de los puentes más bonitos de España. El puente románico de Frías, con su torreón en medio del puente, vestigio de una época en que las arcas de la ciudad se veían enriquecidas con el “puentazgo” que debía pagar todo viajero que quisiera cruzar el río a pie enjuto. Merece la pena contemplarlo a esta hora de la tarde. El sol acaricia el ocre amarillento de sus pilares sigue el contorno de sus arcos ojivales y extiende su mirada sobre el valle de Tobalina cuyos campos empiezan a verdear tímidamente tan lejos aún de la primavera.

El camino a orillas del Ebro hasta Montejo de San Miguel es una auténtica delicia. Además de estar perfectamente señalizado es una completa lección de flora fluvial. Paneles indicativos y rótulos plateados señalan e identifican las principales especies y el río, permanente compañero, parece acompasar el paso con nuestro incipiente cansancio. Pero ya le hemos ganado la partida a esta etapa. El camino se aparta del río y se ensancha. Nos agrupamos y engañamos las piernas con animada conversación. Casi de improviso llegamos a las primeras casas de Quintana Martín Galíndez, y sin ponernos de acuerdo invadimos el único bar del pueblo que a esta hora está abierto. Son las cinco y media de la tarde y hemos cubierto la novena etapa de la ruta del Ebro

3 de febrero de 2012

Los Descendientes

Los descendientes ( The Descendents)
USA 2011
Dirección: Alexander Payne
Duración: 110 minutos

No es fácil hacer la reseña de esta película sin revelar parte de la trama, pero no quiero aguar la fiesta a nadie por lo que me limitaré a explicar por qué, sin ser una película inolvidable, es sin embargo una película interesante que merece la pena ver acompañado para, a la salida comentar alguno de los episodios.

En primer lugar el elenco de actores es estupendo, y no me refiero sólo a George Clooney que se mueve como pez en el agua en ese ambiente de drama con toques de comedia, que sabe reflejar en su rostro, la perplejidad, la ira, el desconcierto, pero también la comprensión, el perdón y el amor. Me ha llamado la atención la jovencísima Shailene Woodley que interpreta a la hija, Alexandra, y que siente como nadie el desconcierto y enfado de una adolescente defraudada que abandona el idealismo y se debate, desgarrada, entre el dolor de la pérdida y la indignación de la injusticia.

Por otra parte, la película plantea temas que no están en consonancia con en el marco paradisíaco de las islas Hawai, y todas las tópicos de exuberancia, camisas floreadas, playas doradas, mansiones de ensueño y cielos pintados de azul cobalto. En efecto, casi desde las primeras tomas nos enfrentamos a temas como la educación, la autoridad parental, el equilibrio entre trabajo y familia, la muerte digna, el amor y el perdón. Sin discursos, sin forzar las situaciones, es la propia trama de la historia la que nos enfrenta a situaciones en las que, identificándonos con los personajes, nos gustaría poder decidir, y sobre todo tener la oportunidad de comentar. Por eso mi sugerencia de verla acompañado.

Como concesión a la novela de la hawaiana Kaui Hart Hemmings, que ha inspirado la película, se ha introducido una sub-trama relativa a la conservación de la naturaleza, el patrimonio y las herencias, que no aportan gran cosa a la trama principal pero que dan pie a imágenes de arrebatadora belleza.

Finalmente, me ha gustado la dirección de Alexander Payne, que después de un prolongado silencio tras sus recomendables películas “A propósito de Schmidt” y “Entre Copas” vuelve a sorprendernos con este largometraje en el que destaco sobre todo su capacidad para dirigir autores, el ritmo que imprime al relato y su capacidad para transmitir a través de los silencios y de los planos las contradicciones de nuestros sentimientos y la imperfección de los seres humanos.

30 de enero de 2012

Realismo Sucio: José Emilio Pacheco













Realismo sucio del despertador,
su irrupción malsonante
en el abismo lírico del sueño.

Bomba de precisión el feroz reloj
que vuela en mil pedazos el video intimísimo,
filmado noche a noche por nuestro inconsciente dramático,
máquina de narrar extrañas ficciones,
siempre al alcance involuntario de todos.

Nunca sabré cómo iba a terminar esa historia onírica.
Hicimos una cita y se quedó sin desenlace
por culpa del despertador que no se apiada de nadie,
Por obra del estallido del deber y de la realidad,
gran enemiga de los sueños.

José Emilio Pacheco
Como Lluvia (2001-2008)

20 de enero de 2012

El misterio de la ventana

Viajábamos de Madrid a Salamanca. De pronto una casa de piedra en pleno páramo nos llama la atención. La construyeron probablemente mucho antes de que por allí, alguien, un día, decidiera que pasase la carretera.

La casa parece abandonada. El revocado de la pared se cae a trozos, y deja al descubierto los cantos rodados utilizados en la construcción. La humedad y las filtraciones ennegrecen las paredes y en algunos sitios aparecen manchas musgosas. En medio de la pared el vano de una ventana y más allá la oscuridad. Se trata sin duda de una casa abandonada pero entonces, ¿cómo explicar la maceta florida en la ventana? ¿Quién la puso? ¿Quién la riega? Paro el coche y nos acercamos . Rodeamos la casa y no vemos señal de vida. En medio de tanto abandono, los geranios en el alféizar ponen su nota de alegría.

Han pasado los años. Me distraigo y ejercito pintado un cuadro que de inmediato me recuerda aquel momento. Con cada pincelada intento acercarme al modelo propuesto, pero sobre todo intento capturar el instante aquel en que supimos hacer un alto durante un viaje de negocios y pararnos a contemplar la serena belleza de una ruina en la que inexplicablemente destacaba un geranio en flor.

14 de enero de 2012

Modernismo, "Art Nouveau", Secesión

Nada más erróneo que querer circunscribir este movimiento a una disciplina, una escuela o una región concreta. En efecto, la indeterminación es una de sus características, se ha llamado de diversas formas (art nouveau, modernismo, art déco cuando se refiere específicamente a objetos, secesión, etc.) y se inscribe dentro de la corriente de rebelión, reforma y libertad que sacudió a Europa a finales del siglo XIX y originó una fuerte reacción en contra de los estilos artísticos dominantes, particularmente aquellos practicados en las Escuelas, sancionados en los Salones o consagrados por la Arquitectura Oficial del momento.

No hay por otra parte manifiesto alguno o programa suscritos por los adherentes a este movimiento que abarca manifestaciones y disciplinas diferentes o incluso prioridades divergentes según las personas o países en los que se originan. Lo que todas estas diversas corrientes tienen en común, es la necesidad de probar algo nuevo, algo que rompa con el estilo tradicional en un ambiente de exacerbada libertad  y en la que el arte sea lo que verdaderamente importe.
Un primer rasgo  de esta corriente consiste en la decisión de abolir cualquier distinción entre Arte con mayúsculas y artes menores. Para estos artistas lo esencial es que el nuevo arte afecte a la vida de la gente,  no sólo a unos costosos cuadros colgados en las paredes de los ricos, sino también a los objetos de la vida cotidiana: casa, mobiliario, vasos, tazas, anuncios: todo, desde el pomo de una puerta hasta la farola de la calle o la barandilla de una escalera. El empeño en combinar belleza y utilidad se encuentra siempre en el centro del mensaje social de este nuevo estilo.

Uno de sus principios formales de inspiración reside en la naturaleza como fuente inagotable de ideas de diseño; especialmente en su flora y fauna y en el desarrollo de sus líneas fluctuantes y asimétricas. Para algunos de sus representantes el énfasis en la ornamentación lineal tiene un contenido simbólico que perciben como una metáfora visual cargada de energía espiritual y de significado. Estos partidarios del Art Nouveau, imbuidos de la importancia política y social del arte, ponen un enorme énfasis en las posibilidades de renovación espiritual y de ahí que, para muchos de ellos, deje de ser un estilo y se convierta en un modo de vida.

Por otra parte el énfasis en los diseños dinámicos de líneas y formas naturales conducen unas veces hacia un arte de naturaleza abstracta y simbólica, otras hacia un arte muy floral y orgánico (especialmente en Francia), a un arte lineal y bidimensional o incluso en ocasiones a un arte geométrico y constructivo. Así pues bajo una misma etiqueta encontramos una enorme variedad de diferentes manifestaciones de este movimiento. A modo de ejemplo, en mobiliario o cristalería, el “Art Nouveau” puede abarcar desde diseños muy elaborados y deliberadamente florales hasta formas geométricas mucho más austeras sin referencia alguna a las sinuosidades de la naturaleza; y en arquitectura el “Art Nouveau” incluye cualquier cosa desde los diseños dinámicos y sorprendentes de Antonio Gaudi hasta los más austeros edificios de estilo secesionista de Jan Kotera en Praga.

El énfasis en el enérgico y dinámico modulado de las líneas fue promovido igualmente por el resurgimiento del interés por el arte celta y la pasión que se extendió en toda Europa por el arte japonés particularmente en sus elementos decorativos, su exotismo y su concepto del espacio.

Las diversas tendencias existentes en el “Art Nouveau” quedan igualmente reflejadas en la manera de pintar a la mujer. La imagen común, utilizada particularmente por Mucha, es la de una mujer como foco central de un intricado diseño lineal que convierte su rostro o figura femenina en parte del diseño del que deriva su fuerza e intensidad. Se percibe en ellas un sentido de autoconfianza, de apasionamiento y de poder. La energía latente en el diseño sirve para cargarlas de una inquietante  independencia.

12 de enero de 2012

"L'Evéil du Matin" de Alfons Mucha

Faltaban menos de dos semanas para que Sarah Bernhardt, la diosa de la danza del momento, estrenara en Paris su obra Gismonda. El gerente de la imprenta Lemercier, que acababa de recibir el encargo de preparar los carteles argumentaba ante tanta inmediatez la imposibilidad de cumplir con la tarea. El joven Alfons Maria Mucha que se encontraba en la imprenta en ese momento, se ofreció en el acto para pintar el cartel. El impresor, a la desesperada aceptó el ofrecimiento y pocos días más tarde Mucha le presentó un cartel estrecho y largo, de tonos malva, rosa, verde, marrón y dorado en el que el pintor esbozaba a la divina Sarah con flores en el pelo, mangas amplias y una palmera aureolando su cabeza. Ante el asombro de todos, Sarah Bernhardt quedó encantada y ofreció a Mucha un contrato de exclusividad por seis años.


Este cartel y los siguientes que Alfons Mucha preparó para el Teatro del Renacimiento hicieron furor y popularizaron el nombre de este pintor nacido en Ivancice, en Moravia del Sur, por entonces aún parte del Imperio Austro-Húngaro, quien, tras un breve paso por Viena, había llegado a París para estudiar en la Académie Julian. Aunque compartió durante un corto período de tiempo taller con Gauguin y a pesar que en esos últimos años del siglo XIX París era un hervidero de escuelas y tendencias, Mucha no simpatizó ni con impresionistas, ni con fauvistas, o puntillistas. Se mantuvo fiel a su propio e inconfundible estilo que a falta mejor comparativo, se dio en llamar “estilo Mucha”.
Con ese estilo Mucha produjo una gran cantidad de cuadros , pósters, carteles e ilustraciones y participó en el diseño de joyería, dibujos para textiles, y diversos elementos de decoración siguiendo ana tendencia que vino a llamarse “Art Nouveau”.

Como todas las modas el estilo Mucha fue perdiendo el fervor del público. Sin embargo algunas de sus litografías mantuvieron siempre una gran popularidad que se acrecentó con la puesta en valor del llamado “Art Noveau” a finales de los años sesenta. Entre las litografías más representadas se encuentras las series que ilustran las horas del día, las estaciones del año o las piedras preciosas.

Analizando detenidamente las ilustraciones y pósters de Mucha podemos percibir la razón de que su obra se hiciera tan popular. Arraigado profundamente en la tradición folklórica de su país de origen, su estilo es accesible y fácilmente comprensible incluso para el observador menos ilustrado. El diseño combina líneas dinámicas con patrones geométricos en los que el impacto de las figuras se refuerza por la manera en que emergen o se funden con el dibujo. Los colores generalmente quedan poco subrayados resaltando así el trazado lineal y la harmonía que se establece entre este trazado y la figura humana, que evoca casi siempre mujeres o jóvenes en una atmósfera llena de energía sexual no tanto por la representación en sí misma como por la exuberancia, autoconfianza y salud que parecen disfrutar y que las despoja de cualquier atisbo de malicia. Líneas ondulantes, y ornamentación floral acompañan siempre a las figuras que parecen nimbadas con un halo de sensual serenidad.

No es pues sorprendente que estas litografías tuvieran tanto éxito y atrajeran el interés de un público urbano especialmente en una época en que se estaba desarrollando el fervor romántico por la naturaleza.

2 de enero de 2012

Laura Freixas : Los otros son más felices

LOS OTROS SON MÁS FELICES

Novela
Laura Freixas
Ediciones Destino 2011
Áncora y Delfín 1220
255 páginas


La hierba en el jardín del vecino siempre nos parece más verde que la del nuestro propio y es que solemos ver la felicidad ajena como un compendio bienes, de situaciones o de relaciones de las que nosotros carecemos.

Este parece ser el hilo conductor de “Los otros son más felices” novela con la que Laura Freixas se adentra de forma magistral en la toma de conciencia de la propia individualidad, en los cambios que se producen los años sesenta y setenta en la familia tradicional española, en las relaciones entre diferentes clases sociales, y en la siempre complicada relación de madres e hijas.


La novela está narrada en primera persona, y hay que subrayar la palabra “narrada” porque efectivamente nada más convincente que los titubeos, las vueltas atrás, las respuestas aplazadas con las que la narradora va desgranando sus recuerdos como si contestara a una interlocutora cuyas preguntas el lector no llega a escuchar.


La narradora, Áurea evoca la época aquel verano de sus 15 años en que sale de casa por primera vez para pasar unas vacaciones en la Tramontana en casa de unos parientes “ricos”. La adolescente queda deslumbrada por esa otra forma de vida, alegre, desenfadada, despreocupada y feliz. Admira y envidia sobre todo, el arte, el buen gusto, el refinamiento las maneras de sus parientes y sobre todo de su lejana prima. Sin embargo las cosas no siempre son lo que parecen y aunque la experiencia servirá a la joven para salir del cascarón y empezar a pensar la vida por su cuenta y enjuiciar las verdades y mentiras de su madre, y las falsas relaciones de sus padres bajo un nuevo prisma.


Pero el arte de Laura Freixas, precisamente reside en que esas cosas se van desvelando progresivamente como si la narradora estuviera esperando a que pudiéramos abarcar con una mejor perspectiva todos los elementos de la historia.


En efecto, aunque el núcleo de la historia transcurre durante la transición española, la narradora antes de esta conversación transcrita ha tenido la oportunidad de encontrarse varias veces con algunos de los protagonistas de aquella época redondeando así la información sometida al prisma del tiempo, de los acontecimientos y de los propios protagonistas.


En resumen, una novela escrita con un lenguaje sencillo pero muy potente, que parece proponer la necesaria e irremediable separación del entorno familiar que nos capacita para entendernos a nosotros mismos y entender la vida no como nos la cuentan sino como nosotros mismos la vivimos.

…Sí, es verdad que era un poco lo mismo, que a mi padre le pasaba como a mí, nunca terminábamos de corresponder a lo que ella esperaba de nosotros. Es que yo creo que mi madre, más que querernos, nos necesitaba. Ella decía que sólo pensaba en servirnos, que vivía para nosotros, pero en realidad, ahora que lo pienso…Nos servía en cosas que quizá nosotros, mi padre y yo, no queríamos, yo no tenía especial interés en ir limpísima y planchadísima, yo no quería que se pasara horas dándole a la máquina de coser para hacerme vestiditos con punto de abeja en la pechera, yo.,., yo no sé muy bien qué quería, pero no era eso. Es como si ella hubiera establecido los términos de un pacto: ella nos servía guisando y limpiando, y a cambio, nosotros teníamos que hacer, que ser, lo que ella quería que fuéramos. Y a nosotros nos dejaba más alternativa que obedecer, plegarnos a ese pacto que no habíamos elegido, o ser, él un marido traidor, yo una mala hija: unos ingratos.

31 de diciembre de 2011

Letanía de agradecimientos

Hace un año, por estas mismas fechas, resumía el año transcurrido en una letanía de agradecimientos por personas, vivencias, paisajes, oportunidades que me fueron brindadas seguramente sin merecerlas. El gesto puede parecer arrogante, pero nada más alejado de mi pensamiento que la vanidad. Aunque el año ha quedado jalonado de intervenciones médicas, pruebas, diagnósticos , y otras vicisitudes quiero sobre todo abarcar el año transcurrido en positivo pero sin nostalgia, deseoso de seguir adelante en mi peregrinar pero consciente de que no se trata de un peregrinar en solitario, que personas que me quieren o que me ofrecen su amistad caminan a mi lado.


     - En el Camino de Santiago del Norte, desde Bilbao a Llanes y con el propósito de seguir el año próximo.
       - Por las sendas y trochas del Alto Tajo recorriendo los susurrantes y otoñales orillas del río que se hace
       - Disfrutando en la Alta Montaña y de paisajes infinitos en el Parque Nacional de Somiedo.
       - Caminando por las recortadas, resecas y sin embargo floridas costas sendas del Parque Nacional de Sierra de Gata durante esta primavera.
       - Conociendo Archena y sus templadas aguas al tiempo que caminaba en compañía por el valle de Ricote en la provincia de Murcia.
       - Recorriendo, cercana y desconocida, la Rioja y lugares tan entrañables como San Millán de la Cogolla, Monasterio de Cañas, Ezcaray o La Guardia.
       - Praga revisitada, ha sido desde luego un hito que ha marcado todo el año. Disfruté de la compañía, disfruté de las exposiciones de pìntura, de los monumentos pero sobre todo de la música de la Opera .

Recojo estos momentos especiales sin olvidar las gratificantes sesiones de pintura, de yoga o de gimnasia, ni los interesantes intercambios de opinión en el club de lectura o en el taller de escritura de mi precioso pueblo de adopción. Los días se van cargando de sentido, de propósito y de determinación y cuando las fuerzas flanquean recordar los momentos más destacados me animan a seguir adelante con un renovado agradecimiento a todos los que caminan a mi lado.

29 de diciembre de 2011

Bautismo del Aire

Sus uñas, mal perfiladas y torpemente esmaltadas de color teja se hincaban cada vez con más fuerza en mi brazo desnudo. Yo le sonreía y trataba de calmar su incipiente nerviosismo. Pensé en el valor sobrehumano de aquella mujer, y en comparación, el dolor producido por sus arañazos me pareció una nimiedad sin consecuencias. No me costó ponerme en su lugar y sentir algo de su congoja.


Había abordado el avión de Iberia con destino a Madrid que me devolvía, aquel caluroso sábado veraniego, de vuelta a casa después de una semana de trabajo en Sevilla. Acomodado en un asiento de pasillo, iba mirando los viajeros que entraban al avión y echaba suertes sobre quién acabaría sentado a mi lado. Cuando la vi parada en el pasillo, con aquella ropa desparejada y un peinado excesivo, jadeante, la mirada perdida, los brazos cargados de bultos mientras intentaba descifrar la tarjeta de embarque, que sostenía en la mano, supe sin lugar a dudas que sería mi compañera de viaje. En efecto, una azafata, al comprobar el atasco que se estaba produciendo vino en su ayuda y con exquisita amabilidad le indicó el asiento de ventanilla a mi izquierda.

La ayudé a colocar los bultos y ese gesto bastó para que se abrieran las compuertas de aquel torrente de excitación, y pánico muy exteriorizado que la ahogaba.

- Perdone, ¿usted ha volado más veces? Me preguntó entre jadeos mientras se acomodaba en el asiento

- Mire, por suerte o por desgracia lo hago todas las semanas.

- Ay, ¡qué bien! Así me dirá usted lo que tengo que hacer. Es que es la primera vez que subo a un avión ¿Sabe?

- ¿Va a Madrid?

- sí, mire, primero voy a Madrid, y desde Madrid voy a Alemania, a un pueblo que se llama… que se llama…, déjeme que lo mire, que lo llevo apuntado en un papel. Mi marido, Joaquín, me ha enviado los billetes.

- Ah, ¡entonces va a reunirse con su marido! ¿Se quedará mucho tiempo?

- No, el hotel es muy caro y no podemos gastar tanto dinero. Estamos ahorrando para hacernos una casa en Dos Hermanas. Mi marido trabaja en una fábrica y vive con otros compañeros en un barracón, pero mientras esté yo allí iremos a un hotel. Es que hace casi dos años que no nos vemos, ¿sabe?

- Pues nada, Señora, me alegro mucho de que pueda ver a su marido. y no se preocupe. El avión es muy cómodo y en un momento estaremos en Madrid. Al llegar no se olvide de preguntar a alguien del aeropuerto como encontrar el avión que la llevará a Dusseldorf.

Mis palabras parecieron tranquilizarla un poco, pero la cháchara con la que intentaba sosegar su ánimo se desbarató cuando el avión enfiló la pista y aceleró para despegar. Se asió fuertemente al reposabrazos, luego al respaldo del asiento delantero, pero le pareció poco seguro. Sus manos se aferraron entonces a mi brazo, hundió la cabeza en mi hombro e imploró:

- ¡Perdone!, ¡cuántas molestias le estoy dando! ¡que pensara de mi!, ¡Dios mío qué vergüenza… ¡Pero tengo tanto miedo…!.

- Tranquila Señora, ¿ve? ya estamos en el aire. Mire por la ventanilla, mire ahí abajo, ¡qué pequeña se ve Sevilla!

- ¡Ay no! No le parezca mal pero prefiero ir con los ojos cerrados agarrada usted y pensando que es mi Joaquín.

- Pues muy bien señora, seré su Joaquín todo el tiempo que usted quiera.

Aunque el vuelo fue relativamente tranquilo, podía sentir cada sacudida, cada cambio de ritmo de los motores, cada ligero vaivén, cada inclinación de las alas por la fuerza con la que sus uñas se hundían en mi brazo. Afortunadamente una hora pasa rápido y a pesar de lo embarazoso de la situación, me sentía entre divertido y apenado imaginando el torbellino de vergüenza, impotencia y pánico de aquella mujer y su valentía a pesar de todo, para aventurarse en aquel viaje tan lleno de escollos para ella, como para un conquistador el descubrimiento de un nuevo continente.

No se enteró de que aterrizábamos, hasta que las ruedas del avión tocaron pista, pero entonces dio un grito:

- ¿Qué pasa? ¿De qué es ese ruido? Parece que nos vamos a estrellar.

- No, ni mucho menos. ya hemos llegado a Madrid. El avión está en tierra.

Me miró con un suspiro de alivio. Vi entonces por primera vez sus profundos ojos negros que había mantenido cerrados durante todo el trayecto. La ayudé a desembarcar y aquel día lamenté interrumpir tan pronto mi viaje. Me hubiera gustado acompañarla hasta Alemania

- Muchísimas gracias por su ayuda. Ha sido usted muy bueno y paciente..

- De nada, Señora, todos hemos sentido algo de miedo la primera vez. Espero que encuentre bien a su marido y que pasen unos días felices en Dusseldorf.

La dejé en manos de una azafata de tierra y me encaminé hacia la recogida de equipajes. Una línea de ocho marcas profundas festoneaba mi brazo. Mi preocupación ahora era inventar rápidamente una historia creíble para explicar ese extraño tatuaje.

24 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


Queridos amigos seguidores de este blog

Lo propio en esta fecha sería incrustar una imagen con abetos nevados, renos y campanillas o bien una imagen sacra recordando el Misterio:  haría así lo que se espera de mí.

El corazón sin embargo me pide otra cosa: una madre, con un niño en brazos, que no pudiendo pagar la hipoteca ve como sus cosas, escasas posesiones, se van amontonando en la acera. O quizá una pequeña hoguera encendida en una habitación ametrallada de esa casa reventada de Trípoli, en la que tres soldados calientan un té. O mejor quizá esa cooperante de Médicos sin Fronteras que en Somalia ayuda a una desnutrida y exangüe parturienta. Pero no, eso tampoco va con mi estilo y aunque las imágenes me laceren intento sobreponerme y creer en nuevos horizontes.

Por fin vence la sobriedad, la sencilla belleza de unas flores que se ofrecían por igual a todos los que pasaban por aquel camino del valle de Ricote. Una flores que no distinguen entre ricos y pobres, entre afligidos y exultantes, entre vencedores y vencidos. Flores que son un símbolo de sencillez, de confianza, sabiendo que tienen que cubrir un ciclo de vida siendo lo que son: hermosas y ofrecidas.

Con ellas, para todos, con sencillez, Feliz Navidad

3 de diciembre de 2011

Uno más entre nosotros

-¡Taxi, taxi!

Jadeando, la maleta en una mano y gabardina en el brazo, salí a la caza desesperada de un taxi. Mi vuelo a Bruselas salía en una hora y me encontraba aún en plena Castellana.

Afortunadamente mi plegaria secreta fue escuchada. Un taxi reluciente frenó a mi lado. El conductor bajó la ventanilla y me preguntó:

- ¿A dónde vamos caballero?

- Al aeropuerto, T4 y luego a Bruselas si logra el milagro de que llegue a tiempo.

- No hago milagros, pero suba y no se apure, el tráfico despejará pasada Plaza Castilla.

Sin apearse, el taxista abrió desde dentro el maletero. Dejé la maleta y subí rápidamente al coche. Con serenidad, el taxi arrancó y aunque nada se podía hacer para apresurar la marcha, por primera vez, me sentí esperanzado. En efecto, pasado el túnel de plaza Castilla el tráfico se volvió más fluido. Entonces el conductor me preguntó:

- ¿Va por muchos días?

- No, sólo hasta el viernes.

- ¡Ah! Menos mal porque en vísperas de Reyes, si tiene hijos, tiene que ser duro salir de viaje, para ellos, pero quizá aún más para usted.

Afortunadamente volvería a tiempo para llevar a Claudia a la Cabalgata de Reyes. El taxi circulaba ahora veloz por la M 40 y casi sin darme cuenta, estábamos frente a la T 4. Eran las 10:45. Faltaban 35 minutos para la hora de salida. El taxista, abrió de nuevo el maletero sin apearse, se volvió sonriente y me deseó mucha suerte. Quise estrecharle la mano al tiempo que pagaba la carrera. Sólo entonces, descubrí que le faltaba el brazo izquierdo, y que el derecho terminaba en una prótesis que hacía las veces de mano. No pude refrenarme, estreché aquella mano metálica y la sentí muy cálida, una más de las que estrecharía ese día.

5 de noviembre de 2011

Negras ondas

Su fascinación por las ondas le venía de niño, cuando acompañaba a su padre a orilla del río y se entretenían tirando y haciendo rebotar sobre el agua las piedras más planas y lisas de la orilla. Cada roce en la superficie del agua producía como una leve marea que se iba dispersando, alejando en ondas concéntricas y desaparecía de la vista.

Algo más tarde aquel entretenimiento infantil se convirtió en su obsesión. Experimentó con piedrecillas arrojadas desde el brocal del pozo, pero las ondas chocaban con las paredes y desaparecían en la oscuridad. Intentó medir la amplitud de las ondas arrojando objetos de diferente calibre desde la altura del puente. No sacó conclusiones pero pudo constatar que el límite de las ondas no era otro que su propia vista y los restringidos espacios en los que se movía. ¿Qué ocurriría si pudiese subir a un helicóptero y desde allí arrojar un enorme peñasco en el mismo centro de un lago brillante y liso como un espejo? ¿Hasta dónde llegarían las ondas? ¿Qué las detendría?

No había duda, Leandro había nacido para ser físico. A lo largo de sus estudios, aquellas inquietudes infantiles lejos de amainarse se fueron intensificando. El por qué de las cosas le apasionaba. Bebía con avidez cada palabra, cada explicación, cada experimento de sus profesores, pero las ondas, ahora sonoras, seguían siendo su principal obsesión, y a ellas se venía dedicando en cuerpo y alma desde entonces. Sus compañeros, sobre todo Basilio, se burlaban por lo bajo de su empeño y comenzaron a llamarlo “Einstein”.

Alto, rubio, de penetrantes ojos grises, fue un inconsciente conquistador durante toda su juventud. Siempre había alguna muchacha a su vera fascinada por su seguridad, por su cálida sonrisa, o por su incansable y verborrea científica, incapaces de comprender que Alejandro sólo las veía como receptoras interrogantes de sus disquisiciones.

Las ondas sonoras son ondas mecánicas longitudinales que se propagan a través de un medio elástico. Su intensidad es la potencia transferida a través de la unidad de área normal a la dirección de la propagación. Leandro se fue adentrando cada vez más a fondo en el enigma de los sonidos. Su lenguaje se fue transformando en vocablos cada vez menos inteligibles: vibraciones, rarefacciones, resonancias, frecuencias, tonos, fueron formando un galimatías para los compañeros que poco a poco, sin poder tomar parte en sus conversaciones se fueron alejando.

Aquel muchacho que tiraba piedras en las charcas para ver como se formaban perfectos círculos concéntricos en torno al punto de impacto, se convirtió en un renombrado científico que seguía hechizado por las mismas cuestiones. Si las ondas siguen en continua expansión, ¿cuándo desaparecen? ¿La voz de los grandes profetas sigue vibrando en el aire a pesar de los siglos transcurridos? ¿Podrían recuperase esas ondas infrasónicas para convertirlas de nuevo en palabras inteligibles? ¿Qué potente mecanismo podría invertir la expansión de las ondas para conseguir una longitud inteligible Lo que podría haber sido una inquietud de científico, en Leandro, paulatinamente se fue convirtiendo en una obsesión que no le dejaba vivir. Trasladó su laboratorio a una casa de campo en las afueras de la ciudad. Sus familiares, sus amigos, sus compañeros de profesión perdieron todo contacto con él. Aprovechando una inesperada herencia, presentó su renuncia irrevocable en el Centro de Investigaciones Científicas para el que trabajaba. A los dos o tres años, nadie en su círculo hablaba ya de aquel chiflado que había abandonado todo en pos de una quimera.

Un día sin embargo, Leandro apareció en la ciudad presa de una gran agitación. Durante días, se le vio deambular por diferentes talleres locales y hasta donde se pudo saber les encargó la fabricación de diversas piezas e instrumentos siguiendo unos minuciosos planos diseñados por él. Pocos dudaban ya de la locura del pobre hombre, pero verle de pronto, con la vista perdida, mal vestido, desaseado, casi famélico y tirando su dinero en construcciones disparatadas acabó con los últimos resquicios de fidelidad de sus más inquebrantables amigos. Estaba loco de remate y eso ya no tenía remedio.

Ajeno a los comentarios y a las miradas condescendientes, Leandro fue transportando cada pieza fabricada a su recóndito laboratorio Nadie se imaginó jamás que aquella vieja furgoneta verde en la que algunos le vieron por la ciudad, servía para transportar el delicado y misterioso cargamento. Pero, ¿quién sigue a un chalado que abandona un magnífico puesto de trabajo, corta con su familia y sus amigos y se retira a un lugar desconocido? A los locos se les deja a su aire a condición de que ellos nos dejen tranquilos.

Así pues, la presencia esporádica de aquel por la ciudad, acabó suscitando menos revuelo que el producido por los guijarros que de niño arrojaba desde el puente. Leandro se volvió invisible en la soledad de su secreto. Porque sí, ahora había secreto. Había descubierto la manera de revertir las ondas sonoras. Trabajó con ahínco ensamblando las diferentes piezas que había mandado construir. En un claro del bosque por detrás de la casa, fue surgiendo una torreta, y luego una gran antena helicoidal rodeada de reflectores en forma de espejo que vistos de lejos parecían los pétalos de una gigantesca margarita a punto de cerrarse para evitar el relente.

Tras ensayos y fracasos, intentos y más intentos, un día, pudo por fin vislumbrar el camino que lo llevaría definitivamente a ver realizado su sueño. . A cada nuevo ensayo percibía más y más sonidos que le hubieran vuelto loco de no haber puesto filtros y limitadores de volumen en aquella gigantesca Babel de de palabras entremezcladas que juntas formaban una cacofonía pegajosa e insoportable.

Llegado a este punto se topó con un nuevo problema: ¿De qué le servía condensar las ondas, captar las palabras ni no era capaz de aislarlas unas de otras y sacar de aquel amalgama algo inteligible dicho hace cientos, de años o solamente ayer? Cualquier otro hubiera tirado la toalla, no así Leandro. A estas alturas de la vida, había renunciado a una vida de familia, a sus amigos, a la comodidad de un trabajo apasionante y bien remunerado, atraído por unos susurros de sirena que quizá sólo habitaban en su cerebro.

Si los metales pueden extraerse de su ganga, si las células pueden aislarse, si cualquier cuerpo complejo puede descomponerse en sus elementos básicos, ¿por qué no va a ser posible clasificar los sonidos y aislarlos por frecuencia, timbre o tono? Inmune al desánimo, incansable ante el fracaso, redobló sus esfuerzos, revisó sus axiomas, formuló hipótesis y partiendo siempre de otros descubrimientos en otras esferas de la ciencia, se topó por fin con una obviedad hasta entonces insospechada. Si las células microscópicas son capaces de poseer una marca de identidad tan indiscutible como el ADN, ¿no ocurría lo mismo con los sonidos? ¿Cuál podría ser el ADN equivalente para los sonidos? Entraba así en una nueva época de tanteos, titubeos, y marcha a ciegas. Las certezas le habían abandonado por completo. Cualquiera que lo observara en ese trance se toparía con un hombre enfebrecido que descuidaba su alimentación, su aseo y todo lo que no fuera su obsesión por descubrir ese pequeño detalle que le permitiera hacer pasar los sonidos por un inmenso tamiz que filtrara sólo aquellos que le fueran inteligibles y pertenecientes a un único emisor. Debía comenzar a hacer pruebas con su propia voz. Grabó una y otra vez palabras aisladas, las transformó en valores y elementos y buscó incansable algún elemento común a todas ellas que le permitieran identificar dichas palabras como pertenecientes a una sola persona.

Su esfuerzo se vio por fin colmado el día que menos lo esperaba. Accidentalmente la grabadora de ondas se puso en marcha mientras escuchaba un debate en la radio. Para relajar un poco la tensión que venía acumulando y a modo de juego, le dio por crear el espectro sonoro de cada uno de los contertulios. Fue así como descubrió en cada uno de ellos un elemento específico y cuantificable que denominó Factor Andro, abreviado NDR, pequeña concesión a su descubridor.

Leandro quedó cegado por el fogonazo de su descubrimiento. Aunque llegó a él de manera casi fortuita, sus intuiciones no habían sido descabelladas. Todo sonido humano posee en su onda, una característica única y tan exclusiva a cada persona como puede ser su ADN, las yemas de sus dedos o las líneas en el iris de sus ojos. Había conseguido su sueño. Como el cazador en busca de su trofeo, Leandro podría salir a la caza de palabras dichas, de palabras olvidadas, de esas palabras que lleva el viento. Y sintió miedo. Tanto miedo que se quedó paralizado. ¿Qué hacer ahora? ¿Por dónde empezar? ¿A quién comunicar su hallazgo?

El criterio científico por fin se impuso a toda emoción, sentimiento o desenfrenado alborozo. Debía dejar reposar su descubrimiento. Se imponía un período de reflexión, de descanso. Durmió sin interrupción durante dos días completos. Cuando, después de este benéfico descanso volvió por fin a su laboratorio, ya tenía esbozados los pasos que debía recorrer antes de hacer público su descubrimiento. El primero de todos, poner a prueba su invento intentando espigar entre los millones de palabas que flotan en el aire, aquellas que él había pronunciado a lo largo de su vida. ¿Qué mejor que sus propias palabras como banco de prueba de su descubrimiento?

No fue fácil afinar su artilugio, al que llamó “andrófono”, para que comprimiera exclusivamente palabras con el mismo nivel NDR. El espectro era tan fino que ajustarlo por completo aún le llevaría algún tiempo. No obstante, impaciente, quiso recuperar sus palabras del pasado y a través de ellas su vida o al menos aquella que había sido capaz de vivir antes de que le sobreviniera su pasión investigadora.

Entre numerosos ruidos de fondo, posiblemente de miembros de su propia familia, fue entresacando gorjeos, lloros, risas de bebé, y muy pronto palabras nítidas como “papa”, “mama”, “roro”; luego alcanzó a distinguir frases completas que aunque no recordara no podían haber sido pronunciadas sino por él mismo: - “Mamá, ¿cuándo va a volver la abuelita Encarna?” - Esa frase sólo podía referirse a su empeño por volver a casa de su abuelita Encarna fallecida unos meses atrás. Más adelante empezaron a aparecer, respuestas concretas a preguntas del maestro de turno, bromas con sus compañeros de clase, risotadas, gritos de recreo, “¡no vale!, ¡no fui yo!”, “Seño, seño, Juanito me está copiando!.”... tantas frases fuera de su contexto, que al final, el ánimo de Leandro empezó a decaer vertiginosamente. ¿Para esto se había enterrado una vida entera en un laboratorio? ¿De qué le servía recuperar las palabras si no podía recuperar al mismo tiempo la juventud ? En medio de estas elucubraciones. De pronto, unas palabras desafiantes, y tan firmes que no dejaban lugar a duda, rasgaron el aire y se incrustaron en su cerebro: “¡Fue Basilio el que cogió el dinero del bolso de la profesora de matemáticas. Lo vi yo, desde la ventana del patio!”

¿Cómo era posible que aquella mentira que había atormentado su conciencia adolescente volviera ahora para seguir persiguiéndolo? No le costó recordar aquella acusación falsa contra su compañero de clase, un muchacho huérfano de padre y tan asustadizo que entraba y salía de las clases sin apenas hacer sombra. ¿Para qué, o quizá mejor, por qué cogió él mismo ese dinero que no lo necesitaba? Y sobre todo, por qué acusó a Basilio? ¿Qué le había hecho? No era buen estudiante, jugaba mal a la pelota, no tenía amigos, y Leandro le acusó vilmente, sin medir las consecuencias. El niño fue expulsado del colegio y ya nunca más pudo seguir estudiando. Leandro llevó muchos años la vergüenza de su acusación como una cicatriz en la frente, pero con el tiempo, el recuerdo fue hundiéndose en lo más profundo de su subconsciente y no había vuelto a aflorar desde entonces. He te aquí, tantos años después, que la obra cumbre de su vida lo señalaba con el dedo. ¿Cuántas veces más tendría que sonrojarse por palabras que nunca debió decir?

A Leandro le bastó un ejemplo para comprenderlo y comprender de paso el sinsentido de su investigación. Sacudido hasta la raíz más profunda de su ser, tomó a dos manos el objeto más contundente que encontró y se cegó a golpes con los instrumentos que había tardado años en poner a punto. No dejó nada a salvo. Luego, prendió fuego al laboratorio y sin volverse atrás caminó hacia el pueblo dando gritos: “No fue Basilio, fui yo el que robó el dinero de la profesora de matemáticas….”

23 de octubre de 2011

Lotos en el Khlong

Una franja de luz se filtra a través de la persiana veneciana e ilumina el cabecero de una cama blanca..Se oyen murmullos, cuchicheos de los que entresaco palabras sueltas…el río…calor... delira. No entiendo nada. Floto en una nube de algodón, cierro los ojos, quiero dormir. No sé cuántas horas, ¿o fueron días? transcurrieron desde ese primer atisbo de luz. Voces, cada vez más apremiantes me obligan a abrir los ojos, me escrutan, parecen interrogarme, pero sigo en mi nube, algodonosa, insonora. Alguna imagen inconexa intenta filtrarse en mi conciencia: Wong Duang, la piragua, la cena, el queso ¿cuánto tiempo hacía que no lo probaba? Una imagen blanca, con cofia, se inclina hacia mí. Si estuviera en un hospital sería una enfermera. ¿Pero dónde estoy? Habla con alguien, le llama doctor. Entonces, … la cama blanca, el uniforme, el doctor… estoy en un hospital. ¿Qué me ha ocurrido?

Con un enorme esfuerzo abro los ojos cuanto puedo. De inmediato la conversación entre los dos desconocidos cesa. Me están mirando.

- “Nai Samianto ..Nai Samianto…”

Me llaman. ¿Por qué los tailandeses nunca pronuncian bien mi apellido? ¿Por qué no me llaman Fred, como todos los del pueblo? ¿Dónde está Phrapaiphak? Me duele la cabeza, mi lengua, mis labios se niegan a articular mis preguntas. Mis ojos deben expresar angustia, porque una mano fina, de dedos largos y frescos, me acaricia la frente. Ahora sí, ahora distingo las palabras. Las cantarinas frases tailandesas quieren tranquilizarme…

- Clap ma leo “Ya ha vuelto…”

Estoy en un hospital. Por el acento, diría que el médico es francés aunque chapurrea alguna frase en tailandés. Es mayor, huele a tabaco de pipa y a whisky escocés. Cada día que pasa le noto menos ceñudo y a las enfermeras más sonrientes. La enfermera que me toma la temperatura me sonríe con timidez. Las auxiliares parece que la toman el pelo. Al final, una de ellas me cuenta que me han operado in extremis una peritonitis aguda, que he estado delirando varios días, que todo mi afán era abrazar a la joven enfermera Surini, y que al día siguiente de la operación llegó al hospital un nak buat, un sacerdote joven, interesándose por mi, y que según decían debía estar en su pueblo en plena jungla cuando sobrevino el desastre.

La nube algodonosa se deshace. Empiezo a recordar. Era la época de Thet , el año nuevo chino, y aunque estaba mal visto por las autoridades tailandesas, en el colegio, de mayoría china, nos habían dado vacaciones. Phrapaiphak y yo estábamos aprendiendo a vivir ausentes. Era muy duro en la ciudad, en nuestro soy, la calle donde vivíamos, todo me la recordaba. El Père Guillaume, de los Padres Blancos, me había invitado a pasar el Thêt con él en una aldea de palafitos en uno de los afluentes del Mekong. Además de la iglesia y el dispensario, dirigía un pequeño colegio al que acudían los niños del río después de sus clases en una escuela nacional en la que casi siempre faltaba el maestro. Mi amigo Guillaume quería mejorar el acento de la joven Wong Duang que enseñaba inglés y de paso, esperaba, que este cambio me ayudaría a olvidar.

La única forma de llegar al poblado era a través del río. Largas piraguas con un pequeño motor fuera borda del que sobresalía un largo vástago rematado en hélice, hacía las veces de propulsor y de timón. El embarcadero, mercado, y punto de encuentro con los habitantes de la carretera estaba aproximadamente a dos horas río arriba y algo menos cuando se hacía el camino inverso. En esas dos horas había retrocedido varios lustros en la civilización. Casuchas de madera de una sola pieza clavadas sobre largos postes a orillas del canal, pasarelas de bambú entre las casas, una o varias piraguas con y sin motor amarradas a los pilares de las casas, fango en las orillas y debajo de las casas, y picoteado o revolcándose en él, algún cerdo negro, unas gallinas y algún gallo desplumado que había sobrevivido mil peleas. En el agua niños bañándose, buceando, jugando o quietos como budas sentados en la veranda, esperando el menor movimiento de la caña que sostienen entre las piernas. En la parte alta de la aldea, formando un cuadrilátero, la escuela, la wat con sus stupas y los pabellones de los monjes, la casa comunal, y en una esquina, un poco retirada, la iglesia, el dispensario y el colegio católico. Mi amigo me espera en la pequeña plataforma que sirve de embarcadero a las lanchas que suben y bajan por el río cargadas de mercancías o de viajeros. Me enseña su casa: una amplia sala con una mesa y seis sillas en una esquina, armarios con medicamentos, estanterías de libros, cajas de herramientas, y en un baúl, enrolladas las esteras que nos servirán de cama por la noche. Un pequeño generador enciende la única bombilla de la estancia que según me comenta está abierta a todos, cristianos o budistas durante todas las horas del día.

Una familia amiga nos trae la comida apilada en fiambreras superpuestas: arroz cocido que sirve siempre de acompañamiento, verduras salteadas y muy variadas, y algún plato de pescado, pato o pollo; fruta en abundancia, y, como pequeña condescendencia a nuestros gustos occidentales, café cortado con un poquito de leche condensada. Por la noche, tumbados en nuestras esteras, contemplamos el reflejo plateado de la luna sobre las tranquilas aguas del río y charlamos de todo lo humano y lo divino. Le pregunto a bocajarro cómo aguanta la soledad, cuál es su tentación más fuerte. Me confiesa que la soledad hace estragos entre sus colegas. De la soledad al alcoholismo sólo hay un paso.

Los días son apacibles. Doy mis clases de inglés y la profesora, Wong Duang, rápidamente se adjudica el derecho de tutela. Me presenta a sus padres, me invitan a cenar en su casa, y me debato entre la obligada cortesía oriental y el miedo a hacer creer a la muchacha en algo que en estos momentos no me pasa por la imaginación. Me baño en el río con ella y con sus hermanas, me dejo enseñar palabras y costumbres que ya conozco, buscamos flores de loto y en general disfrutamos como chiquillos. Las vacaciones están a punto de terminar y Guillaume ha invitado a cenar al sacerdote de una aldea vecina que acaba de regresar de Francia y aporta al banquete una buena botella de vino francés y un grueso trozo de queso. Comemos, reímos, bebemos y sobre todo mezclamos en nuestras conversaciónes anhelos y sueños de futuro con nostalgias de nuestro común pasado en Francia.

Al poco de acostarnos empiezo a sentir fuertes dolores de vientre que achaco de forma automática al queso. Llevo casi seis años sin probarlo, qué duda cabe, mi estómago ya no está habituado. Me levanto y voy al botiquín en busca de sales de frutas. Los dolores aumentan y me veo obligado a despertar a los amigos. Probamos varios remedios pero los dolores no remiten. Preocupado, Guillaume me ofrece su última alternativa: el botiquín de remedios chinos. El jarabe que tomo cae en mi estómago como vinagre en una llaga, pero los retortijones siguen aumentando. Pese a la vergüenza no puedo evitar gemir y quejarme. Tan pronto amanece mis amigos toman la única decisión posible: hay que trasladarme de urgencia a un hospital en la capital. El viaje río abajo hasta el embarcadero a pie de la primera carretera se hace eterno. La piragua no tiene toldo, y el sol atraviesa la ropa y abrasa mi vientre. A la inevitable tortura del sol se añade ahora el traqueteo por carreteras imposibles del taxi desvencijado que me lleva a la ciudad. Eran las diez de la mañana cuando salimos de la aldea de Lampang, sólo llego a la clínica Saint Louis en Bangkok a las cinco de la tarde. Me preparan de urgencia y entro en quirófano de inmediato. La apéndice ha reventado y el riesgo de infección en estos climas calurosos y de medios precarios es casi inevitable. Se declara una peritonitis, la fiebre se dispara, deliro, paso por largos ratos de inconsciencia, y nadie, nadie está a mi lado en esos momentos. Confundo a la enfermera con mi novia, quiero abrazarla, pedirle perdón y Surini, silenciosa y sonriente me acaricia y me susurra palabras dulces. Sabe lo solo que estoy y la imposibilidad de alertar a parientes o amigos. Cuando finalmente vuelvo de dondequiera que estuviese, el viejo doctor viene a felicitarme y a felicitarse. Estoy fuera de peligro aunque la recuperación será lenta y debo permanecer en la clínica en observación. So pretexto de cuidarme Wong Duang viene a Bangkok a casa de un familiar. No es fácil explicarle - sin herirla - que la decisión está tomada. Al finalizar el curso volveré a Europa. Mi aventura en Tailandia ha terminado. Más profunda y más dolorosa que la cualquier cicatriz quirúrgica, siento la herida de un amor destrozado por una guerra que no nos concernía pero asfixió nuestros anhelos de una vida sencilla y tailandesa.

21 de octubre de 2011

Convencer, persuadir, influir...

Querido amigo,
Desde que te conozco has influido enormemente en mi comportamiento e incluso en mis opiniones acerca de la educación infantil. Sin embargo, no voy a dejarme convencer de la necesidad de quitar cualquier símbolo religioso de las escuelas so pretexto de la laicidad de la enseñanza. Estoy persuadido de que es posible compaginar el legado cultural de nuestro país con una escrupulosa libertad de opiniones o creencias religiosas.

Nos encontramos aquí con tres verbos que a veces se confunden en algunos de sus significados. Sin ser exhaustivo sobre todos los significados y en particular sobre sus significados en sentido figurado he aquí algunas diferencias importantes de esas tres palabras,

Convencer es hacer que otra persona cambie de opinión mediante la fuerza de nuestras pruebas y argumentos. Hay una clara voluntariedad en el hecho de convencer. Es casi un empeño y además implica el abandono de una posición a cambio de la que nos has demostrado ser más verdadera.

Influir es tener un efecto positivo o negativo sobre otra persona en sus ideas, conducta, modo de vestir o de hablar etc. Este efecto no es necesariamente buscado y a veces es inconsciente. Tampoco implica un cambio brusco sino un suma o resta a lo ya existente.

Persuadir está a caballo entre convencer e influir. Sin embargo, la principal característica de la persuasión estriba en el papel preponderante de los sentimientos, del corazón.

20 de octubre de 2011

Sue Kaufman: Diario de un ama de casa desquiciada


DIARIO DE UN AMA DE CASA DESQUICIADA
Novela
Sue Kaufman
Libros del Asteroide 2011
Título original Diary of a Mad Housewife 1967
Traducido del inglés por Milena Busquets
330 páginas

Empecé el libro con una cierta apatía. No quería encontrarme con una versión americanizada de “Cómo ser mujer y no morir en el intento" de la añorada Carmen Rico-Godoy, o peor aún con la frivolizada versión escrita de “Sexo en Nueva York”. Me bastaron unas pocas páginas y reiterados vistazos a la fecha de publicación de la versión original para darme cuenta de que realmente estaba ante algo diferente.

No se trata de una novela al uso, con un planteamiento, una trama, un punto de tensión y un relajante desenlace, mas bien al contrario, acompañamos a una neoyorkina, Tina Balser, en su vida diaria en Nueva York aunque para ello debamos retroceder hasta los años sesenta y no perder de vista los valores, esquemas e ideales que prevalecían en la sociedad americana de la época. Tina tiene una educación superior, se ha casado con un brillante abogado, tiene una familia de ensueño, goza de bienestar económico y está embarcada en el “gran sueño americano” igual que millones de matrimonios que conformaron una época de la que la reciente película “Revolutionary Road” nos ha dado una espléndida panorámica.

Pero Tina Balser no es feliz. La ambición de su marido por el dinero, su intento por revestirse de un barniz de cultura acercándose al mecenazgo y a los ambientes artísticos de la ciudad, le causan aburrimiento o en el mejor de los casos la dejan indiferente. Sus hijas no la necesitan. Ya empiezan a volar con sus propias alas. La vida se vuelve monótona y la depresión que ya la tuvo oprimida en el pasado, parece querer volver a apoderarse de ella. Entonces, Tina toma una decisión: empieza un diario.

Creo que el mérito de la autora de esta novela, Sue Kaufman, reside precisamente es hacernos sentir como “voyeurs” que a escondidas, espiamos y leemos el diario de la Señora Balser. Y lo hacemos con una cierta avidez, porque ella se muestra tal como es, desnudando sin pudor sus sentimientos hacia su marido, su intento de aliviar sus frustraciones dejándose seducir y amar violentamente por un extraño poeta, reprochándose sus flaquezas y viendo como se desmorona su propia vida y explota la pompa de jabón en la que parecía cabalgar la familia feliz por antonomasia. El marido que se creía un genio de las finanzas, hace malas inversiones, en su bufete se dan cuenta de que no es tan genio como daba a entender y todo se viene abajo. Sin reproches, pero con una certeza sin fallas se da cuenta que en ella está el remedio de su mal. Es ella la que tiene que ponerse en pie y partiendo de cero, empezar una vida diferente.

Nos despedimos del libro casi con nostalgia. Nos gustaría saber si la Señora Balser será capaz de volver a abrazar a su marido, si sus hijas la necesitarán, si las preocupaciones reales del día a día harán huir por la ventana la tristeza que la acechaba.

5 de octubre de 2011

La foto del pasaporte

Siempre me ha gustado hablar con los taxistas que llevan mi soledad y mis maletas entre hoteles inhóspitos y aeropuertos congestionados.

Ese día, un viejo lobo de la carretera, sicólogo de la vida y artífice de mil aventuras me devolvía desde el aeropuerto de Maiquetía a un hotel de La Guaira en un Buick de los años sesenta. Poco quedaba de su arrogante planta, todo él era un lastimero quejido, pero valientemente, dejando una apestosa humareda tras de sí y sorteando el tráfico, los baches y los viandantes me fue acercando al hotel.

Bastó una palabra para prender la chispa de la conversación : El vuelo que me habían cancelado llevaba rumbo a Bogotá y mi taxista era colombiano de nacimiento, aunque residía en Venezuela desde hacía más de treinta años. Sin darme cuenta, fue llevando la conversación hacia la profunda nostalgia que sentía por su país, su Cartagena natal, sus fiestas, sus mujeres y su alegría. Sin embargo, nunca, nunca pero, ni tan siquiera de visita, había regresado....

Caí en la trampa que me había tendido al preguntarle por qué razón no había vuelto a Colombia si tanto la añoraba. Era justamente lo que estaba esperando para poder empezar su relato:

-“Yo era entonces un joven balarrasa de veinte años, a quien nada se le ponía por delante. Ayudaba a papá en su Empresa de construcción con obras importantes de carreteras que yo supervisaba por todo el país.

Estaba prometido a la hija de una de las familias de mayor solera y renombre de Colombia. La fecha de la boda y había sido fijada para el día 25 de Diciembre y los papás de Soledad, ya habían dotado a la Iglesia del Carmen de Pasto con un reclinatorio recamado en oro en el que nos arrodillaríamos para recibir la bendición de nuestro matrimonio.

Pocos días antes, sin embargo la fatalidad se cruzó en mi camino. En una calle de la ciudad de Cali me topé con una jovencita triste y sus dos hermanas llorosas que parecían caminar sin rumbo por una calle poco transitada de la ciudad. Al preguntarles que les ocurría, me contaron que habían sido expulsadas de casa por su padre borracho. Deambulaban sin rumbo hasta que a papá se le pasara la borrachera. Movido por un sentimiento de compañerismo y solidaridad las invité a que cenaran conmigo y se quedaran en mi hotel hasta la mañana siguiente.

Solo entonces me di cuenta de que bajo las ropas de la mayor de las jovencitas se escondía toda una mujer.

¡ Ay mijito ! no sé si fue la sangre, si fue el alcohol o si fue mi destino. Empecé con la mayor y creo que si no llega a ser por las veces que se dejó hacer, hubiera hecho el amor con las tres. Fue tal mi reconocimiento y mi satisfacción que antes de irme saqué de la cartera mi foto y se la dediqué escribiendo en el reverso: : "Toma, mi amor, para que nunca me olvides".

A las pocas semanas, volví de regreso a Cali. Me sorprendió encontrarme a la entrada de la ciudad con Rosario, uno de los empleados más antiguos de mi papá.

- ¿ Qué ocurre Rosario, cómo estás aquí como de espera ...
- Patroncito, de espera estoy pa' que no le maten.
- Pues, y quién o por qué me iban a matar ?

- El por qué, yo no lo sé patrón, pero quién lo ha ordenado ya todos lo saben, pues no hay nadie en Cali que no sepa que Sergio Dávila, el famoso pistolero, ha mandado a su gente a  pa' matarlo.

Sin pensármelo dos veces, di media vuelta y regresé hacia Medellín pero una vez allí, nuevamente amigos de la familia me previnieron de que el temido Dávila me buscaba para matarme. Entre tanto averigüé que el tal Dávila, era un borracho empedernido, jefe de una banda de pistoleros a sueldo, que vivía en Cali, y tenía amargada a la ciudad y muertas de miedo a su mujer y sus tres hijitas.

Mencionar Cali y acodarme de las tres hermanitas fue una misma cosa. Ahora ya sabía por qué me buscaba ese jiputa. Purita había contado a ese malnacido de padre su noche conmigo y ahora a quien la foto le estaba sirviendo para acordarse siempre de mi era a su enfurecido padre.

Mi boda estaba prevista para unas semanas más tarde. Pero no quise tentarla suerte. Tuve a penas tiempo de despedirme de la que ya nunca más iba a ser mi esposa. Si quería conservar la vida tenía que poner tierra por medio. Crucé la frontera con Venezuela y aquí estoy desde entonces, casado con una Venezolana que poco a poco me ha ido haciendo olvidar a mi Soledad. Lo que no ha logrado aún es que me vuelvan a hacer una fotografía. Por eso no he podido hacerme el pasaporte, y por eso, después de 30 años sigo sin regresar a Colombia”.

22 de septiembre de 2011

Gustav Klimt : El beso

EL BESO (Der Kuss) 1907-1908

Gustav Klimt
Óleo sobre lienzo 180 x 180 cm
Osterreichische Galerie Belvedere . Viena

Llevo tiempo preguntándome qué es lo que me fascina y al mismo tiempo me intriga de este mundialmente famoso cuadro de Klimt.

Ciertamente se trata de una de las obras maestras de la pintura, una de las más reproducidas y valoradas por el público en general, estandarte del movimiento pictórico vienés de “La Secesión”.

He leído lo suficiente para saber que Klimt pintó este cuadro fuertemente impresionado por los iconos bizantinos descubiertos en su viaje a Ravena. El color oro predominante y la aspecto bidimensional de la obra así lo atestiguan.

Por otra parte se puede argumentar sobre el significado del cuadro y donde unos ven un autorretrato del propio pintor y su amante Emile Flöge, otros encuentran un significado mitológico que representaría el momento en que Apolo besa a la ninfa Dafne que se está convirtiendo en laurel. Por otra parte la lluvia de oro que parece inunda el cuadro refuerza esta idea.

El estilo guardaría entonces una relación con el simbolismo al tiempo que estaría anticipando el Art Nouveau, especialmente por la tonalidad y el diseño de los ropajes netamente diferenciados y que el crítico Schorske atribuye a una simbología netamente sexual tanto en el caso de los rectángulos del manto masculino como en las sinuosas curvas y espirales que decoran el de la mujer.

Porque en el fondo de eso se trata: un hombre de anchas espaldas abraza con fuerza y besa a una mujer. Ahora bien, la mujer está de rodillas en lo que parece el borde de un precipicio, cierra los ojos en escorzo hacia el espectador. Del hombre destacan, igualmente en escorzo, sus anchos hombros cuello y robusto. Ambos parecen estar en una posición forzada al tiempo que el hombre expresa una actitud de absoluto dominio.

Al fijarme en ese detalle es cuando he empezado a comprender lo que de verdad me intriga del cuadro : ¿Dónde están los personajes? Por un lado vemos un campo florido, pero por otra lado, adivinamos un profundo precipicio. ¿El amor es inevitablemente ciego? La mujer tiene los dedos de los pies en tensión como haciendo resistencia para no caer en el precipicio.

No se trata pues de un beso de entrega. Hay tensión, hay lucha. La mujer quisiera ella también estar de pie y con los ojos abiertos, pero estamos a principios de siglo y el movimiento feminista está en sus comienzos

A partir de ahora disfrutaré más intensamente de este cuadro evitando mirar esos dedos desnudos de unos pies que se hincan en la tierra para no caer.

19 de septiembre de 2011

La Delicadeza de David Foenkinos

LA DELICADEZA
Novela
David Foenkinos
Seix Barral 2011
Biblioteca Formentor
Título original: La Delicatesse 2011
Traducido del francés por Isabel González-Gallarza
218 páginas

Difícilmente se podía haber encontrado un título más apropiado para esta bella historia de amor de David Foenkminos que “La delicadeza”. En efecto, narra una historia sencilla y lo hace con un lenguaje tan sutil y ligero como pompas de jabón. Una historia en apariencia intranscendente pero que parece esbozar un pentagrama al que cada uno de los lectores tuviera que añadir su propia música. A cada vuelta de hoja nos espera agazapada una imagen, una situación que nos transporta a otras imágenes, otras vivencias personales hilvanadas en la memoria a la espera de encontrar un hilo que nos permitiera tejerlas en nuestro consciente.

Amar a alguien sin saber por qué. Preguntarse: ¿cómo me puede pasar esto a mi? Temblar porque es demasiado bello para que pueda durar. Quedar paralizado ante la posibilidad de decir o hacer algo que destruya ese bello castillo que surge ante nuestros ojos. Saber que no la merecemos y sin embargo derretirse por dentro al recordar su sonrisa, o aquella palaba que nos dijo…

Me ha llamado la atención sobre todo la ligereza del lenguaje, y como se trata de una obra traducida hay que agradecer que se haya mantenido la misma ligereza en la obra en español. Expresiones como “había atravesado la adolescencia sin tropiezos, respetando los pasos de zebra” no tienen nada de extraordinario pero expresan maravillosamente toda una vida adolescente siendo una “chica bien”. Encontramos también frases que rozan la perfección poética como: “Sólo las velas conocen el secreto de la agonía” y muchas otras pequeñas joyas que salpican el relato y que igual hablan de la distancia entre Paris y Lisieux que de la recetta de un risotto con alcachofas.

Una novela que habla de amor, o mejor dicho, de amores, porque como siempre acontece los hay idílicos que acaban prematuramente, apasionados que prosperan y amores imposibles que quizá sí o quizá no. En suma una novela entretenida, de fácil lectura, y que como una brisa con aroma a limón, nos deja un poco mareados para todo el día.