20 de mayo de 2013

Escuela de Bambú: Comienzan las clases




Sigo sin dominar el tailandés, aunque recuerde suficientes palabras para componer frases con sentido. Eso no debería ser un problema puesto que mi cometido es enseñar inglés al grupo de mayores, chicos y chias entre 10 y 15 años que debido al retraso ocasionado por el aprendizaje del tailandés están todavía en un curso equivalente a 3º de EGB.

No nos han llegado los libros et ignoramos si llegarán algún día. Me dedico de momento a enseñar palabras y frases indispensables de presentación, saludo, agradecimiento, despedida, etc.  Luego vendrán los números, las horas, los días de la semana, los colores y los principales adjetivos.

Hay que estar atentos. Han aprendido muchas cosas coreándolas en grupo en voz alta. Da la impresión que saben pero si  preguntas de manera individual de das cuenta de que sólo tienen en la cabeza una cantinela que repiten sin entender.

Además el nivel es muy desigual lo que entraña una dificultad añadida para mantener el interés de los más adelantados. Nuestro centro no está reconocido como escuela independiente, las clases de enseñanza reglada que impartimos, lo hacemos como sucursal colaboradora de la escuela estatal de primaria "Anuban Sangklaburi".

En Tailandia, los escolares están obligados a llevar uniforme: blusa o camisa blanca y falda o pantalón azul marino. No todos tienen dinero para comprarse el uniforme y la mayoría de nuestros chicos y chicas llevan uniformes reciclados de otros colegios. Los anagramas o las iniciales identificadoras de los los colegios no coinciden pero ¿quién se va a fijar en esos pequeños detalles cuando la mayoría van descalzos?

A partir de las siete de la mañana la escuela se convierte en un hervidero de actividad y se ven niños y niñas corriendo por todo el complejo.  Las clases sin embargo empezarán a las 8:20 con el izado de la bandera, el canto del himno nacional y una oración suficientemente inconcreta para que pueda ser rezada tanto por budistas como por cristianos. La vida en general y la del colegio en particular se rige por la luz solar. Por ese motivo la hora de la comida es la 11.30.  Los alumnos traen la tartera al colegio. Algunos con una comida completa, otros, sólo con arroz cocido, unos pocos completamente vacía.  No pasa nada; el colegio ha preparado comida y arroz. Nadie se queda sin esa comida caliente. A cada niño se le completa la tartera según lo que necesite.

A las 12: 30 se reanudan las clases hasta las 15:30.  Es decir en total seis sesiones de aproximadamente 50 minutos cada una.

Los viernes el colegio es un desfile de color.  El gobierno local anima a los estudiantes a que vengan al colegio ataviados con el traje tradicional de su etnia.  Este colegio coge principalmente niñas y niños de etnia Karen o Mon y minorías birmanas, chinas, indias o laotianas.  Los sarong multicolores tanto en chicos como en chicas, las blusas y camisas llenas de trenzados y abalorios, crean un ambiente jovial y festivo y anuncia a los agotados profesores que la semana escolar ha concluido. 

8 de mayo de 2013

Escuela de Bambú



Religiosidad en Tailandia
Hace unas semanas Nenewe , con 14 años, murió víctima de malaria cerebral fulminante.
Sus padres, de etnia Mon, nos invitan a la ceremonia de rezos por la niña difunta. Viven en una choza de paja y bambú a orilla de la plantación en la que trabajan. Parientes y amigos les han ayudado a preparar la casa para el espíritu de la niña (Bhan Phi) , un templete donde se instalarán los bonzos para rezar y obviamente comida con la que agasajar a monjes e invitados.


Mientras los bonzos entonan sus rítmicas sutras los niños se abrazan a nosotros, juegan a escribir en un trozo de papel o desaparecen entre los arbustos. Los mayores, las manos juntas en plegaria, siguen los rezos y de vez en cuando con un paño espantan a los insectos que revolotean en torno a los platos de comida colocados sobre esteras en el suelo.  Un cordón de algodón se extiende desde la casa del espíritu  hasta la mano del bonzo de mayor rango y, me imagino, asegura la perfecta comunicación con el más allá.  Entre tanto, la madre de la niña va y viene de la improvisada cocina a los monjes  que comen en primer lugar.  No muestra ningún signo de aflicción  aunque esté desgarrada por dentro. Estos rezos servirán para que su niña se reencarne en un ser superior . Nos llega el turno de probar la comida. Todos tienen los ojos puestos en nosotros. No hay escapatoria y sentarse en el sueño manteniendo un plato en una mano y los palillos en la otra no es fácil cuando se tiene poca flexibilidad.


Al terminar la ceremonia nos piden el favor de acercar a los bonzos, dos adultos y cuatro o cinco chiquillos de entre 8 y 14 años, a su templo. Los pequeños bonzos van contentos porque además de la comida  les han entregado un sobre con 100 baht (3,30 Euros).
Este es un país en el que  la religión preside el ciclo de nacimiento, vida y muerte, impregna la mentalidad un poco fatalista de la gente, y pone una nota de vivos colores rojo, amarillo y oro, entre la exuberancia de los verdes vegetales y el marrón de los polvorientos caminos.

En Tailandia las horas de la noche y primeras de la mañana se nombran por los golpes y tipos de campana  (ti o thun) con que el templo las señala. Todo tailandés, alguna vez en su vida se ha rapado la cabeza, ha vestido el hábito naranja y ha permanecido al menos una semana en el  templo.  Suele hacerlo antes de casarse para completar su formación como hombre o incluso antes si muere un familiar pues creen que el fallecido pasará a una vida superior  si puede asirse al borde del  hábito azafranado.
No es de extrañar que veamos monjes deambular por cada calle o rincón tanto de la ciudad como de los rincones más escondidos de la campiña.  Se estima que Tailandia tiene de forma permanente  unos 250.000 bonzos y 20.000 monjas budistas (éstas con la cabeza igualmente rapada se distinguen porque visten hábito blanco, o rosa en el caso de las monjas birmanas).  Muy de mañana, los monjes hacen sus rezos y salen a pedir la comida del día. No necesitan proferir palabra.  De rodillas  las mujeres depositan arroz y otros alimentos en sus  redondas y brillantes cazuelas.

Los templos budistas, además de lugares de recogimiento, y sitios donde ofrecer limosnas son, particularmente en los lugares remotos, auténticas escuelas donde niños y jóvenes se instruyen, aprenden a leer y escribir y se empapan de la esencia del budismo: “Sanuk, Sabai, Saduak” es decir: sé feliz, permanece sereno, confórmate con lo que la vida te ofrece.
A nosotros ayer, nos tocó ir de invitados a una boda.  Phloy (Joya) , una profesora de la escuela, se casó.   Estábamos invitados a toda la ceremonia, pero como tuvo lugar en un poblado a más de tres horas de coche nos saltamos los ritos iniciales: rezo de los bonzos que habían señalado el día propicio para la boda, procesión a casa de la novia e intercambio de regalos entre las familias, y ceremonia entre simbólica y picaresca de la puerta de plata y la puerta de oro.  Llegamos justo a las bendiciones.  Los invitados, individualmente o en grupo, se postran ante la pareja y al tiempo que les entregan sus regalos les presentan sus más fervientes deseos de felicidad, larga vida y abundante descendencia.  Entre tanto una animadora, con el altavoz a pleno volumen, anima a la gente a que se vaya acercando y sea generosa. Cuando llega mi turno, me acercan el micrófono para que mis bendiciones suenen alto y claro en inglés  aunque nadie las entienda.
La ceremonia durará toda la tarde y buena parte de la noche. Nosotros regresamos a Sanglaburi felices por los recién casados y sintiéndonos un poco más parte de la comunidad.

4 de mayo de 2013

Escuela de Bambú:



I  Preliminares
El avión de Thai Airways hace sus 10.200 km de recorrido volando a una altitud de 11.200 metros y una velocidad de 1080 km por hora. El viento de cola de 160 km nos empuja y llegamos al aeropuerto Internacional Suvarnabhum de Bangkok con media hora de adelanto sobre el horario previsto.
Me espera mi amigo Victor y me da la sorpresa de traer consigo uno de los jóvenes profesores de entonces, hoy jubilado, que me recuerda anécdotas de los viejos tiempos.
A la salida del edificio del aeropuerto recibo como una bofetada de bienvenida. Son las seis de la mañana y la temperatura ronda los 35 grados. El calor y la humedad empañan mis gafas y por fin despierto del todo. Ciertamente estoy en Tailandia y voy a vivir seis meses irrepetibles. A mí de convertirlos también en extraordinarios.
Tres cientos cuarenta  kilómetros  en la pick up de Víctor rumbo al noroeste y llegamos a Khanchanaburi  capital de la provincia del mismo nombre y famosa por haber sido el escenario de la construcción del trágico ferrocarril que pretendía unir Bangkok con Birmania y la India y que Holywood inmortalizó con la película “El puente sobre el río Kwai. Paramos en Khanchanaburi para visitar el famoso puente sustitutivo, esta vez de hierro, y para presentar respetuoso homenaje ante el cementerio internacional donde 40.000 placas  con sus respectivos nombres y rango recuerdan a las víctimas de aquella triste hazaña.  El cementerio recuerda a 40.000 occidentales y yo me pregunto ¿dónde se recuerda a los otros 80.000 asiáticos que codo con codo con los anteriores también murieron en el empeño?


Otros ochenta kilómetros y por fin llegamos al distrito de Sangkhaburi. Aquí, Tailandia, aprovechando la orografía montañosa y los amplios valles ha construido uno de los mayores pantanos del país de dimensiones tales que en los mapas de google aparece como un auténtico lago.  Muy cerca se encuentra el “Paso de las tres Pagodas”  Estamos en la misma frontera entre Tailandia y Birmania.  Tomo contacto con mi lugar de trabajo, “La escuela de bambú”  construida en terreno militar y que atiende a los niños birmanos, y de la tribus Karen y Mon cuyas familias vinieron en su día a trabajar en las plantaciones de caucho y que después de tantos años siguen viviendo  sin papeles, en chozas a pie de las  plantaciones. 
Para dar más solidez al Proyecto, puesto que los militares   pueden obligar a levantar la escuela en cualquier momento, se  ha construido una segunda escuela a 15 km. esta vez con materiales menos endebles. Gracias a ellas, este año, cerca de 400 niños y niñas entre 5 y 14 años, podrán asistir a la escuela. 
Me llama la atención varias cosas: la primera es la extrema pobreza de la gente. Sus chozas de paja y bambú parecen que se van a hundir en cualquier momento, pero la gente sonríe siempre, y Brother Victor como llaman aquí a mi amigo, es una persona afable, popular y cercana.  En segundo lugar constato sobre la marcha que el sentido del proyecto solidario va más allá de lo meramente educativo.  Cerca ya de nuestro destino nos paramos al borde de la carretera frente a una choza en la que trabaja un herrero. Me entero entonces de que con él trabajan dos antiguos alumnos birmanos que tras acabar la primaria querían dejar de estudiar y aprender un oficio.  Mi amigo que se había fijado en aquel pequeño negocio de herrería, se paró un día y preguntó al herrero cuchillero  si aceptaría aprendices. El herrero aceptó  pero le dijo que no podría pagar nada a los muchachos salvo compartir con ellos la comida y darles un techo para  .  Desde entonces, cada vez que pasa por allí, “Brother Víctor” se  para a ver a sus muchachos futuros cuchilleros, les deja una pequeña propina para sus gastos y sobre todo conversa y conversa con la familia del herrero y con las familias de las chozas cercanas. El tercer ejemplo lo puedo constatar esa misma tarde: una mujer se acerca a la escuela a pedir ayuda. Un rato después  mi amigo carga dos cajas de  leche y se los lleva a aquella mujer cuyo marido la dejado con cuatro niños pequeños y otro en camino.  
Añadir leyenda
El gobierno distribuye leche a los niños a través de los colegios. La escuela de bambú no es oficial, tampoco es ilegal, pero como está fuera de la normativa educativa para el Ministerio de Educación no existe. Está al margen.  Afortunadamente otros colegios, guardan la leche sobrante y cada cierto tiempo envían una remesa a la Escuela de bambú. Las dos cajas cuya entrega acabo de presenciar  son parte de ese lote.
La tarde  de bochorno rompe por fin en una tormenta tropical. Compartimos la cena con la fundadora del proyecto. La lluvia es tan intensa y el viento tan fuerte que no podemos quedarnos en la verandah.  No importa, en un momento, sus dos hijos más cuatro pequeños más de origen birmano que tiene acogidos en su casa, se encargan de hacer el traslado al interior de la vivienda.  Admiro lo pequeños que son y su capacidad para ocuparse de todo sin necesidad de recibir órdenes.
 El “jet lag” está jugando con mis horas de sueño. Ya me han advertido de que quizá  me han programado demasiadas horas de clase. Así que aprovecho el sábado para descansar y escribir estas primeras notas preliminares.


28 de marzo de 2013

Mujer Dormida




                                                                                  Pintura:  Famalyel Romero

Con ojos que el amor tal vez confunde,
en tu dormir dejada, miro los párpados cerrados
y levemente rubios, los labios entreabiertos
a un suave respirar,
las apacibles formas de hermosura
bajo los pliegues tenues del justillo.
Cuida de ti el silencio.
Las ropas en la alfombra, algún libro
que no ayuda a vivir ni tampoco lo impide,
la vieja lámpara, objetos temporales
que en el recuerdo serán el amor
y la dicha serán, porque dicha hay siempre
que el silencio haya envuelto un cuerpo de mujer
a nuestro lado, un silencio nocturno,
sólo real para los ojos que aman.
                              
Fernando Aramburo
                               Yo Quisiera Llover (2010)

15 de marzo de 2013

La Bicicleta


                                                                                    Ilustración:  "La bicicleta"   Angel Gómez  Worldpress  

Escribir una historia que tenga el siguiente final: "El día de su cumpleaños, Fernando, despeñó su bicicleta por un acantilado"

Fernando soñaba con tener una bicicleta. No en vano Miguel Induraín era su ídolo. Creía que subido a ella todo sería posible: que Pilar lo miraría de otra manera, y él la invitaría a dar una vuelta, o mejor, que la pasearía sentada en la barra como había visto hacer a los mayores las tardes de domingo.  Con una bicicleta nadie podría poner en duda que era él quien mandaba en la pandilla. Seguro que con una bicicleta, y no sabía muy bien por qué, hasta sacaría mejores notas en clase.

Aunque todavía no  la tenía, hablaba de la bici con sus amigos, ideaba mil formas de agenciársela y su sueño era tan real que, a veces, por la noche, se despertaba jadeando pensando que se la habían robado.Todavía no tenía muy claro cómo iba a ser la dichosa bicicleta, de manillar retorcido como las de carrera o recto, con barra horizontal, de color rojo o azul,  con portaequipajes o con un cesto en la parte delantera.  La bicicleta se metamorfoseaba en su cabeza   pero no había manera de distraerlo de su capricho ni un solo día.

Su madre sufría en silencio por no poder dar ese capricho a su hijo. Cierto que en el pueblo las distancias eran cortas y el chico no la necesitaba para ir a la escuela o para hacer los pocos recados de todavía le mandaba, pero también sabía que él sufría y que envidiaba a sus amigos que chuleaban y caracoleaban delante de su casa con la bicicleta.  La mujer se partía el pecho a lavar y coser ropa para las vecinas, escarbaba en las rocas en busca de cebo para vender, pero ni con esas lograba nunca juntar el dinero necesario para comprar una bicicleta a su hijo. Por su parte, al marido que era marinero, no siempre le contrataban para salir a faenar.

Un día, la suerte de Fernando cambió de pronto. Don Jacinto, el dueño de la ferretería se fijó en el chaval. Se le veía ágil y espabilado como una ardilla. Le vendría bien en la tienda después de la escuela para hacer los recados, clasificar clavos, puntas y tuercas, barrer y limpiar el local y atender al personal mientras él iba al bar de la esquina y se tomaba un cafetito mientras pegaba la ebra con la cantinera.

Don Jacinto chistó al muchacho cuando, al regreso del colegio, éste pasaba frente a la ferretería.
_¿Te interesa trabajar en la ferretería después de la escuela?
_¡No sé! Tengo que preguntárselo a mi madre, - replicó.
_Claro, claro, y díselo también al maestro, pero si ellos están de acuerdo, tú qué dices?
_Pues también que sí.
_Ea pues, no se hable más. Coméntalo en casa y si están de acuerdo mañana a la salida de las clases te espero.

Esa noche, su padre gruñó su aprobación y su madre contenta por el muchacho le animó: "Mira Fernando, haz lo que quieras, pero descuida, si trabajas para Don Jacinto, todo lo que saques será para ti."  El chico empezó a trabajar como si fuera el hijo del ferretero. Se desvivía por tener la tienda reluciente y procuraba que nadie saliera de la ferretería con las manos vacías. En más de una ocasión tuvo que acudir en ayuda de Don Jacinto para indicarle en qué cajón estaban los tornillos hexagonales o las alcayatas que el cliente le estaba pidiendo.

Un día, aprovechando que estaban solos, Don Jacinto le dijo a Fernando:
_Me ha dicho un pajarito que andas loco detrás de una bicicleta.
_Sí señor, es la ilusión de mi vida y voy a ahorrar todo lo que gane para comprármela.
_Así me gusta muchacho. Hay que tener ambición. Y para que veas que soy generoso mañana mismo te compraré yo la bicicleta. Ya me la irás pagando poco a poco con el trabajo en la tienda.

Fernando hubiera preferido esperar a haber ganado él el dinero y comprar una bicicleta a su gusto pero cualquiera se enfrentaba al patrón y..., por otra parte,  cuanto antes la tuviera, antes podría disfrutar de ella.  A los pocos días la bicicleta apareció en la ferretería. No era era la bicicleta que el muchacho había soñado: venía con guardabarros y un solo piñón, la barra era ondulada como las bicicletas que usan las mujeres, el color era rosa pálido y con evidentes desconchones que le hicieron sospechar que él no iba a ser su primer dueño.

Fernando dio las gracias a su jefe y esa misma tarde volvió a casa montado en su nueva adquisición. Al verlo su padre preguntó:
_¿Cuanto has pagado por ella?
_No lo sé, papá, me la compró Don Jacinto.
_Claro hijo, pero no sería por nada. Te la compró a cambio de tu trabajo. ¿cuántos días tendrás que trabajar para pagarla?
_No me lo ha dicho.
_¡Será cabrón! Así es capaz de tenerte esclavizado todo un año.
Su madre se apresuró a intervenir:
_No hagas caso, hijo, seguramente un día de estos Don Jacinto te dirá lo que pagó por ella y el jornal que te corresponde cada semana.

Su madre estaba equivocada. Don Jacinto no sólo no le mencionó el coste de la bicicleta o le habló de pagarle, sino que a partir de entonces se creyó con derechos especiales sobre él: "Fernando, el domingo tienes que venir a ayudarme en la tienda, te necesito para preparar unos pedidos";  Fernando, mañana antes de clase pásate por la tienda y de camino al colegio llevas un encargo del taller. Total, ahora que tienes bicicleta, será un momento".

Pasaron los meses y Don Jacinto no había mencionado nada. Cansado de esperar y harto de tanto abuso Fernando le preguntó:
_Oiga, Don Jacinto, ¿no he pagado ya la bicicleta? ¿Cuándo va a empezar a pagarme lo que me corresponde?
Don Jacinto soltó una sonora carcajada:
_¿Pagarte yo? Primero tendrás que pagarme tú a mi la bicicleta, luego, ya hablaremos. Y ten cuidado con ese tono de voz no sea que te quedes sin bicicleta y sin trabajo.

A partir de ese día Fernando empezó a odiar la bicicleta. Se le antojaba una bola de presidiario que le tenía atado de por vida a ese desgraciado.  Menos mal que estaba ya en el último curso de primaria y su tutor, le había prometido ayuda para solicitar una beca y poder ir al instituto en Torrelavega.

Fernando había perdido todo interés por la ferretería y por la bicicleta. Las ruedas, la cadena, los pedales todo le recordaba la esclavitud. A los pocos días de terminar el curso, coincidiendo con su 16 cumpleaños, Fernando salió de casa, pedaleó hasta la Punta del Dichoso, y desde allí, con un grito de liberación, despeñó la bicicleta por el acantilado.

11 de marzo de 2013

Historia de un Matrimonio - Andrew Sean Greer

HISTORIA DE UN MATRIMONIO
Novela
Andrew Sean Greer
Salamandra 2009
The Story of a Marriage 2008
Traducido del inglés por Ana Mª de la Fuente
219 Páginas

 Andrew Sean Greer nos ofrece una novela enrevesada, donde nada es lo que parece, y cuyos personajes, cada uno a su manera, evolucionan a lo largo de la historia como esa sociedad norteamericana en la que están inmersos, que en los años cincuenta, ha salido de una guerra y lucha en la de Corea, que llama a la unidad nacional pero discrimina a los negros, donde la gente se espía, y McCarthy emprende su particular caza de brujas, y cuya sociedad quiere romper con viejos esquemas pero repudia la homosexualidad.

La gente tiene determinados prejuicios acerca de los años cincuenta. Se habla de faldas acampanadas y huelgas de autobuses, y de Elvis; de una nación joven, inocente.  No sé cómo pueden equivocarse de ese modo;  será efecto de la deformación del recuerdo, porque todo eso vino después, cuando el país se transformó. En 1953 nada había cambiado. Aún estábamos obsesionados por la guerra. 

En ese ambiente, retratado con escasas  pero muy precisas pinceladas, como la alusión al juicio y posterior condena a muerte del matrimonio Rosemberg, el autor sitúa a sus tres personajes principales que conoceremos a través de los ojos y la voz de uno de ellos, Pearly, pero que no acabamos de conocer del todo porque precisamente de eso trata la novela:

Creemos conocer a quienes amamos. [...] Creemos conocerlos. Y amarlos. Pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, hecha por nosotros, de un idioma que apenas dominamos.  Con ella tratamos de llegar al original, aunque jamás lo conseguimos. Lo hemos visto todo. pero ¿qué hemos entendido de verdad?

Holland es un joven agraciado que se deja querer. Hasta bien pasadas las primeras cincuenta páginas sin embargo, no sabemos que es un muchacho de color.  Más adelante iremos sabiendo que no padece de otra dolencia que la de ser homosexual y tratar de agradar a unos y otros dejándose llevar a merced de quien lo quiere. Sólo al final del libro, sorprendentemente, parece tomar la primera y única decisión de su vida.

Por ser lo que cada uno de nosotros quería que fuera - el marido, el ligue, el objeto hermoso y el amante - y, al complacernos otorgándonos su gentil sonrisa, había ido torturándonos uno a uno cuando las cosas no salían como esperábamos. A la belleza se le perdona todo excepto que salga de nuestra vida, y el esfuerzo por corresponder a tantos amores a la vez, debía haberlo destrozado.

Buzz es el amante. De raza blanca, cobarde, objetor de conciencia pero que sabe muy bien lo que quiere; quiere a Holland y hará todo lo que esté a su alcance para apartar rivales e incluso para comprar la renuncia de Pearly.

Para el autor, Pearly, la esposa, es la mujer madre. Madre del hijo que tiene en común con Holland y que sufre de poliomelitis, pero también madre de su esposo, que vive por y para su marido, que recorta las noticias desagradables del periódico para que su marido no sufra, que acepta la extraña conducta de su marido pero que cuando finalmente descubre que Holland tiene un amante blanco se rinde ante la fatalidad y para asegurar al menos el futuro de su hijo enfermo, está dispuesta a renunciar al marido que parece conocer cada vez menos y es que:

Todos creemos conocer a quienes amamos y, aunque no debería sorprendernos descubrir que no es así, ese descubrimiento siempre nos rompe el corazón.  Es la revelación más triste, por cuanto atañe no tanto al otro como a nosotros mismos.  Ver nuestra vida como una fábula que hemos escrito y nos hemos creído. La sensación que se apoderó de mí aquella noche - de que no conocía a mi Holland, ni a mí misma, que quizá era imposible conocer a una sola alma de este mundo - fue de una espantosa soledad. 



Un encuentro inoportuno

Carmen sale de casa y de pronto:
_ ¡Uy! ¿No es esa Paquita? ¿Cómo presume de abrigo de visón!  Si total está hecho de visones gallegos de granja, y además se lo regaló su tío, porque lo que es su marido, con ese empleucho  que tiene en el Ayuntamiento... Pero bueno, qué mejor ocasión para contarle lo de Luchi... ¡Quién lo iba a decir! Con lo modosita que es ella, siempre en la iglesia, siempre diciéndonos lo que está bien y lo que está mal... ¡Vaya bomba lo de su embarazo! ¿Quién será el padre?  A lo mejor Paquita lo sabe.

_Pero, ¿no camina algo rara esa chica? Si parece que va retorciendo los pies... y ¡qué zancadas madre mía! Ni que la estuvieran persiguiendo.  Por esta calle y a este paso seguro que no la alcanzo y me quedo sin contarle mi historia. Cortaré por la calle mayor y la espero en la plaza.

_Ahí viene, no pero si parece que lleva bigote, ¿y esa melena?  ¿O es una peluca?  Por si acaso voy a esconderme detrás de la marquesina del autobús... ¡Vaya, si no es Paquita! Ahora me explico ese andar raro que tiene... ¡Uy es alguien disfrazado de Paquita, con su mismo abrigo o uno que se le parece.  ¡Ahí va! Pero si es su marido Juan,  vestido con la ropa de su mujer. ¡No me lo puedo creer! ¿Se habrá vuelto marica?  No, no puede ser. Se les ve muy enamorados. Ahora que me acuerdo, si me dijo la Juani que Paquita tenía que ir a Valladolid para no sé qué de su madre...  Mejor lo dejo pasar, ya habrá tiempo para pedir explicaciones.  Quizá mis amigas saben cosas que no me cuentan.

Mientras tanto, Juan, bajo los efectos de la noche anterior camina a trompicones y como escondiéndose...

_ No se me puede dejar solo. Aprovechando que Paquita está en Valladolid nos juntamos en casa para cenar y ver el partido. Como a nadie se le ocurrió otra cosa que traer bebidas, que si este Rioja, - ya veréis que bueno -,  que si ese Ribera de Duero - que entra de maravilla -, que si el Cava - que me sobraron un par de botellas de las pasadas Navidades -,  el caso es que bebimos mucho, comimos poco y acabamos pasados de copas.

_ No sé si será cierto, yo la verdad no me acuerdo, pero según dijo el Chato y afirmaron todos los demás hicimos apuestas, a cada cual más descabellada.  Yo aposté a que  me iría dando un paseo hasta la plaza disfrazado con la ropa de mi mujer...

_Y aquí estoy, con este frío húmedo que me sube por las piernas, y los pies machacados por los malditos tacones.  No sé cómo las mujeres aguantan ir subidas a esos andamios.  Lo único que mola es el abrigo ¡Qué suerte tuvo la condenada! Murió la tía Ambrosia y el marido se acordó de la sobrina...

_¡Uy! ¿pero no es esa la Carmen, esa amiga de Paquita tan chismosa? ¡Lo que me faltaba, que se acerque a hablarme pensando que soy Paquita!  Ya no la veo... habrá entrado en algún portal.  Dentro de un momento llego a la plaza, me doy la vuelta y habré ganado la apuesta.  Si la Carmen me llega a ver disfrazado de mujer me convierto en la chirigota de toda la panda. ...

6 de marzo de 2013

Espejismo


  
He soñado que iba caminando
a través de los años que he vivido.

De pronto  por sorpresa aparecieron
compañeros queridos de la infancia.

De los días aquellos que mostraban
la secreta inocencia de su mundo,
quise atrapar las cosas que esplendían
con el brillo impostor de lo que arde.
Digo quise – no pude – pues no eran
sino sombras de un tiempo ya perdido,
y, al querer recobrarlas, sus contornos
se hundían en la bruma del pasado.

Espejismo del tiempo es cuanto fuimos.
Espejismo también lo que ahora somos.
Desperté de mi sueño, y pude entonces
palpar la realidad que me abrazaba:
la verdad de otro sueño acostumbrado 
que trasiega, sin rumbo, en la vigilia.

Ginés Aniorte
Los Azares  (2007)

1 de marzo de 2013

Hablando de la misma persona


- ¿De qué conoces a Bernardo Herrera, si puede saberse?

- Lo mismo te pregunto yo”,  replicó Juan, mi amigo y socio de Bufete al salir del restaurante donde habíamos estado cenando aquella noche. 

En efecto, estábamos comenzando el segundo plato  cuando de pronto, vimos caminar  hacia nosotros a Bernardo Herrera.  Aunque hacía tiempo que no lo veía no dudé ni un momento que venía hacia mí y mentalmente empezaba ya a elaborar el saludo incisivo que hiciera el encuentro lo más breve posible, cuando para mi sorpresa,  lo primero que hizo fue fundirse en un prolongado abrazo con mi amigo; luego siguieron las preguntas de rigor: “Qué es de tu vida?, ¿Cómo te va?  ¿Vives en Madrid?”  

Me quedé mirándolos  en silencio  mientras  Juan daba cuenta de su trayectoria,  pero muy pronto, fue el propio Bernardo quien se giró hacia mí, me dio un apretón de manos y me repitió las mismas consabidas preguntas protocolarias. Mientras le contestaba le observé de soslayo. Seguía teniendo esos ojos oscuros de mirada huidiza y la dichosa costumbre de  manosear siempre el llavero o cualquier otro  objeto mientras habla.

Fue un encuentro breve  porque nuestros platos estaban sobre la mesa y porque había venido acompañado de una mujer que no nos presentó y que se había quedado algo apartada de la mesa.   

Terminamos la cena, y sin acercarnos, le hicimos una señal de despedida desde lejos, y salimos a la calle.  Creo  que a ambos nos picaba la misma curiosidad:

- ¿Sabes que estudié todo el bachillerato con él?-  No, no lo sabía. Me parece que nunca ha salido en nuestras conversaciones .

- ¿Y tú, de qué lo conoces?

- Pues de haber trabajado juntos en el mismo Bufete  al poco de terminar la Carrera.

- ¡Espero que fuera un poco menos camorrista que cuando era estudiante!

¡Pero qué me dices!  ¿Camorrista Bernardo ?  Yo diría mas bien lo contrario.  A todos los que trabajamos con él nos cayó mal precisamente porque  era un  trepa y un adulador permanente de cualquier persona que estuviera por encima de él.  “¡Tiene usted razón Don Enrique!  ¡No faltaría más don Jacinto! ¡Lo que usted mande Doña. Catalina!”  eran algunas de sus cantinelas preferidas.

-¿Adulador, de qué?  ¡Pero si en el colegio iba de chulo perdonavidas!  Se había rodeado de una pandilla que le reían las gracias  y que nos tenía atemorizados a todos los demás.

¡No se diría que hablamos del mismo Bernardo!  Fíjate hasta qué punto llegaron las cosas, que en COU estuvieron a punto de  expulsarlo del colegio.  Algo relativo a una estudiante. No sé bien el motivo. Sólo sé que los padres de la muchacha vinieron al colegio y montaron un poyo por todo lo alto.

- ¿Y tú fuiste de su pandilla?

- Bueno, ya sabes que lo mío es la diplomacia: nadar y guardar la ropa.  La verdad es que nunca me hizo gracia pero tampoco me puse a mal con él ni le planté cara.  Creo que  ni   sabía en qué bando me encontraba: si en el de  sus amigos de entonces o en  el de los asustados por sus bravuconadas.

- Pues en mi caso me parece que no alberga la menor duda. Ya has visto cómo al principio ha hecho como si no me viese.  Y es que yo no aguanto a esa gente  que parece reverenciar a la autoridad sólo porque tienen el mando. Van besando el suelo para escalar puestos u obtener ventajas.  Para mí Bernardo ha sido siempre un mal compañero, adulador con los jefes y muy poco colaborador con los colegas.-Extraño comportamiento para alguien que nos tuvo atemorizados durante todo el Bachillerato.  Pero quizá no es más que la otra cara de la misma moneda: un débil y cobarde  disfrazado de camorrista y bravucón.


Una ventana en Santillana

Algunos de los momentos más agradables de la semana los paso pintando. Tenemos un buen profesor que sabe combinar muy bien el consejo a tiempo con la libertad de cada cual para expresarse en colores, el ambiente es bueno, y cuando más desesperado estás porque las cosas no salen como quieres, siempre hay alguien que te dice esa frase tan de agradecer: "¡Qué bien te está quedando!

Una inspección rutinaria

Nikita no ha dejado de olisquear la maleta beis recuperada ayer de la cinta correspondiente  al último vuelo de British procedente de Londres.  Da vueltas y más vueltas, escarba en la cerradura y si pudiera hablar seguro que me gritaría: “ No seas imbécil, ábrela”.  Pero no puedo hacerlo sin la presencia de un mando. No lo permite el reglamento. Aguanto  estoicamente la mirada de reproche de Nikita y  a última hora, cuando llega el sargento le pongo en antecedentes del extraño comportamiento de nuestro mejor rastreador.

            El sargento examina la maleta. No tiene nada extraño salvo quizá su color y dos iniciales L.P. grabadas una en cada cerradura de números en la parte superior.
“Bien” , dice el sargento, “puesto que estas cerraduras  se abren con la mirada y no necesitamos forzar nada, ábrala y salgamos de dudas. Procure en todo caso dejar todo colocado como estaba.

            La maleta es de fibra lisa con asa telescópica y cuatro ruedas en el lateral derecho. Reventar la clave es juego de críos;   basta girar las ruedecillas dentadas muy despacio hasta sentir el distintivo clic  cuando la muesca coincide con el número de clave. A los pocos minutos saltan las cerraduras: 2207 y 1962. Sencillo e infantil. Probablemente la fecha de nacimiento de su propietario.

            Coloco la maleta cuidadosamente sobre la mesa y abro la tapa.  Me sorprende un fuertísimo olor a perfume, mezcla de tabaco, sándalo y aromas de pachuli.  No pensé que Nikita se alterara tanto por este perfume  a la vez empalagoso y varonil. Me enfundo los preceptivos guantes de algodón blanco, y tras unos momentos de vana espera a que se disipe   el fuerte olor,  procedo a vaciarla tomando buena nota de la ubicación exacta de cada artículo que va saliendo.

Destaca en primer lugar y por encima de lo que parece ropa de caballero un libro de lujosa encuadernación de cuero con  repujados  en el canto, en la parte superior, el título: “Las confesiones de san Agustín” y en la inferior, las iniciales L.P. que ya observé en la cerradura.  Aparece ahora un terno  con chaleco, de color gris marengo y raya diplomática.

“Vaya resbalón” pienso para mí. “probablemente se trata del equipaje de un gentleman inglés, culto y distinguido con un gusto particular para los perfumes,  muy alejado de las preferencias olfativas de Nikita.”  Pero ya metido en harina prosigo con la inspección. Salen ahora dos camisas blancas, de algodón egipcio de cuello alto, amplio y abierto  apropiadas para nudos de corbata de tipo Wilson. Luego un jersey verde botella y una camisa de sport, de rayas y cuello con botones; una bolsa de aseo con maquinilla y crema de afeitar y lociones varias.  A continuación, calcetines negros  y ropa interior de caballero.  Todo normal, convencional, una inspección rutinaria y blanca  de la que el dueño no se va a enterar. 

Estoy a punto de colocar nuevamente la bolsa de aseo en su lugar, cuando me llama la atención una cinta de cuero negro que sobresale por debajo de unos calzoncillos  azules tipo bóxer. Curioso, tiro de ella, y aparece una especie de látigo de cinco correas rematado por una empuñadora igualmente de cuero artísticamente trenzado.   Sorprendido, cambio de opinión y sigo sacando objetos de la maleta.  Despejo el fondo de los frascos de colonia de nombres orientales y, entre las prendas de ropa interior masculina aparecen unas diminutas braguitas de encaje de color rosa chicle que parecerían de juguete si no fuera por unas oscuras manchas marrones. Haciendo juego, un sujetador del mismo estilo en el que se evidencian manchas oscuras muy parecidas a la sangre seca. Creo que finalmente y  a pesar mío, el dueño se va a enterar de que hemos revisado su maleta.  

27 de febrero de 2013

Monje junto al mar de Caspar David Friedrich



Monje junto al mar
Caspard David Friedrich 1808-1810
Óleo sobre lienzo 110 x 171,5 cm
Alte naationalgalerie Berlin

Cada vez que miro este cuadro hay algo que me angustia y me recuerda un cuadro  de Goya en el que un perro parece estar hundiéndose en un mar de arena.
Aquí, un monje, apenas  un punto ante la inmensidad de un paisaje plano y sin profundidad parece haber llegado a un punto sin retorno.  Voluntariamente Friedrich rompe con la tradición del romanticismo y le quita la perspectiva.   En el borde inferior del cuadro, la delgada orilla asciende en forma de franja blancuzca con un ángulo obtuso; en el punto culminante se puede ver, de espaldas, la pequeñísima figura de un hombre vestido de negro, la única línea vertical del cuadro. No existe ningún otro decorado;  . La opresiva zona oscura del mar conecta con un horizonte extremadamente bajo. La mayor parte  de la superficie queda reservada a la difusa estructura del cielo nublado. El objetivo de este modo de representación, que escalona una detrás de otra diferentes capas, cada una de ellas autónoma, es un espacio innovador infinito  Hasta el horizonte, el observador se orienta en relación con los diferentes tamaños, máxime cuando la figura proporciona una especie de escala. Sin embargo, el fondo no tiene medida; como las líneas fluyen hacia el exterior del cuadro, el auténtico contenido de éste, es la infinitud. El monje, cuyo puesto ha de asumir el observador por lo que se refiere al estado de ánimo, medita sobre la inmensidad del Universo, sintiendo su propia pequeñez.

26 de febrero de 2013

El ladrón de palabras




Con  una velada alusión a Hemingway  los directores noveles Brian Klugman  y Lee Sternthal llevan a la pantalla una película  hecha de historias que se imbrican entre sí  como muñecas rusas  dando al conjunto una fuerza que podría ser arrebatadora si no fuera porque en algún momento los protagonistas  no acaban de creerse lo que están interpretando.

El ladrón de palabras va de escritores  y su manera de enfrentarse a la verdad, a la propiedad intelectual, al genio y a la vida.  Jeremy Irons interpreta al hombre fracasado que sin embargo, un día siendo joven, vivió en París  una gran pasión tan arrebatadora que casi sin pensárselo la convirtió en manuscrito para una gran novela. 
Bradley Cooper es  el joven ambicioso,  niño de papá que quiere ser escritor. Está casado con una bella mujer   a quien todavía no ha podido demostrar su talento y, circunstancias de la vida,  un día se topa con un manuscrito  que no es suyo pero que le hubiera gustado haber escrito.  La tentación es tan fuerte que no  spuede resistir la tentación de  apoderarse de una historia que no es suya y convertirse así en escritor de éxito  pero también  en alguien atormentado por la culpa, y el remordimiento.
Las historias se entrelazan en tiempo real  a través de un famoso escritor,  autor del libro “El ladrón de palabras”.   Interpretado por Clay Hammond, el escritor Dennis Quaid enlace las dos historias anteriores pero en  mi opinión  no aprovecha suficientemente el dramatismo y la  tensión creada    y nos deja con la impresión de haber  asistido a una película con un interesante guión  a la que no se le ha sabido sacar todo su potencial.

23 de febrero de 2013

¡No fuel culpa mía!


Emerjo de una nube viscosa de algodón, huelo a medicamento, noto que me estoy despertando. Algo ha ocurrido. Trato de abrir los ojos pero mis párpados son dos ladrillos. Distingo  una mancha de claridad sobre una pared oscura.  No estoy en mi cama, huele diferente,   ¿Dónde estoy?  ¿Qué ocurrió?  Intento mover la cabeza a un lado para    reconocer el lugar, para localizar la puerta o una ventana, pero no consigo nada.  Me han cortado los cables. Mi cerebro transmite órdenes  que van a parar a una vía muerta.  Hago un intento por apartar las sábanas y  levantarme,   pero mi brazo se ha ido de paseo y no responde.

¿Qué te ha ocurrido Federico  ¿Dónde estabas ayer? ¿No tenías que ir a Barcelona?  Se encienden  lucecitas de colores, el cerebro me responde, trata de recordar.   ¿Un accidente?  ¿Maté a alguien?¿Hay más personas  hospitalizadas?  Estuve con los colegas hasta tarde, bebí, quizá demasiado, no recuerdo, llegué a casa, ¿a qué hora? Dormí poco. Siempre duermo poco.  Me afeité, y sin sentarme siquiera, tomé el café mientras acababa de vestirme.  El garaje estaba a oscuras, silencioso, aterrador.  Desde lejos pulsé el mando para localizar mi coche y tener un poco de claridad. Arranqué y salí  en tromba. Mientras deambulaba por las calles de Madrid me fui poniendo el cinturón de seguridad, guardando las llaves de la casa, colocando la cartera en el asiento del copiloto.  Me maldije a mi mismo por salir tarde, por dormir poco, por ser tan desordenado.  El tráfico empezaba a espesarse en la A2. Al llegar a la altura de Alcalá  todos los coches me parecieron caracoles yendo a trabajar.  ¡Qué poca prisa, tienen algunos! o qué pocas ganas de llegar al trabajo. Llego a Azuceca, el tráfico se desvía, por fin pude acelerar, Guadalajara, nueva frenada a causa de las mamás que llevaban   los niños al colegio. Pité al coche que iba delante y que se  paró en el paso de zebra para   dejar cruzar aunque todavía estábamos en verde. De la ventanilla salió un brazo adornado de pulseras que con el dedo del corazón me hizo un gesto inequívoco.  Me cabreé y decidí perseguirla y hacerla pasar un mal rato.  Después de Guadalajara había placas de hielo en la carretera, pero arriesgué, quería vengarme y  recuperar el tiempo perdido.  Nervioso,metí la mano en el bolsillo en busca del tabaco pero el coche me hizo un extraño, cuando me repuse el coche rojo al que perseguía había desaparecido.

Me gustaría palparme, tocarme el pecho, sentir los dedos de los pies. ¿Estarán ahí?  No siento nada, tampoco dolor.  ¿Por qué nadie está a mi lado, me acaricia, me dice que ya pasó todo, que me pondré bien, que no ha sido nada?  Dolor, oscuridad, una ambulancia que se acerca, frenada, voces de unos, comentarios de otros, y dolor, mucho dolor, alguien que me habla, después ya nada,  la nube de algodón viscoso de la que acabo de salir.

Mientras tanto la claridad se filtra  lentamente a través de la persiana y traza rayas   blancas sobre una pared que se ha vuelto azul Seguridad Social.  Ya no me cabe la menor duda. Estoy hospitalizado. Huele a cloroformo. He sufrido un accidente del que ignoro las proporciones o consecuencias y no puedo moverme. ¿Me habré quedado tetrapléjico?  ¡Qué horror!  No, mejor no pensarlo.

La habitación y la mente se van  iluminando  a la par.  Oigo chirridos, un sonoro ¡Joder!   un ¡bruum…! y un clashh  de chapa arrugada mientras veo aquella negra y amenazante cabina de camión que se desvía de su carril  y se me echa encima.  Instinto de supervivencia, y de auto justificación.  ¡No!  No fue  culpa mía, ese cabrón   invadió mi calzada.  ¡Estaría dormido!   

La mosca en la pared



Quiero hablar con alguien, pero la habitación sigue vacía,  muda y oscura. ¿Por qué habrán bajado las persianas?  ¿Qué hora es? A fuerza de forzar la vista voy distinguiendo primero el contorno de los muebles, luego  el color de las paredes. Las persianas dejan filtrar algo de luz y dibujan rayas claras en la pared.   
Una mosca ha decidido escalar la pared que tengo frente a mis ojos. Se toma su tiempo, cuando llega a la primera raya de claridad se detiene, frota las antenas y parece pensar: ¿será una trampa?  Duda un buen momento luego prosigue su paseo. Cuando llega a la siguiente raya de luz tarda menos en decidirse, pero tampoco se precipita, nadie la molesta y mis ojos no logran  distraerla de su periplo.         
No me llega el ruido de la calle. Es como si la ciudad durmiera, pero no puede ser, hay luz detrás de las persianas.  Oigo  ruido de voces  detrás de la pared, ¿será en el pasillo?  Sí, y el chirriar de ruedas, el tintineo de vasos, el entrechocar de bandejas.  Debe ser la hora del  desayuno…  Bueno, al menos el lugar está habitado.  Quizá en algún momento se abra la puerta y vengan a ver cómo me encuentro. No sé lo que me ha pasado, no recuerdo nada pero me conforta saber que mi vista y mis oídos siguen funcionando.
Quién me trajo aquí? ¿Por qué?  Es para volverse loco. Ni una imagen, ni un recuerdo. Inconsciencia total y nadie cerca para darme una explicación.  ¿Enfermedad? ¿Accidente? ¿Quién me lo puede decir?
Ha pasado un siglo. Ya no se oyen ruidos.  ¿Estarán todavía desayunando?  No he oído la recogida de bandejas, ¿o me dormí  un instante?  Me gustaría tener al menos un reloj,  sentir que algo se mueve, aunque  sólo sea el tic tac del segundero.  Si me concentro quizá oiga los latidos del corazón.  Demasiado débiles o están muy  lejos.  Busco en  las paredes algo en lo que centrar  la atención. Las rayas de luz que la persiana proyecta en la pared no se han movido. 
Hace calor. Siento el cuerpo pegajoso y la frente húmeda.  Noto que una gota de sudor se está formando en el entrecejo.  Cuando haya engordado lo suficiente, empezará su  tranquilo paseo por el tobogán de la nariz.  Espero al acecho, con ganas de volatilizarla de un resoplido.  Cuando al rato  empieza su lento  zigzagueo, lo intento,  pero  el esfuerzo se  queda  en un suspiro e  inalcanzable, la maldita gota se  esconde  en el mismo reborde del labio superior. ¡Claro!  ¿cuánto tiempo llevo sin afeitarme?  Habrá  quedado  enzarzada entre  esas púas que tanto molestan a  Elvira cuando me besa.
            ¡Elvira!  ¡No la han avisado! ¡imposible! Nadie sabe de mi relación con ella. Para todos soy un hombre divorciado y solo. Habrán mirado en mi cartera, en mi móvil, pero ahí Elvira figura como “Cuqui” y no está la primera  en la lista de la agenda...!  ¿Por qué no habré arreglado esta situación antes? ¿Por qué no habré cambiado el ridículo Cuqui por AAAElvira en el teléfono? ¡Cómo no sabe mi familia que ella es ahora el centro de mi vida!..¡Si seré capullo!.... la mosca... otra vez la mosca por la raya de luz....

Pakuri



Llevas tu sombrero guaraní con el porte de una princesa.  Tu rostro, esculpido por los fríos del altiplano, el trabajo del campo, los partos y los duelos se ha petrificado en una máscara.  Entrecierras los ojos y tu mirada me traspasa  escondida detrás de ese párpado izquierdo parcialmente caído.
            Aunque te lo pregunte no me contarás nada. Tu vida es sólo para ti.  Toda ella  un misterio. Tus labios se fruncen en mil pliegues como una bolsa de cuero. Son unos labios finos, fríos, que hace tiempo olvidaron el sabor de los besos.  La edad, pero sobre  todo  el sufrimiento te ha ido  labrando profundos surcos  en torno a la nariz y la barbilla. 
            Tienes un rostro obstinado y sufridor, guardián celoso de sus secretos, noble en su pétrea determinación.  Me gustan tus  pobladas cejas y esa espesa coleta  de pelo aún negro que, rebelde, se escapa del escondite del sombrero.
            India de noble estirpe guaraní, desconozco tu nombre, no sé nada de ti, pero no te quiero anónima.  Te llamaré  Pakuri  

31 de diciembre de 2012

Cayó la hoja


 Cayó la hoja roja,  y la que arranco hoy  me muestra el cartón desnudo de un calendario que ha dejado de serlo.  Como en las cámaras antiguas rebobino estos 365 días de 2012 y veo que no ha sido tan mal año... Yo decía el otro día que éste era un año para recordar, y lo decía por su faceta negativa que ha afectado sobre todo a personas de mi entorno.  En justicia es también  un año para recordar   por todas las cosas buenas que  me han  ido sucediendo  al compás de los días y al ritmo de las estaciones.
Mis  caminatas, generalmente siguiendo las diferentes rutas del Camino de Santiago o los GR de la ruta del Ebro (GR 99) y las salidas con  la Agrupación de Montaña.  Más de 600 Km en total, en  etapas de 20 a 30 Km respirando aire puro, llenándome los ojos de mar, de bosques o de los amarillos trigales de la meseta.  De todas ellas un pequeño broche de oro: Contemplar Luarca en compañía, desde lo alto del cementerio, al pie de la tumba del científico enamorado, Severo Ochoa.
Las variadas actividades desarrolladas a lo largo del año, estrategias disfrazadas para integrarme en lo posible a la vida de este pueblo que no es el mío: el Tai-Chi de José Ramón, la gimnasia de Sonia, el club de lectura de Ana, el taller de escritura de Juan, las clases de pintura de Guillermo y hasta el grupo de Liturgia de Begoña para leer algún día en la misa del domingo.
 Los viajes, que  siguen siendo  mi droga favorita.  Un viaje a Berlín, en el que el apartamento, el tiempo, la novedad, la buena compañía y el variado programa  me han permitido disfrutar como un colegial.  El viaje a Mallorca con el Imserso  y el descubrimiento de parajes inolvidables que  para no ser exhaustivo resumo en un picnic  compartido en Sa Calobra, luminosa y desierta.  Y viajes a  Altea  o breves estancias en  Madrid para visitar las exposiciones de pintura de Chagall o de Hopper.   
Actividades, viajes, que han llenado los días, personas que me han dado mucho cariño y amistad, un año que he saboreado en plenitud  y algunos malos momentos, pocos y esos sí  olvidados definitivamente.  Miro hacia atrás y me doy cuenta de que con todo ello no tengo ni para rellenar un folio.   Pero lo importante  no es el número de folios que relleno sino que sean folios de años consecutivos.

29 de diciembre de 2012

¿Un año para olvidar?

El año es ya sólo ese charquito de cera en el que una mecha vacilante consume las últimas gotas de parafina. Toca a su fin y según muchos, es un año para olvidar.  ¿Olvidar este año?  Encerrarlo en ese destartalado armario que llamamos olvido? ¡No!  ¡Me niego a ello!

Entiendo que las personas que han perdido a un ser querido, los que se quedaron sin trabajo, los que vieron cómo los ahorros de una vida se volatilizaron entre los dedos avariciosos de unos banqueros impunes y sin escrúpulos, los que perdieron o están a punto de perder la casa por no poder hacer frente a una hipoteca, los funcionarios a los que reiteradamente se les congela el salario, prefieran pasar página.

No se puede gastar lo que no se tiene repiten una y otra vez desde el Gobierno. Eso cualquier ama de casa lo sabe, pero cuando en un hogar las cosas vienen mal dadas, los sacrificios se reparten entre todos y siempre son los padres los primeros que se quedan sin postre.   ¿Por qué no se han quedado sin postre los líderes sindicales, los senadores, los diputados, los funcionarios de alto copete, y sobre todo los banqueros ?

¿Olvidar este año?  ¡NO! Hay que recordarlo al menos hasta las próximas elecciones. Recordar lo que dijeron los políticos y contrastarlo con lo que han hecho. Dejar de lado a los mentirosos y a los embaucadores. Buscar líderes nuevos que nos ofrezcan  la garantía de unas manos limpias aunque sólo sea porque son neófitos.  Recordar que el cambio es posible como lo fue en Islandia.

Como individuo, soy un grano de arena que las olas llevan y traen a su capricho. Unido a miles de otros granos, cimentados por un firme propósito podemos formar un bloque de hormigón,  un malecón contra las envestidas de la corrupción, el amiguismo, y los tejemanejes de muchos dirigentes.

¡Sí! Me acordaré del 2012  porque ha sido un año malo. Me acordaré del 2012 hasta las próximas elecciones.

21 de diciembre de 2012

La Nieta del Señor Linh de Philippe Claudel

LA NIETA DEL SEÑOR LINH
Novela
Philippe Claudel
Salamandra 2008
Título original: la petite fille de Monsieur Linh
Publicado en 2005
Traducción del francés de José Antonio Soriano Marco
126 páginas


He disfrutado mucho de esta novela propuesta en nuestro club de lectura de Suances.  Ante todo, me parece una novela absolutamente visual: una fábula hecha de imágenes despojadas y bellas que desfilan bajo nuestros ojos.  No es casual que los personajes de la novela  no se entiendan más que por gestos y que la nieta del Señor Linh sea tan silenciosa.


El sentimiento de desarraigo del anciano, reforzado por la falta de puntos de referencia, de olores, de sabores, de paisajes que recuerden su pasado y la incomunicación debida al idioma se refuerza cuando es despojado de sus ropas, deja de oír los sonidos de su idioma en boca de otros refugiados y es llevado a un hospicio. Sólo le queda la nieta a la que suavemente le canta la antigua canción que las mujeres cantaban a sus hijas allá en la aldea lejana.
Frente a tanta angustia,  tanta soledad, un único rayo de esperanza. El contacto visual con un hombre al que no entiende pero que está ahí.  Otro solitario desarraigado que en lugar de a una nieta se abraza a una botella y chupa cigarrillos sin tregua. Entre ellos se establece un extraño vínculo, un entenderse sin palabras que a medida que pasan los días se convierte en inquebrantable amistad.


Me imagino esta historia como guión de una película de cine mudo.  Lo que el libro narra en tiempo presente, quedaría sustituido por el lento travelling de una cámara, con esporádicos flashbacks hacia la pequeña aldea. Como música dos sonidos contrapuestos: el chirriar de las grúas  y el estruendo de los camiones en la gran ciudad, y el apacible y acariciante susurro de la selva.  Estos sonidos nos sitúan alternativamente en alguna ciudad portuaria de Francia como Burdeos o quizá Le Havre y en alguna aldea perdida a orillas del Mekong  en el corazón de Vietnam.  El fundido final podría ser un saludo bilingüe que para el Señor Bark se confunde con un nombre y para el Señor Linh es un sello de amistad: "Tao-lai" y "Bon Jour".


Unas líneas para visualizar:
Los dos amigos se ponen en camino. Toman un sendero que desciende serpenteando por el bosque. El día es de una belleza sin igual. el aire huele a tierra húmeda y amancayo.  Los fragmentos de musgo parecen cojines de jade bordados y los bambúes tiemblan agitados por el pájaros.  el señor Linh va en cabeza. De vez en cuando se vuelve hacia su amigo y, con unas palabras o un gesto, le señala una raíz con la que podría tropezar o una rama que podría golpearlo. El bosque da paso a la llanura. Los dos hombres se detienen en el lindero y sus miradas abarcan la extensión verde que se despliega hasta el lejano y tembloroso azul del mar.
En los arrozales, las mujeres cantan mientras trasplantan brotes jóvenes, con los pies sumergidos en el agua cálida y cenagosa.  Los búfalos meditan cabizbajos, mientras en sus lomos los espulgabueyes se pavonean y se alisan las blancas plumas. Unos niños intentan cazar ranas gritando y azotando el agua con varas de sauce. En el cielo, las golondrinas escriben invisibles poesías en la suave brisa.