11 de julio de 2009

Vicente Aleixandre: En la Plaza


Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita
extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con
temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también transcurría.

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.

Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.

Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.


Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.

Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!
Vicente Aleixandre (En la Plaza)

10 de julio de 2009

Premio

Durrell ha distinguido mi blog con un pequeño premio. Lo agradezco sinceramente porque no deja de ser una manera de animarme a seguir escribiendo... y no siempre es fácil. A veces siento la tentación de encadenarme a la silla frente al ordenador y tirar la llave del candado por la ventana.
Gracias por los ánimos que me das, amiga, tu método quizá sea menos drástico pero espero que me ayude a ser más perseverante en el futuro.
Me gustaría compartir el premio con Elena: "Perdida entre libros"
y con José Nuñez: "Ideas idas y venidas" (Sus blogs les encontraréis en mi lista de blogs visitados)

3 de julio de 2009

LOS CONFINES
Novela
Andrés Trapiello
Ediciones Destino 2009
Ácora y Delfín 1153
270 páginas

Querida Marisol,
Me has pedido que te recomiende un libro para el verano y no tengo una papeleta fácil porque me pones como “únicas” premisas que sea estimulante, te refieres sin duda a tu faceta intelectual, que sea entretenido, me imagino una historia que tenga mucha acción, que se desarrolle en lugares exóticos, y conlleve algo de intriga y además y sobre todo sea muy romántico…

Creo que te voy a recomendar la recién publicada novela de de Andrés Trapiello: “Los Confines” porque vas a encontrar algo de las tres cosas y presiento que además te va a gustar. Como me he prometido que no te voy a decir de qué va la historia, voy a intentar excitar tu curiosidad yéndome por las ramas.

Desde luego se trata de una historia romántica hasta el extremo. Yo diría que trata del amor llevado al grado absoluto, sin trabas, sin consideraciones morales ni sociales, sin códigos establecidos. Es el amor puro tal como lo pueden sentir un hombre y una mujer que acaban de descubrirse en circunstancias excepcionales aunque ya se conocían desde hacía muchos años. Y se enamoran el uno del otro sin medir tampoco las consecuencias que su decisión va a tener en sus familias, sus amistades, en su trabajo, o en su vida.

Por otra parte de trata de una novela exótica. Figúrate, él, ingeniero de caminos construyendo puentes en un país sudamericano, probablemente Colombia, bajo la presión de la guerrilla, de los narcotraficantes, ella, médico pediatra, constatando día a día los estragos de la pobreza, de la prostitución infantil, del chabolismo, pero ambos rodeados de toda la belleza y la sensualidad, que puede proporcionar el dinero y sobre todo una naturaleza exuberante cuyo clima vegetación, colores y olores, embriagan los sentidos.

No falta la acción ni intriga ya que los personajes se mueven entre el escenario urbano madrileño y los trepidantes y lujuriosos paisajes de la jungla colombiana: hay chantajes, hay secuestros, hay persecuciones, y hay una serie de personajes secundarios muy bien definidos.

Por último y no menos importante para ti, se trata de una novela diferente, que obliga a pensar, a tomar posiciones y a interrogarse sobre temas poco vistos en la literatura actual. Si a todo ello añades la prosa ágil y clara, las frases cortas, los cambios de escenarios y el depurado uso del lenguaje de Andrés Trapiello, comprenderás los motivos de esta elección y mi esperanza de no verte defraudada.

1 de julio de 2009

¡Pido disculpas!


Incomprensible, pero cierto, la configuración de mi blog cambió sin que yo me enterara y ha estado exigiendo la moderación de los comentarios transcurridos cinco días desde su publicación. Y yo sin enterarme. Eso explica que algunos de vuestros comentarios no hayan aparecido en mi blog hasta hoy.

Pido perdón a todos los que he "mal-tratado". Mi única excusa es no haberme enterado del fallo.

¿Ilusión o Entusiasmo?

Siempre había enarbolado la bandera de la ilusión. Me ilusionaba el trabajo realizado, tenía ilusión por las personas, me había hecho muchas ilusiones… y de pronto, él me dijo: “Deberías cambiar tanta ilusión por un poco de entusiasmo”.

Perplejo, acudí al diccionario: El María Moliner define la ilusión como “imagen formada en la mente de una cosa inexistente tomada como real” y como “esperanza o creencia vana con que alguien se siente contento” . Sólo en tercer lugar pude atisbar un resquicio positivo al definir la ilusión como “Alegría o felicidad que se experimenta con la posesión, contemplación o esperanza de algo”

Así pues, del mismo modo que sufrimos de ilusiones ópticas y vemos dibujos en movimiento o nos encontramos ante ilusiones acústicas y percibimos sones engañosos, nuestra mente también nos puede hacer jugarretas emocionales elevando a la categoría de real lo que sólo es una construcción mental, una entelequia urdida en nuestra mente, un sueño que deseamos ver convertido en realidad. Sobre esa base, tan engañosa como falsa es imposible construir nada sólido, crear futuro. Ahora entiendo por fin aquella frase del poeta: “No te ilusiones por mí, entusiásmate conmigo”.

En efecto, el entusiasmo es algo mucho más concreto. El diccionario de María Moliner lo define como “el estado afectivo de excitación estimulante provocado por la fe en algo o la adhesión a alguien, que se manifiesta en la viveza o animación con que se habla de la cosa que lo provoca o en el afán con que se entrega uno a ella”.

Cuando indagamos en el origen etimológico de estas dos palabras vemos aún más clara la diferencia: mientras que ilusión viene del latín illusio – onis o engaño derivado de illudere, engañar, y a su vez de ludere, jugar; la palabra entusiasmo procede del griego Énthus, "inspirado por los dioses", o Enthusia "Inspiración divina", que a su vez ha dado lugar a "Entusiasmós" o arrobamiento, éxtasis, inspirado por la divinidad.

No se trata de diseccionar las palabras pero creo que tenemos que ubicar cada concepto en su debido contexto para no andar confundidos y poner mucho entusiasmo en ilusionarnos. Creo que la ilusión es necesaria, puede ser esa chispita que se enciende sin que pase por el razonamiento y que desata toda nuestra fantasía … después habrá que empecinarse en que la realidad se preñe de entusiasmo.

27 de junio de 2009

Mordillo

Estoy preparando una reflexión sobre la ilusión y el entusiasmo pero hoy necesito reír y os invito a reír conmigo el humor de Guillermo Mordillo

12 de junio de 2009

Baile del Agua

Los chorros de agua surgen vigorosos hacia el cielo
y se derrumban en gotas de frescor.
El parque está invadido por los visitantes
pero un a líquida cortina me aísla,
el espectáculo es todo para mí
y yo para quien me acompaña

10 de junio de 2009

Dependencia


Hay objetos en torno a nosotros que han establecido tal derecho de propiedad sobre el lugar que ocupan que ya nos parece impensable ubicarlos en otro lugar. Algunas palabras actúan del mismo modo y a fuerza de verlas siempre en un determinado contexto, se asocian tan estrechamente con él que se vuelven inservibles para cualquier otro uso.

Una de esas palabras es la palabra “dependencia” le hemos adjudicado una función muy concreta en relación con el uso del alcohol, de las drogas, del tabaco y del juego y desde hace poco tiempo la hemos puesto de moda asociada al contexto social y refiriéndonos a la reciente ley de ayuda a las personas discapacitadas que necesitan la atención de terceros, parientes o extraños, para desarrollar en toda su potencialidad sus capacidades vitales.

Sin embargo, la dependencia a la que me quiero referir es la dependencia emocional que podríamos definir como "un patrón de necesidades emocionales insatisfechas en la niñez, y que ahora de mayores buscamos satisfacer, mediante la búsqueda de relaciones interpersonales muy estrechas".

En efecto, los psicólogos relacionan la dependencia emocional con una falta de afecto en los años cruciales de la niñez, un fallo en la percepción por parte del niño de las manifestaciones afectivas o incluso un miedo excesivo a perder el afecto de nuestros referentes emocionales, padres o tutores, si no acatamos estrictamente no sólo lo que nos piden que hagamos sino también lo que suponemos les gustaría que hiciéramos.

Independientemente de sus causas, los efectos prácticos de la dependencia emocional en la vida de una persona son su necesidad de afecto y su búsqueda instintiva de aprobación. Todos necesitamos afecto, pero la persona emocionalmente dependiente, además, busca a una persona a la que idealiza y por la que siente un apego y un enganche tal que necesita constantemente de su atención, su aprobación y su exclusiva dedicación.

La persona emocionalmente dependiente vive el amor como apego y admiración en lugar de intercambio recíproco. No sabe dar afecto pero necesita recibirlo y para ello está dispuesto a relegarse a un segundo plano a humillarse o incluso a sufrir vejaciones con tal de no perder esa relación de dependencia, como lamentablemente vemos tantas veces en la víctimas de la violencia de género. La persona dependiente tiene una gran falta de autoesima y se siente por ello necesitado de apegarse ansiosamente a alguien, no se siente capaz de resolver su cotidianidad y por eso necesita el apoyo de otro al que termina ahogando con sus demandas. Me parece que tienden a crear relaciones enfermizas con personas del tipo narcisista que necesitan tener alguien que los idolatre o consiguen relaciones con una importante carga sado-masoquista. Sufren lo indecible en las rupturas y a penas se han repuesto se lanzan a la búsqueda con entusiasmo de otra pareja.

Yo creo que lo que necesitan antes que nada es reforzar su autoestima ( cuestión nada fácil) para llegar a vivir la vida en pareja como una suerte de poder intercambiar ríos de afecto pero tener muy claro que dentro de cada uno ya está todo lo que necesita, que somos seres completos y que nadie va rellenar ningún hueco ( no hay huecos).

Partiendo del hecho de que todos en mayor o menor medida hemos sentido o sentimos algún grado de dependencia emocional no es fácil determinar cuándo ésta se vuelve patológica. Por ese motivo pienso que en lugar de luchar contra sus efectos negativos deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en desarrollar todas aquellas estrategias en las que los afectos se establecen sobre un plano de igualdad:

Soy responsable de mi vida y de llenarla de gozo. ( no tengo otra ).
Puedo sentir como el otro , pero controlar su vida no le hará más feliz.
Si me ocupo de mí probablemente estaré ocupándome de otros.
Si hago lo que creo me sentiré honesto.

1 de junio de 2009


CALLE DE LAS TIENDAS OSCURAS
Novela
Patrick Modiano
Premio Goncourt 1978
Anagrama2009
Título original: Rue des boutiques obscures 1978
Traducido del francés por María Teresa Gallego Urrutia
233 páginas

Lo importante de una vida cabe en media cuartilla y con letra no muy apretada parece decirnos Patrick Mediano en su novela “La calle de las tiendas oscuras” ganadora del prestigioso Premio Goncourt francés en 1978 y recientemente traducida al español.

Guy Roland es un hombre sin pasado y sin memoria que durante los últimos años ha trabajado el la Agencia de detectives del Sr. Von Hutte y que a su cierre, utilizando el mismo olfato detectivesco, y siguiendo las pautas de la novela negra, decide dirigir una investigación privada en sentido inverso, es decir, una investigación sobre sí mismo: quién ha sido, cuáles son sus orígenes, quién le recuerda, que rastro ha ido dejando a lo largo de su trayectoria vital.

A pesar de su amnesia, detalle a detalle, va recomponiendo el puzzle de su vida. Sin embargo el resultado no puede ser más descorazonador. Su identidad se difumina en el pasado , como su propia imagen en unas fotografías color sepia en las que a penas se distingue y en las que nadie le reconoce. La investigación prosigue en diferentes partes del mundo pero sobre todo en el oscuro y siempre recurrente paisaje urbano de París durante la Ocupación Alemana y a medida que va encontrando y descartando pistas va creciendo la desolación. En efecto, al fondo de uno mismo siempre se baja solo. Nadie le puede ayudar a recuperar lo que de verdad es importante, lo que compone el palpitante meollo de su existencia.

La novela nos engancha desde la primeras líneas con una frase desolada: “No soy nada… Sólo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café” Seguimos a Guy Roland buscando entre las sombras, y quizá recordamos amplias zonas de nuestro propio pasado como fogonazos que desaparecen condensados en una imagen que nos cuesta ubicar y que hace preguntarnos como el autor “¿Se trata de mi vida efectivamente? ¿O de la vida de otro, dentro de la que me he colado?” Y la novela termina con el mismo tono pesimista con que empezó: “Una niña vuelve de la playa al anochecer, con su madre. Llora por nada, porque habría querido seguir jugando. Se aleja. Ya ha doblado la esquina de la calle. ¿Y acaso no se esfuman en el crepúsculo nuestras vidas con la misma rapidez que ese disgusto infantil?"

29 de mayo de 2009

Inspiración


El profano piensa que la inspiración es algo mágico y que el escritor ha de quedarse esperando a que llegue, cuando llega y si llega. Es muy bonito pensar en el poeta que mira al cielo azul en espera de inspiración. Pero no es así. Se escribe cuando se quiere, y la inspiración quizá no exista. Como con todas las cosas, sólo hace falta tener ganas de escribir, sentir ese placer. También para planchar la ropa o hacer un jersey de punto hay que tener ganas y sentir placer, de lo contrario se trabaja mal y no sale bien. No es inspiración lo que le falta al poeta cuando mira al cielo azúl, son ganas.

Giorgio Scerbanenco
Citado por Francesco Piccolo en "Escribir es un tic"

18 de mayo de 2009


Mario Benedetti
In Memoriam
CORAZÓN CORAZA
Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque noe res mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amot
si no te miro
porque tú siempre existes dondequeira
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo no tenga
y no

17 de mayo de 2009

El lector

EL LECTOR
USA, 2008
Dirigida por Stephen Daldry
Duración 124 minutos
Drama

Pocas películas tan profundas, tan cargadas de emociones contradictorias, tan reflexivas como la que nos ofrece Stephen Daldry en "El Lector", y que sin embargo no se empieza a entender hasta que ha transcurrido más de un tercio de la cinta. Sólo entonces la historia empieza a cobrar sentido y advertimos que no se trata de una película de dudoso erotismo en el que una mujer madura, acomplejada y dominante seduce a un joven estudiante de quince años y a cambio de sexo exige que le lea trozos de sus libros de texto. Ciertamente estas escenas eróticas están narradas con impactante realismo y sin mojigatería. Se trata de erotismo de desahogo, frío y exigente por una parte y de un erotismo inexperto y de aprendizaje por otro. Pero un día Hanna Schmitz desaparece sin explicaciones y Michael Berg el joven estudiante, destrozado internamente y moralmente avergonzado emprende el laborioso ejercicio del olvido.

Volvemos a encontrar a nuestros dos personajes unos años más tarde. Michael es ahora un joven estudiante de Derecho, y Hanna una de las acusadas en un caso colateral a los Juicios por crímenes de guerra de Auschwitz ¿Cómo conciliar el amor que Michael ha sentido un par de años atrás por esta mujer y el repudio por los crímenes de los que se le acusa como guardiana de un campo de prisioneras? Michael se siente destrozado por la culpa y la vergüenza, y su dilema es una metáfora, un reflejo del drama que vive una generación de alemanes enfrentados a su propia responsabilidad, a la culpa implícita en su silencio. Por extensión, el espectador, se siente obligado a reflexionar, a tomar partido ante este dilema moral. No es fácil perdonar, pero más difícil aún es perdonarse por los errores cometidos.

Sin embargo, Hanna, lo descubrimos ahora, es analfabeta y por consiguiente no puede ser la única responsable. Ni siquiera pudo haber redactado el informe del que se le acusa. Tampoco puede haber leído todas las alegaciones del caso, pero el tribunal desconoce este hecho y Michael se encuentra nuevamente ante un dilema: ¿Tiene la obligación de salvarla? ¿Debería salvarla en contra de su voluntad? Y la pregunta es para todos: ¿cuáles son los límites del derecho a salvar a quien no quiere ser salvado?

Hanna es condenada a cadena perpetua y ahora somos los espectadores quienes reflexionamos. A pesar de la evidencia de los hechos, a pesar de haber sido condenada ¿es verdaderamente culpable? Michael, ya adulto, trata de convivir en soledad con su angustioso dilema. Se siente avergonzado y culpable, sigue enviando a Hanna libros grabados en casettes pero ya no hay amor ni perdón posible. Días antes de que Hanna sea finalmente puesta en libertad le busca un lugar donde vivir pero es incapaz de un abrazo, de un solo gesto de acogida. Hanna que se ha ido liberando a través de su aprendizaje de la lectura elige finalmente una salida definitiva, pero Michael tendrá que seguir viviendo con la profunda amargura de una soledad atormentada. Nosotros, los espectadores salimos del cine pero seguimos haciéndonos preguntas.

Stephen Daldry, director conocido por películas como "Billy Elliot" o "Las Horas", ha llevado la película con mano maestra, sin estridencias pero manteniendo constante la tensión y el dramatismo del relato. Su guión es meticulosamente fiel a la novela del mismo título escrita por Bernhard Schlink. Kate Winslet está sencillamente soberbia en la piel de un personaje difícil. Es ruda hasta en su forma de caminar, su acento es marcadamente alemán y su mirada dura y fría como hielo. Está acompañado con el siempre misterioso Ralph Fiennes en el papel de Michael adulto y por un David Kross caracterizando al joven Michael que imprime a su personaje una profunda sensación de desasosiego y sentido de culpabilidad.

11 de mayo de 2009

Suiza: Un lugar para vivir

Hay que haber recorrido Suiza en tren, sobrevolado sus campos y sus montañas, visitados sus pueblos y sus ciudades, para poder declarar, luego, que Suiza es un país aburrido.

Es tan limpio, tan puntual, tan predecible, tan austero dentro de su burguesa complacencia que acaba siendo aburrido… y Sin embargo, creo que somos muchísimos los que envidiamos esa pulcritud, esa eficiencia, esa satisfecha rutina y suspiramos: ¡quién pudiera vivir en Suiza en plan de descanso como ellos eligen Marbella o cualquier otro punto de nuestra costa Mediterránea!

Empecé a viajar a Suiza hace muchos años. Casi siempre fueron viajes breves, de uno o dos días, pero con destinos tan diferenciados como Ginebra, Zurich, Berna, Basilea o Lugano. El motivo fue siempre el trabajo, pero de todas esas ciudades guardo un recuerdo imborrable. Por otra parte, el aeropuerto de Ginebra y sobre todo el de Zurich, se convirtió durante un tiempo en la placa giratoria que re-orientaba mis vuelos hacia extraños lugares como Estambul, Bucarest, Sofía, Zagreb, Split, Linz o Beirut.

Cierro los ojos y evoco, con torpes pinceladas, recuerdos de algunas de esas ciudades Suizas que con el paso de los años han ido tomando en mi memoria una cierta patina de nostalgia.

Ginebra: La más visitada, aunque en muchos de esos viajes no llegara a salir del Aeropuerto ya que Alguna gran empresa de distribución, para facilitarnos las cosas había instalado una oficina internacional de recaudación en el propio aeropuerto. Allí viajaba para negociar cada año el acuerdo internacional, que teóricamente facilitaba posteriormente los acuerdos comerciales con cada uno de los países en los que estábamos presentes. Afortunadamente he tenido ocasión, también, de almorzar a orillas del lago y de fotografiar su potente chorro de agua que como un geiser asciende y lucha contra su propio peso y contra la ley de la gravedad.
Desde Ginebra, bordeando el lago hasta Lausana, he visto los Alpes nevados reflejados en sus tranquilas aguas, y también he utilizado esta ciudad como punto de partida hacia Chamonix y los Alpes Franceses en cuyas estribaciones, durante algún tiempo tuvimos una fábrica.

De Zurich recuerdo sobre todo la laboriosidad. El centro de la ciudad es un lugar de culto al trabajo, las comidas son rápidas, sin fiorituras, un sándwich y un café para mantenerse en forma y luego a la hora precisa, la estampida hacia los barrios residenciales o los pueblecitos que rodean el gran núcleo urbano. Si eres extranjero, y llegas a Zurich en plan de trabajo, es mejor traer consigo una buena novela que logre hacerte olvidar las largas horas de aburrimiento hasta reanudar el trabajo del día siguiente.

Lugano es sobre todo paisaje. Impresiona volar entre picos y sortear las cimas como quien sortea los obstáculos en una pista de karting. Una vez en tierra, te sientes empequeñecido por las cumbres, aliviado por el catarín italiano del Tiszino, y algo envidioso de las magníficas mansiones y chalets de montaña que como nidos de águila se incrustan y amoldan al paisaje de la montaña.
Pero puesto a elegir, probablemente me quedo con Basilea. Es la más internacional de las ciudades suizas ya que comparte el aeropuerto con Francia y con Alemania hasta el punto que si te equivocas de puerta puedes acabar saliendo a cualquiera de esos países. El Rhin, majestuoso, la divide en dos, pero hay tanto verde, las casas, las fábricas, los bloques de oficinas se combinan tan bien con el paisaje que nunca tienes sensación de agobio o de ciudad. Pasear por Basilea, contemplar la impresionante fachada del Ayuntamiento, entrar en una tienda de antigüedades, o pararse a comprar una flores o un par de manzanas en el puesto de la esquina, se parecen tanto a los gestos de todos los días que uno acaba teniendo la sensación de haber llegado a casa

1 de mayo de 2009

Lucien Freud: Retrato de la Reina Isabel II

Retrato de Isabel II
2001 Óleo sobre lienzo 6 x 9 inch.

Lucien Freud, nació en 1922. Era el segundo hijo de Ernst Freud un arquitecto que, cuando era estudiante, había trabajado como artista con un estilo derivado de la Secesión de Viena. Ernst era a su vez el benjamín de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.

Freud suele trabajar en todo momento en al menos un retrato de cabeza o medio busto. Retrató a su hijo Fred de bebé – una asombrosa interpretación de la fuerza y agitación que pueden emanar incluso de un bebé dormido – y retrató a la reina Isabel II. Retrató a viejos amigos como el escritor Francis Wyndham y el secretario de la reina Robert Fellowes. Pintó a novias y nietos. Pintó a su hermano Stephen, a su amigo y ayudante David Dawson, a sus distintas hijas y a su marchante William Acquavella. Ninguno de estos retratos difiere en lo fundamental de las otras obras de Freud. Las enfocó de la misma manera, con el mismo cuidado por los detalles, con el mismo rechazo de toda idealización. Pero vistas por separado, no cabe duda de que forman parte de los retratos más destacados de la Historia del Arte. Superficialmente pueden parecer tradicionales, pero expresan una conmoción que la familiaridad no logra atemperar. Resulta difícil de explicar. Sin duda tiene que ver con la forma en que Freud maneja la pintura. Pero también reflejan su determinación por tratar con paciencia y consideración a cada uno de sus modelos de forma individual. Siempre consigue comunicar la masa y el peso de cada cabeza y algo más: algo que tiene que ver con el tremendo esfuerzo que implica sencillamente ser y que ese cráneo, esos ojos, esa boca, y esa carne (todo ellos invisible para uno mismo) actúen como máximo representante de uno mismo.

27 de abril de 2009

Al César lo que es del César

Estos últimos días he oído invectivas por parte de los representantes de la Iglesia Católica a propósito de los ensayos con células madre, que me han dejado sorprendido.

Parece como si nuestra Jerarquía eclesiástica no hubiera aprendido, siglos ha, de sus errores al enjuiciar las teorías de Galileo. Siempre que los representantes de la Iglesia traspasan la esfera de lo puramente religioso corren el riesgo de opinar sobre materias que no son de su incumbencia, del mismo modo que los científicos traspasan los límites que les son propios cada vez que desde la razón intentan explicar el hecho religioso o la trascendencia.

La laicidad no ha logrado todavía asentarse de manera estable en la vida social y cultural de nuestro país. España, país de extremos, tiende siempre a situarse en polos diametralmente opuestos: o bien defiende con la cruz y la espada la religión a la fuerza en cualquier estamento de la sociedad, o bien imbuida de un laicismo trasnochado, pretende borrar de nuestro entorno todos los vestigios religiosos que perduran no sólo en nuestra cultura y nuestra historia, sino también y más ostensiblemente, en nuestro patrimonio artístico y arquitectónico. No podemos pretender que todas las aulas de nuestros colegios estén presididas por un crucifijo, como antiguamente lo estaban por los retratos de Franco y de José Antonio; pero tampoco parece de recibo pretender eliminar de la enseñanza toda referencia al cristianismo so pretexto de laicidad y de neutralidad. Más allá de las doctrinas y las creencias, el cristianismo es un factor tan fundamental en nuestra cultura que pretender ignorarlo es sencillamente una incongruencia.

Como explica Claudio Magris en su reciente Libro “La historia no ha terminado, “laico no significa de ninguna manera, como a menudo impropiamente se dice e ignorantemente se presupone, lo contrario de “católico” y no alude, de por sí, ni a un creyente ni a un agnóstico o a un ateo. La laicidad no es un contenido filosófico, sino un ámbito mental, la capacidad de distinguir lo que es demostrable racionalmente de lo que en cambio es objeto de fe – sin tener en cuenta la adhesión o falta de adhesión a tal fe – y de distinguir las esferas y los ámbitos de las distintas competencias, por ejemplo la de la Iglesia y las del Estado, lo que – precisamente según el dicho evangélico – hay que dar a Dios y lo que hay que dar al César”

Opino que la laicidad es una actitud de doble dirección. Debemos ser capaces de de comprometernos, de mantener nuestras ideas, de actuar conforme a criterios de justicia o de racionalidad, con total independencia de lo que opinen o hagan los demás, pero debemos admitir que otras personas puedan opinar y actuar con criterios diferentes.

Llama la atención que reclamemos la libertad de opinión universal y admitamos de buen grado la pluralidad de opiniones a nivel político y sindical y sin embargo nos llevemos las manos a la cabeza cada vez que un sacerdote o un obispo expresa su parecer a la luz de sus convicciones religiosas.

En resumen, laico es quien sabe aceptar una idea sin someterse a ella, quien mantiene su independencia crítica, quien no necesita idolatrar sus convicciones ni denostar las creencias de los demás para justificarse a sí mismo y sentirse mejor.

21 de abril de 2009

Blues de las preguntas


Hace tiempo que estoy entristecido
porque mis palabras no entran en tu corazón.
Muchos días estoy entristecido
porque tu silencio entra en mi corazón.

Hay veces que estoy triste a tu lado
porque tú solo me amas con amor.
Muchos días estoy triste a tu lado
porque tú no me amas con amistad.

Todos los hombre aman mucho la libertad.
¿Sabes tú lo que es vivir ante una puerta cerrada?
Yo amo la libertad y te amo a ti.
¿Sabes tú lo que es vivir ante un rostro cerrado?
Antonio Gamoneda
Blues Castellano

19 de abril de 2009

Atardecer en el campo


14 de abril de 2009

Lotos en el Klong


Una franja de luz se filtra a través de la persiana veneciana e ilumina el cabecero de una cama blanca..Se oyen murmullos, cuchicheos de los que entresaco palabras sueltas…el río…calor... delira. No entiendo nada. Floto en una nube de algodón, cierro los ojos, quiero dormir. No sé cuántas horas ¿o fueron días? transcurrieron desde ese primer atisbo de luz. Voces cada vez más apremiantes me obligan a abrir los ojos, me escrutan, parecen interrogarme, pero sigo en mi nube, algodonosa, insonora. Alguna imagen inconexa intenta filtrarse en mi conciencia: Wong Duang, la piragua, la cena, el queso ¿cuánto tiempo hacía que no lo probaba? Una imagen blanca, con cofia, se inclina hacia mí. Si estuviera en un hospital sería una enfermera. ¿Pero dónde estoy? Habla con alguien, le llama doctor. Entonces, … la cama blanca, el uniforme, el doctor… estoy en un hospital. ¿Qué me ha ocurrido?

Con un enorme esfuerzo abro los ojos cuanto puedo. De inmediato la conversación entre los dos desconocidos cesa. Me están mirando.
- “Nai Samianto ..Nai Samianto…”
Me llaman. ¿Por qué los tailandeses nunca pronuncian bien mi apellido? ¿Por qué no me llaman Fred, como todos los del pueblo? ¿Dónde está Phrapaiphak? Me duele la cabeza, mi lengua, mis labios se niegan a articular mis preguntas. Mis ojos deben expresar angustia, porque una mano fina, de dedos largos y frescos, me acaricia la frente. Ahora sí, ahora distingo las palabras. Las cantarinas frases tailandesas quieren tranquilizarme…

- Clap ma leo “Ya ha vuelto en sí…”

Estoy en un hospital. Por el acento, diría que el médico es francés aunque chapurrea alguna frase en tailandés. Es mayor, huele a tabaco de pipa y a whisky escocés. Cada día que pasa le noto menos ceñudo y a las enfermeras más sonrientes. La enfermera que me toma la temperatura me sonríe con timidez. Las auxiliares parece que la toman el pelo. Al final, una de ellas me cuenta que me han operado in extremis una peritonitis aguda, que he estado delirando varios días, que todo mi afán era abrazar a la joven enfermera Surini, y que al día siguiente de la operación llegó al hospital un Nak buat, un sacerdote joven, interesándose por mi, y que según decían debía estar en su pueblo en plena jungla cuando sobrevino el desastre.

La nube algodonosa se deshace. Empiezo a recordar. Era la época de Thêt, el año nuevo chino, y aunque estaba mal visto por las autoridades tailandesas, en el colegio, de mayoría china, nos habían dado vacaciones. Phrapaiphak y yo estábamos aprendiendo a vivir ausentes. Era muy duro en la ciudad, en nuestro Soy, la calle donde vivíamos, todo me la recordaba. El Père Guillaume, de los Padres Blancos, me había invitado a pasar el Thêt con él en una aldea de palafitos en uno de los klong o afluentes del Mekong. Además de la iglesia, y el dispensario dirigía un pequeño colegio al que acudían los niños del río después de sus clases en una escuela nacional en la que casi siempre faltaba el maestro. Mi amigo Guillaume quería mejorar el acento de la joven Wong Duang que enseñaba inglés y de paso, esperaba, que este cambio me ayudaría a olvidar.

La única forma de llegar al poblado era a través del río. Largas piraguas con un pequeño motor fuera borda del que sobresalía un largo vástago rematado en hélice, hacía las veces de propulsor y de timón. El embarcadero, mercado, y punto de encuentro con los habitantes de la carretera estaba aproximadamente a dos horas río abajo y algo menos cuando se hacía el camino inverso. En esas dos horas había retrocedido varios lustros en la civilización. Casuchas de madera de una sola pieza clavadas sobre largos postes a orillas del canal, pasarelas de bambú entre las casas, una o varias piraguas con y sin motor amarradas a los pilares de las casas, fango en las orillas y debajo de las casas, y picoteado o revolcándose en él, algún cerdo negro, unas gallinas y algún gallo desplumado que había sobrevivido mil peleas. En el agua niños bañándose, buceando, jugando o quietos como budas sentados en la veranda, esperando el menor movimiento de la caña que sostienen entre las piernas. En la parte alta de la aldea, formando un cuadrilátero, la escuela, la wat con sus stupas y los pabellones de los monjes, la casa comunal, y en una esquina, un poco retirada, la iglesia, el dispensario y el colegio católico. Mi amigo me espera en la pequeña plataforma que sirve de embarcadero a las lanchas que suben y bajan por el río cargadas de mercancías o de viajeros. Me enseña su casa: una amplia sala con una mesa y seis sillas en una esquina, armarios con medicamentos, estanterías de libros, cajas de herramientas, y en un baúl, enrolladas las esteras que nos servirán de cama por la noche. Un pequeño generador enciende la única bombilla de la estancia que según me comenta está abierta a todos, cristianos o budistas durante todas las horas del día.

Una familia amiga nos trae la comida apilada en fiambreras superpuestas: arroz cocido que sirve siempre de acompañamiento, verduras salteadas y muy variadas, y algún plato de pescado, pato o pollo; fruta en abundancia, y, como pequeña condescendencia a nuestros gustos occidentales, café cortado con un poquito de leche condensada. Por la noche, tumbados en nuestras esteras, contemplamos el reflejo plateado de la luna sobre las tranquilas aguas del río y charlamos de todo lo humano y lo divino. Le pregunto a bocajarro cómo aguanta la soledad, cuál es su tentación más fuerte. Me confiesa que la soledad hace estragos entre sus colegas. De la soledad al alcoholismo sólo hay un paso.

Los días son apacibles. Doy mis clases de inglés y la profesora, Wong Duang, rápidamente se adjudica el derecho de tutela. Me presenta a sus padres, me invitan a cenar en su casa, y me debato entre la obligada cortesía oriental y el miedo a hacer creer a la muchacha en algo que en estos momentos no me pasa por la imaginación. Me baño en el río con ella y con sus hermanas, me dejo enseñar palabras y costumbres que ya conozco, buscamos flores de loto y en general disfrutamos como chiquillos. Las vacaciones están a punto de terminar y Guillaume ha invitado a cenar al sacerdote de una aldea vecina que acaba de regresar de Francia y aporta al banquete una buena botella de vino francés y un grueso trozo de queso. Comemos, reímos, bebemos y sobre todo mezclamos en nuestra conversación anhelos y sueños de futuro con nostalgias de nuestro común pasado en Francia.

Al poco de acostarnos empiezo a sentir fuertes dolores de vientre que achaco de forma automática al queso. Llevo casi seis años sin probarlo, qué duda cabe, mi estómago ya no está habituado. Me levanto y voy al botiquín en busca de sales de frutas. Los dolores aumentan y me veo obligado a despertar a los amigos. Probamos varios remedios pero los dolores no remiten. Preocupado, Guillaume me ofrece su última alternativa: el botiquín de remedios chinos. El jarabe que tomo cae en mi estómago como vinagre en una llaga, pero los retortijones siguen aumentando. Pese a la vergüenza no puedo evitar gemir y quejarme. Tan pronto amanece mis amigos toman la única decisión posible: hay que trasladarme de urgencia a un hospital en la capital. El viaje río abajo hasta el embarcadero a pie de la primera carretera se hace eterno. La piragua no tiene toldo, y el sol atraviesa la ropa y abrasa mi vientre. A la inevitable tortura del sol se añade ahora el traqueteo por carreteras imposibles del taxi desvencijado que me lleva a la ciudad. Eran las diez de la mañana cuando salimos de la aldea de Lampang, sólo llego a la clínica Saint Louis en Bangkok a las cinco de la tarde. Me preparan de urgencia y entro en quirófano de inmediato. El apéndice ha reventado y el riesgo de infección en estos climas calurosos y de medios precarios es casi inevitable. Se declara una peritonitis, la fiebre se dispara, deliro, paso por largos ratos de inconsciencia, y nadie, nadie está a mi lado en esos momentos. Confundo a la enfermera con mi novia, quiero abrazarla, pedirle perdón y Surini, silenciosa y sonriente me acaricia y me susurra palabras dulces. Sabe lo solo que estoy y la imposibilidad de alertar a parientes o amigos. Cuando finalmente vuelvo de dondequiera que estuviese, el viejo doctor viene a felicitarme y a felicitarse. Estoy fuera de peligro aunque la recuperación será lenta y debo permanecer en la clínica en observación. So pretexto de cuidarme Wong Duang viene a Bangkok a casa de un familiar. No es fácil explicarle - sin herirla - que la decisión está tomada. Al finalizar el curso volveré a Europa. Mi aventura en Tailandia ha terminado. Más profunda y más dolorosa que la cualquier cicatriz quirúrgica, siento la herida de un amor destrozado por una guerra que no nos concernía pero asfixió nuestros anhelos de una vida sencilla y tailandesa.

Luis Leante: La Luna Roja


LA LUNA ROJA
Novela
Luis Leante
Alfaguara 2009
393 páginas

Hace unos días que terminé la lectura de esta impactante novela de Luis Leante y desde entonces me he sentido impulsado a escribir una reseña que no destruya el nudo central de la trama y al mismo tiempo refleje toda la complejidad, variedad de registros,
y arquitectura novelística de este joven escritor que ya me había sorprendido con su novela anterior: “Mira si yo te querré”.

Lo cierto es que el título es por sí mismo significativo y la portada que presenta la Editorial Alfaguara, con ese velo extendido frente a un anochecer oriental, sugiere un mundo de misterio, de colores, olores y sabores de las Mil y una noches. Nada más alejado de la realidad. El estilo narrativo de Luis Leante es sobrio, despojado de excesivas fiorituras. Las palabras, bien elegidas, no se recrean en los atardeceres del Bósforo sino que escudriñan los recovecos del alma de sus personajes, y una y otra vez, como pinceladas de un barniz aplicado con mimo, indagan, analizan y explican sus sentimientos.

El libro se lee como una novela de espionaje o intriga, aunque no haya investigación policial, pero se trata sobre todo de una metanovela en la que se entretejen de manera sorprendente la vida de un escritor turco, y la de su traductor español al tiempo que se desarrolla la obra de creación literaria, es decir la propia novela convertida de algún modo en personaje importante de este enigma. Desde mi punto de vista, este es uno de los méritos más sobresalientes autor: haber sabido combinar en un paralelismo especular las vivencias del joven escritor turco, y la educación estrambótica y multicultural del traductor por una parte, y por otra, la descripción minuciosa y profunda del reencuentro treinta años más tarde, que el escritor traductor hace con su pasado, con las heridas mal cerradas, y con la misteriosa muerte del melancólico y enfermizo escritor turco.

El cambio de tiempo verbal y de narrador nos ayudan en la lectura, progresivamente nos vamos introduciendo en la trama, y nos damos cuenta que el traductor se convierte a su vez no sólo en novelista y narrador de la historia, sino también en personaje de la novela arrastrándonos a nosotros en esa búsqueda de la realidad.

Como el propio Luis Leante dice de esta novela pretendidamente de intriga, pero con trasfondo literario y ambientación turca “René el traductor, y Emil Kemal, el escritor, inevitablemente, han de tener cosas mías, pero repartidas entre los dos. Son personajes que se separan y se juntan a pesar de sus diferencias culturales, y que también presentan muchos aspectos de otros autores y de otras ideas que tengo sobre el mundo y la Literatura”

A la manera de esas olas que allá en fondo del océano parecen diminutos rizos y poco a poco van cogiendo amplitud y fuerza hasta convertirse en una ola gigante, así, esta novela, nos introduce tímidamente, casi a trompicones en una historia que como un remolino nos va arrastrando cada vez con más fuerza dentro de la historia para culminar en las últimas, y a mi entender más logradas páginas, en el reencuentro nostálgico y fallido del traductor maduro, con un amor de juventud que dejó marchar sin mirar atrás, como quien deja escurrir agua entre los dedos.

8 de abril de 2009

Slumdog Millionaire

SLUMDOG MILLIONAIRE
Reino Unido 2008
Dirigida por Danny Boyle
duración 120 minutos
Drama

Acabo de devolver a la biblioteca sin leer el libro de Wikas Swarup ¿Quién quiere ser millonario? En efecto, después de haber visto la película me doy cuenta de que el guionista Simon Beaufoy ha exprimido como un limón la idea original del novelista y ha sabido trenzarla en una historia trepidante que nos repele y atrae a un tiempo, mezcla del más crudo realismo con la luz, la música y el ritmo del más auténtico cine de Bollywood (la meca del cine de la India).

Tuve la suerte, hace muchísimos años, de visitar Bombay y aunque desde entonces ha cambiado el antiguo nombre colonial por del Mumbay, nada ha cambiado ni en la miseria, la lucha por la supervivencia, la algarabía ni tampoco en el colorido, la alegría y las desbordantes ganas de vivir de sus gentes.

Precisamente uno de los méritos de Danny Boyle ha sido el combinar estos elementos y entretejer con ellos la vida de un muchacho, Jamal Malik, que participa en la versión india del concurso televisivo “¿Quién quiere ser millonario? y tiene la obsesiva idea de conquistar el amor de Malika joven huérfana que desde niña participó con él y con su hermano en su increíble lucha por sobrevivir.

La incomprensible exactitud de sus respuestas, le hace sospechoso de fraude y en una comisaría es interrogado bajo tortura lo que le hace recordar momentos de su niñez que son la clave de sus respuestas y que el director aprovecha para en una especie de breves “flashbacks” hacernos ver, sin regodearse, la miseria, la crueldad, los peligros de ese submundo en el que ha transcurrido vida de Jamal y de su hermano.

Es el contraste entre el concurso multitudinario con sus luces, su música, sus oropeles, su histrionismo, y el ambiente de pobreza y de degradación lo que hace la película soportable. Contribuye a ello el exotismo, incluyendo parte de los diálogos en hindi, el ritmo, el color, y sobre todo la música, esa mezcla de música pop de los setenta con ritmos inconfundiblemente hindúes.

Resumiendo, más que con la historia, me quedo con la puesta, en escena, el humor controlado, el ritmo, el color, la música, en particular con la de la última escena en la estación, las tomas de cámara desde ángulos absolutamente inverosímiles, en una palabra, más que con lo que cuenta, me quedo con la manera en que está contado.